La Mascarada Roja (Crónicas de El Lobo Solitario 4) IX - UNA DEUDA SALDADA
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IX - UNA DEUDA SALDADA

Era tarde cuando Lanyard llegó a casa, pero no demasiado tarde: cuando entró en su salón, aún quedaba suficiente vida en las brasas de la chimenea para delatar a una forma felina a gatas que se arrastraba hacia la puerta de su dormitorio.

Al encender las luces, saltó sobre sus pies y se zambulló a través de los cortinajes con tal celeridad que apenas vio poco más de ella que los faldones de la chaqueta a ras de viento.

Dejando caer el sombrero y el lienzo, Lanyard emprendió la persecución y dio alcance al merodeador cuando este trepaba por la ventana abierta, donde una mano firme en el cuello frenó sus preparativos de dejarse caer un par de metros hasta el patio enlosado.

Victor profirió juramentos con irritación y lanzó un puñetazo al azar, que asestó un golpe de refilón en la mejilla de Lanyard y que conllevaba la punzada justa para encender el resentimiento.

Por lo tanto, el virtuoso dueño de la casa fue bastante menos que ceremonioso al tirar del principesco ladrón hacia el interior y prestarle un pie para acelerar su regreso al salón; donde Victor fue a parar, de nuevo a gatas, casi en el mismo punto exacto desde el que se había levantado.

Sin embargo, se incorporó de un bote con una sorprendente cantidad de animación y ambición, y volvió a la ofensiva lanzando puñetazos.

En este punto su juicio se equivocaba de forma lamentable.

Lanyard se hizo a un lado, le pellizcó una muñeca, se la subió con un hábil tirón entre los omóplatos del hombre (con una torsión que le arrancó un gruñido de dolor), le cogió el otro brazo por detrás por el hueco del codo y sostuvo a su víctima impotente.

.. aunque lo bastante mal aconsejada como para seguir siseando, escupiendo, retorciéndose y dando patadas.

Un talón que golpeó la espinilla de Lanyard le valió a Victor una sacudida tan concienzuda que sintió traquetear los dientes en las mandíbulas.

Cuando lo suspendió en el aire, estaba sin aliento pero pensativo, y no ofreció ninguna objeción a que lo registraran.

Lanyard le quitó un revólver y un puñal, y luego, con un empujón, envió a Victor tambaleándose hacia la mesa, donde se quedó jadeando, temblando y lanzando miradas asesinas, mientras su captor guardaba la daga y examinaba el arma de fuego.

—Qué cosa tan perversa —comentó—, y además cargada.

De verdad, monsieur le prince debería ser más cuidadoso.

Uno de estos buenos días, si no dejas de jugar con armas como esta, una se te disparará en la propia mano.

.. y el siguiente momento culminante de tu historia será cuando el juez diga: «¡Y que el Señor se apiade de tu alma! ».

Victor confió sus sentimientos a un pañuelo con el que se estaba enjugando el rostro. Lanyard se sentó y meneó la cabeza en señal de reproche.

—No lo capté —dijo—; aunque quizá sea mejor así; sonaba a malas palabras. Espero estar equivocado, desde luego: los príncipes deberían dar a los impresionables plebeyos un ejemplo mejor.

Le dirigió una mirada crítica.

—Estás hecho un asco, si no te importa que te lo diga... parece como si se te hubiera caído el cielo encima. ¿Se puede saber qué pasó? ¿Acaso se tropezó el niño y se cayó?

Victor suspendió las operaciones con el pañuelo para clavar en su torturador una mirada ceñuda y desconfiada.

Tenía la cabeza aún pesada, caliente y dolorida, sus procesos mentales nublados por el poso del coma; pero ahora empezaba a apreciar, lo que naturalmente parecía evidente, que Lanyard debía desconocer la causa de sus lesiones.

Una mirada escrutadora por la habitación lo confirmó en este error.

El lienzo yacía donde Lanyard lo había dejado caer al entrar, no en el lugar donde Victor recordaba haberlo visto por última vez, sino donde era concebible que una patada inadvertida lo hubiera enviado en el transcurso de su forcejeo con Sofía.

Entonces, ella debía haberlo olvidado cuando huyó de lo que probablemente pensó que era un asesinato, y que bien podría haberlo sido.

Estaba demasiado dolorido y conmocionado para ser sutil; y la tendencia general de sus conjeturas era perfectamente legible para Lanyard, quien sin demora se aplicó a disipar cualquier sospecha persistente sobre su falta de malicia.

