VII - LOS FANTÁSTICOS
Corriente abajo de The Pool, a poca distancia de Shadwell, se alzaba en aquellos días —o, mejor dicho, se agazapaba, como un grupo mudo de viejas brujas desaliñadas— una tosca hilera de viviendas destartaladas, sobre un muro de contención del río cuyos bloques antiguos, todos ellos viscosos por el limo de los siglos, atisbaban vagamente a través de grupos de pilotes desvencijados el incesante espectáculo de la vida del Támesis.
Contempladas de día, pongamos desde la cubierta de un vapor fluvial, el espectáculo que ofrecían resultaba, según el sesgo del estado de ánimo y del talante, feo y lúgubre, o bien pintoresco y romántico: Whistler podría haber grabado aquellas casas, Dickens haber montado en ellas una modesta tragedia, Thomas Burke haber convertido una de ellas en el marco de alguna viñeta inolvidable de la vida en Limehouse.
Construidas de piedra o de ladrillo, o de ambas cosas, en sus fachadas orientadas hacia tierra firme, sin excepción alguna presentaban hacia el río falsas fachadas traseras con un entramado de madera que sobresalía por encima del agua.
Por lo habitual, sus ventanas permanecían herméticamente cerradas, y sus cristales resultaban opacos por la roña acumulada; muchos de ellos estaban rotos y tapiados con tablas.
Su aspecto era desolador, su miseria desesperada.
Más abajo, durante el día, pesadas barcas de remos se balanceaban amarradas a los pilotes cubiertos de fango o, cuando la marea bajaba, yacían desparramadas sobre los malolientes bancos de lodo, en una postura de patética impotencia, tan propia de las embarcaciones encalladas.
Rara vez se observaba alguna en uso: a todas luces, su existencia no tenía otra finalidad que la de crear ambiente.
Todavía más raro resultaba que alguna de aquellas moradas delatara algún indicio de estar habitada, más allá de unas tenues volutas de humo, a modo de fantasmas de la hambruna, que salían a la deriva por las chimeneas, o —quizás— alguna impúdica muestra de ropa interior de franela roja tendida a secar, con los puños o los bajos de los tobillos aprisionados entre el marco y el alféizar de una ventana.
Por la noche, sin embargo, podía adivinarse un atisbo de vida furtiva a partir de las crípticas luces que parpadeaban y se desvanecían tras los cristales incrustados de las ventanas, o que caían por las trampillas abiertas del suelo hacia el espeso y negro elemento que se arremolinaba en torno a los pilotes; y también a través de los llamamientos cautelosos, los gritos inarticulados de odio, amor y dolor, rumores de juergas estrechas y groseras.
Y, una y otra vez, el viajero fluvial rezagado se toparía con alguna de aquellas barcas, con sus largos remos balanceados por espaldas y brazos musculosos, deslizándose de forma sigilosa por las aguas tintas en tinta en alguna misión no menos turbia.
Tierra adentro, los edificios bordeaban una calle adoquinada, una vía de paso para los atronadores camiones que circulaban de sol a sol, y que dos veces al día, en la penumbra de la madrugada y en la oscuridad del atardecer, era recorrida por una turba indescriptible que trabajaba en los inmensos astilleros cuyos bosques artificiales de mástiles y cuerdas, chimeneas y grúas, dibujaban a ambos lados angulosas siluetas negras contra la plateada bruma del cielo.
Negros, blancos, amarillos y morenos, hombres de todas las razas y colores de piel; iban y venían, sus breves horas retumbando con la babel de lenguas extrañas y el arrastrar de incontables pies, semejante al sonido de la resaca; y sus idas dejaban la calle sumida en un silencio extraño, un camino de siniestras reticencias, su longitud serpenteante apenas iluminada por las escasas farolas de las esquinas, y sus tinieblas mefíticas animadas por las ventanas de las tabernas, todas teñidas de azafrán con la engañosa promesa de un compañerismo comprable.
Una de ellas, el Red Moon , se encontraba frente a la hilera de casas de la orilla, enclavada en el cruce con una calle que se adentraba hasta el palpitante corazón de Limehouse.
Un matón retirado del mundo del pugilato gobernaba con mano de hierro sus diversas barras y a sus numerosos parroquianos: hombres amarillos y muchachas blancas, marineros de cubierta y estibadores, celebridades pugilísticas y criminales del barrio, y sus aduladores.
Sus fiestas hacían las noches cacofónicas, sus puertas absorbían a raudales a los novios y a los más impersonales amantes de la vida y de las risas, y vomitaban borrachos enfrascados en abrazos de afecto sensiblero o en combates brutales.
La policía no le quitaba ojo al Red Moon , un ojo respetuoso: inmiscuirse en las costumbres consagradas por el tiempo y las prerrogativas de su clientela era algo que debía aventurarse con la mayor discreción.
