VIII - GRIEGO CONTRA GRIEGO #2
Ella guardó silencio un instante más, abarcando con una mirada de asombro el hecho increíble, el hecho absolutamente imposible de que él estuviera allí. La única explicación concebible se articuló sin que ella lo pretendiera:
—¡El Lobo Solitario!
—¡Oh, vamos! —le reprochó él, indulgente—: eso es pura y dura adulación.
Ella se apartó y levantó una mano hacia el cordón de la campanilla.
—¡Aguarde!
Involuntariamente ella le hizo caso, dejó caer el brazo. Luego, al comprender que había cedido donde él no tenía derecho alguno a ordenar, se rebeló.
—¿Por qué? —inquirió con resentimiento.
—¿Por qué tocar la campanilla? —respondió él, con una sonrisa.
—Para llamar a mis sirvientes... para que avisen a la policía.
—Pero estoy seguro de que madame la princesse debe de apreciar que la policía tal vez no sepa a cuál de los dos allanadores detener.
Dirigió un guiño de burlón significado hacia el «Corot» sustraído, y en una repentina repulsión de sus sentimientos, Sofía tuvo que morderse el labio para no echarse a reír.
Vaciló. Estaba en lo cierto y se mostraba bastante razonable este insolente e imperturbable joven elegante.
Y, sin embargo, no podía permitirse concederle tanto. Se apresuró a aceptar el reto.
—Quién sabe —preguntó de forma oblicua— por qué monsieur el Lobo Solitario trajo consigo este falso Corot cuando entró a robar...
—¡Las joyas de imitación de una aventurera con título nobiliario!
Una interrupción lo bastante brusca para acallarla; o bien fue su insinuación lo que dejó a la princesa enmudecida de indignación.
La risa de Lanyard ofreció disculpas por la descortesía, como si dijera: «Lo lamento.
.. pero te lo estabas buscando, ¿sabes?».
Se hizo a un lado, tomó un puñado de las joyas de ella que habían quedado al descubierto, en un montón tentador, expuestas abiertamente sobre el tocador (culpa de su propia falta de cuidado tanto como de cualquier otra persona, admitió Sofía) y las arrojó con suavidad sobre el anverso del lienzo falso.
—Dios los cría... —fue su extravagante comentario—; ¡leña al monte!
—¡Mis joyas! —La princesa las recogió con mimo y se encaró a él, ardiendo de resentimiento. Él le devolvió una sonrisa torcida y un encogimiento de hombros en señal de disculpa.
—¿ Madame la princesse no lo sabía? Lo siento mucho.
—¿Cómo te atreves a decir que son de pacotilla?
—Lo lamento —repitió él—; pero parece que alguien se ha aprovechado de la confianza de madame . Excelentes imitaciones, se lo concedo, pero no dejan de ser articles de Paris .
—¡No es verdad! —estalló ella, al borde del llanto.
—Pero, de verdad, tiene que creerme. El conocimiento de las joyas es una de mis aficiones: ¡sé de lo que hablo!
Ella bajó la mirada con consternación hacia las exquisitas baratijas que él acababa de condenar con tanta rotundidad.
Luego, en un ataque de cólera, las apartó de sí con todas sus fuerzas, se arrojó sobre la chaise-longue y lloró con pasión contra sus cojines.
Entonces el joven demostró estar medianamente instruido en las costumbres del sexo femenino.
No dijo nada más, no se ofreció a consolarla con esas palmaditas fútiles y vacías en el hombro que son instintivas en el hombre en tales ocasiones, sino que simplemente se sentó a esperar.
Con el tiempo pasó la tormenta, Sofía se incorporó y se secó los ojos con un retal de encaje y lino. Luego miró a su alrededor con una sonrisa vacilante y absolutamente cautivadora. Era de esa rara clase de mujeres que pueden permitirse llorar.
—¡Resulta tan humillante! —protestó con una ingenuidad de lo más peculiar... uno de sus encantos más irresistibles—. Pero al mismo tiempo es ridículo. Estaba tan segura de que nadie lo sabría nunca.
—Nadie excepto un experto, madame .
—Verá —al parecer, había olvidado que Lanyard no era otra cosa que un amigo de toda la vida—, necesitaba dinero de forma tan perentoria que ordené reproducirlas y vendí las auténticas.
— Madame la princesse ... si me lo permite... cuenta con mi más profunda simpatía.
—¡Pero —recordó ella, secándose los ojos—, también me has llamado aventurera!
—Pero —sostuvo él con gravedad—, usted ya me había llamado el Lobo Solitario.
—¿Y qué esperabas, monsieur , cuando te encuentro en mis aposentos...?
—¿Y qué esperaba madame la princesse cuando descubro que ha estado en los míos... y se ha llevado, además, algo valioso!
—Tenía mis motivos...
—También los tenía yo.
—¿Cuáles eran?
—Tal vez fuese para ver a madame la princesse a solas... en secreto... sin despertar los celos, que según tengo entendido son de todo menos normales, de monsieur le prince .
—¿Y por qué ibas a desear verme a solas? —quiso saber ella, con los ojos como platos.
—Tal vez para suplicar el permiso de madame para ofrecerle lo que podría resultar un pequeño consuelo.
