XII - SOSPECHOSO
Hacia la mitad de la velada, el hombre Victor Vassilyevski y su criatura, Sturm, se encontraban sentados allí donde la lámpara de latón forjado a mano convertía la superficie de la mesa de madera de teca en un oasis de luz en medio de un yermo de sombras, con las cabezas juntas sobre una vasta profusión de libros y papeles: mapas impresos y abocetados, curiosos diagramas, obras de consulta, documentos todos oscurecidos por columnas de cifras y escritos cabalísticos inteligibles únicamente para ojos iniciados.
Tenían el estudio entero para ellos solos.
Sin embargo, cuando hablaban lo hacían en el tono discreto propio de quienes manejan secretos mortales.
A dos pasos de distancia solo alguien que supiera leer los labios habría podido captar el contenido de sus comunicaciones, e incluso en ese caso habría fracasado de no dominar tanto el alemán como el inglés.
Aparte de estas voces ocasionales y circunspectas, y del ajetreado rasgueo de una pluma de acero en la mano de Sturm, la quietud de la habitación tenía un fondo sonoro bastante constante en forma de un murmullo contenido puntuado por chasquidos ahogados, que emanaba del cofre de bronce que albergaba el aparato telautográfico.
De vez en cuando, al interrumpirse temporalmente este ruido, Victor se levantaba, leía lo que el estilete mecánico había inscrito, arrancaba el papel y volvía a su silla.
Algunos de los mensajes recibidos de este modo se los daba a conocer a Sturm, quien invariablemente agradecía esta deferencia con efusiva gratitud, y en ocasiones añadía unas palabras de comentario complacido.
Otros mensajes Victor optaba por guardárselos para sí, prendiéndoles fuego en silencio y sumando sus quebradizas cenizas a las de sus predecesores en la bandeja de latón dispuesta a tal efecto.
En tales momentos, Sturm se inclinaba más sobre su labor.
Pero Victor era muy capaz de adivinar el resentimiento que brillaba en aquellos ojos tan cuidadosamente apartados; y su fría y sardónica sonrisa comentó más de una vez, a espaldas de Sturm, la precisión con la que leía los ruines mecanismos de la mente de su «secretario».
El zumbido de un timbre amortiguado interrumpió al rato el curso regular de su laboriosidad, haciendo que Sturm diera un fuerte respingo, soltara la pluma y se revolviera en su silla, volviendo hacia Victor un rostro lívido en el que sus oscuros ojos de fanático eran ascuas vivas de excitación.
Sin una sola señal que indicara que compartía o siquiera era consciente de la emoción de Sturm, Victor sacó de forma deliberada un aparato de teléfono de debajo de la mesa, descolgó el auricular y pronunció una frase convencional de saludo.
A esto añadió un breve «Sí», y tras escuchar en silencio durante unos segundos, «Muy bien.
.. dentro de veinte minutos, entonces». Sin perder más tiempo con el autor de la llamada, colgó, devolvió el teléfono a su escondite y se sirvió un cigarrillo antes de dignarse a reconocer la insistente mirada de Sturm.
Entonces, arqueando las cejas con leve impaciencia, hizo el lacónico anuncio:
—El Once.
La boca de Sturm tuvo un tic nervioso, y sus ojos ardieron con un fuego más intenso.
—¿Viene aquí? ¿Esta noche?
—Sí.
—Entonces... —una mano descarnada describió un gesto de agitación— ¡suena la hora!
Victor pareció aburrirse.
—¿Quién sabe? —replicó, como quien dice: «¿Acaso importa?».
—¡Pero... Gott in Himmel ...!
—Sturm —interpuso Victor, con aire crítico—, si los bolcheviques fueran ustedes un poco más consecuentes, uno podría depositar una fe mayor en su sinceridad. Pero cuando a uno le toca oírle negar a la Divinidad en un momento y en el siguiente invocarla por su nombre...
—Una simple forma de hablar —masculló Sturm.
—Si no le queda más remedio que invocar a un patrón espiritual, ¿por qué no a Satán? ¿O acaso tampoco cree en los Poderes de las Tinieblas?
