IV - MOTÍN #2
Detrás de la barra de zinc un camarero de edad avanzada y de confianza daba cabezadas. La cocina estaba fría y a oscuras durante la noche. Papá Dupont, entonces, estaría arriba, encerrado con el genio del establecimiento.
Desde la despensa, una estrecha escalera conducía al apartamento situado encima del restaurante. Sofía subió con rapidez, con paso firme y a la vez prácticamente inaudible, gracias a las suelas finas como el papel de sus desgastadas zapatillas. Podía oír voces discutiendo arriba.
En la parte superior había un pasillo corto y oscuro, con tres puertas. Dos de ellas estaban cerradas y correspondían a los dormitorios; la tercera puerta, la de una especie de combinación de oficina y sala de estar, estaba abierta y dejaba salir un chorro de luz.
Sofía se acercó de puntillas, aunque el altercado que se desarrollaba en su interior había alcanzado un punto tan álgido que era dudoso que alguno de los dos contendientes la hubiera oído aunque hubiera pisoteado como un peón caminero.
El punto de disensión no fue evidente al principio, porque la que hablaba era mamá Thérèse, y lo que decía tenía que ver exclusivamente con su estimación del carácter de Dupont, el temple de su espíritu, el material del que estaba hecha su mentalidad, la autenticidad de su pedigrí (con especial referencia a la virtud de sus ascendientes maternos) y las circunstancias de su crianza; estimación que, en resumen, era baja, pero de ninguna manera tan baja como los términos en los que mamá Thérèse se inspiraba para formularla.
Papá Dupont no parecía estar muy interesado.
Había escuchado todo aquello con anterioridad, en múltiples ocasiones, con insignificantes variaciones en la fraseología.
Sofía, que se detuvo oculta e insospechada en la oscuridad justo delante de la puerta, podía verlo repatingado en lo más profundo de su sillón, a un lado de la mesa, con sus manos fofas y regordetas hundidas en los bolsillos de los pantalones, la barbilla hundida en el pecho, con algo de obstinación en el ceño fruncido y amenazador que dirigía hacia la nada, algo de genuina indiferencia en su actitud pasiva ante la virago de aspecto desaliñado que se inclinaba sobre la mesa para escupirle vituperios con mayor acierto.
Y aguardó con una paciencia singular hasta que ella tuvo que detenerse por falta de aliento. Entonces se encogió de hombros y dijo pesadamente:
—Aun así, no veo qué otra cosa propones hacer, mi vieja amiga.
Al parecer, su vieja amiga andaba tan escasa de recursos como él.
—¡Es inútil —dijo ella, con acritud— esperar algo de ti!
—Yo ya he dicho lo que tenía que decir. Si tienes algo mejor que sugerir.
.. —Hizo una pausa retórica en espera de respuesta, pero mamá Thérèse estaba exhausta y malhumorada por el momento—.
No soy viejo, no tanto como tú, y tengo motivos para creer que la muchacha no se muestra indiferente a mi persona.
—Viejo cerdo baboso —observó mamá Thérèse con razón—: ¡si sueñas que se molestaría en mirarte dos veces...!
—Eso está por verse. Y yo, por mi parte, no veo de qué otra forma vamos a retenerla. Todo este dinero que ha estado entrando, pagado al céntimo cada trimestre... eso significa que hay más, mucho más que le pertenece. ¿Estás dispuesta a renunciar a ello?
—¡Jamás! —Mamá Thérèse aporreó la mesa con vehemencia—. Es mío por derecho propio, me lo he ganado. Fíjate en cómo he trabajado como una esclava para ella, en los tiernos cuidados que le he prodigado desde que era un bebé en mis brazos.
—Por supuesto —convino papá Dupont—, fíjate en ello, pero no hables de ello con ella. Podría no entenderte. Y tampoco dependas de ella para respaldar cualquier reclamación que pudieras presentar basándote en tales afirmaciones.
—¡Es una descocada desagradecida!
—Puede que sí; pero es humana, tiene memoria...
—¿Vas a ponerte sentimental con ella otra vez? —inquirió mamá Thérèse—. ¡Lamentable viejo cabrón!
—Pero no soy sentimental en absoluto —negó papá Dupont—.
Soy más bien yo el práctico, tú la sentimental.
Yo te pregunto: ¿Hay alguna forma de aferrarnos a ese dinero a no ser que yo me case con Sofía?
No contestas. ¿Por qué? Porque no hay otra forma.
Entonces, soy práctico. Pero tú no lo admitirás.
¿Y por qué? Porque llevamos conviviendo una serie de años por la fuerza de la costumbre, porque una vez, hace mucho tiempo, fuimos amantes, tú y yo.
.. hace tanto tiempo que has olvidado que alguna vez tuvieras para mí un apelativo más tierno que el de cerdo o cabrón. ¿Quién es el sentimental ahora, eh?
—¡Cierra el pico! —gruñó mamá Thérèse—. Me irritas. Tengo el presentimiento de que un día te asesinaré.
