La Mascarada Roja (Crónicas de El Lobo Solitario 4) XI - DESCONSUELO
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XI - DESCONSUELO

Sin estar aún dispuesta a admitirlo ni siquiera ante sí misma, en su fuero interno Sofía sabía que valoraba la compañía de Karslake por algo más que el mero entretenimiento que le proporcionaba: existía un sentimiento más profundo al que no quería poner nombre.

A pesar de todo, en sus momentos de soledad sus sueños cobraban vida y calidez con el pensamiento en Karslake, en sus palabras y en su manera de ser, en las amables y pequeñas atenciones que la había acostumbrado a esperar de él y que, por su modo de actuar, se veían sutilmente revestidas de un matiz personal inexpresablemente delicioso, indispensablemente dulce.

Tampoco olvidó nunca del todo durante cuánto tiempo había adorado él con discreta devoción en su humilde altar de la caisse del Café des Exiles, ni lo mal que ella había recompensado su admiración —ni una sola vez, en todos aquellos meses, con algo tan simple como una sonrisa—, ni la falta de resentimiento con que él había aceptado la indiferencia, en parte fingida y en parte real, hacia su existencia.

Pero siempre que sus reflexiones tomaban aquel rumbo retrospectivo, recordaba al hombre que había hablado con Karslake en el café, aquel día hacía ya tanto tiempo, acerca de su propio y humilde pasado como ayudante de camarero en Troyon , en París, y que al marcharse le había dirigido a la propia Sofía aquella extraña mirada de a medias reconocimiento atenuado por el desconcierto.

Una vez intentó tirar de la lengua a Karslake acerca de aquel conocido suyo, pero la memoria de Karslake demostró ser inusualmente perezosa.

—No-o —arrastró las palabras tras una pausa bastante larga para pensar—... no sabría decirle a qué sujeto se refiere, de alguna manera no logro retrotraerme tanto, ¿sabe? Uno conoce a tanta gente, a fin de cuentas, que sueltan tantas paparruchas...

—Pero no podían ser todo paparruchas lo que hablaban —insistió la joven—, porque.

.. recuerdo que... usted ponía mucho empeño en mantener en secreto lo que decía, y hablaban un idioma de lo más extraño casi todo el tiempo.

Yo oía cada palabra —ya le había explicado lo de la extravagante acústica del Café des Exiles— y ni una sola significó nada para mí.

—Qué torpe soy, pero es que no consigo imaginarme qué pudo ser.

—Yo sí... ahora.

Karslake miró a Sofía de soslayo.

—Como he oído hablar tanto chino a los sirvientes... ahora que lo pienso —los ojos de Sofía brillaron de triunfo— estoy segura de que debía de ser chino lo que le hablaba al hombre al que me refiero.

—Imposible —sentenció Karslake con tranquilidad.

—Pero usted sabe chino, ¿verdad?

—Ni una sílaba.

Sofía abrió los labios para protestar, pero se demoró en estudiar el rostro de Karslake con fijeza. Él no intentó rehuir su escrutinio, incluso pareció buscarlo; pero en sus ojos había una mirada curiosa y socarrona, aquellos labios a medio sonreír tenían un frunce caprichoso.

—¡Señor Karslake! —anunció Sofía con severidad—, usted está mintiendo.

—Qué cosa más bonita que me dice.

—Usted sí que habla chino... confiéselo.

—Mi querida princesa Sofía —protestó Karslake—: si hubiera sabido una sola palabra de chino, jamás habría conseguido mi empleo con su padre.

—¿Por qué no?

—Él estipuló de forma expresa que yo debía ignorar ese idioma.

—¡Qué condición más absurda!

—Aun así, me atrevería a decir que el príncipe Victor tendría sus motivos.

—No me imagino cuáles...

—Posiblemente prefiriera a un secretario que no entendiera todo lo que les decía a los criados. Nunca he pretendido conocer todos los secretos del príncipe Victor, ¿sabe?

Tras una breve pausa, Sofía preguntó con suavidad:

—¿De verdad necesitaba tanto el trabajo, señor Karslake?

—Conseguirlo significó para mí más de lo que puedo expresarle... casi tanto como significa hoy en día conservarlo.

Sofía apartó la mirada al oír esto, y durante el resto del trayecto —regresaban a casa desde una matinée , tras haber dejado a Sybil Waring en su piso de Mayfair— se guardó sus pensamientos para sí misma.

Solo intercambiaron las cortesías más rutinarias, de hecho, hasta que Nogam los introdujo en el estudio, informándoles de que el príncipe Victor había ordenado que se sirviera allí el té y había prometido estar en casa a tiempo para tomarlo.

El servicio de té ya estaba dispuesto en una mesita junto a la chimenea en aquella habitación de los secretos, cuya atmósfera normal de melancólica oscuridad se veía ahora agravada por el avance del atardecer.