—Creo en usted.
—¿Como virrey temporal de Lucifer? ¡Muchas gracias! Pero estaba usted a punto de decir...
—Nada. Es decir... envidiaba su aplomo, Excelencia. Se toma las cosas con tanta calma.
—¿Por qué no habría de hacerlo?
—¿Con el Once viniendo hacia aquí para decirnos cuándo debemos atacar?
—¿Por qué no? —repitió Victor—. Estamos preparados para atacar a cualquier hora. ¿Qué importa si es esta noche o dentro de una semana, puesto que no podemos fracasar?
—¡Ojalá fuera eso seguro!
—Depende de usted.
—Ahí le duele —dudó Sturm, malhumorado—. ¿Y si fracaso?
—Pues, entonces... supongo... morirá usted.
—Lo sé. Y lo mismo nos pasará a todos nosotros, Excelencia.
—Oh, no. Desengáñese, amigo mío. Yo sobreviviré. Usted seguro que morirá, y tal vez muchos otros con usted; pero yo no sería el Número Uno si hubiera puesto mis manos en este plan sin antes descontar el fracaso por encima de todo. Mi vía de escape es segura.
—Le creo —gruñó Sturm.
Con mano lánguida Victor buscó y pulsó un botón incrustado en la mesa, cerca del borde.
—Tiene usted razón. Por muchos que sean mis defectos, mi buen Sturm, entre ellos no figura la hipocresía; yo no finjo, como sus nobles bolcheviques, que estoy en este asunto por el bien de la humanidad o por algo que no sean mis propios y egoístas fines.
.. poder, pillaje... —una breve pausa precedió a una última palabra, pronunciada en un tono de sombría pasión— venganza.
—¿Venganza? —repitió Sturm, mirándolo fijamente.
—Tengo más de una cuenta pendiente que saldar antes de poder exclamar que estoy en paz con la vida... ¡una por encima de todas!
Al estudiar con atención aquel rostro ensombrecido, y engañado por su expresión de ensimismamiento, Sturm se hizo culpable de la indiscreción de su sonrisa maliciosa.
—¿El Lobo Solitario?
Victor dirigió hacia él unos ojos cansados, y bajo su mirada negra y desprovista de brillo, la sonrisa se fundió con rapidez en una mueca de nerviosa disculpa.
—Es usted muy sagaz —observó Victor, pensativo—. Tenga cuidado: es un don peligroso.
El hombre llamado Nogam abrió suavemente la puerta y se acercó a la mesa, deteniéndose justo fuera de la zona de iluminación que proyectaba la lámpara con pantalla.
Pero puesto que Victor continuó fumando distraído, sin prestarle atención, Nogam se resignó a aguardar con total paciencia: el modelo perfecto de un sirviente curtido por un largo sometimiento a los caprichosos vientos de los antojos de sus empleadores; eficiente, asiduo, mudo a menos que se le requiriera hablar, sufrido.
Victor se dirigió a él de pronto, con una voz afilada que arrancó a Sturm un destello de avidez rencorosa.
—¡Nogam!
—¿Sí, señor?
—¿Dónde está la princesa Sofía?
—En su aposento, señor.
—¿Y el señor Karslake?
—En el suyo.
—Entonces tenga la bondad de enviarme a Shaik Tsin.
—Sí, señor.
—Y, ¡Nogam! —el criado se detuvo en el acto de darse la vuelta— no le necesitaré más por esta noche.
—Gracias, señor.
Una vez que Nogam hubo abandonado la habitación, Sturm, al notar el ligero fruncimiento en el ceño de Victor, se aventuró a decir una impertinencia disfrazada de pregunta respetuosa:
—Excelencia, quizá confía usted demasiado en ese sujeto, ¿eh?
—¿Usted cree?
—A mí me parece demasiado perfecto... nunca da un paso en falso.
—O es lo que parece, en cuyo caso un paso en falso iría contra natura; o no lo es, y sabe que un solo resbalón significaría su muerte.
