La Mascarada Roja (Crónicas de El Lobo Solitario 4) IV - MOTÍN
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IV - MOTÍN

Sofía no había oído en su vida el nombre de Michael Lanyard.

Tampoco el estilo del bufete de los señores Secretan que entrara, humillara a papá Dupont con una mirada de altivez, confundiera a mamá Thérèse con una palabra perentoria, y cogiera a Sofía de la mano, la sacara de allí y la instalara en el entorno propio de su legítima posición: dicho entorno incluiría por fuerza una casa en la ciudad, si no en Park Lane, al menos muy cerca, y una casa de campo que se alzara, con la belleza madura de su arquitectura del siglo diecisiete, en medio de señoriales hectáreas de césped aterciopelado y parque privado.

Esperaba que la casa de campo estuviera a la vista del mar, y que el garaje de la familia dispusiera de un cómodo y pequeño coche de ciudad para su uso personal cuando fuera de compras por Bond Street, o a hacer visitas o dejar tarjetas, o a conciertos y sesiones de tarde...

Aproximadamente en esta fase sus châteaux en Espagne empezaron a tambalearse sobre sus cimientos; un fenómeno sísmico debido a la aparición de mamá Thérèse y papá Dupont, que venían de la barra de zinc y de la cocina para cenar, comida que habitualmente consumían en el café una vez que el ajetreo de la tarde había terminado, las mesas estaban sin mantel y el establecimiento se había acomodado a adormilarse durante las horas muertas hasta la hora de cierre.

Ante tal recordatorio de que eran las nueve o por ahí de una tarde asfixiante en un mundo pesado donde nunca pasaba nada que no hubiera pasado fastidiosamente el día anterior y el anterior a ese y así hasta el principio de los Tiempos, y donde nada estaba programado tediosamente para que siguiera pasando mañana y pasado y así hasta el fin de la Eternidad, Sofía suspiró, se desperezó y apartó la vanidad de los sueños.

Pero su belleza, mientras permanecía sentada cavilando, era tan sofocante como la noche.

En la parte trasera de la sala, mamá Thérèse y papá Dupont reñían con amargura por la comida; no con rencor apasionado, sino en el orden natural de las cosas; igual que otros discutirían el libro del momento, la obra de teatro del año, algún escándalo, a Charlie Chaplin o el estruendoso fiasco de Versalles, ellos dos discutían los defectos del otro con la mayor franqueza y libertad de expresión: tratando sus asuntos sin guantes; sin dudar nunca en tocar temas que no se mencionan por lo general en las relaciones civilizadas ni en emplear la palabra certera e impublicable; sin soñar nunca en llamar cortésmente azada a un maldito y viejo azadón; pasándose la pelota de la recriminación con una facilidad magistral.

Su preocupación por este pasatiempo era tan absorbente que mamá Thérèse ni siquiera se percató del paso del cartero en su última ronda del día.

Por lo general, por motivos que solo ella conocía y que Sofía nunca había pensado en cuestionar, mamá Thérèse prefería recibir personalmente todas las cartas y se las arreglaba para estar presente a las horas habituales de visita del cartero.

Pero aquella noche solo se dio cuenta de que había llegado y se había ido cuando, al mirar por casualidad hacia la caisse , vio a Sofía barajando la media docena de sobres que le había dejado.

De inmediato, mamá Thérèse empujó la mesa hacia atrás y se levantó, limpiándose la barbilla y el bigote con la servilleta mientras rodaba hacia el escritorio.

Pero ya era demasiado tarde. Sofía ya había apartado un sobre y lo miraba asombrada; iba dirigido a mamá Thérèse y llevaba en su esquina superior izquierda el sello de su origen:

Secretan y si te imaginas lo contrario eres más simple de lo que me crees.

Chasqueó los dedos con saña en la cara enrojecida de Sofía, soltó un despectivo «¡ Zut !» y se alejó contoneándose, meneando la cabeza y gruñendo para sus adentros.

Sofía se quedó atónita. La ofensiva se había lanzado con tanta rapidez, era consciente de haber hecho tan poco para provocarla, la habían pillado desprevenida, la habían sumido en la confusión, sus débiles objeciones habían sido acalladas y abrumadas por aquel diluvio de insultos, la habían deshonrado en público. ..

