V - LA CASA DEL LOBO #2
Karslake entregó su sombrero y su bastón al hombre; a continuación, abrió una hoja de una gran puerta de doble batiente, y con una reverencia invitó a Sofía a pasar delante de él.
Ella titubeó, imaginándose borrosamente aquel umbral con el aspecto de un Rubicón sin gloria.
Pero ya había ido demasiado lejos en aquella aventura para echarse atrás ahora sin perder el respeto por sí misma.
Con un paso engañosamente firme, se adentró en una habitación digna de admiración.
Unas sombras sombrías enmascaraban gran parte de sus magníficas proporciones, pero lo que Sofía alcanzaba a ver sugería menos el estudio de un hombre de intereses cotidianos que el museo particular de un orientalista cuya riqueza no conocía límites.
El aire era cálido y cargado, aromático por los fantasmas de diez mil perfumes ya desvanecidos.
La quietud, cuando Karslake hubo cerrado la puerta, resultaba opresiva, como si algún oscuro encantamiento allí presente tuviera el poder de domar y silenciar el rugido de Londres que, en cualquier otro punto de la ciudad, jamás se acallaba ni un instante.
Sobre una gran mesa de madera de teca negra con incrustaciones de nácar ardía una solitaria lámpara, un curioso artefacto de filigrana de latón, que proporcionaba la escasa iluminación del lugar.
Sus rayos, fuertemente tamizados, hacían vagamente visibles unas paredes oscurecidas por libros, que se elevaban hasta el techo hilera tras hilera; sillas de formas singulares, biombos de laca refulgente; mesas y soportes que sostenían cofres de cinabrio al rojo vivo, de marfil, de oro, de un cloisonné caleidoscópico; bandejas rebosantes de joyas sin engarzar; vitrinas abarrotadas de raros objetos de arte oriental; formas achaparradas de dioses olvidados que blandían armas extrañas; grotescas máscaras de demonios con muecas feroces; arcones de maderas exóticas, labrados y tallados de forma singular y decorados con incrustaciones de metales preciosos, ceñidos con enormes correas de hierro negro, de los cuales brotaba en profusión de arcoíris sedas y brocados tiesos de bárbaros bordados en hilo de oro y plata y piedras preciosas.
Confusa por el impacto sobre su percepción de tantas cosas inesperadas y estrafalarias, la joven miró a su alrededor con una sonrisa indecisa, y descubrió a Karslake observándola con una actitud de peculiar gravedad y preocupación.
—El príncipe Victor es un hombre extraordinario —replicó Karslake a su comentario mudo—; probablemente el orientalista vivo más erudito. A veces pienso que Oriente no ha albergado nunca un secreto que él no conozca.
Hizo una pausa y se acercó, con mayor seriedad en su expresión.
—Princesa Sofía —dijo, con timidez—, si me permite decir algo sin pretender parecer irrespetuoso...
Perpleja, ella lo animó con una sola palabra:
—Por favor.
—Me temo —se aventuró Karslake— que le aguardan muchas experiencias extrañas en esta nueva vida. Algunas de ellas, me figuro, no las entenderá de inmediato, puede que algunas le parezcan erróneas, puede que se encuentre ante situaciones difíciles de aceptar...
Se detuvo como si dudara, y a ella se le antojó que escuchaba con fijeza, casi con aprensión, en busca de alguna señal de aviso. Pero, por su parte, Sofía no oyó sonido alguno.
Impresionada e intrigada, articuló un apremiante:
—¿Sí?
—Solo quiero decirle —empleó un tono tan bajo que ella apenas pudo oírle—, si no le importa... pase lo que pase... me alegraría muchísimo que pensara en mí como alguien que desea de todo corazón ser su amigo.
—Vaya —dijo ella asombrada—... se lo agradezco. Me alegrará...
Se interrumpió atónita: un hombre se acercaba desde la dirección general de la puerta por la que habían entrado.
El efecto resultó sobrecogedor, como si la figura se hubiera materializado ante sus propios ojos, salida de la nada, como si una de aquellas muchas sombras hubiera adoptado forma y sustancia mientras ella miraba.
El hombre en sí no presentaba nada inusual en su aspecto general, de estatura en absoluto notable, ni alto ni bajo, ni robusto ni esbelto.
Su traje de etiqueta era intachable, pero lo mismo podría decirse de diez mil hombres a los que se podría ver cualquier noche en los lugares de encuentro públicos del Londres ocioso.
Su porte poseía una distinción especial solo en el hecho de que se movía con una especie de gracia felina.
Aun así, algo inasible lo hacía diferente de cualquier otro hombre que Sofía hubiera conocido, algo cautivador y no del todo atractivo.
A medida que se acercaba y sus facciones se definían con mayor claridad por la luz, ella fue consciente de estar contemplando un rostro de hechura única.
De una extraña palidez grisácea, acentuada por un cabello tan negro que bien podría haber sido pintado sobre su cráneo con tinta china; la piel parecía tan suave y tersa como la de un niño, imberbe y por completo carente de brillo.
La boca era sensual a la vez que firme, de labios duros y carnosos.
Unas bolsas plomizas colgaban debajo de unos ojos de párpados pesados, situados en un ángulo notorio.
Los ojos mismos eran tan negros como la noche, y carecían de luz por igual; los rayos de la lámpara no arrancaban ningún destello de ellos; a pesar de esto, resultaban cautivadores, dominantes y desconcertantes.
Karslake retrocedió de inmediato, con una inclinación tan profunda que era poco menos que una reverencia.
—¡Príncipe Victor!
El hombre asintió en reconocimiento de este saludo, sin apartar la atención de la muchacha. Su voz, levemente trémula de emoción, pronunció el nombre de ella:
—¿Sofía?
