IV - MOTÍN #3
Al arreglárselos ante el espejo pudo oír a Thérèse gritándole a Dupont que la siguiera y la detuviera.
A Sofía no le daba mucho miedo que él encontrara el valor para intentarlo; no obstante, se dio prisa.
Una vez que tuvo el sombrero colocado, nada la retenía allí; llevaba puesto lo mejor que tenía; ninguna asociación sentimental envolvía aquella habitación, tumba de su infancia estafada y prisión de su juventud maltratada, como para hacerla demorarse allí, sino tan solo cosas odiosas que aceleraban su marcha.
Se dio la vuelta y huyó.
Tropezando en la escalera, oyó que Thérèse seguía gritándole maldiciones y órdenes a Dupont, y luego el ruido de los pies del hombre que, cediendo por fin, iniciaba la persecución.
A través de la puerta de fieltro verde irrumpió en el café como un joven tornado. Todas las cabezas se volvieron hacia ella, boquiabiertas y con los ojos desorbitados por el asombro, mientras se detenía ante la caisse y, con todo el descaro, delante de todos ellos, saqueaba la caja registradora.
Era una cuestión de necesidad. Sofía no tenía ni un chelín propio. Pero aquellos dos la habían robado, lo que se llevaba no era ni la milésima parte del dinero del que la habían despojado. Además, no se atrevía a salir a enfrentarse a Londres sin un céntimo.
Agarrando un puñado de monedas sueltas, se dirigió hacia la puerta. Pero el retraso había sido fatal. Dupont ya le pisaba los talones, y hacía gala de una agilidad extraordinaria para un hombre de sus años de disipación y hábitos sedentarios. Y Thérèse no andaba muy a la zaga.
Al ver que las monedas se escurrían entre los dedos de la fugitiva y caían tintineando y dando vueltas por el suelo, la francesa lanzó un alarido de angustia:
—¡Ladrona! ¡Detened a la ladrona!
Y la parte del público que se había quedado en sus asientos se levantó como un solo hombre.
En ese mismo instante, los dedos de Dupont se cerraron como tenazas sobre el hombro de Sofía. Ella gritó, y él se rio por lo bajo y la arrastró hacia atrás. Entonces una mano ágil le levantó el brazo, la muchacha se zafó de su agarre y salió disparada por las puertas.
Rugiendo de rabia (ahora que le hervía la sangre, que había puesto su corazón en la persecución) Dupont se volvió hacia el entrometido.
Se trataba del joven señor Karslake. Dupont no lo conocía más que de vista, pero aquella figura esbelta y juvenil y la sonrisa a medias disculpatoria en los labios de Karslake no inspiraban respeto.
Ciegamente y con todas sus fuerzas, Dupont lanzó su derecha a la cabeza del otro, solo para encontrarse con que ya no estaba allí.
El peso del golpe no asestado hizo perder el equilibrio a Dupont.
Cayó hecho un ovillo, y mamá Thérèse, que cargaba salvajemente tras Sofía, tropezó con su cuerpo y depositó catorce stones de carne maciza justo en la parte baja de la espalda de Dupont, con una fuerza que le quitó el aliento en un resoplido de agonía.
Karslake soltó una carcajada: era tan bueno como ir al cine. Luego siguió a Sofía.
De noche era una calle oscura y silenciosa, poco transitada, un mero enlace entre dos vías principales.
Sofía, que corría para salvar la vida, estaba todavía lejos de la esquina más próxima.
Karslake cruzó ágilmente la calle en dirección al único vehículo a la vista, un imponente coche urbano Rolls-Royce.
Saltando al estribo, señaló al chófer la sombra que huía.
—¡Acércate a esa joven antes de que llegue a la esquina, Albert!
Sin demora, el coche empezó a moverse.
Entretanto, el Café des Exiles vomitaba formas grotescas: camareros, clientes, Dupont, Thérèse. La hora tranquila se tornó espantosa con sus alaridos.
—¡Detened al ladrón! —¡ À la voleuse ! —¡ L’arrêtez ! —¡ À la voleuse ! —¡Detened al ladrón!
Un policía por completo superfluo dobló la esquina, descubrió a Sofía huyendo al otro lado de la calle, dio la vuelta y trazó un rumbo en diagonal para cortarle el paso.
Ella lo vio venir y se detuvo en seco con un grito ahogado de consternación.
Al mismo tiempo, el Rolls-Royce se deslizó con suavidad entre ambos y Karslake bajó de un salto.
Sofía profirió un gritito, más de sorpresa que de susto, y se resistió, tratando de soltar el brazo por el que él intentaba guiarla hacia la puerta abierta.
—Es nuestra única oportunidad —le advirtió él, con frialdad—. Estamos entre dos fuegos. ¡Mejor no demorarse!
Ella cedió y se metió dentro. Karslake la siguió y cerró la puerta de golpe.
El coche salió disparado y dobló hacia la calle transversal antes de que el policía pudiera reponerse lo suficiente para mirar su matrícula.
Salió en su persecución, pero cuando llegó a la esquina el coche había doblado por otra y se había perdido.
En el segundo desvío, Karslake miró por la ventanilla con una risa tranquilizadora, y se acomodó en el asiento junto a Sofía.
—¡Así que con esto se acaba el asunto!
Ella miró con los ojos muy abiertos a través de las sombras. Ahora lo reconocía, no sentía el menor miedo, pero estaba confundida sin medida.
—¿Por qué... por qué... —balbuceó—... qué... quién es usted y adónde me lleva?
—¡Oh, le ruego me disculpe! —dijo el joven, arrepentido—. Lo olvidé. Uno debería presentarse antes de rescatar a damas en apuros... pero la verdad es que no había tiempo, ¿sabe? Si me perdona la informalidad, me llamo Karslake, Roger Karslake, princesa Sofía, y la llevo a ver a su padre.