IX - LA SEÑORA WARING
A última hora de la mañana un rayo de luz dorada encontró una rendija en las cortinas celosamente corridas, y tanteó la rica penumbra del dormitorio hasta posarse, como si se alegrara de que su búsqueda hubiera hallado tan hermosa recompensa, sobre el rostro de una muchacha que dormía en una cama cuyo exquisito adorno habría halagado incluso a la excelsa persona de una princesa.
Con un movimiento rápido pero silencioso, otra muchacha, que había estado sentada pacientemente en un taburete bajo no muy lejos de allí, se levantó y se interpuso en el camino del rayo de sol.
Pero ya era demasiado tarde: unas largas pestañas ya aleteaban sobre las mejillas delicadamente modeladas de la durmiente.
Un suave suspiro rozó unos labios entreabiertos; el dulce cuerpo se agitó de forma voluptuosa; sin que los enturbiara sombra alguna de recelo, los ojos azules de la princesa Sofía se abrieron a la primera luz de su nuevo mundo.
A continuación, se abrieron de par en par, sorprendidos, al comprender que el rostro de la muchacha que los observaba era liso, bonito, de rasgos chinos y de una edad aproximada a la suya; la cual, con los ojos bajos, la boca recatada y las manos cruzadas, aguardaba sumisa a ser reconocida.
—¿Quién eres? —preguntó Sofía en un suspiro.
Una reverencia, totalmente encantadora, precedió a una respuesta farfullada en un inglés de lo más peculiar:
—Su sirvienta... Chou Nu es mi nombre.
—¡Mi sirvienta!
—Sí, princesa Sofía.
—Pero no lo entiendo. ¿Cómo... cuándo...?
—Anoche el Número Uno me mandó llamar, pero cuando llegué usted ya dormía.
—¿El Número Uno?
La sorpresa tiñó levemente la explicación:
—El príncipe Victor, el honorable padre de la princesa Sofía. ¿Gusta levantarse ahora, tomar un baño y desayunar?
La sonrisa resultaba irresistiblemente halagadora: Sofía no pudo sino devolvérsela. Encantada, Chou Nu corrió hacia las ventanas, abrió las cortinas de par en par y entró como una flecha en el cuarto de baño.
La luz otoñal del sol encendió hasta convertir en ardiente belleza las trenzas de bronce dorado enrolladas sobre las almohadas en las que Sofía yacía inmóvil, como una princesa encantada.
.. que, de hecho, lo era. ¡Sin duda, nada menos potente que la magia había obrado aquella metamorfosis en el tejido de su vida!
Y ya fuera magia blanca o negra... ¿qué más daba? Su obra era buena.
Se acabó el Café des Exiles, se acabó el tedio mortal del servicio diario en el escritorio de la caisse , se acabó la lengua viperina de mamá Thérèse, las odiosas miradas lascivas de papá Dupont, la incesante carcoma del descontento...
¡Increíble!
Como alguien que se mueve en un sueño, Sofía se levantó al poco, se bañó, y después, enfundada en un arrebatador salto de cama de brocado raro, desayunó melón, té y tostadas en una vajilla de porcelana china de cáscara de huevo.
En un espejo de cuerpo entero se vio y se observó, pero no se reconoció. Al igual que la Goody Twoshoes de la fama infantil, podría haber exclamado: «¡Dios mío! ¡Esa no soy yo!».
La presencia de Chou Nu solo sirvió para acentuar la sensación de irrealidad: pues, saltaba a la vista, ¡solo la heroína de un auténtico cuento de hadas podría haber roto la fase de crisálida del sórdido Soho para pasar a la brillante existencia de mariposa de una princesa rusa domiciliada en el barrio más aristocrático de Londres y atendida por una doncella china!
Y Chou Nu resultó ser un encanto. Una vez satisfecha de que no debía temer ni mal humor ni arrogancia por parte de su nueva señora, se entregó a un flujo constante y uniforme de ingenuo buen humor; y su divertido y entrecortado inglés brindó a Sofía un entretenimiento considerable junto con no pocos motivos para la reflexión.
Así, se enteró de que el grueso del personal de servicio era chino y estaba a las órdenes de un mayordomo de nombre Shaik Tsin —«tío segundo» de Chou Nu—, que gozaba de la más absoluta confianza del príncipe Victor y era, solo por detrás de este último, el verdadero jefe del establecimiento, su genio tutelar.
Solo la parte delantera de la casa estaba a cargo de un puñado de criados ingleses nominalmente bajo las órdenes del hombre llamado Nogam, pero que en realidad, al igual que él, respondían en última instancia ante Shaik Tsin.
El porqué de aquello, Chou Nu no sabría decirlo. Sofía supuso que sería porque el príncipe Victor pensaba que sus invitados occidentales se sentirían más a gusto con criados ingleses; o tal vez él mismo los prefiriese en lo tocante a la asistencia personal.
No hubo éxito en los esfuerzos por sonsacarle a Chou Nu el motivo por el que se refería a Victor como «Número Uno».
Afirmó sin más que todos los chinos de Londres le llamaban así; y, al insistirle más, añadió, con lo más parecido a la impaciencia que su naturaleza apacible pudo reunir, que a todas luces era porque el príncipe Victor era el Número Uno: todo el mundo lo sabía.
