La Mascarada Roja (Crónicas de El Lobo Solitario 4) XIII - EL NABO
69%

XIII - EL NABO

En una espaciosa habitación abuhardillada, espantosamente empapelada y amueblada con sombrías y macizas reliquias de los primeros años de la era victoriana, el hombre llamado Nogam proseguía con sus metódicos preparativos para acostarse.

De haber habido ojos espías —y, por lo que Nogam sabía, bien podía haberlos—, le habrían visto seguir paso a paso un programa de cuyo orden apenas se había apartado en un solo gesto en ninguna de las noches transcurridas desde su primera instalación en la casa cercana a Queen Anne's Gate.

Desabrochándose el chaleco de su librea de etiqueta, soltó del ojal la pesada leontina de plata, sacó del bolsillo un anticuado reloj de plata de ese estilo obeso que le valió por vez primera al reloj portátil el apodo de «nabo» y, tras abrir la tapa trasera, introdujo una llave sujeta al otro extremo de la cadena.

Darle cuerda era un proceso laborioso y prodigiosamente ruidoso.

Una vez terminado, Nogam cerró la tapa con un sonoro clic, y depositó el reloj con reverencia sobre la losa de mármol de la cómoda de nogal negro.

A continuación, colgó la chaqueta y el chaleco en el respaldo de una silla situada entre los pies de la cama y la puerta.

Pudo haber sido el puro azar lo que decretara la selección de esta silla para tal fin en la primera noche de Nogam en la habitación; fuera o no así, no era propio de él que, tras haber establecido este precedente, Nogam se apartara de él.

Y en cualquier caso, la silla adornada con la chaqueta eclipsaba de manera eficaz una posible visión de la habitación a través del ojo de la cerradura.

A pesar de ello, Nogam proseguía con sus ritos a la hora de acostarse exactamente con la misma deliberación y ausencia de aparente timidez que antes. Uno nunca sabía: bien podía haber otras mirillas en las paredes.

Los pantalones, pulcramente doblados, los dejó sobre el asiento de la silla.

Después se quitó las botas de punta cuadrada con inserciones elásticas en las cañas, se puso un par de zapatillas desgastadas, llevó las botas hasta la puerta y las dejó fuera, cerró la puerta y dio dos vueltas a la llave en la cerradura.

Si era consciente de que, al hacerlo, aseguraba su intimidad tanto como si hubiera atrancado la puerta con una horquilla doblada, no daba muestras de la menor inquietud por saberlo. Una conciencia tranquila es el mejor de los tónicos para los nervios.

En todo momento, sus facciones conservaron aquel hábito apacible, sumiso y apagado con el que la familia estaba familiarizada. Nogam, fuera de servicio, no se diferenciaba en nada de la irreflexiva criatura de costumbres que desempeñaba en la planta baja las funciones prescritas para su cargo.

Tras haberse enfundado un camisón de rudo algodón, se arrodilló durante varios minutos en actitud devota a los pies de la cama; luego, al levantarse, abrió la ventana, tomó el nabo de la cómoda y lo acurrucó bajo la almohada, introdujo sus desnudas canillas entre las sábanas y abrió por una página marcada una Biblia encuadernada en tela negra.

En la mesilla a la altura de su hombro, una desvencijada lámpara eléctrica de pie con un cable deshilachado y una pantalla descolorida permaneció encendida el tiempo suficiente para permitir a Nogam deletrear un breve capítulo.

Luego dejó a un lado la Biblia, bostezó con cansancio y apagó la lámpara.

Una profunda oscuridad se apoderó de la habitación, inmaterialmente matizada por el cielo herido por la luz que se veía a través de las ventanas.

Y en aquella grata penumbra Nogam se permitió el lujo de dejar de ser Nogam.

Una luz que se encendiera de repente sobre su rostro habría descubierto una inteligencia aguda y despierta transfigurando la máscara apática de todos los días.

Además, habría convertido la probable duración de la vida de Nogam en una interesante especulación.

Al amparo de la oscuridad, por otra parte, llevó a cabo una serie de acciones que Nogam, en calidad de Nogam, jamás habría soñado hacer.

Su primer acto consistió en retirar de debajo de la almohada el nabo, y el siguiente, volver a abrir el reverso de su caja de plata y, a continuación, la tapa interior... algo que una hábil uña del pulgar logró sin el menor ruido.

Del espacioso interior de la caja —cuya voluminosa y antigua maquinaria había sido reemplazada por un modernísimo mecanismo, fino como una oblea, dejando mucho espacio útil en la parte posterior de la esfera— unos dedos sensibles extrajeron un disco de metal del tamaño y el grosor aproximados de un dólar de plata.

Una cara del disco estaba generosamente perforada; la otra, maciza, presumía de un pequeño pivote romo alrededor del cual se habían enrollado varios tramos de un cable sumamente fino.

Tras desenrollar el cable y doblar el extremo libre en forma de tosco gancho, el hombre lo sujetó al cable de la lámpara de su mesilla en un punto, localizado a través del sentido del tacto, en el que una minúscula sección del cable de la luz eléctrica había quedado al descubierto debido a un defecto de aislamiento.

Con la conexión directa establecida ahora con un micrófono oculto en la base de la lámpara de latón de la mesa del estudio, tres pisos más abajo, y la cara perforada del detector del micrófono haciendo las veces de auricular, podía oír cada palabra que pronunciaban los conspiradores.

El hombre en la cama regaló una amplia sonrisa a la amable oscuridad.

.. un lujo puro para unos músculos faciales atrofiados y forzados a mantener la expresión de Nogam durante dieciocho horas al día.

Al fin iba a recoger los frutos de tres meses de preparación y de tres semanas de ingeniosas, aunque por fuerza espasmódicas, y en todo momento desesperadamente peligrosas, manipulaciones en el sistema eléctrico de la casa.

Se quedó muy quieto durante mucho tiempo, escuchando...