La Mascarada Roja (Crónicas de El Lobo Solitario 4) V - LA CASA DEL LOBO
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V - LA CASA DEL LOBO

Sofía recibió este sorprendente anuncio sin comentarios y con una compostura no menos asombrosa.

La vida que había hecho de ella lo que era, una joven extraordinariamente desilusionada, de gran aplomo y bien informada, había sacado a relucir en su naturaleza una fuerte vena de escepticismo.

No se dejaba impresionar con facilidad. Cuanto más notable era la circunstancia en cuestión, menos inclinada se sentía a exclamar sobre ella, y más fuerte era su propensión a examinar el asunto con astucia y descubrir por sí misma qué era exactamente lo que lo hacía parecer tan extraño.

No depositaba mucha fe en esas llamativas sincronizaciones que, en apariencia, influencias no relacionadas obran en ocasiones con acontecimientos que sí lo están, y que acostumbramos a denominar casualidades.

Desconfiaba de su engañosa apariencia de espontaneidad, sospechaba de un profundo propósito detrás de todas ellas.

Por ejemplo: hasta el momento de su huida del Café des Exiles no había habido, tal como lo veía Sofía, nada extraordinario o inexplicable en el capítulo de sucesos que la había puesto al corriente, de forma tan abrupta como tardía, de ciertos datos relativos a su linaje.

Podría uno, si le apetecía, tachar de extraña coincidencia el hecho de que ella hubiera leído el anuncio de los señores Secretan y a su modo de ver, no resultaba más asombroso que se hubiera enterado de ello por un accidente complementado con las agudas deducciones de una imaginación fuertemente estimulada, que si hubiera sido atendida por una delegación de caballeros letrados encargados del deber de iluminarla.

Y puesto que el colosal fuego artificial de la velada había explotado en su momento, ninguna de las secuelas posteriores podría aspirar a otra cosa que a quedar relegada al triste limbo del anticlímax.

De este modo, cuando el joven señor Karslake explicó su intervención, no solicitada aunque oportuna, afirmando que la conducía hasta el padre de cuya existencia la habían informado hacía tan poco, consiguió —para no andarnos con rodeos— únicamente que todo pareciera un poco exagerado.

Así que, por el momento, Sofía se contentó con estudiar en silencio el rostro de Karslake, que se revelaba a ráfagas con las luces que pasaban por Shaftesbury Avenue.

Un rostro agradable (pensó), abierto e ingenuo, tal vez un poco de más; pero, visto de cerca, en absoluto tan infantil como lo había creído, y desde luego no exento de indicios de una serena fortaleza, si uno le perdonaba el ridículo bigotito que (ahora que una se ponía a observarlo en serio) era precisamente lo que le prestaba aquel aspecto posiblemente engañoso de inocencia y futilidad, debilitando positivamente el carácter de lo que de otro modo podría haber sido un semblante inspirador de confianza.

En cuanto al señor Karslake, soportó este escrutinio sincero con una sonrisa levemente aprensiva, pero no añadió nada más; de modo que, cuando el silencio adquirió con el tiempo un acento de constreñimiento, fue Sofía quien tuvo que romperlo, y no el señor Karslake.

—Me pregunto por usted —explicó ella, con bastante gravedad.

—Me lo imaginaba, princesa Sofía.

A ella le gustó su forma de decirlo; el título pareció brotar con naturalidad de sus labios, sin asomo de ironía. No obstante, no convenía dejarse influir con excesiva facilidad a su favor.

—¿Conoce realmente a mi padre?

—¡Y tanto! —respondió el señor Karslake—. Verá, soy su secretario.

—Cuánto tiempo...

—Hace ya más de dieciocho meses.

—¿Y desde cuándo sabe que yo era su hija?

El señor Karslake, consultando su reloj de pulsera, se permitió una sosegada sonrisa.

—Treinta y ocho minutos —anunció—; digamos treinta y nueve.

—Pero ¿cómo se enteró...?

—Su padre me llamó... no sabría decirle desde dónde... y me dijo que acababa de enterarse de que usted trabajaba de cajera en el Café des Exiles, y que si sería tan amable de tomarla con firmeza de la mano y llevarla a casa.

—¿Y cómo se enteró él...?

—Eso no me lo dijo. Me temo que tendrá que preguntárselo a él, princesa Sofía.

Genuinamente divertido por el interrogatorio, aguardó con inquebrantable buen humor la siguiente pregunta de aquella joven asombrosamente serena y directa.

Pero Sofía vaciló. No quería ser descortés, y Karslake parecía estar contando una historia medianamente coherente; aun así, ella todavía no lograba creerle del todo.

No podía evitar pensar que su visita al restaurante había sido un tanto demasiado oportuna, y la explicación que había dado sobre sí mismo, demasiado rematadamente exacta.

