II - MÁSCARAS Y ROSTROS
De forma muy natural, empezó a familiarizarse con los Rostros...
Se volvió experta en un juego que consistía principalmente en observar de cerca a aquellos que, por uno u otro motivo, atraían su atención, sin darles la menor razón para sospechar que hacía algo semejante.
No se podía estar siempre mirando con abstracción a la nada en particular mientras iba y venía por la acera frente al Café des Exiles; no se podía a menudo, ni por mucho tiempo, leer con éxito un libro sostenido sobre el regazo, por debajo del nivel del escritorio de la cajera, mamá Thérèse era demasiado avispada para eso; había que hacer algo con la mente; y a veces resultaba divertido observar y especular sobre personas que parecían interesantes.
Había tantos Rostros, iban y venían con tanta constancia, como burbujas en la corriente de la marea, que a Sofía la mayoría de ellos le parecían indistinguibles unos de otros, meras manchas de color carne salpicadas de ojos fijos y rasgadas por aberturas que automática y alternativamente se abrían de par en par para recibir bocados de comida y tragos de bebida y se cerraban para tragarlos.
Un hombre necesitaba destacar por algún rasgo de su aspecto, no forzosamente la belleza, o por una individualidad poco común, para que Sofía lo favoreciera con más de una de sus miradas en apariencia casuales, o para recordarlo si visitaba el café por segunda vez.
Pero los había que destacaban de la mediocridad, a los que observaba, a los que echaba de menos si no hacían acto de presencia a sus horas habituales, en torno a los cuales su ociosa pero capaz imaginación tejía fantasías maravillosas, dotándolos de historias y entornos tan alejados de la realidad como los grises sueños de los realistas lo están de las pintorescas trivialidades del día a día.
Y había otros que acudían una vez y nunca más, pero a los que ella nunca olvidaba.
De no haber sido por algunos de estos últimos, en verdad, nunca habría recordado a algunos de los primeros.
El joven de ojos marrones, de expresión sentimental y curioso bigotito, por ejemplo, permaneció mucho tiempo oculto entre el montón antes de que la única y singular visita de un ave de paso lo dignificara a los ojos de la chica del taburete alto.
En la ocasión de su primera aparición (pero de eso hacía ya mucho tiempo, Sofía no lograba recordar cuánto), el joven esbelto de ojos conmovedores y bigote insignificante se había hecho acreedor a su atención, en cierto modo burlona, por parecer extraordinariamente exquisito para aquel ambiente.
El Café des Exiles estaba poco frecuentado por el mundo elegante; su comida a precio fijo (2/6), aunque excelente, y sorprendentemente bien elaborada para lo que costaba, no seducía mucho a la clientela del Carlton y el Ritz.
De vez en cuando su lejanía, prometiendo librar de encuentros embarazosos salvo por improbable desventura, le granjeaba la clientela de alguna pareja clandestina del West End, que durante un tiempo lo convertía en un lugar de encuentro casi diario, reuniéndose nerviosos, sentados a ser posible en el rincón más oscuro, el más alejado de la puerta, y cogiéndose de la mano cuando suponían por error que nadie miraba.
.. hasta que el idilio languidecía o algún contratiempo los asustaba.
Aparte de tales visitas, sin embargo, el gran mundo pasaba fríamente de largo por el café; aunque no podía quejarse por falta de clientela, y de hecho prosperaba sobremanera si bien sin ostentación gracias a las medias coronas del leal Soho y de los barrios periféricos más volubles.
Sin embargo, el bohemio del Soho en su territorio natal y el oficinista de la City de juerga no eran propensos a lucir indumentarias como las del joven señor Karslake.
No es que se vistiera en exceso; incluso los irreverentes habrían dudado en difamarlo con el nombre de «chiflado» —que es la forma londinense de denominar a lo que en Estados Unidos se conoce como «vistoso (o elegante) al vestir»—; la cosa era sencillamente que siempre iba arreglado de forma irreprochable, independientemente del tipo de atuendo que considerase apropiado para la hora del día; y que su vestuario era tan completo y variado que rara vez aparecía dos veces con el mismo traje.
