La Mascarada Roja (Crónicas de El Lobo Solitario 4) X - VICTOR Y COMPAÑÍA
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X - VICTOR Y COMPAÑÍA

Aquellas primeras semanas de emancipación del tedio de la existencia en el Café des Exiles estuvieron tan repletas de prodigios que Sofía vivió en gran medida en un estado beatífico de emoción sin aliento, dedicando la mayor parte de sus días a revolotear despreocupadamente de un deleite a otro, y acostándose cada noche con un cansancio tan saludable que dormía como un tronco y no se despertaba ni una sola vez acosada por el recuerdo de sueños perturbadores.

Quizás su placer ardía con mayor intensidad por su fondo oscuro y ambiguo.

.. aquellas numerosas preguntas que el príncipe Victor persistía en dejar sin respuesta.

Sofía pasó por malos momentos de perplejidad y depresión, en los que el precio del paso de criada a princesa parecía un precio muy duro de pagar.

Y, sin embargo, de habérsele exigido que declarase de manera explícita el coste que le suponía, tendría que haber vacilado por miedo a parecer ingrata al quejarse, ella, que apenas necesitaba expresar un deseo para que se le concediese, que de hecho veía hecho realidad más de un anhelo antes de tener plena conciencia de que hubiera nacido en sus pensamientos más íntimos.

Todas aquellas hermosas cosas materiales de la vida por las que su hambrienta adolescencia había suspirado de forma tan desesperada eran ahora suyas en abundancia, e igual ocurría con todas las cosas menos tangibles y tan necesarias para la felicidad de las mujeres en un mundo mundano.

.. o casi todas. Tenía vestidos, con pieles y faralaes sin fin; flores, halagos y frivolidades; libertad dentro de unos límites que hasta la fecha no le resultaban fastidiosos; joyas que habrían engalanado una diadema imperial.

.. todo, a excepción de lo único esencial sin lo cual todo es una nada hueca y la vida misma tan solo el soñar de un sueño.

La única carencia que la Sofía de aquellos días conocía era la falta de Amor.

Había pasado tanto tiempo anhelando amar, buscando a ciegas y en vano a algún ser humano para quien su afecto significara algo vital y querido.

.. parecía cruel que su anhelo debiera seguir siendo denegado.

Tal y como le había sucedido con mamá Thérèse, le ocurría ahora con aquel padre romántico que acababa de darse a conocer por sí mismo.

Deseaba desesperadamente, y se esforzaba todo lo posible, por amar a Victor como debería hacerlo su hija; y sabía y nunca dudó que él sentía un profundo afecto por ella; sin embargo, al escudriñar en su fuero interno, Sofía no descubría hacia aquel hombre otro sentimiento que una singular forma de miedo.

Su mirada, su tono, sus modales, su presencia en general, le inspiraban una especie de encogimiento sin nombre, unos temores inarticulados y una desconfianza que a la muchacha le resultaban a la vez del todo inexplicables y tristemente decepcionantes; de modo que, a pesar de todo su deseo y voluntad de que fuera de otro modo, se descubría a sí misma poniendo como excusa intereses triviales de forma involuntaria para mantenerse alejada de Victor y, cuando no le quedaba más remedio, permaneciendo en silencio e incómoda en su compañía, o bien aferrándose a algún pretexto endeble, el que fuera, para engatusar a un tercero para que se uniera a ellos, no importaba quién: la señora Waring, Karslake, e incluso el inefable Sturm.

No obstante, había ocasiones, además demasiadas, en las que, de repente, Victor abandonaba sus preocupaciones ocultas y, desbaratando sin miramientos cualquier plan que Sofía hubiera hecho con la señora Waring o Karslake, buscaba otros placeres de su propia invención para que ella los compartiera a solas con él: largas excursiones en automóvil por la campiña inglesa, al parecer su entretenimiento favorito; un palco para ellos solos en algún teatro, donde Victor se quedaba sentado observando a la joven con una fascinación que solo rivalizaba con la fascinación de ella por el trajín de las tablas; cenitas a solas curiosamente forzadas en restaurantes de moda; paseos matinales por Rotten Row, donde de forma extraña parecía que Victor conocía a todo el mundo, mientras que ni uno de cada quinientos parecía conocerle a él. .. o molestarse en hacerlo.

A Sofía, de hecho, a menudo le desconcertaba tener que explicarse lo que a ella se le antojaba un afán casi patético por parte de Victor, en extraña consonancia con sus elevadas pretensiones, de reclamar amistad y ganarse el reconocimiento incluso de las personas más insignificantes.

Y advertía, además, que su humor tendía a mostrarse irascible a raíz de sus excursiones por los lugares frecuentados por los famosos.

Pero era por otras razones completamente distintas por lo que llegó a temerlas por encima de todo.

Por un lado, la conversación de Victor solía ser bastante aburrida; en el mejor de los casos, lo contrario de estimulante.

