La Mascarada Roja (Crónicas de El Lobo Solitario 4) III - LA COLUMNA DE LA AGONÍA
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III - LA COLUMNA DE LA AGONÍA

Sofía fechaba desde aquella tarde los primeros indicios de un descontento que creció en ella a lo largo del verano, hasta que todo lo relacionado con su suerte le pareció abominable.

Incluso sin esta inquietud subjetiva, habría sido un verano desagradable.

Todo el mundo andaba manga por hombro; el malestar social avivado por la guerra no mostraba signos de apaciguarse, sino que, por el contrario, había problemas en el ambiente mismo: presagios ominosos de una tormenta cuyo sordo y siniestro retumbar en el horizonte solo podía ser escuchado con excesiva claridad por aquellos que no se tapaban los oídos deliberadamente, sonreían con fatua complacencia y balaban como ovejas descerebradas: «¡Todo va bien! ».

Una juventud animosa y una riqueza necia, ávidas de nuevos y extraños placeres, pasaron de la prolongada tensión del conflicto a entregarse a interminables orgías de despilfarro como jamás había presenciado un mundo hastiado desde hacía tiempo de contemplar toda clase de excesos estrafalarios: a diario, aquella salvaje danza de la muerte alcanzaba etapas más frenéticas de saturnales, con las bandas de música resonando cada vez más fuerte para ahogar el murmullo de las salvajes fuerzas elementales que operaban bajo la corteza.

Y de vez en cuando se producía una pausa y el mundo se estremecía ante la repetición de una palabra que significaba la calamidad para todas las cosas bellas, dulces y amables de la vida, la palabra bolchevismo ...

En el Café des Exiles la discordia y las disputas no tenían fin.

Por varios motivos el negocio no era el que había sido, ni siquiera para la floja temporada de verano.

El precio de todo había subido, los camareros se mostraban insubordinados e irrazonables en sus exigencias, mamá Thérèse se había visto obligada a aumentar el precio fijo de la cena, los clientes veteranos se ofendieron por ello y se llevaron su clientela a otra parte.

Mamá Thérèse cultivaba un temperamento que se volvía cada día más vil, papá Dupont desplegaba nuevas artimañas en lo de hurtar su cuota diaria de bebida y lo demostraba; los dos se peleaban sin cesar.

Uno de los chefs, sospechando la irregularidad de su relación y previendo una inminente ruptura, trató de sacar provecho propio de ello haciéndole proposiciones amorosas a mamá Thérèse, quien, por motivos propios, probablemente con la esperanza de poner celoso a papá Dupont, alentó al muy idiota.

Y, como si esto no fuera bastante repulsivo, papá Dupont, lejos de resentirse por esta amenaza a la seudopaz del hogar, la ignoró, si es que no la vio con buenos ojos, y exhibía a diario una renovada ternura por Sofía.

Se mantenía cerca de ella tan constantemente como podía; llegaba incluso a interrumpir una disputa con mamá Thérèse para favorecer a la joven con una mirada lánguida o una palabra de afecto; siempre la estaba acariciando repugnantemente con los ojos.

La puerta batiente que comunicaba el café con la despensa se había torcido en sus bisagras y no terminaba de cerrar.

En general se atascaba en una posición que permitía a quien estuviera en la barra de zinc tener una vista ininterrumpida del escritorio de la dame du comptoir .

En lugar de hacerla arreglar, papá Dupont posponía aquel deber de un día para otro y desarrolló un encariñado apego por el puesto en la barra de zinc.

Durante horas y horas, Sofía, encaramada en su alto taburete, se percataba de su mirada lasciva, de aquellas miradas que se demoraban en las dulces líneas de su garganta y en la redondez de sus bonitos brazos.

No se atrevía a hacer ademán alguno para demostrar que lo sabía y que le molestaba, pues de hacerlo solo se ganaría el rencor de mamá Thérèse.

Pero hervía de indignación, y rumiaba inútiles planes —sobre todo en las largas y vacías horas de la tarde, entre el almuerzo y la hora del aperitivo—, incontables e inútiles planes para abolir aquellas condiciones intolerables.

Pensaba a menudo en aquel hombre extraño que había conversado con el joven señor Karslake, y se preguntaba acerca de él. Por algún motivo no parecía ser capaz de olvidarlo; nunca antes alguien a quien no conocía había dejado una impresión tan duradera en su imaginación.

A veces perdía el tiempo intentando explicarse por qué aquel hombre había parecido, durante ese breve instante, pensar que la conocía, para al final descartar tales especulaciones con la certeza de que probablemente se parecía un poco a alguien que él había conocido en el pasado.

Pero sobre todo le preocupaba la rareza de todo aquello, que él, que parecía una figura tan brillante y valerosa del gran mundo, hubiera, según su propia confesión, surgido de unos inicios tan humildes como los de ella.

Todo lo que él había padecido en sus años de juventud, en aquel lugar de París al que llamaba de Troyon , Sofía lo había padecido allí, y en gran medida lo seguía padeciendo sin visos de alivio ni esperanza de escapar.