—Ya lo habrías hecho hace tiempo —señaló papá Dupont—, de haber tenido el valor. ¡Basta! Me callo. Pero cuando te canses de intentar discurrir otra forma, reflexiona sobre mi solución. Entretanto, déjame echarle otro vistazo a esa maldita carta.
Mamá Thérèse no respondió, no ofreció ninguna objeción cuando Dupont tomó la hoja de papel que yacía entre ellos, sino que clavó los talones de las manos en sus gordas mejillas y se quedó sentada mirándolo con el ceño fruncido de manera vengativa mientras él leía en voz alta, con lentitud, con el esfuerzo de alguien para quien la lectura supone una distracción desacostumbrada:
ESTIMADA SEÑORA:
Por la presente nos permitimos adjuntarle nuestro cheque a su nombre por valor de doscientas cincuenta libras, correspondiente al pago trimestral por adelantado que se le adeuda de la herencia de nuestra difunta cliente, la princesa Sofía Vassilyevski, por el cuidado de su hija.
Asimismo nos permitimos informarle de que, de conformidad con las disposiciones de su testamento, comenzamos hoy, en el decimoctavo cumpleaños de la joven princesa Sofía, la búsqueda de su padre con el objeto de informarle de la existencia de su hija.
Por consiguiente, le rogaríamos que hiciera los preparativos pertinentes para que la joven princesa Sofía sea trasladada a Inglaterra sin demora desde el convento en Francia en el que tenemos entendido que está terminando su educación.
Nos tomamos la libertad, sin embargo, de aconsejarle que, a la espera del resultado de nuestras pesquisas, no se discuta con la joven princesa la cuestión de la existencia de su padre.
En el supuesto de que se acredite su fallecimiento o de que no se logre dar con él en un plazo de seis meses, la princesa Sofía deberá entrar en posesión del patrimonio de su madre sin más dilación ni formalidad.
Papá Dupont dejó la carta.
—Está bastante claro —expuso—: si este padre aparece, podemos despedirnos de nuestro dinero; mientras que si yo estuviera casado con Sofía, como marido suyo yo controlaría...
Se interrumpió bruscamente y añadió consternado:
—¡Un millón de truenos!
Sofía estaba plantada entre los dos.
Y, sin embargo, no era la Sofía que ellos conocían, sino una persona completamente distinta, una Sofía transfigurada y exaltada, en llamas por la justa cólera y despectiva por el orgullo de su cuna que acababa de aflorar a su ser un instante antes.
Una princesa, nacida hija de una princesa; ahora lo sabía y lo parecía.
Cualquier pensamiento de temor o deferencia se había esfumado, no le quedaba más que desprecio por aquellas dos criaturas deleznables, la gorda arpía y su crapuloso consorte, que habían engordado durante tanto tiempo a costa de su miseria, que la habían mantenido esclavizada a las tareas más serviles de su desdichado restaurante mientras robaban y atesoraban el dinero que se les pagaba por proporcionarle los cuidados y las ventajas que le correspondían.
Y algo de aquella dignidad recién descubierta, a la que su título resultaba tan incuestionable, que la situaba en un plano desde el que no podía sino mirar por encima del hombro a aquel par de insignificantes farsantes, abochornó de tal modo a la francesa que las frases de invectiva y envilecimiento que brotaban por instinto de los fétidos manantiales de su genio se le atascaron en la garganta; no lograba pronunciarlas, y casi se atragantó de impotente furia y miedo cuando la joven habló.
—¡Estafadores! —dijo Sofía, de forma pausada—.
¡Pobres tramposos! Embolsarse mil libras al año del dinero de mi madre.
.. ¡y hacerme trabajar como una esclava para vosotros en vuestro asqueroso café!
¡Y durante dieciocho años! Durante dieciocho años me habéis estado robando todos los derechos que tenía en el mundo, robándome todo lo que he necesitado, anhelado y por lo que he rezado, todo lo que os pagaban para que me dierais.
.. ¡mientras yo me deslomaba por vosotros y soportaba vuestro mal genio y vuestros abusos y la contaminación que supone relacionarse con vosotros! ... Dame esa carta.
Se apoderó de ella sin oposición. Pero ahora mamá Thérèse recuperó el habla.
—¿Qué... qué quieres decir? —jadeó, lívida de miedo. ¿Acaso no se le estaba escurriendo una fortuna por entre sus avariciosos dedos?—. ¿Qué vas a hacer?
—¿Hacer? —exclamó Sofía—. No sé más que esto: no voy a quedarme ni una hora más bajo este techo, voy a irme esta misma noche... ahora... ¡de inmediato! ¡Eso es lo que voy a hacer!
—¿Adónde vas?
La pregunta detuvo a Sofía en la puerta.
—A encontrar a mi padre... ¡esté donde esté!
Dejó a los dos mirándose el uno al otro, boquiabiertos y horrorizados.
Al fondo del pasillo, abrió de par en par la puerta de su dormitorio, entró, encendió la luz y arrebató la capa y el sombrero de las perchas que había debajo del estante con cortina que albergaba su escaso vestuario.