La Mascarada Roja (Crónicas de El Lobo Solitario 4) VII - LOS FANTÁSTICOS #2
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VII - LOS FANTÁSTICOS #2

La cámara a la que se accedía por caminos tan tortuosos y fantásticos era grande.

.. resultaba difícil adivinar exactamente cuánto, ya que todas sus paredes estaban ocultas por paneles de seda negra sobre los que se retorcían y arrastraban dragones dorados.

Una gruesa alfombra negra cubría cada pulgada del espacio visible del suelo, un dosel de seda negra ocultaba el techo, y toda la estancia se encontraba sumida en una profunda penumbra, salvo el espacio situado justo debajo de una gran lámpara de cristal opalescente, adornada también con paños negros.

Allí se encontraba una mesa octogonal de madera de teca negra, en siete de cuyos lados se habían dispuesto otras tantas sillas.

Para cuando Trece ocupó su asiento, todas estaban ocupadas.

En el octavo lado, una octava silla permanecía vacía sobre un pequeño estrado; la pesada talla de su alto respaldo y sus macizos brazos y patas estaban resaltados en oro.

Los seis que se le habían adelantado a Trece en este extraño lugar de encuentro lo saludaron como a un allegado, según sus distintas idiosincrasias, de manera brusca, con indiferencia o con cierta apariencia de cordialidad. Constituían un grupo variopinto.

Dos de ellos tenían aspecto de ingleses, aunque la figura de lánguida elegancia ataviada con traje de etiqueta, que bien podría haber engalanado el salón de un club del West End, tenía una voz suave con acento celta.

El otro poseía un cuerpo corpulento vestido con unos llamativos cuadros y, con sus mezquinos ojos azules, su tez moteada y su mirada astuta, no habría desentonado en un recinto de apuestas.

Aparte de ellos, había un babu bengalí con cara de luna llena, un italiano moreno de ojos y dientes centelleantes, y un individuo corpulento de aspecto bovino teutónico.

.. el tipo que es sensato, sagaz, fácil de tratar cuando nadie se le opone, pero capaz, en caso de provocación, de hacer gala de la brutalidad más desaprensiva.

De este último fue de quien Trece recibió la acogida más calurosa.

—Llega usted tarde, amigo mío.

—Pero con tiempo suficiente —respondió Trece, con un cabeceo en dirección a la silla vacía—. Además, no me entregaron el aviso hasta hace unos veinte minutos.

—¿Cómo es posible? —inquirió el babu —. Se envió a las seis en punto.

—Me encontraba trabajando en el laboratorio y había dejado órdenes de que no se me molestara.

De no ser por un motivo —la petulancia de la expresión habitual de Trece se atenuó con un destello de autocomplacencia, y le tembló un poco la voz por la emoción—, puede que no hubiera recibido el aviso hasta por la mañana.

—¿Y cuál es ese motivo?

—¡El éxito, camaradas! Al fin... después de meses de experimentos... ¡he coronado con el éxito!

—¿De qué manera? —preguntó con sequedad el hombre del traje a cuadros.

—He descubierto un gran secreto... lo he descubierto, lo he perfeccionado, y lo he adaptado a los medios comunes a nuestra disposición. Camaradas, os aseguro, ¡esta noche tenemos a toda Inglaterra en la palma de nuestra mano!

Con una exclamación ininteligible y los ojos en llamas, el ruso se inclinó hacia delante. De forma inconsciente, los demás imitaron su acción. Solo el hombre del traje de etiqueta hizo ademán de permanecer impasible.

—Palabras muy bonitas y grandilocuentes son las que usa —comentó—. «¡A toda Inglaterra en la palma de nuestra mano!». Si es que significan algo, camarada, quieren decir...

—¡Todo! —le cortó Trece, con arrogante determinación—; todo lo que hemos estado esperando, todo lo que hemos anhelado, por lo que hemos rezado: el fin de las clases dominantes, la extinción de los malditos aristócratas, el sometimiento del tres veces maldito burgués, el triunfo del proletariado, ¡todo de un solo golpe, veloz, sutil y certero!

Libertad para Irlanda, libertad para la India, libertad para Inglaterra, la rápida propagación de aquel amanecer rojo que hoy en día ilumina los cielos rusos, ¡hasta que el mundo entero se bañe en su cálido resplandor y nos aclame a nosotros, camaradas, como a sus redentores!

—¡ Lieber Gott ! —suspiró el alemán—. ¡Colosal!

—¡Eso, eso! —aplaudió el inglés, rutinario y escéptico—. Que me aspen si no me habías hecho olvidar dónde me encontraba... me habías hecho creer que estaba en Hyde Park, de verdad, escuchando a un maldito orador encaramado en una caja.

—Puedes reírte todo lo que quieras —replicó Trece, con una mirada avinagrada—; pero cuando me hayas oído, no te reirás. No me estoy jactando... te lo estoy advirtiendo.

—Pues no es para tanto —sugirió el irlandés—. Tienes la boca llena de ruido y furia, pero hasta que no nos cuentes algo más, no nos habrás dicho nada.

El semblante de Trece se ensombreció aún más, y por un momento pareció meditar una réplica airada; pero se lo pensó mejor, conformándose con un gesto de impaciencia y un murmullo:

—Todo a su debido tiempo; el Número Uno aún no está aquí.

—¿Por qué perder el tiempo esperándole? —inquirió el inglés—. No sirve para nada, está acabado.

Trece entornó los ojos.

—¿Por qué lo dices?

—Está acabado, el Número Uno está... rematado, fuera de combate, ¡caput! Ya tuvo su momento de gloria, y ha montado un buen lío con ello... y ya va siendo hora, digo yo, de que se haga a un lado y deje que otro mejor tome las riendas.

Los gruñidos a coro respaldaron esta declaración de amotinamiento; pero de pronto fueron acallados por una voz, sonora y sosegada, que provino del exterior del círculo:

—¿Eso cree, Siete? Pues... ¿quién sabe?... tal vez esté usted en lo cierto.