La Mascarada Roja (Crónicas de El Lobo Solitario 4) X - VICTOR Y COMPAÑÍA #2
63%

X - VICTOR Y COMPAÑÍA #2

Tanto la risita ahogada como la sonrisa afectada eran indescriptiblemente odiosas y le recordaban a Sofía a la criatura de Sturm; él le dedicaba una carcajada como aquella en la rara ocasión en que una casual proximidad animaba al boche a iniciar uno de sus toscos intentos de flirteo.

La actitud de Sturm, a decir verdad, desconcertaba a Sofía hasta la exasperación; es decir, tanto como la ofendía.

Por Victor el hombre parecía albergar un respeto exagerado y, sin embargo, profundamente arraigado, que rayaba en el temor reverencial, y que intentaba a toda costa disimular con una actitud de arrogancia; pues, según el código de Sturm, guardar algún grado de deferencia hacia alguien resultaba, a su juicio, en cierto modo deplorable, incluso vergonzoso; pero en presencia de Victor la bravuconería del individuo se marchitaba rápidamente hasta convertirse en una irremediable servidumbre, y se encogía y se arrastraba como un perro que mendiga el favor de un amo severo.

No obstante, en la mentalidad de Sturm, la hija de Victor no parecía ser más que una presa fácil, y una fuente de diversión altanera muy poco o nada disimulada. A solas con la joven, Sturm se daba aires de bajá prusianizado que se condesciende con una nueva odalisca.

Sofía profesaba al animal una repugnancia mortal que, al delatarse en palabras, miradas o gestos, solo avivaba en él un espíritu de burla.

En ausencia de Victor, los ojos de Sturm se mostraban siempre irónicos, sus reverencias y miradas lascivas resultaban burlonas, sus discursos estaban aderezados con un torpe sarcasmo; de lo que resultaba que la joven nunca lograba olvidar del todo la impresión que él se las había arreglado para transmitir en aquellos escasos momentos de su primer encuentro: que Sturm sabía algo que ella debería saber pero que ignoraba, y que se mofaba de ella a sus espaldas con mezquindad.

Qué virtudes percibía Victor Vassilyevski en aquel hombre era algo que escapaba a toda comprensión.

Pero lo mismo ocurría con la mayoría de los caprichos y las costumbres de Victor.

¿Qué enigma resultaba más oscuro que aquel portentoso asunto que impregnaba el ambiente del establecimiento con el hedor del sigilo y el terror?

¡El famoso «trabajo de investigación» que mantenía a Victor encerrado con Sturm en su estudio a diario durante horas y horas, a menudo en confabulación con otros de la misma calaña, hombres de aspecto furtivo y poco atractivo que iban y venían con cita previa a todas horas, pero por regla general a altas horas de la noche!

A estas reuniones, según pudo observar Sofía, nunca se convocaba a Karslake.

Se preguntaba por qué. Era, tal y como ella lo veía, el hombre indudablemente mejor, todo lo que Sturm no era: de rostro franco, de genio y lengua afables, educado y de buenos modales, de corazón alegre y animoso, y al mismo tiempo digno de confianza, con un metal de sinceridad y seriedad semejante al acero templado en su carácter.

.. o Sofía lo juzgaba de manera terriblemente equivocada.

Se había dado cuenta enseguida del hombre que se escondía tras el engañoso bigotito. Y ya empezaba a considerar aburrida cualquier diversión que Karslake no compartiera.

La señora Waring era, de forma innegable, un encanto.

Sofía apenas podía estar lo bastante agradecida por la feliz casualidad que había adjudicado a aquella dama el papel de acompañante; sin su guía, la joven habría sido inocentemente culpable de más de una torpeza en caminos nuevos y extraños para unos pies inexpertos y vacilantes.

Y a ella sola le debía Sofía la lenta pero constante ampliación de su horizonte social.

Pues, según parecía, Sybil Waring «conocía a todo el mundo» de forma muy literal; y Sofía no tardó en aprender a considerar como un día perdido aquel en que Sybil no lograba presentar a su protegida ante alguien de posición y poder.

La mayoría de estas personas eran mujeres de nombres altisonantes y con el sólido respaldo de mucho dinero expuesto de forma llamativa.

.. matronas de la generación más joven y frívola que por aquel entonces se encontraba tan atareada proporcionando material para los capítulos más trepidantes de la historia social del Londres de posguerra.

Pero Sofía apenas estaba capacitada para ser crítica o para adivinar que se trataba de unas trepadoras al igual que ella, y que, de haber estado su posición afianzada desde hacía más tiempo, el nombre de Vassilyevski habría hecho resonar en sus memorias ecos siniestros que las habrían ensordecido ante el rico atractivo inherente al título de princesa.

De modo que se sentía inclinada a aceptarlas a todas según la valoración que ellas mismas hacían de sí, y a la mayoría las consideraba del todo encantadoras.

Y aunque todavía no había tenido apenas tiempo de progresar más allá de las fases introductorias de los encuentros fortuitos y de las merendillas informales en público, empezaba a vislumbrar con claridad perspectivas encantadoras de tiempos mejores por venir, cuando la princesa Sofía Vassilyevski tendría en su honor no solo tés, sino también cenas y bailes, y la invitarían a pasar alegres fines de semana en las casas de campo de las gentes con quienes entablaría las amistades más sólidas.

Pero, por el momento, y sobre todo en la primordial tarea de pasárselo bien, Karslake le resultaba poco menos que una necesidad.

Pensaba en todo y no se olvidaba de nada, siempre andaba sobrado de ideas nuevas si el pasatiempo del momento empezaba a empalagar, y era capaz de prolongados arranques de alegría irresponsable que encantaban a Sofía, pues encajaban a la perfección con sus propias ansias de pura diversión.

Sin duda alguna, habría estado perdida sin Sybil Waring; pero sin Karslake, se habría sentido desolada.