IX - LA SEÑORA WARING #2
—¡Querida mía! —exclamó la mujer, sosteniendo las manos de Sofía y besándole la mejilla. Y luego, mirando de soslayo a Victor, añadió con aire de tierna reminiscencia—: ¡Pero qué gran parecido!
—¡Oh! —exclamó Sofía—. ¿Conocía usted a mi madre?
—Desde luego... y la quería. —Sofía no soñó nunca en poner en duda la sinceridad de la mujer; y el encanto de sus modales resultaba irresistible—. Debes intentar quererme un poquito por ella...
—¡Como si una pudiera evitar quererla por usted misma, señora Waring!
—Qué bonito lo dices, querida. Has heredado algo más de tu madre que tu belleza. ¿No es así, mon prince ?
—Mucho más. —La enigmática sonrisa de Victor dio paso a una expresión de pesar e inquietud—. Confiemos, sin embargo, en que no sea demasiado. La herencia —reflexionó con ánimo sombrío— es una fuerza de tal fatalidad en nuestras vidas...
Hizo un gesto de preocupación y continuó con la deliberación que lo caracterizaba, y con esa precisión de dicción que parecía no poder olvidar nunca, ni siquiera cuando estaba profundamente conmovido.
—Ahora más que nunca, que Sofía me ha sido restituida, me gustaría que el pasado hubiera sido distinto, que ella pudiera empezar la vida con un lastre menos cruel de tendencias heredadas. Pero cuando pienso que ambos padres...
—¡Por favor! —suplicó Sofía, compungida—. ¡Oh, por favor!
—Lo siento, querida. —Victor cerró sus tiernas manos sobre las que la joven había alzado en señal de súplica—.
Es solo por tu propio bien que me tomo la pena de advertirte contra tu peor enemigo: me refiero a ti misma, al yo que es un compuesto tan extraño de debilidades hereditarias.
.. Te ruego que recuerdes siempre que, pase lo que pase, por muy lejos que te dejes llevar a transgredir los códigos sociales, nunca te lo echaré en cara; por el contrario, puedes contar implícitamente con mi comprensiva empatía.
Nunca olvides que yo también he conocido, he sufrido y he luchado contra mí mismo.
.. y al final he ganado a un precio que todavía no he terminado de pagar, ni lo haré, me temo, a este lado de mi tumba.
Suspiró desde el fondo de su corazón y, con la cabeza agachada y apesadumbrada, pareció perderse en una ensoñación desconsolada... pero no tanto como para soportar la interrupción que Sofía hizo ademán de ofrecer y que él detuvo con una elocuente mano.
—¿No lo entiendes? Es lo natural. Déjame que te lo explique. No: no hay razón por la que Sybil —la señora Waring— no deba oírlo. Es una querida amiga desde hace muchos años, ella lo comprende.
Con un suave murmullo —«¡Oh, por supuesto!»—, la señora Waring pasó un brazo cariñoso alrededor de los hombros de Sofía y retuvo suavemente a la muchacha contra sí.
—Cuando tomé la determinación de abandonar los malos caminos de antaño —prosiguió Victor—, esto debes saberlo, querida, tenía amigos.
.. de cierta clase... que se resintieron por mi deserción, se opusieron a mi voluntad y, al descubrir que no podían apartarme de mi propósito, se convirtieron en mis enemigos.
Eso ocurrió hace mucho tiempo, pero a día de hoy algunos de ellos persisten en su enemistad.
.. tengo que estar constantemente en guardia.
—¿Quiere decir que hay peligro? —preguntó Sofía, con repentina ansiedad—. ¿Su vida...?
—Siempre —asintió Victor con gravedad. Con un encogimiento de hombros, añadió—: No es nada; en lo que a mí respecta, estoy acostumbrado y no me importa demasiado.
Pero en lo que atañe a ti... eso ya es harina de otro costal.
Temo mucho por ti, hija mía. Ese es, en verdad, el motivo por el que no intenté buscarte hasta ayer.
.. al creer, equivocadamente como creía, que estabas en buenas manos, bien cuidada, feliz.
.. por miedo a que mis enemigos intentaran atacarme a través de ti.
Pero cuando vi aquel desafortunado anuncio no me atreví a demorar ni una hora más el ponerte bajo el amparo de mi protección.
Incluso ahora, por muy incansable que sea mi cuidado hacia ti, sé que mis enemigos serán igual de incansables en sus esfuerzos por arrebatarte de mi lado.
Te seguirán, te acosarán, te importunarán, te mentirán, te amenazarán.
.. todo ello sin descanso. Si no pueden apartarte de mí físicamente, tratarán de envenenar tu mente contra mí.
Por lo tanto, antes que mantenerte prácticamente prisionera en tu propia casa, me veo en la obligación de exigirte una promesa.
