La Mascarada Roja (Crónicas de El Lobo Solitario 4) III - LA COLUMNA DE LA AGONÍA #2
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III - LA COLUMNA DE LA AGONÍA #2

Su mesa era la que estaba inmediatamente después del aparador; y el café estaba sumamente tranquilo, con solo otros tres clientes, dos de los cuales jugaban al ajedrez mientras el tercero leía un viejo número del Echo de Paris .

Así que Sofía podría, de haberle importado escuchar a escondidas, haber oído todo lo que ocurrió entre el señor Karslake y el hombre llamado Nogam.

Pero no lo hizo; sus primeras palabras apenas consiguieron despertar su curiosidad.

Oyó al señor Karslake, que se mostraba oportunamente afable con alguien de condición inferior, expresar la esperanza rutinaria de no haber hecho esperar mucho a Nogam, y a Nogam responder en términos sencillos: «Oh, en absoluto, señor».

A lo que añadió que esperaba que no hubiera habido ningún contratiempo, que tenía unas enormes ganas de instalarse en su nuevo puesto y que pondría todo su empeño en complacerlo.

Karslake contestó con despreocupación que estaba seguro de que Nogam lo haría a las mil maravillas, y Nogam dijo: «Gracias, señor».

Entonces Karslake anunció que debían darse prisa, porque alguien a quien no nombró los estaba esperando, pero que, de todos modos, tenía la intención de tomarse una copa antes de mover un pie.

Y llamó a un camarero y pidió un whisky con soda para él y una cerveza para Nogam.

.. Y Sofía desvió su atención hacia otras cosas.

El murmullo de su charla no le importó nada a partir de aquel momento, y se olvidó de ellos por completo hasta que se levantaron para irse, y entonces apenas dedicó un instante a preguntarse por qué el señor Karslake, si es que, como parecía ser el caso, estaba contratando a un mayordomo para algún amigo o empleador, había concertado la reunión en un café del Soho.

Pero daba igual, y borró el incidente de su mente.

Lo que sí importaba era que hoy más que nunca la fastidiaban las funestas circunstancias de su existencia. Sentía que, si persistían, la vida se volvería sencillamente insoportable, y que tendría que hacer alguna locura para conseguir algo de alivio al tedio y la fealdad de todo aquello.

Estaba harta de todo, del carácter gruñón de mamá Thérèse, de las borracheras de papá Dupont, del espantoso aburrimiento del café, del olor a comida, del tufo a tabaco, de la peste a vino.

Estaba harta de las miradas de papá Dupont, de los ceños fruncidos de mamá Thérèse, de las muecas de los camareros, de los escrutinios de los clientes, de la mera visión de sí misma en el espejo del otro extremo de la sala.

Estaba harta de estar harta, tenía ganas de cometer alguna locura, quería patalear, chillar y golpear el suelo con los talones.

Y entretanto, más allá del umbral, la vida fluía por la calle, una corriente inquieta, y su voz era un canto de sirena para su corazón hambriento, que le susurraba de libertad, le reía con suavidad de amor, le rugía con vigor sobre audaces aventuras.

Y ella, sentada allí con las manos cruzadas, amotinada pero impotente, asustada, un trasto inútil de ojos hoscos... desperdiciada...

Como era su costumbre, entre las seis y las siete, antes de las horas de mayor ajetreo de la noche, pidió que le llevaran la cena a una mesa cercana.

Alguien se había dejado un ejemplar del periódico de la mañana en el asiento de la pared.

Sofía le echó un vistazo sin demasiado interés.

No obstante, al terminar, se llevó la hoja al escritorio de la cajera y, de vez en cuando, siempre que se presentaba la ocasión, leía a la vista de todos algunos fragmentos, tan aburrida que no le importaba que mamá Thérèse la sorprendiera en esta práctica prohibida; una buena reprimenda sería casi bienvenida.

.. cualquier cosa con tal de romper la monotonía. ..

Cuando hubo digerido sin obtener edificación alguna todas y cada una de las noticias, devoró los anuncios de las tiendas y pasó a la Columna de la Agonía, que había guardado como algo sabroso.

Leyó la petición de la viuda del oficial del ejército británico que buscaba a una persona de buen corazón y escasa inteligencia que la financiara para montar un establecimiento para «huéspedes de pago».

Leyó el anuncio del joven caballero de buena familia pero escasos recursos que reconocía poseer todas las gracias y talentos que el corazón pudiera desear y que, en un intento desesperado de evitar ponerse a trabajar para ganarse la vida, se entregaba en cuerpo y alma a la generosidad de un benefactor anónimo, y por el momento inexistente, insinuando de forma velada el suicidio si nada resultaba de aquel último intento de conseguir mantenerse lujosamente en la indolencia.

Leyó los anuncios de prestamistas que ansiaban adelantar sumas fabulosas a la nobleza y a la clase alta con un simple pagaré de su puño y letra.

Leyó los anuncios profesionales apenas encubiertos de señoras solitarias cuya infeliz suerte solo podía mitigarse mediante una compañía masculina agradable.

Leyó las ingenuas proposiciones matrimoniales.

Leyó el anuncio de la señora con título (suprimido) que estaba dispuesta, a cambio de una suma considerable, a presentar a gente pudiente y a sus hijas a los círculos sociales más exclusivos.

Leyó la ingenua solicitud del supuesto exoficial de la B.

E. F., que había superado la guerra con todas las condecoraciones conocidas a excepción de la Cruz Doble de la Orden de San Galo y al que no le quedaba intacto de su anatomía más que la mejilla, rogando a algún alma caritativa que le comprara un organillo para tocar en las calles.

Y entonces le llamó la atención la aparición de su propio nombre en el texto de un breve anuncio, que leyó con naturalidad, con mayor interés:

SI MICHAEL LANYARD se pone en contacto de forma privada recibirá noticias de Sofía, su hija. Diríjase a Secretan & Sypher, abogados, Lincoln’s Inn Fields, W.C. 3