Solo quedaba por servir el té propiamente dicho, un rito especial que en aquella casa jamás realizaban manos más profanas que las del propio mayordomo, el mismo Shaik Tsin.

Y podía contarse con que este último no haría acto de presencia hasta que Nogam le avisara de que Victor esperaba.

De modo que, tras haberse despojado de sus pieles y haberse cerciorado, mediante un examen en apariencia fortuito pero en realidad minucioso, de que el abominable Sturm no rondaba por ningún rincón en la penumbra, Sofía se acomodó en un sofá frente a la chimenea, mientras Karslake permanecía de pie ante el fuego, mirándola con una sonrisa expectante de la que ella solo era consciente a medias.

—¿No vas a perdonarme? —preguntó él en voz baja, al cabo de un rato.

Sofía apartó la mirada pensativa del rojizo lecho de brasas.

—¿El qué?

—Has tenido la amabilidad de llamarlo una simple mentira.

—Sigo dándole vueltas a eso.

De hecho, no había pensado en otra cosa.

Había tanto que sopesar. En primer lugar, que Karslake se había hecho culpable de urdir un engaño a su padre.

El engaño en sí era una forma de traición.

¡Y cuántas veces le había recalcado Victor los peligros de su posición, rodeado de enemigos sin nombre pero implacables que no se detendrían ante ninguna infamia para consumar su ruina!

Pero si ella le contaba que Karslake entendía el chino, perdería a su amigo para siempre.

.. de eso no cabía duda. Victor no vacilaría ni un instante.

.. de hecho, Sofía estaba segura de que solo aguardaba algún pretexto parecido para deshacerse de su secretario.

Esta muchacha del Soho, cuyo ingenio se había agudizado en el sofisticado ambiente de un restaurante francés, no tenía nada de inobservadora; y en más de una ocasión había visto en el rostro de Victor un reflejo de la expresión que tan a menudo había adoptado el de papá Dupont al descubrir que algún cliente del café se tomaba un interés demasiado personal por la guapa y joven dame du comptoir . Una expresión de celos insensatos...

¿Arriesgarse a perder la camaradería que se había vuelto tan querida? ¿O faltar de forma constructiva a su deber como hija?

Una difícil elección; pero Sofía la tomó con honestidad. En realidad, se aseguró a sí misma con frialdad, no había elección posible, solo había una cosa que podía hacer dadas las circunstancias. Y endureció el corazón y la mirada al levantarse para enfrentarse a Karslake en igualdad de condiciones.

Pero cuando le vio aguardando con paciencia, con aquella sonrisa amable suya que tan bien conocía, vaciló lo suficiente para permitirle que se le adelantara con una pregunta en voz baja:

—¿Y bien, princesa Sofía?

Y entonces, asombrosamente, la lengua la traicionó, las frases que tan cuidadosamente había urdido se esfumaron por completo de su mente; y se escuchó a sí misma decir con un acento algo tembloroso:

—Está bien. No diré nada.

—¿Sobre mi conocimiento del chino?

—Sí... sobre eso.

—Entonces te importa...

La invadió el pánico al saber que, de algún modo, sus emociones se las habían arreglado para soltar amarras y escapar a su control. No ayudó ni arregló mucho las cosas escuchar su propia voz balbuciendo:

—Sí, por supuesto, yo... yo no quiero que... que tengas que marcharte...

¡Oh, la vanidad de tratar de engañar a quien sabía tan bien lo que ella ahora se estaba dando cuenta por primera vez!

—¿Porque te gusto un poquito, princesa Sofía?

—Pues... sí... claro que sí...

—Porque sabes que te amo, querida.

Y entonces se encontró a sí misma aferrada a Karslake; y los labios de él eran cálidos sobre sus manos...

De un modo tan repentino y tras tanto tiempo, el Amor llegó a Sofía; el Amor por el que todos sus días habían sido una larga y fatigosa espera, el Amor que colmaba de arrobamiento lo que no había sido sino un doloroso vacío y hacía florecer como la rosa los lugares desiertos.

Y la alegría de ello resultó ser abrumadora, arrebatándola y ofuscándola, dejándola sin aliento y sin más pensamientos que el pensamiento que todo lo oscurecía: ¡por fin amaba, y aquel a quien amaba la amaba a ella!

Y durante un rato existió en un iridiscente sueño de felicidad, sin sentido de la relación con un mundo material, olvidada del paso del tiempo, perdida a todo lo que no fueran los brazos, la voz y los labios de su amado.

Pudieron haber pasado cinco minutos, o pudieron haber pasado sesenta, antes de que se diera cuenta de que Karslake le soltaba las manos con delicadeza.

—¡Cariño, cariño! —le oyó decir—. Tenemos que ser sensatos. Me temo que era la puerta principal.