Profundamente conmovida por la melancólica gravedad que inspiraba su actitud, la joven protestó con fervor:
—Cualquier cosa... prometeré cualquier cosa, antes que ser motivo de ansiedad para alguien tan bondadoso.
—¿Bondadoso? ¿Con mi propia hija? —Victor sonrió con tristeza—. Pero si te quiero, pequeña Sofía. Tampoco es mucho lo que debo pedirte: tan solo que nunca salgas sola, sino únicamente en compañía de la señora Waring o del señor Karslake o, preferiblemente, de ambos.
—Oh, lo prometo...
—Pero hay algo más: si por casualidad te vieras alguna vez sola en público, no permitas que te hablen desconocidos, niégate a escucharlos.
—Lo prometo.
—Y por último: si alguien intentara alguna vez ponerte en mi contra, ven a verme al instante y cuéntamelo.
—Pero, como es natural, así lo haría, padre.
—Bien. Confío en tu discreción y lealtad.
En otra ocasión te explicaré las cosas con más detalle.
Por el momento... ya está bien de hablar de un tema tan desagradable.
Te espera un día ajetreado. A petición mía, la señora Waring ha organizado que varios comerciantes te atiendan esta mañana para tomarte los pedidos para los comienzos de un guardarropa.
Si consigues encontrar algo de confección que ponerte, querrás, sin duda, pasar la tarde de compras.
Habrá un coche a tu disposición y te doy carta blanca.
Deseo que nunca conozcas una necesidad o deseo insatisfecho.
Aun así, soy lo bastante egoísta para reservarme la felicidad de elegir tus joyas.
—¡Oh! —exclamó Sofía, sin aliento. Victor mantenía los brazos abiertos; ¿y cómo iba ella a negárselos?—. Eres demasiado bueno conmigo —murmuró—. ¿Cómo podré demostrarte nunca mi gratitud?
Estrechándola contra sí, Victor esbozó una extraña sonrisa.
—Algún día tal vez te lo diga. Pero hoy... nada más. Estoy muy ocupado con mis asuntos; pero la señora Waring cuidará de ti hasta la noche, cuando me prometo el placer de cenar con vosotras dos.
Al oír unos golpes en la puerta, apartó a Sofía suavemente de él y dijo con voz firme:
—Adelante.
La puerta se abrió y Nogam anunció:
—El señor Sturm.
Casi al eco de su nombre, un hombre irrumpió en la habitación con un aire a la vez nervioso y agresivo —un hombre alto, vestido con ropa gastada y que mantenía la cabeza alta— y, al ver a Sofía y a la señora Waring, allí donde sin duda había pensado encontrar al príncipe Victor a solas, se detuvo en seco, delatando su desconcierto en la forma en que instintivamente adoptó la postura de un soldado en posición de firmes, juntando los talones con un innegable chasquido, enderezando los hombros y poniendo ambos brazos rígidos a los costados.
Y, por un breve instante, los ojos le giraron casi de forma salvaje en sus profundas cuencas.
Luego se inclinó dos veces, desde las caderas, con precisión mecánica: una vez de forma profunda ante Victor, y la otra con profundo respeto a las mujeres.
Victor ahogó una exclamación de fastidio.
Sin que ella lo pretendiera, una palabra cobró forma en la consciencia de Sofía, un monosílabo francés en el que la guerra había condensado todos los matices y gradaciones del odio y el desprecio: el epíteto boche .
Borrando de inmediato toda señal de irritación, Victor saludó al hombre con una suavidad casual.
—Oh, aquí está usted, ¿eh, Sturm? —Luego, al ver que Sofía y la señora Waring se volvían para marcharse, añadió con rapidez—: Un momento, por favor.
Ya que a partir de hoy el señor Sturm pasa a ser un miembro de la casa y actúa como mi ayudante en una labor de investigación que estoy llevando a cabo, bien podría presentarlo ahora.
Señora Waring, permítame: el señor Sturm.
Y la princesa Sofía Vassilyevski, mi hija. ..
Murmurando sus nombres después de Victor, el hombre llamado Sturm ejecutó dos reverencias más.
Al mismo tiempo pareció recordarse a sí mismo que su porte militar resultaba quizá poco juicioso, y en el acto lo abandonó por un estudiado desgarbo que, a los ojos de Sofía, resultó poco menos que insolente.
Y de manera inequívoca había algo muy parecido a la insolencia en los ojos que buscaron los suyos con osadía: una mirada cuando menos equívoca y, de forma intencionada o no, totalmente ofensiva en esencia; como si el individuo estuviera afirmando su complicidad en algún entendimiento secreto; o como si supiera algo que no redundaba en absoluto en favor de Sofía. ..
En consecuencia, su reconocimiento al saludo de aquel hombre fue frío, y se alegró cuando un asentimiento del príncipe Victor le dio permiso para retirarse.