No: no sentía el menor miedo. Incluso si la estuvieran secuestrando, no sentía miedo.

Era tan joven, estaba tan absurdamente segura de su capacidad para cuidarse a sí misma.

Por otra parte, la intuición no dejaba de advertirle que en la vida real las cosas simplemente no ocurrían así, con tanta fluidez, con tanta suerte; de alguna manera, en algún lugar, en aquel extraño asunto, algo tenía que estar mal.

—Por favor: ¿cómo se llama mi padre?

—Príncipe Victor Vassilyevski.

—¿Está seguro de que no es Michael Lanyard?

Esta vez el señor Karslake se sobresaltó de verdad y lo demostró. Sofía advirtió que la miraba con inquietud.

—¡Por las barbas de mi santa tía! ¿De dónde ha sacado ese nombre?

—¿Acaso no es el de mi padre?

—Sí... —admitió el joven, con renuencia; o al menos con algo que se le parecía mucho—. Pero ya no lo usa.

—¿Por qué no?

El señor Karslake se mantuvo en silencio, pensativo. Sofía sintió que se había anotado un tanto y, resuelta, insistió.

—¿Le importaría decirme por qué no utiliza ese nombre, si es el suyo?

—Mire usted, princesa Sofía —Karslake se giró para mirarla de frente con su actitud más seria y persuasiva—: yo no soy más que el secretario del príncipe Victor, no se supone que conozca todos sus secretos, y de los que conozco se supone que no debo hablar.

Preferiría con mucho que le planteara esa pregunta al propio príncipe Victor.

—Lo haré —anunció Sofía con decisión—. ¿Cuándo le veré? ¿Esta noche?

—Por supuesto. Es decir, supongo que lo hará. Lo que quiero decir es que el príncipe Victor no estaba en casa cuando salí, pero, si lo conozco bien, seguro que lo estará cuando lleguemos. Y la llevo allí de forma tan directa como puede circular un automóvil por esta bendita ciudad.

Sofía miró por la ventanilla. El coche, tras girar desde Piccadilly Circus hacia Regent Street, atravesaba ahora la sosegada Pall Mall; y en un momento más tomó el pasaje situado entre el palacio de St. James y la capilla de Marlborough House; y entonces se encontraron en The Mall, con el monumento a Victoria al frente, resplandeciendo sobre el fondo lúgubre del palacio de Buckingham.

Ahora bien, puesto que todas las lecturas de Sofía le habían inculcado la creencia de que el secuestrador audaz siempre huía con su víctima por callejuelas oscuras y barrios de dudosa reputación, se sintió un tanto más tranquila.

—¿Nos falta mucho por llegar?

—Ya casi hemos llegado... Queen Anne’s Gate.

Una dirección bastante buena. Aunque eso no demostraba nada. Aún quedaba tiempo de sobra, podía ocurrir cualquier cosa...

Sofía se encogió de hombros y se recostó a esperar el desarrollo de los acontecimientos.

Pero en el aspecto de la vivienda ante la cual el automóvil se detuvo al poco no había nada que justificara aprensión alguna.

Aunque no se tratara del palacio que Sofía, de forma inconsciente, había estado esperando, poseía una dignidad sólida y sobria, muy propia de la casa urbana de una persona de alcurnia; se ajustaba de forma bastante aceptable a la idea de Sofía de lo que resultaba apropiado para la condición de un príncipe en el exilio.

.. el cual, como es natural, viviría sin ostentación, habida cuenta de la reciente revolución en Rusia.

Sin que sus temores aumentasen, pues, aunque sin bajar la guardia ante cualquier cosa que pudiera parecer cuestionable, y más agitada por la emoción de lo que le dejó traslucir, Sofía consintió en que el señor Karslake la condujera hasta la puerta.

Apenas él había pulsado el timbre cuando esta se abrió, desvelando la perspectiva de un amplio vestíbulo.

A un lado se encontraba un criado, al cual Sofía no prestó atención hasta que el sonido de su nombre en boca de Karslake le despertó un eco en la memoria.

—Gracias, Nogam. ¿Ha llegado ya el príncipe Victor?

—Todavía no, señor.

—Dígale, por favor, cuando llegue, que le esperamos en el estudio.

—Gracias, señor.

El sirviente era el mismo hombre al que Karslake se había encontrado en el Café des Exiles apenas unas horas antes.

Al captar la rápida mirada interrogante de Sofía, Nogam se detuvo con actitud de respetuosa atención.

E, incluso entonces, a ella le volvió a sorprender su fidelidad al papel que la Vida le había asignado en el sistema social.

En el café, aquella misma tarde, había compuesto una figura levemente incongruente, modesta pero ajena a aquel ambiente; allí, con la sencilla librea de etiqueta de su posición, se integraba a la perfección en la escena.