La Mascarada Roja (Crónicas de El Lobo Solitario 4) VI - EL FARSANTE
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VI - EL FARSANTE

A solas con su secretario, el príncipe Victor Vassilyevski abandonó con indiferencia la fachada de modales de la que se había revestido para la mujer que reclamaba como su propia hija.

Aquella apariencia de tímido afecto, teñida de pesares por el pasado y matizada por la nobleza innata de un príncipe en el exilio —tan propia de un padre a cuyo seno es restituida de pronto una hija a la que nunca ha visto—, al no ser ya de utilidad en el presente, fue descartada sin miramientos.

En su lugar, Victor obsequió a Karslake con una pausada sonrisa de complicidad que se ensanchó hasta convertirse en una incontenible mueca de triunfante malicia, un rictus de burdo regocijo a través del cual se asomaba el salvaje travieso, prisionero amotinado dentro de una endeble cáscara de modales modernos.

Al sospechar que se había delatado, borró la mueca a toda prisa, pero no lo bastante deprisa como para que a Karslake le pasara inadvertida.

Y el joven, al devolverle una sonrisa afable y respetuosa, experimentó un escalofrío: se le había concedido otro vistazo al misterio que dormitaba tras aquel semblante por lo habitual tan impenetrable.

Pero se esmeró en no mostrar nada de su propia emoción.

Su papel consistía en ser meramente un espejo, en reflejar más que en sentir, en ser un instrumento infinitamente dócil e infalible, jamás una inteligencia independiente.

De otro modo no podría contar con conservar su puesto en la gracia de Victor.

—Has sido más rápido de lo que esperaba.

—No tuve ningún problema, señor —replicó Karslake con animación—. Las cosas me vinieron rodadas.

Victor se dejó caer en una silla junto a la mesa y levantó la tapa de un pequeño cofre de oro. Tras servirse uno de los cigarrillos que albergaba, puso el resto a disposición de Karslake con un gesto amable. El secretario puso reparos, y sacó su propia pitillera del bolsillo.

—Si no le importa, señor...

Victor arqueó una ceja de forma altanera.

—¿Woodbines de nuevo?

—Lo siento, señor; sé que son bastante horribles y todo eso, pero era lo único que podía conseguir en Francia, y he adquirido un gusto por ellos del que parece que no logro curarme.

Recuerdo que, mientras estaba en un hospital, con apenas un hueso sano en el cuerpo, gracias a los boches y a su circo aéreo.

.. fueron esos tipos los que me derribaron, ya sabe.

.. las enfermeras solían tentarme con el tabaco turco más exquisito; pero por alguna razón no podía con ellos; les suplicaba unos Woodbines.

El príncipe Victor despachó el asunto con brusquedad.

—Estoy esperando oír hablar de Sofía.

—No hay mucho que contar, señor. Parecía haber una tormenta de las gordas fraguándose cuando llegué allí.

La joven estaba en su escritorio con cara de pocos amigos.

Mientras yo intentaba decidir cuál sería mi mejor acercamiento, ella se bajó de un salto, salió corriendo escaleras arriba y, por lo que deduje, armó la de San Quintín.

Verá, había visto aquel anuncio de Secretan los músculos se le contrajeron alrededor de la boca y los ojos, moldeando el rostro en una máscara de inquietante malevolencia.

La voz, cuando por fin reanudó la palabra, rezumaba amargura.

—Pero Michael Lanyard fue mi enemigo... y lo sigue siendo hoy en día... Se convirtió en amante de la madre de Sofía, intervino en la ruina de los planes que yo había trazado, me humilló, se burló de mí... Y hoy vuelve a inmiscuirse... Pero...

Victor se recostó en la silla. De repente, aquella mueca impía suya brilló y se desvaneció.

—Pero ahora su insolencia fracasa, su osadía se excede. ¡Ahora yo tengo la sartén por el mango y... la utilizaré!

El ansia de venganza, que solo podía hallar alivio en la acción, se apoderó de él.

—Haz el favor de tomar al dictado.

Karslake se volvió hacia la mesa y abrió una carpeta de cuero español repujado.

—Preparado, señor —dijo, con el lápiz en vilo.

—A Michael Lanyard, División de Inteligencia, Ministerio de la Guerra, Whitehall.

Señor: Su hija Sofía se encuentra ahora conmigo.

Permítame sugerirle que, en consideración a esta situación, deje de inmiscuirse en mis asuntos.

Su propia inteligencia debe decirle que nada podría ser más fatal que un intento de comunicarse con ella.

—Firma en la máquina de escribir con la inicial V.

—Sí, señor.

—Escríbelo en papel sin membrete, utiliza un sobre liso, asegúrate de que ninguno de los dos lleva marca de agua y envíalo esta misma noche sin falta. Toma un taxi hasta la estación de St. Pancras y envíalo desde allí. Si te das prisa, puedes echarlo en un buzón antes de la última recogida.

—No perderé ni un minuto, señor.

Karslake se enderezó, doblando el papel, y se dirigió a la puerta.

—Un momento, Karslake... Ese hombre, Nogam: ¿de dónde lo has sacado?

—Solía ser mayordomo de mi padre, señor, pero se metió en líos.

.. creo que algún disgusto familiar... necesitaba dinero y falsificó un cheque.

El viejo se portó bien con él; pero yo tengo el cheque, y Nogam lo sabe.