Y, a pesar de su incondicional aceptación de él como su padre, seguía siendo para Sofía en la práctica un recién conocido; a todos los efectos, un hombre extraño.

Y de los extraños, más que de los parientes con cuyas mentes se presume que uno mantiene una estrecha intimidad, uno tiene derecho a esperar algo en el sentido de un estímulo mutuo a través de la apertura de nuevas perspectivas de experiencia, pensamiento y sentimiento.

Mientras que —al menos con Sofía— Victor parecía incapaz de hablar de otra cosa que de dos temas, uno u otro de los cuales dominaba constantemente sus pensamientos.

Nunca se cansaba de advertir a Sofía contra los peligros de aquellas flaquezas morales que, según él afirmaba, le correspondían por herencia legítima; y que, si Victor tenía razón en sus argumentos, ella difícilmente podría esperar superar sin una lucha desesperada.

Tendría que estar en guardia perpetua, insistía él, no fuera a ser que la tentación de algún momento, imposible de prever, resultara demasiado fuerte para su debilidad de carácter latente, y la empujara, a través de algún acto no premeditado de desafío a la ley —con toda probabilidad un acto de robo—, a una vida de proscrita social.

Para hacerle justicia, la joven no se sentía apenas impresionada en el plano consciente por este supuesto peligro.

Nunca había sido consciente de defecto alguno del tipo de los que Victor quería dotarla; por lo que alcanzaba a recordar, nunca se había sentido tentada a cometer pecados más veniales de los que entrañaba mentir de vez en cuando a mamá Thérèse para librarse de un castigo inmerecido a manos de aquella hacendosa virago; y en cuanto a robar, la sola idea de algo de esa naturaleza le resultaba a Sofía detestable.

Pero de manera inconsciente, sin duda, la eterna repetición de las advertencias de Victor surtía el efecto deseado sobre aquel espíritu sensible e impresionable.

Por otra parte, de forma gradual, pero demasiado pronto, se hizo evidente que el recuerdo de su apasionado apego por la madre de la muchacha poseía a Victor hasta el punto de la monomanía.

Le costaba un esfuerzo obligarse a hablar con Sofía de otros temas.

No pensaba en otra cosa cuando estaba con ella; si sabía interpretar correctamente sus ojos, a menudo los destellos de luz extraña que parpadeaban en sus profundidades opacas, como relámpagos de calor en una oscura noche de verano, llegaban a asustarla de verdad, y era consciente con un estremecimiento de la posibilidad de que Victor corriera a veces el peligro de confundir a la hija con la madre.

—Jamás hubo parecido semejante —había pronunciado una vez, con la mirada perdida—. ¡Te pareces más a ella que ella misma!

Sofía, perpleja de forma justificada, así lo aparentó.

—Quiero decir que en ti se recrea la visión de la mujer que amé y perdí... la mujer que yo veía en ella, no la mujer que era en realidad.

—¿Perdió? —murmuró la joven.

El semblante grisáceo adquirió un matiz añadido de sombría pasión.

—Ella nunca me comprendió, me trató mal. Una vez, en un arrebato de resentimiento, huyó. Hice todo lo posible... ¡todo, te lo aseguro!, para recuperarla, pero...

Se atragantó con los amargos recuerdos... y Sofía se acordó de forma dolorosa de las máscaras de demonios chinos del estudio de Victor. Pero el parecido se desvaneció apenas lo hubo advertido; bajo su mirada, los rasgos retorcidos se alisaron y recobraron su habitual expresión de austeridad.

—Antes de que pudiera convencerla, naciste tú... Después, ella murió.

A pesar de ser consciente de la omisión y de temer que nunca se llenaría el vacío si le interrumpía, Sofía no pudo evitar pronunciar un sonido de pesar y lástima por el destino de la madre que nunca había conocido, cuya prematura muerte había puesto fin a una vida que, por razones desconocidas pero que la hija podía comprender de forma vaga y lamentable, se consideraba insoportable como esposa de Victor.

Porque a estas alturas Sofía ya había superado la fase de fingir ante sí misma que no era más feliz lejos de su padre.

Victor malinterpretó la naturaleza del sentimiento que dominaba a la muchacha... y se atribuyó a sí mismo la compasión que sus revelaciones habían despertado en ella.

—Pero no te aflijas por mi cuenta. ¿Acaso lo que se perdió no me ha sido devuelto de nuevo? En ti mi viejo amor vuelve a vivir una vez más... ¡pequeña Sofía!

Le cogió y le apretó una mano que descansaba sobre el mantel entre ellos. (Aquella noche, por casualidad, estaban cenando en el Ritz). Y Sofía volvió a experimentar aquel inevitable y odioso encogimiento con el que se estaba familiarizando demasiado.

Bajó la cabeza para que sus ojos no la delatasen.

—La gente nos verá...

—¿Y qué si lo hacen? Los que nos conocen difícilmente verán nada malo en que yo apriete la mano de mi propia hija; y los demás —no es que importen— solo pensarán que soy el perro más afortunado del mundo... ¡y así es!