El significado de su insistencia no tardó en calar, aunque de forma vaga, y ella consintió en que él se apartara un paso o dos.

Pero, todavía un poco cegada por la belleza de la revelación que le había sido concedida, nada de lo que se ofrecía a su mirada parecía estar bien enfocado excepto el rostro de su amado: incluso el semblante de Victor penetró en su campo de visión como si estuviera borroso por velos de niebla; su expresión adusta y amenazadora no tenía ningún significado para su entendimiento.

Victor mismo, en realidad, era una figura sin más importancia real que la de ser un símbolo del viejo orden, de las viejas y tediosas costumbres del mundo del que ella había escapado por arte de magia.

Un dejo de sarcástica disculpa le proporcionó la única pista que obtuvo sobre el sentido de las palabras de Victor.

Un tanto más serena, con sus procesos mentales algo menos incoherentes, seguía sabiendo que difícilmente recuperaría la compostura hasta quedarse a solas.

Y murmurando una excusa, abandonó la habitación con la mayor dignidad de la que fue capaz.

En el pasillo, con la puerta cerrada a sus espaldas, se detuvo para rehacerse. Entonces echó en falta las pieles, los guantes y el bolso y, al recordar que se los había dejado en el estudio, por alguna oscura razón imaginó que debía tenerlos antes de subir a su habitación.

Mucho más dueña de sí misma a estas alturas, a Sofía no se le pasó por la cabeza que pudiera haber motivo alguno para dudar en regresar o sentirse incómoda ante Victor.

Era cierto que los había sorprendido, y Sofía no estaba en absoluto segura de que no la hubiera visto, en realidad, en los brazos de Karslake.

Pero ¿y qué más daba? No había que avergonzarse de un amor como el suyo; y que Victor pudiera objetar con razón a que ella entregara su corazón a uno de sus secretarios era algo que, en aquel momento, estaba muy lejos de su pensamiento.

Puso la mano en el pomo, lo giró y abrió la puerta de par en par —todo ello de forma impulsiva—, y luego titubeó, paralizada por la escena que se desarrollaba ante la chimenea.

La puerta era silenciosa en sus bisagras, y Karslake estaba de espaldas a ella. Victor, en cambio, que estaba de frente tanto a Karslake como a la puerta, vio de forma indudable a Sofía, pero fingió no haberlo hecho, y se explayó con Karslake con un tono amargamente cínico.

—... sumamente equivocado si se hace ilusiones de que le pago un sueldo para que le haga el amor a Sofía a mis espaldas.

—Lo siento, señor. —El tono de Karslake era sosegado, respetuoso pero firme—.

Sus instrucciones eran, si no me equivoco, ganarme su confianza.

Pues bien... siempre he comprobado que el amor es la única llave segura para la confianza de una mujer.

Desde luego, si hubiera comprendido que a usted le importaba lo uno o lo otro. ..

Sofía no escuchó más: inconscientemente había cerrado la puerta, ocultando de su vista al mismo tiempo la mueca exultante de Victor y, de su oído, las palabras con las que el hombre a quien amaba se había condenado de forma irremediable, precipitando su espíritu desde las radiantes cimas del éxtasis al más profundo y negro abismo de vergüenza y desesperación.

El instinto primitivo ordenó a la muchacha desconsolada que buscara su cuarto y ocultara allí su sufrimiento; pero la conmoción la había aturdido hasta el punto de la debilidad física.

Ya se llevaba una mano al corazón, que le dolía con crueldad; y al moverse para cruzar hasta el pie de la escalera le fallaron las rodillas.

Se agarró al poste de la barandilla para apoyarse, aguardando a encontrar las fuerzas para la ascensión.

Desde la parte trasera y en penumbra del pasillo, el hombre llamado Nogam avanzó apresuradamente hasta quedar a la vista, con los rasgos contorsionados en una mueca de preocupación al reconocer la desolada miseria del rostro de Sofía. Su voz sonó extrañamente frágil y lejana.

—¿Ocurre algo, señorita? ¿Hay algo que pueda hacer?

Ella se las arregló para negar levemente con la cabeza y emitir un sonido inarticulado de negación; luego comenzó a subir las escaleras con lentitud.

Abajo, Nogam se quedó mirando, en una postura de indecisión, como si se sintiera tentado de seguirla y ofrecerle el apoyo de un brazo no fuera a caerse, refrenado solo por el temor a un desaire.

Pero las plomizas extremidades de Sofía la transportaron a salvo hasta el rellano superior, y luego al bendito refugio de su cuarto, donde se desplomó sobre una chaise-longue y allí se quedó hecha un ovillo inmóvil, con los ojos secos pero sorda a las lastimeras súplicas de Chou Nu e insensible a toda sensación salvo a la angustia de su humillado corazón.