—Aun así, sostengo que confía usted demasiado en él.
—¿Con qué?
—Con la libertad de moverse por su casa, la oportunidad de espiar, de enterarse de quién viene a verle y cuándo, de escuchar tras las puertas.
—¿Acaso le ha sorprendido usted escuchando tras las puertas?
—Todavía no. Pero con el tiempo...
—Lo dudo. No creo que le haga falta.
—Quiere decir —balbuceó Sturm, perturbado—, ¿cree usted que él lo sabe... que sospecha?
—Creo que es una cosa o la otra: un simple Nogam, o uno de los más grandes actores vivos. En cualquier caso, es impecable... hasta la fecha. Pero si no es un simple Nogam, dispondrá de medios más sutiles para escuchar a escondidas que arrimar la oreja a las puertas.
—¿El dictógrafo?
—Pierda cuidado por eso. Shaik Tsin registra esta habitación con regularidad.
Y también la de Nogam. Es seguro que aquí no hay instalado ningún dictógrafo, ni Nogam tiene a su disposición medio alguno para conectarse a la instalación de un dictógrafo.
De hecho, a Nogam se le vigila tan de cerca, y por ojos más astutos que los míos.
.. que a veces empiezo a temer que sea simplemente lo que parece.
—¡Entonces usted sí que sospecha de él!
—Mi buen Sturm, yo sospecho de todo el mundo.
Sturm sopesó aquello antes de insistir en su argumento.
—Karslake le encontró a ese individuo —sugirió por fin.
—Cierto.
—Y Karslake...
—No se ha hecho culpable de nada más traicionero que enamorarse de Sofía.
—¡De su hija, Excelencia!
—La joven parece contentarse con considerarse como tal... Y no me atrevería a decir que culpe a Karslake.
—Pero ¿le perdona usted?
—Ah, eso es harina de otro costal. Mi naturaleza no es de las que perdonan, Sturm... ni siquiera ante un exceso de astucia.
Victor tomó un legajo de papeles, y Sturm, mascullando una disculpa, se entregó a unas cavilaciones preñadas de celos hasta olvidar la descarada insinuación que acababa de recibir.
—Si logro demostrarle que Nogam no es de fiar... —empezó, con la intención de continuar con: Karslake quedará en evidencia como su cómplice.
Pero Victor no le permitió terminar.
—Nada me complacería más —le interrumpió—. Hágalo, faltaría más... si es que puede... y gánese mi eterna gratitud.
Sturm le interrogó con ojos perplejos.
—A ningún hombre le pido mayor servicio —dilucidó Victor con una sonrisa que hizo estremecerse a Sturm— que la prueba de que Nogam es lo que sospecho que es.
—Una mano extendida sobre la mesa se abrió y se cerró con lentitud, con los dedos tensos, como una garra asesina—.
¡No le pido mayor favor al Cielo ni al Infierno. ..!
Se interrumpió de forma abrupta. Shaik Tsin, que había entrado sin hacer ruido con sus zapatos acolchados, se hallaba en ese momento ante Victor, ofreciéndole una profunda reverencia.
—Te has tomado tu tiempo —rezongó Victor. Y Shaik Tsin sonrió con serenidad—. Quiero que esta noche te ocupes tú de la puerta —prosiguió Victor—. Se espera al Once de un momento a otro. No hace falta que lo anuncies, acompáñalo hasta aquí sin más.
—Oír es obedecer.
—Espera —dijo Victor cuando el chino empezaba a hacer reverencias para retirarse—... Karslake sigue en su habitación, supongo.
—Sí, amo.
—¿Y Nogam?
—Acaba de irse a la suya.
—¿Cuándo registraste sus aposentos por última vez?
—Durante la cena.
—Y, por supuesto, ¿no encontraste nada? —Shaik Tsin hizo una inclinación—. Asegúrate de que ninguno de los dos salga de su cuarto esta noche. Pon un vigilante en cada puerta.
—Ya lo he hecho.
Victor hizo una señal de que podía retirarse.