El tipo está perfectamente adiestrado y es de total confianza, conoce su lugar y sus obligaciones, y absolutamente nada más. Se lo enviaré si lo desea.

El príncipe Victor pronunció con acento seco:

—¿Para qué?

—Pensé que quizá le apeteciera tener unas palabras con él, señor.

—Ya las he tenido.

—¡Oh! —exclamó el señor Karslake—, no lo sabía.

—Así es —comentó el príncipe Victor—. No te necesitaré más por esta noche, Karslake.

—Buenas noches, señor.

Cuando el secretario se marchó, Victor se quedó inmóvil, tan quieto que su respiración apenas agitaba su cuerpo, con un rostro absolutamente imperturbable y con la mirada fija en aquellas tinieblas que envolvían los mecanismos de su mente.

En la puerta de la calle resonó un agudo silbido: Nogam llamando al taxi de Karslake. Victor oyó que el vehículo entraba, se detenía jadeante junto al bordillo, luego el portazo, el retumbar menguante de su partida.

La puerta de la casa se cerró, y poco después se abrió la del estudio, y Nogam se detuvo en el umbral.

Sin inmutarse, Victor preguntó:

—¿Qué ocurre, Nogam?

—Deseaba preguntar si el señor iba a necesitar algo más por esta noche.

—Nada más.

—Gracias, señor.

—Pero, Nogam: en esta casa, sin importar la costumbre que haya podido regir en otros establecimientos en los que usted haya prestado servicio, llamará siempre a la puerta antes de entrar en una habitación, y no entrará nunca hasta obtener permiso.

—Pero, si tengo la certeza de que la habitación está vacía, señor, y no obtengo respuesta...

—Entonces podrá entrar en cualquier habitación, menos en esta. En esta nunca, a menos que yo esté aquí... o el señor Karslake lo esté... y le den permiso.

—Gracias, señor.

—Buenas noches.

Al cerrarse la puerta, Victor tendió una mano delgada y afeminada hacia un cofre de marfil, buscó con la yema de sus sensibles dedos su exquisita tracería hasta que un resorte astutamente oculto respondió y la tapa, partiéndose en dos, se hundió en sus paredes.

En el hueco que quedó al descubierto había muchas píldoras, al parecer moldeadas a mano, de una sustancia pardo grisácea, blanda como la masilla.

Con lentitud, Victor escogió tres, se las colocó una tras otra en la lengua y se las tragó.

Cerró el cofre y se quedó sentado esperando.

Poco a poco, la agudeza de su rostro se fue difuminando, como si la mano de un escultor invisible le frotara los rasgos, haciendo desaparecer el barniz con el que Europa había recubierto al asiático primitivo, que ahora se mostraba en la superficie, en cada detalle de la nariz burdamente modelada, los ojos oblicuos de astucia animal, los labios colgantes, crueles y sensuales.

Poco a poco un leve rastro de color empezó a sonrosar las mejillas de Victor, una sonrisa modificó el contorno de su boca, los ojos de párpados caídos perdieron su opacidad deslucida y brillaron con una luz extraña.

Respiró de manera profunda y acompasada, con evidente fruición.

La acción del opio estaba renovando sus fuerzas a ojos vistas.

Su expresión, que se fue dulcificando, se volvió terrible de bruta ternura y anhelo.

Mirando fijamente hacia las sombras en las que veía aquello que deseaba ver con ardor, extendió los brazos y sus labios se movieron, dando forma a un nombre:

—¡Sofía!

Mientras aquellas sílabas, cargadas con aquella pasión imperecedera que consumía al hombre, resonaban en la quietud, Victor se volvió bruscamente, con un gesto de irritación, mirando a un lado y escuchando.

En un instante el asiático desapareció, arrojado de nuevo a su habitual latencia en el interior de su prisión europea: el príncipe Victor volvía a ser el de siempre, el mismo que mostraba al mundo: frío, sereno y astuto, dueño y señor de sus emociones, jamás esclavo de ellas.

Se oía un leve zumbido, interrumpido por chasquidos ahogados.

Poniéndose en pie, Victor se acercó a una mesa situada en un rincón y, con una llave de su llavero de bolsillo, abrió un pesado cofre de bronce.

Al levantar la tapa, una pequeña bombilla eléctrica iluminó el interior, enfocándose en la cara cubierta de papel de un dispositivo mecánico de escritura, sobre el cual un lápiz con una ancha mina plana accionada por un brazo de metal trazaba caracteres parecidos a los jeroglíficos chinos.

Cuando los chasquidos cesaron y el lápiz se detuvo, Victor tomó un extremo del papel y tiró de él hacia delante hasta que una superficie en blanco volvió a ocupar la base de escritura. Sobre ella inscribió una respuesta con otro lápiz, tras lo cual cerró el cofre y volvió a echarle la llave.

De vuelta en la mesa de la lámpara, el mensaje recién recibido se convirtió en crujiente ceniza negra sobre una bandeja de latón.

De un arcón cerrado con llave, Victor sacó un capote inverness y un sombrero flexible de fieltro negro.

Enfundado en ellos, se apartó en silencio del radio de luz de la lámpara y se fundió con las sombras que se agolpaban unas contra otras por las paredes.

No salió por la puerta del vestíbulo; pero, de pronto, la habitación quedó vacía.