Unos golpes en la puerta interrumpieron el interrogatorio de Sofía. Al contestar, Chou regresó con el recado de que el honorable padre de la princesa Sofía presentaba sus augustas felicitaciones y solicitaba el favor inmediato de su serena presencia en su estudio.
Una apresurada búsqueda no logró dar con las prendas descartadas al acostarse y que, en la indiferencia de la depresión y la fatiga, habían quedado tiradas en un montón en el suelo.
Todas se habían esfumado mientras Sofía dormía; Chou Nu confesó la más absoluta ignorancia en cuanto a su destino; y por lo visto no se había provisto nada en su lugar, salvo ropajes chinos de suntuosas vestiduras muy apropiadas para alguien de alta alcurnia.
Con ellos, pues, y con la guía de Chou Nu en cuanto a su elección y ceremoniosa disposición, Sofía se vio obligada a apañárselas; y todo menos poco favorecedores le resultaron.
.. o de verdad era una figura de ensueño la que la miraba desde el espejo.
Y sin embargo, fue con paso renuente como abandonó su habitación, bajó la amplia escalinata hasta el vestíbulo y se dirigió a la puerta del estudio. Había sido tan hermoso aquel sueño diurno, secuela de su noche de sueño sin sueños, demasiado hermoso para renunciar a él sin pesar.
Porque Sofía no lo había olvidado, nunca podría olvidarlo; tan solo había logrado desterrar temporalmente de su mente aquella amarga desilusión que había envenenado el que debería haber sido su momento de mayor alegría.
Que a una le dijeran, por boca del padre de cuya querida existencia acababa de enterarse hacía una hora, que era hija de un notorio ladrón y de una aventurera...
Hacía falta una fortaleza poco común para hacer frente al renovado recordatorio de aquella vergüenza.
Por extraño que pareciese, el hecho de cruzarse con el hombre llamado Nogam en el vestíbulo y corresponder a su reverencia y a su sonrisa pareció ayudarla un poco, infundirle de algún modo valor y seguridad.
Sofía se preguntó vagamente qué era lo que hacía que su sonrisa pareciera tan amable; era del todo respetuosa, no había en ella nada más en lo que pudiera fijarse; y sin embargo. ..
Logró ofrecer a Victor un semblante sereno, casi feliz, y responder con alegres afirmaciones a las minuciosas preguntas sobre su bienestar y su comodidad durante la noche.
El verdadero afecto que él le profesaba, la calidez de su abrazo y la prolongada presión de sus labios dieron testimonio convincente; y con el tiempo, sin duda, a medida que llegara a conocerlo mejor, su respuesta se volvería más espontánea y verdadera.
De hecho, insistió, tendría que ser así; se educaría a sí misma, de ser necesario, para recordar que aquel hombre extraño era el autor de su existencia, el objeto natural de su afecto.
.. y que merecía todo su amor aunque solo fuera por aquella nobleza que le había permitido renunciar a aquellos malos caminos de años muertos tiempo atrás.
Pero aquel día —y esto, por supuesto, ella no lograba comprenderlo—, un leve pero invencible estremecimiento, perceptible solo para ella, acompañó a su sumisión a las caricias paternas; y los ojos con los que miraba al príncipe Victor eran demasiado desapasionados.
Aun así, poco encontraron a lo que se le pudiera poner una justa objeción.
Si la Vida había sido hasta entonces cruelmente franca con Sofía en lo tocante a sus aspectos más amplios, las sutilezas de su técnica seguían siendo en gran medida un misterio; no estaba lo bastante instruida para percibir que la levita de Victor (por ejemplo) había sido cortada con una pizca de excesiva astucia, o que el conjunto de su atuendo resultaba un poco recargado; y allí donde una mente más mundana habría advertido una apreciable constricción en sus modales, ella solo veía dignidad y reserva.
Pero, a pesar de todo, reconoció por intuición la falta de algo en el hombre; la suma de aquella segunda impresión sobre él era una informe decepción, se sentía de algún modo engañada, descorazonada, helada.
El hecho de que lograra disimular esta sensación de expectativas frustradas se debió principalmente a un tercero, una persona desconocida cuya presencia pasó por alto al entrar, cuando el príncipe Victor salió a su encuentro cerca de la puerta, mientras la otra persona se quedaba a un lado, medio oculta en el hueco de una ventana.
No obstante, en el momento en que Victor se apartó a medias y dijo: «He encontrado una amiga para ti, querida», Sofía, siguiendo su mirada, descubrió a una mujer que, en cada detalle de su vestido y comportamiento, pertenecía inconfundiblemente al mundo elegante y cuyo rostro conservaba recuerdos de una belleza no menos inconfundible.
Sonriendo y tendiendo las manos, se acercó, mientras la voz de Victor, de densas modulaciones, pronunciaba con formalidad:
—Sybil, permíteme presentarte a mi hija. Sofía, la señora Waring se ha ofrecido amablemente a apadrinar tu introducción en la Sociedad, a guiarte, a instruirte y a ser tu mentora en todos los sentidos.