—Por casualidad, no estarás bebido, ¿verdad?

—inquirió con el más amable de los intereses—.

Tienes el aspecto de haber rematado una juerga buscando pelea con un policía.

Tienes la mejilla cortada y estás todo (¿lo diremos, en deferencia a los bien conocidos prejuicios del querido público británico?) ensangrentado.

Siéntate y recomponte antes de intentar explicarme a qué debo este honor. .. y todo lo demás.

Se levantó, dio una palmada en el hombro del príncipe Victor y lo condujo hacia un cómodo sillón.

—¿Hay algo más que pueda hacer para que te sientas a gusto? ¿Crees que te ayudaría un brandy con soda?

La sugerencia resultó aceptable: Victor lo dio a entender con un murmullo de desagrado. Lanyard trajo vasos, una licorera y un sifón, y sirvió a su invitado con mano generosa antes de servirse a sí mismo.

Victor aceptó la bebida sin una palabra de agradecimiento y se la tragó ruidosamente de un trago.

Lanyard bebió con moderación, y luego cruzó la habitación hacia el botón del timbre.

Al ver su dedo sobre él, el príncipe Victor se sobresaltó en su asiento, pero Lanyard, con actitud hospitalaria, le hizo señas para que volviera a sentarse.

—No te vayas todavía —suplicó—. Si acabas de pasarte por aquí, no hemos tenido la más mínima oportunidad de charlar. Además, no debes olvidar que tengo tu pistola y tu puñal, que tengo la sartén por el mango, una reconfortante sensación de superioridad moral y un sinfín de ventajas más sobre ti.

—¿Por qué? —preguntó el príncipe, con nerviosismo—, ¿por qué has llamado?

—Para pedirte un cabriolé, por supuesto. No me imagino que quieras volver andando a casa, ¿verdad?, en tu actual y chocante estado de deterioro. Claro que, si lo prefieres... Pero siéntate: tranquilízate.

—Déjame en paz —espetó el otro, mientras Lanyard se ofrecía amablemente a empujarlo de nuevo contra el sillón—. Estoy... bastante tranquilo.

—¡Me alegro! ¡Excelente! ¿Crees que tienes el pulso lo bastante firme para extenderme un cheque?

—¡Qué demonios!

—¡Oh, vamos! No te ofusques con tanta facilidad. Solo voy a hacerte un favor...

—¡Al diablo con tu insolencia! ¡No quiero favores de ti!

—¡Oh, sí que los quieres! —insistió Lanyard, impertérrito—, o los querrás cuando descubras el buen corazón que tengo.

¡Ahora sé bueno y deja de protestar! Verás, me has conmovido el corazón.

No tenía ni idea de que sintieras tanta pasión por ese cuadro.

Si por un instante hubiera imaginado que te importaba lo bastante como para allanar mis habitaciones.

.. Pero ahora que de verdad lo entiendo, mi querido amigo, no te lo negaría por nada del mundo; te lo regalo, al precio que yo pagué —veinte mil cien guineas—, sin exigirte prima ni comisión alguna.

Encontrarás cheques en blanco en el cajón superior derecho de mi escritorio de allí; rellena uno a mi nombre, y el Corot es tuyo.

Por un momento más, el príncipe se quedó mirando, con el odio y la perplejidad tiñendo su mirada a partes iguales. Después, con lentitud, la mirada de duda dejó paso al fantasma de una sonrisa astuta.

¡Qué redomado idiota era aquel individuo (pensó) al aceptar un cheque cuyo pago podía ser anulado antes del horario bancario de la mañana...!

Semejante fatuidad resultaba increíble. Y sin embargo, ahí estaba, egregia, indiscutible.

¿Por qué no sacar provecho de ella, darle la vuelta en su propio beneficio?

Asegurar lo que había estado buscando, las cartas ocultas entre los lienzos, y volverlas contra Sofía, y de paso dejar en evidencia a ese tal Lanyard como a un idiota, todo de un solo golpe.

.. la oportunidad era demasiado suculenta para despreciarla.

Disimuló su regocijo... o se jactó de hacerlo.

—Muy bien —masculló, con hosquedad—. Extenderé el cheque.

—¡Esa es la actitud correcta! —declaró Lanyard, y lo escoltó hasta el escritorio.

Sonó un golpe en la puerta. Lanyard gritó:

—¡Adelante!

Entró un criado somnoliento, medio vestido y todavía caliente por el calor de la cama.

—¿Ha llamado el señor?