Ella se rehízo haciendo un esfuerzo.
—Soy Sofía —respondió de forma casi mecánica.
—Y yo, tu padre...
El príncipe Victor levantó unas manos de singular delicadeza, finas y afiladas, cuyos largos dedos estaban adornados con muchos anillos curiosos.
Una desgana que no lograba comprender impidió que Sofía se arrojara con alegría a aquellos brazos. Tuvo que forzarse a ceder. Ellos se cerraron hambrientos a su alrededor. Ella cerró los ojos y experimentó un leve e invencible escalofrío.
—¡Hija mía!
Los labios que rozaron su frente la asombraron con su calidez. Por instinto había esperado que estuvieran fríos, tan gélidos como el efecto de aquella extraña máscara de la que formaban parte.
A continuación, sostenida a la distancia de los brazos, se sometió a una inspección cuyo resultado se enunció con una extraña sonrisa de satisfacción:
—Eres hermosa.
Llena de turbación, ella murmuró:
—Me alegro de que lo pienses... padre.
—Tan hermosa como tu madre... en su momento, la criatura más hermosa del mundo... su vivo retrato, una reproducción sin un solo defecto, hasta en su colorido, el tono de su cabello, sus ojos... ¡tan parecidos al mar!
—Me alegro —repitió la joven, nerviosa.
—¡Y hasta esta noche no sabía que vivías!
Reunió el valor suficiente para preguntar:
—¿Cómo...?
Los pesados párpados cayeron más sobre aquellos ojos ilegibles.
—Me llamaron la atención sobre un anuncio en el periódico firmado por un bufete de abogados.
Me puse en contacto con ellos... un asunto algo difícil, pues ya había pasado el horario de oficina.
.. y averigüé dónde buscarte. Luego, imposibilitado para actuar por mí mismo con la rapidez que habría deseado, envié aquí a Karslake para que te trajera a mi lado.
—Pero, según su carta, ¡los abogados pensaban que yo estaba en Francia, en un convento!
—Cuando publicaron el anuncio para encontrarme... sí. Pero, para cuando hice mis averiguaciones, ya estaban mejor informados.
—¡Pero el anuncio iba dirigido a Michael Lanyard!
Los finos labios formaron una leve sonrisa.
—Ese fue en su tiempo mi nombre. Ya no lo utilizo.
Luchando contra la sensación de estar adoptando una actitud tanto insolente como impropia, Sofía insistió.
—¿Por qué?
El príncipe Victor Vassilyevski hizo un gesto de dolor y reticencia.
—¿Tengo que decírtelo? ¿Por qué no? Algún día lo sabrás; quizá sea tan bueno ahora como más adelante.
Hace veinte años, el nombre de Michael Lanyard era famoso en toda Europa.
.. ¿o debería decir infame?... el nombre del mayor ladrón de los tiempos modernos, conocido también como «El Lobo Solitario».
De manera involuntaria, Sofía dio un paso atrás, como si alguna forma de horror se hubiera interpuesto de golpe ante su rostro.
—¡El Lobo Solitario! —repitió, con voz consternada—. ¡Un ladrón! ¡Tú!
El hombre que decía ser su padre replicó con una serie de asentimientos lentos y afirmativos.
—¿Eso te sobresalta? —dijo, con voz indulgente—.
Como es natural. Pero pronto te irás acostumbrando a la idea, perdonarás ese capítulo de mi historia si recuerdas que ya no soy ese hombre, que ya no soy un ladrón, y que desde hace ya muchos años mi historial está libre de todo reproche.
Recordarás que hay más alegría en el Cielo por el pecador que se arrepiente.
.. Perdonarás al padre, aunque solo sea por tu madre.
—¿Por mi madre...?
—Lo que el Lobo Solitario fue en su día, tu madre lo fue en el suyo... la aventurera más brillante que Europa haya conocido jamás.
—¡Oh! —exclamó la joven, con una protesta medio histérica—. ¡Oh, no, no! ¡Imposible!
—Te aseguro que es la pura verdad. Algún día te contaré su historia.
.. y la mía. Por el momento, harás bien en no pensar más en lo que he confesado.
Quejarse no puede arreglar el pasado. Es en el hoy y el mañana en lo que debes pensar: en que has vuelto a mí y en que tengo no solo los medios, sino unas ganas inmensas de hacerte feliz, de complacer tu más mínimo capricho.
—¡No quiero nada! —insistió Sofía, de forma atropellada.
—Quieres dormir —corrigió el príncipe Victor con cariño—... y lo quieres con todas tus fuerzas. Estás nerviosa, en un estado de gran tensión y sin estar en condiciones de comprender la inmensa fortuna que te ha tocado en suerte. Pero mañana verás las cosas bajo una luz más halagüeña.
Por lo visto había accionado alguna señal que a Sofía le había pasado desapercibida. La puerta se abrió, enmarcando la figura del hombre llamado Nogam. Sin mirar atrás, pero con una sonrisa inescrutable, el príncipe Victor volvió a tomar a la muchacha entre sus brazos y la estrechó con fuerza.
—¿Ha llamado el señor?
—Oh, ¿estás ahí, Nogam? ¿Están listos los aposentos para la princesa Sofía?
—Completamente listos, señor.
—Haz el favor de acompañarla a ellos. —Una vez más, el príncipe Victor besó la frente de Sofía y luego la soltó—. Buenas noches, hija mía.
Avanzando lentamente hacia la puerta, abatida, Sofía dio una respuesta inarticulada.
De repente se sentía atontada por la fatiga.
Pensar suponía un esfuerzo que se burlaba de sus menguadas fuerzas.
Una vasta lasitud pesaba sobre ella; cuerpo y espíritu desfallecían en el enervamiento de un desconsuelo inexorable.