La Mascarada Roja (Crónicas de El Lobo Solitario 4) II - MÁSCARAS Y ROSTROS #2
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II - MÁSCARAS Y ROSTROS #2

Ya había utilizado dos idiomas, el inglés para Karslake y el francés para el camarero; Sofía entendía ambos y los hablaba a la perfección.

Así que resultó un tanto exasperante cuando, tras haberle servido la absenta y haber intercambiado las obviedades de costumbre sobre el tiempo y sus respectivos estados de salud, la conversación prosiguió en un idioma que a Sofía no solo le resultaba desconocido, sino que no se parecía a ninguno que hubiera oído hablar antes.

Esto le resultó tanto más molesto por cuanto había poca gente en el restaurante para ahogar con el parloteo el sonido de aquellas dos voces y porque, a pesar del tono cauto de ambas, la mesa que ocupaban estaba situada de tal modo que alguna peculiaridad acústica transportaba cada sílaba allí pronunciada, aunque fuera en susurros, hasta los finos oídos del escritorio de la cajera.

Esta circunstancia había regalado a Sofía más de un momento de disimulado entretenimiento y no pocos que amenazaron con hacer añicos las escasas ilusiones que habían sobrevivido a dieciocho años al cuidado de mamá Thérèse.

Pero nadie más (con la posible excepción de esta última) conocía este secreto del restaurante, y Sofía se cuidaba de no mencionarlo nunca.

La cuestión era que ahora resultaba que el señor Karslake nunca antes se había sentado en aquella mesa en concreto.

El idioma que allí se hablaba aquel día intrigó a Sofía sobremanera.

Era rico en labiales, guturales y en extrañas sibilancias.

Estaba segura de que no era una lengua europea, aunque pensó que posiblemente pudiera ser el ruso, porque sonaba un poco a como se ve la letra impresa en ese idioma; por lo que a ella concernía, bien podría haber sido el árabe o el choctaw.

Pero la soltura con la que lo manejaba le infundió la idea de que el joven señor Karslake tal vez no fuera, después de todo, una persona tan insignificante como aparentaba y como ella había dado por sentado de forma indiferente.

Decidió estudiarlo con mayor atención.

Fue además una conversación bastante larga, que ambos hombres parecían tomarse muy en serio —aunque su desenlace resultó en apariencia bastante aceptable para los dos— y que concluyó de forma brusca cuando el señor Karslake anunció, en inglés, con todos los signos de satisfacción:

—¡Bien! Entonces el asunto queda zanjado.

A lo que el hombre mayor disintió con tolerancia.

—Perdón: nada está zanjado; se trata tan solo de una propuesta.

—Bueno —dijo Karslake con una risita que a Sofía le sonó hueca—, en cualquier caso debería ser divertido.

El otro alzó una ceja y sonrió de forma distante.

—¿Usted cree?

—¿Recibir órdenes suyas, señor? ¡Yo diría que sí! —Pero su acompañante no le escuchaba, o eligió ignorar adrede ese tono de respeto.

—Tiene usted razón, amigo mío —dijo él, abstraído—: será divertido.

Pero ¿qué no lo es en la vida? Me figuro que es por eso por lo que la mayoría de nosotros seguimos adelante, porque la obra teatral nos resulta entretenida a nuestro pesar.

E incluso cuando pensamos en la Muerte..

. existe la posibilidad de que, al otro lado del telón, donde se sienta el público invisible, cuyos silbidos y aplausos jamás llegamos a oír.

.. ¡allí podría resultar todavía más entretenido!

Karslake observaba su rostro con curiosidad.

—Tenía que decirlo usted —comentó, con deferencia y admiración en la voz—. Según todas las versiones, usted ha tenido una vida sumamente divertida.

—Así me lo ha parecido a mí. —El otro asintió, con ojos relucientes—. No siempre en su momento, por supuesto. Pero cuando echo la vista atrás, sobre todo a mis inicios, a las épocas que me parecieron más duras e intolerables...

Se quedó pensativo un instante, paseando una mirada de interés por la sala.

—A uno le hace retroceder.

—¿A qué?

—Este café, amigo mío.

—¿A sus inicios, quiere decir?

—Sí. Se parece mucho al café de Troyon, sobre todo a esta hora en la que apenas hay ingleses.

—¿Troyon?

—Un restaurante en París. Célebre en su época. Hace varios años, antes de la guerra, se quemó una noche y calcinó con él muchos recuerdos. Mientras estuvo en pie lo odiaba, ahora lo echo de menos; París sin él ya no es el París que yo conocí.

—¿Y por qué lo odiaba, señor?

—Porque sufrí allí.

Señaló al otro extremo de la sala a un joven y larguirucho alsaciano, un individuo alicaído y lleno de granos con una chaqueta y un delantal de camarero, que se arrastraba de mesa en mesa recogiendo vasos y platillos usados.

—¿Ve aquel omnibus de allá? Lo que es él hoy en día, lo fui yo en su momento: omnibus , pinche, mozo de limpieza, blanco de burlas y chivo expiatorio en general del establecimiento, basurero de la comida que nadie más quería tragar... Sufrí de lo lindo allí, en el de Troyon.

—¿Usted, señor? —exclamó Karslake asombrado—. Quién lo hubiera pensado... ¿Cómo logró escapar?

—Un buen día se me ocurrió que estaba medio muerto en vida y que la cosa no mejoraría mientras me quedara atrapado en esa servidumbre. Así que me marché de allí y salí a la vida.

—Me gustaría que me lo contase, señor —se aventuró Karslake, ansioso.

—Algún día, tal vez, cuando regrese. Pero ahora —miró su reloj— solo tengo el tiempo justo para tomar un taxi hasta mi hotel, hacer las maletas y subir al tren con destino al puerto.

—No espere por mí —sugirió Karslake, y le hizo señas al camarero.

—Quizás sea mejor así.

Se estrecharon la mano, el hombre mayor se levantó, agarró el sombrero y el bastón, y echó a andar hacia la puerta con paso pausado, mientras seguía mirando a su alrededor con los ojos entornados y la sonrisa de los recuerdos.

De repente, aquella expresión se borró por completo de su rostro. Había captado la mirada de Sofía.

El interés de la joven se había despertado hasta tal punto por aquellas singulares confidencias que había oído, que se había olvidado por completo de sí misma y de su pose profesional de neutralidad en blanco.

Estaba un poco inclinada hacia delante, con los antebrazos apoyados en el escritorio y mirando fijamente con total franqueza.

El paso del hombre se detuvo, su sonrisa se desvaneció y sus ojos se agrandaron y nublaron por el desconcierto.

Por un instante Sofía pensó que iba a hacerle una reverencia, como se haría al encontrarse inesperadamente con un conocido después de muchos años: había algo en él que delataba un impulso frenado por la duda.

Y en aquel instante, la joven fue consciente de una singular sensación de falta de aliento, como si estuviera a punto de ocurrir algo cuyo desenlace pudiera alterar todo el rumbo de su vida.

Un sentimiento bastante descabellado e inexplicable, sin duda; y que no dio lugar a nada de nada.

Con una rapidez tan fulminante que la pausa en su caminar debió de resultar imperceptible para todos, a excepción de Sofía, el hombre volvió en sí, recompuso el rostro y avanzó hacia la puerta.

Confundida por una decepción que no lograba explicarse, Sofía se quedó inmóvil.

En el umbral abierto, el hombre se volvió y miró hacia atrás; no a ella, sino a Karslake, como si estuviera dudando si regresar y decirle algo más al hombre más joven. Pero no lo hizo.

Nunca regresó.