Procedente del interior de Limehouse, un hombre alto se dirigió al Red Moon aquella noche, caminando con grandes zancadas y de andares desgarbados, manteniendo la cabeza erguida y mirando por encima de las cabezas de cuantos se cruzaban con él con una mirada fija y lejana.
Tenía una cara afilada, cetrina, con las mandíbulas chupadas, una boca malhumorada y unos ojos ardientes que mostraban demasiada esclerótica por encima de las pupilas.
Una lacia melena negra le engrasaba el cuello de la camisa.
Su ropa, de mala calidad aunque sin rotos, presentaba manchas y desteñidos en algunos puntos, al parecer obra de ácidos, y estaba tan arrugada y deforme que sugería que su dueño tenía por costumbre dormir sin desvestirse.
Los bolsillos de su chaqueta abultaban de forma ostensible.
Al irrumpir sin miramientos en el salón, se lo encontró desierto, a excepción de un mozo de mostrador sin barbilla: el comercio nocturno más animado se desarrollaba siempre en las barras colindantes más baratas.
Basto una sola mirada para identificarlo: con un cabeceo hosco, el mozo de mostrador se agachó detrás de un tabique para llamar al propietario.
Se impuso pedir unas copas cuando este último hizo acto de presencia; y una breve conversación en voz baja concluyó cuando, tras un minucioso reconocimiento, el tabernero asintió de forma cortante al cliente, señalando con un tirón del pulgar una puertecilla empotrada en la pared, a un lado de la barra propiamente dicha.
El hombre alto pasó por ella y se encontró en una oscura escalera, al pie de la cual otra puerta daba acceso a una cámara subterránea donde, al parecer, una exclusiva reunión social celebraba sus Saturnales.
En un rincón, un piano largamente sufrido recibía un cruel castigo a manos de un hombre de rostro afilado, vestido de forma llamativa, con aspecto de aficionado a los caballos.
Flanqueándolo, dos jóvenes mujeres de mundo, con aquella despreocupación que corresponde —en Limehouse— a los dulces dieciséis años, cantaban chillonamente a su acompañamiento: ambas con una borrachera más que respetable.
En el centro de la sala, varios infractores de la ley reunidos en torno a una mesa jugaban al fan-tan a voz en grito.
En mesitas más pequeñas, hombres y mujeres se sentaban a consumir venenos de los que a todas luces no tenían necesidad perentoria; mientras que en unas literas construidas contra una pared, los devotos de la pipa reposaban en diversas fases de beatitud.
El aire era cálido y pestilente a causa del humo de los cigarrillos, los nauseabundos vapores del opio burbujeante, los efluvios a cerveza y a bebidas alcohólicas, y el hedor agrio de la carne sudada.
Las miradas de curiosidad saludaron al recién llegado: ninguno le prestó más atención que un cabeceo indiferente.
Por su parte, tras un breve pero exhaustivo escrutinio que acentuó la marca de desprecio en sus facciones, los ignoró a todos y, dirigiéndose directamente a una litera de la hilera inferior, despertó a su ocupante con un fuerte golpecito en el hombro.
El presunto adicto a las drogas levantó la vista ensoñado, luego abrió los ojos de par en par, se bajó de la litera con sorprendente docilidad y, sin pronunciar palabra, se dirigió dando tumbos hacia la mesa del fan-tan .
El hombre alto ocupó su lugar, se tumbó, y corrió las sucias cortinas de tela de mala calidad dispuestas para proporcionar intimidad a las almas encogidas.
Hecho esto, se dio la vuelta sobre un costado y golpeó con los nudillos y un ritmo peculiar el fondo de la litera, un panel macizo que se deslizó con suavidad hacia un lado, permitiendo al hombre caer en otra habitación, un lugar sombrío, con el suelo de piedra y olor a cripta.
Cuando el panel volvió a su sitio, cerrando la litera, el hombre se quedó en la oscuridad más absoluta.
Pero al cabo de un minuto, un fino rayo de luz dorada rasgó la negrura y fue a dar en su rostro.
Lo soportó con impasibilidad, limitándose a levantar una mano para describir un oscuro signo.
De inmediato la luz se apagó, se abrió una puerta en la pared de enfrente y la tenue luz que provenía del fondo reveló la silueta de un hombre ataviado con ropas chinas, con la cabeza inclinada en una reverencia de cortés dignidad.
En un buen inglés, pero con una musical inflexión oriental, una voz pronunció el saludo:
—Buenas noches, Trece. Se le esperaba... ¡y es usted bienvenido!
—Buenas noches, Shaik Tsin —respondió el europeo con un marcado acento extranjero—. El Número Uno está aquí, ¿verdad?
—Todavía no. Pero acabamos de recibir un mensaje telautográfico en el que nos informa de que está en camino.
Asintiendo con impaciencia, Trece cruzó la puerta, que el chino no tardó en cerrar y asegurar con la barra.