Y, recordando lo que él le había dicho, que sus propias penalidades solo habían tocado a su fin cuando despertó al hecho de que estaba, como él mismo había dicho, «medio muerto en vida» allí en Troyon , y de que, sin más, «había salido a la vida», ella estaba convencida de que el remedio para su propio malestar y descontento no lo encontraría de otra manera. Pero le faltaba valor para aventurarse.

Decir «me marcho y acabo con esto» estaba muy bien; pero dando por sentado que alguna vez reuniera el ánimo suficiente para hacerlo.

.. ¿entonces qué? ¿Qué camino tomar, una vez hubiera traspasado las puertas?

¿Qué podría hacer? No tenía medios ni amigos, y estaba demasiado familiarizada con la forma en que el mundo trataba por lo general a una mujer sola como para imaginar que, tomando su vida en sus propias manos, lograría mucho más que cambiar el fastidio de la sartén por la furia del fuego.

Aun así, sabía que un día tendría que hacerlo y afrontar las consecuencias. Las cosas no podían seguir como hasta entonces.

E incluso admitiendo que el resultado de cualquier intento de autoafirmación pudiera ser infeliz, se impacientaba.

Mientras tanto, no hacía nada, se sentaba tranquilamente en su percha, miraba por encima de las cabezas de la multitud con pétrea compostura, indiferente tanto a la admiración como a la poca caritativa estima de los de su propio sexo, y aguardaba con el corazón en un puño.

El señor Karslake seguía su comportamiento habitual.

Entraba y salía de manera ocasional, siempre ocioso, desenfadado y elegante, proseguía sus irregulares reuniones con acompañantes variopintos, la adoraba con discreción y era evidente que sin la menor esperanza; parecía más que nunca una criatura frívola e insustancial.

La casualidad no volvió a llevarle a la mesa en la que se había sentado con el hombre al que Sofía no lograba olvidar, y solo el recuerdo de aquella conversación mantenía algún lugar para Karslake en la consideración de la muchacha.

Ni siquiera así lo tenía muy en cuenta, lo buscaba con la mirada y lo echaba de menos cuando no aparecía solo por la secreta esperanza de que algún día aquel otro volviera a encontrarse con él en el café.

Sofía no habría sabido decir por qué se aferraba a aquella esperanza.

Hacia mediados del verano, el señor Karslake se ausentó durante varias semanas, y cuando volvió a aparecer sus visitas fueron más escasas y distanciadas.

Una tarde de finales de agosto, en un día caluroso y agotador, entró de paseo con su aire habitual de no tener nada en particular que hacer y todo el tiempo del mundo para hacerlo, y encontró a un hombre esperándolo.

Se trataba de un individuo en el que Sofía apenas había reparado después de que un solo vistazo le bastara para clasificarlo y encasillarlo.

Con una sola mirada había sido suficiente.

Hay cosas que se hacen mejor en Inglaterra; un hombre destinado a un determinado papel en la vida, por ejemplo, tiende a conformarse, mental, físicamente, e incluso en su indumentaria exterior, de tal modo al molde que siempre es inconfundiblemente lo que es, incluso para el observador más casual.

Así pues, aquel hombre era un mayordomo, había nacido y se había criado como mayordomo, vivía de su profesión, y moriría siendo mayordomo; no un mayordomo pomposo y engreído, como los que el teatro estadounidense le ofrece a uno cuando aborda la vida elegante inglesa con seriedad, sino un individuo apacible y decente, con patillas simples, cortadas a la altura de los lóbulos de las orejas, por lo demás bien afeitado, con el pelo teñido de manera patética, un semblante incoloro y unos ojos dóciles y apacibles.

Vestía con sobriedad, con chaqueta y chaleco negros, este último dejando ver un triángulo blanco de camisa almidonada y una pajarita negra, con pantalones grises indefinidos y botas de punta cuadrada que no eran ni mucho menos nuevas.

Llevaba cruzada la cintura con una gruesa leontina de plata para el reloj, y unos curiosos botones de ágata pasados de moda, engastados en pequeños marcos cuadrados de oro, le abrochaban los puños redondos y tiesos de su camisa de ayer.

Llevaba un sombrero hongo bien cepillado, tan pasado de moda como fuera de temporada.

Cuando entró el señor Karslake, perfecto modelo de joven caballero de posibles, elegantemente esbelto en un traje de chaqueta marrón de confección exquisita, con un canotier y un fino bastón de malaca en una mano enguantada en gamuza, el mayordomo se levantó de su mesa, reconoció en silencio el saludo —«¡Ah, Nogam!

¿Ya estás aquí?»— y aguardó a que el hombre más joven se sentara antes de volver a ocupar su propia silla: un símbolo de hombros caídos de la más decente respetabilidad, no demasiado inteligente, sometido a una asunción incondicional y nada resentida de su propio «lugar».