.. a no ser, claro está, después del anochecer; aunque sus visitas al Café des Exiles para cenar o después de la cena eran tan infrecuentes que cada una de ellas alcanzaba (después de que Sofía empezara a fijarse en él) la importancia de una ocasión especial.
Su hora era el almuerzo, y esas horas vacías al final de la tarde que Londres llena con el té y el Soho con la bebida.
Parecía contar con un círculo de amistades muy amplio y variopinto entre gentes de toda clase y condición social; uno difícilmente podría llamarlos amigos, porque rara vez almorzaba o tomaba un aperitivo con la misma persona dos veces seguidas.
Y tanto si su acompañante era un vicario como algún andrajoso vagabundo del barrio; una joven pintarrajeada del coro de la revista más reciente o una matrona decorosa de Bayswater; un aventurero sagaz de Fleet Street o un comerciante sólido de la City , su actitud era muy similar: relajada, impersonal, natural, cortés, desapegada.
Era tan propenso como no (a juzgar por su expresión facial) a quedarse embobado con Sofía mientras su invitado gesticulaba de forma salvaje y articulaba trescientas palabras por minuto.
Cuando hablaba lo hacía de forma modesta, con una voz de cadencias agradables, pero de un tono tan bajo que Sofía nunca oyó nada de lo que dijo, salvo un par de veces; y su actitud no se caracterizaba por su enérgica determinación.
De todos modos, uno se daba cuenta de que, por regla general, tenía la última palabra, y de que lo que decía dejaba a su interlocutor satisfecho o pensativo.
De manera inconfundible, estaba colado por Sofía; aunque eso no le causaba ninguna impresión, ya que demasiados clientes habituales estaban igual de prendados de ella, uno más o menos no importaba.
Pero él nunca la miraba hasta el punto de la grosería, y siempre parecía hacerle sentir sumamente incómodo que ella pareciera ser consciente en lo más mínimo de su adoración; y mamá Thérèse y papá Dupont ni siquiera reparaban en él, tan circunspecto se mostraba.
Aun así, Sofía se daba cuenta, y a veces se preguntaba, igual que se preguntaba de vez en cuando sobre la mayoría de los posibles hombres que parecían dispuestos a ponerse sentimentales con ella.
Pues había momentos en los que sentía que le vendría bien un poco más de experiencia de primera mano y un poco menos de conocimientos de segunda mano.
El amor (suponía) debía ser un estado de ánimo muy agradable, ya que estaba tan de moda...
Lo que le llevó por vez primera a pensar que el señor Karslake podría ser una persona interesante de conocer, dejando totalmente a un lado su admiración, sucedió una tarde del mes de junio, un día caluroso para Inglaterra, cuando una temperatura de unos 81 grados fue responsable de las andanadas de «ola de calor» que emitieron los periódicos vespertinos.
Alrededor de la hora del té, el señor Karslake, impecablemente ataviado, entró paseando, escogió una mesa diagonalmente opuesta a la caisse , intercambió cortesías con el camarero que le sirvió un picon, y utilizó un ejemplar de The Evening Standard sus facciones presentaban una conformación de una irregularidad encantadora, pero la impresión que transmitían era la de una fuerza singular junto con una fineza de espíritu muy infrecuente.
Un rostro móvil y expresivo, marcado con una historia de extrañas tribulaciones; pero esto no debe interpretarse en el sentido de que su aspecto estuviera demacrado o envejecido de forma prematura; por el contrario, ostentaba un color juvenil y estaba surcado de ligeras arrugas; su única confesión del avance de los años radicaba en las canas de ambas sienes.
Los ojos, quizá, hablaban más que cualquier otra cosa de pruebas padecidas y de recuerdos que jamás descansarían.
Una vez que aquellos ojos se hubieron fijado en los suyos (pero eso sucedió más adelante), Sofía tuvo la certeza de que nunca los olvidaría. Y del modo en que los vio entonces, jamás los olvidó. Sin embargo, la siguiente vez que los vio no los reconoció en absoluto.
El recién llegado saludó al señor Karslake por su nombre (era la primera vez que Sofía lo oía), se sentó en el asiento de la pared a su lado y, cuando apareció el camarero, pidió una absenta.