—Sí, Harris. —Lanyard le lanzó un soberano—. Siento sacarte de la cama tan tarde, pero necesito un coche. Consígueme un carruaje de cuatro ruedas, ¿quieres?

—Gracias, señor.

El hombre se retiró alegremente, recompensado por muchas noches de sueño interrumpido. El príncipe Victor se levantó del escritorio y le ofreció a Lanyard el cheque.

—Me imagino —dijo con una mirada lasciva— que encontrarás que todo está en orden.

Lanyard escrutó el cheque de forma minuciosa y asintió con satisfacción.

—Muchas gracias... ¡No, ni una palabra! —Prohibió de manera inflexible una interposición completamente imaginaria por parte del príncipe Victor—.

No sabes cómo agradecérmelo, ¿verdad? Entonces, ¿para qué intentarlo?

Sé que soy demasiado bueno, pero es que no lo puedo evitar, está en mi naturaleza.

.. ¡y eso es todo! Así que, ¿de qué sirve discutir por ello?

... Ahora, ¿dónde has dejado el abrigo y el sombrero? ¿En mi cama, al entrar?

Esbozó una sonrisa encantadora y se escabulló veloz a través de los cortinajes, regresando con las prendas en cuestión.

—Permíteme ayudarte.

El príncipe forcejeó para ponerse el abrigo y profirió un gruñido en reconocimiento por el servicio. Lanyard le encajó el sombrero en la mano, recogió el lienzo, lo volvió a colocar en el marco y acomodó ambas cosas bajo el brazo del príncipe.

Otro golpe en la puerta: regresó Harris.

—El carruaje aguarda, señor.

—Gracias, Harris. Un segundo: quiero cruzar unas palabras contigo. ¿Ves a este caballero? —Lanyard captó la mirada de furibundo resentimiento de Victor y se interrumpió—. No te olvides de quién eres, monsieur le prince . Recuerda...

Dio unas palmaditas significativas en el bolsillo que guardaba el revólver, y se volvió hacia Harris.

—Este caballero —dijo, consultando la firma del cheque— es el príncipe Victor Vassilyevski. Por favor, recuérdalo. Es posible que tengas que testificar contra él en un tribunal.

—¿Qué insolencia es esta? —inquirió Victor, acaloradamente.

—Cálmese, monsieur le prince . —Lanyard repitió el gesto de advertencia—.

Es un noble de Rusia, o eso dice, y... ¡por extraño que parezca, Harris!

... un ladrón de casas. Lo sorprendí allanando mis habitaciones cuando acabo de llegar a casa.

Por su aspecto, puedes hacerte una idea de las dificultades que tuve para reducirlo.

—La verdad es que parece bastante maltrecho, señor —admitió Harris, mirando a Victor con indignación—. ¿Desea que llame a un policía y lo ponga a su disposición?

—Gracias, no. El príncipe Victor y yo hemos llegado a un acuerdo.

A él no le apetece nada ir a la cárcel, y yo no tengo ningún deseo en particular de mandarlo allí.

Pero sí quiere lo que entró a robar —ese cuadro que ves bajo su brazo— y he accedido a vendérselo.

Aquí está el cheque que me acaba de entregar.

Siempre y cuando no se anule su pago, Harris, no oirás nada más sobre este incidente.

Pero si por cualquier casualidad el cheque fuera devuelto por el banco.

.. puede que te pida que atestigües lo que has visto y oído aquí esta noche.

—¡Es mentira! —chilló el príncipe Victor—. ¡Me has hecho entrar contigo, me has asaltado, me has extorsionado para sacarme este cheque! Nadie nos ha visto...

—Lo siento —le atajó Lanyard—; pero da la casualidad de que el caballero que ocupa los aposentos de justo arriba ha entrado al mismo tiempo que yo, y puede testificar que iba solo. Eso es todo, monsieur le prince . Tu carruaje espera.

Harris abrió la puerta. Ahogándose de rabia, el príncipe salió arrastrando los pies, mientras Lanyard lo escoltaba con cortesía hasta el bordillo.

Allí, con un pie levantado para subir al carruaje de cuatro ruedas, el príncipe Victor se volvió y sacudió una mano apasionada ante el rostro de Lanyard.

—¡Me pagarás por esto! —farfulló—. ¡Ajustaré cuentas contigo, Lanyard, aunque tenga que seguirte hasta las mismas puertas del infierno!

—Mejor que no lo hagas —le advirtió Lanyard de manera imparcial—; porque si lo haces, te empujaré adentro... ¡ Bon soir , monsieur le prince !