Le ardía la cara y las lágrimas asomaron a sus ojos; pero parpadeó para contenerlas, no iba a dejar que cayeran.

Consciente de las sonrisitas del puñado de clientes y de las miradas lascivas de los camareros, se armó de valor para reprimir cualquier traición de la mortificación en que se retorcía su alma, no hizo ademán alguno, sino que se quedó mirando con fijeza y con expresión de piedra la negrura de la noche que se asomaba por las puertas abiertas.

Entonces la indignación acudió a su rescate, el color encendido se retiró de su rostro y lo dejó extrañamente blanco, la niebla ante sus ojos se disipó y su mirada se volvió fija y dura, hasta sus labios adoptaron una mueca severa e inflexible.

Debajo del escritorio sus manos se cerraron en pequeños puños. Pero no se movió.

El alboroto suscitado por el estallido de mamá Thérèse se apaciguó, los jugadores de dominó reanudaron su partida, el anciano caballero que leía Le Rire pasó de página y siguió leyendo con una sonrisa cómplice, los amantes reanudaron sus demostraciones de afecto en voz baja, los camareros bostezaron detrás de las manos, todo siguió como estaba, salvo que, en su mesa (Sofía podía verlo por el espejo, sin mirar directamente) mamá Thérèse y papá Dupont parecían haber declarado un armisticio y engullían el resto de su comida en silencio y con una prisa indecorosa.

Poco después se levantaron y se dirigieron a sus aposentos.

Para ello tuvieron que pasar por delante de la caisse y atravesar la puerta de fieltro verde.

Mamá Thérèse marchaba por delante con el ceño fruncido de forma amenazadora y la papada temblorosa, con el porte militante de la rectitud menospreciada y ofendida.

Para ella, estaba claro, Sofía por el momento no existía.

Pisándole los talones, papá Dupont arrastraba los pies con incomodidad, con la cabeza agachada y sumido en profundos pensamientos, evitando la mirada de Sofía.

Su papel consistía en fingir que todo iba bien y siempre iría bien; solo que carecía del descaro, en aquel preciso instante, para su sonrisita habitual.

Cuando desaparecieron, Sofía se puso a pensar.

Había algo más en aquel asunto que una simple coincidencia; había un misterio, una pregunta siniestra.

Su semblante se oscureció tanto como la complexión de su ensoñación. A través del campo de su mirada ausente pasó a la deriva la figura del joven señor Karslake. Apenas fue consciente de ello.

Este se sentó con evidente premeditación justo enfrente de la caisse , mirándola con franqueza.

Pero Sofía no le prestó la menor atención.

Una extraña sonrisa ensombreció los labios del hombre, una expresión mitad ansiosa, mitad aprensiva; había un atisbo de perplejidad en su escrutinio.

Era más bien como si hubiera encontrado de forma inesperada un nuevo motivo para considerar a la muchacha una personalidad excepcionalmente interesante.

Pero ella seguía sin darse cuenta de nada.

Poco después de que le sirvieran una bebida que pidió pero no hizo amago de probar, se movió como si tuviera intención de levantarse y cruzar hasta donde estaba Sofía, se incorporó y se adelantó en el asiento adosado a la pared con un singular aire de timidez y vergüenza.

Pero fuera cual fuese su intención, se lo pensó mejor y se recostó, paseando la mirada por la sala para comprobar si alguien lo observaba.

No le pareció que nadie lo hiciera. Ni siquiera Sofía.

Aliviado, se recostó, sacó una bonita pitillera de oro del chaleco de su esmoquin, extrajo un cigarrillo, se lo apretó entre los labios. .. y se olvidó de encenderlo.

De repente, Sofía llegó a una decisión; y expresándolo en todos sus gestos, se bajó del alto taburete y dejó la caisse desatendida.

Al volverse hacia la puerta batiente, se abrió paso a empujones, con la cabeza bien alta y el fuego de la determinación iluminando su rostro.

Ya había tenido suficiente de acertijos.