Ella sopesó sus palabras con oscura desconfianza. ¿Cuál era aquel consuelo? ¿A qué jugaba? Su actitud seguía siendo demasiado deferente y puntillosa para sospechar que por consuelo se refería a hacerle el amor.
—Pero ¿cómo has entrado?
—Por la puerta principal, madame . La encuentro entreabierta... supongo que por un descuido por parte de uno de los sirvientes... se abre con solo tocarla, entro y... ¡ et voilà !
Su frivolidad resultaba contagiosa. A su pesar, ella sonrió con simpatía.
—Y, te ruego que me lo digas, ¿cuál es ese maravilloso consuelo que me ofreces?
Él sacó un fajo de papeles del bolsillo.
—Tengo entendido que a madame la princesse le interesan estas cosas —dijo—. Si fuera tan amable de aceptarlas de mi parte, con mis respetos y un pequeño consejo...
—¡Ah, monsieur ! —La mirada y el tono de la princesa se lo agradecieron más que ninguna palabra—. ¡Eres demasiado bueno! ¿Y tu consejo...?
—Cuentan demasiado, madame , esas cartas. Y veo que tienes lumbre en la chimenea...
— Monsieur tiene toda la razón...
Se levantó, se acercó a la chimenea y, a medio arrodillar, empujó las cartas una a una sobre el lecho incandescente de carbón.
Una ceremonia sentimental en cualquier otra ocasión, pero no en aquel momento: sus pensamientos estaban lejos del hombre a cuyo recuerdo iban unidas esas cartas; de hecho, no estaban del todo articulados.
Qué se le pasaba exactamente por la cabeza le habría resultado difícil de definir; en su mayor parte, era consciente de una inundación de gratitud hacia Lanyard; pero había algo más, un sentimiento nada ajeno a la ternura. ..
La reacción de su joven y vital cuerpo tras un desesperado conflicto físico; el rápido juego de sus pasiones, que pasaron del enfado y la desesperación, pasando por el triunfo y el deleite, hasta la satisfacción y el contento; de la más amarga sensación de frustración y peligro a una de seguridad; el repentino afloramiento de aquellos extraños instintos que habían permanecido dormidos hasta que despertó con la certeza de que, por fin, se libraba de la enloquecedora estupidez de la vida social, junto con su reciente e implícita dedicación personal a una vida en todos sus aspectos contraria: estas influencias oblaban sobre ella con tanta fuerza que su estado de ánimo resultaba mucho más peligroso de lo que se figuraba.
Al verse interrumpida en su informe ensueño, en un ciego vagar por un confuso laberinto de emociones apenas atisbadas, se sobresaltó, se dio la vuelta y vio a Lanyard, con el abrigo sobre el brazo y el sombrero en la mano, a punto de abrir la puerta.
—¡ Monsieur !
Él miró hacia atrás, fríamente burlón.
—¿ Madame ?
—¿Qué haces?
—Partir sin llamar la atención, madame la princesse , por donde he venido.
—Pero... ¡espera!... ¡vuelve!
Él se encogió de hombros afablemente, soltó el picaporte y se plantó delante de ella, o más bien sobre ella —pues la superaba en estatura por unos buenos cinco centímetros—, mirándola, tranquilamente a su entera disposición.
—No te he dado las gracias.
—¿Por qué, madame ? ¿Por regalarme una divertida aventura?
—¡Te ha costado muy cara!
—Gajes del oficio...
Las manos de la princesa se alzaron de manera inconsciente, con un movimiento indeciso. Su rostro presentaba el rubor fugaz de un sentimiento poco común. Sus ojos reflejaban perplejidad, como si no comprendiera del todo qué la conmovía tan hondamente.
—Eres un hombre extraño, monsieur ...
—¿Y qué se podría decir de madame la princesse ?
Ella no pudo sino echarse a reír; y la risa hace sonar la campana de duelo para la constricción.
Pero Lanyard recordó con inquietud que alguien —Salomón o cualquier otro que debió de haber llevado una vida de lo más interesante— había señalado que los labios de una mujer extraña son más suaves que el aceite.
—Sin embargo, monsieur , me hallo en profunda deuda contigo.
Su sonrisa de cortesía impersonal decayó.
Empezaba a mostrarse más sensible de lo que le habría gustado al encanto de ella y al cálido sentimiento que la princesa le transmitía.
Este extraño acceso de encantadora hermosura en ella, las suaves sombras que descansaban bajo sus grandes y, no obstante, lánguidos ojos, el temblor casi imperceptible de sus labios dulcemente perfilados, todo ello lo turbaba en profundidad.
Se esforzó por romper el hechizo sobre sus sentidos que esta mujer, consciente de ello o no, estaba tejiendo.
Pero el esfuerzo fue, en el mejor de los casos, a medias.
—Me doy por bien pagado —dijo con cierta rigidez— al saber que el honor de madame la princesse está a salvo.
Sofía soltó una risa entrecortada. De algún modo, sus manos habían encontrado el camino hacia las de él. Su mirada titubeó y bajó.
—¿Pero lo está? —preguntó ella con un tono tan íntimo que apenas era perceptible. Y volvió a reír—. No estoy tan segura... mientras monsieur siga aquí.
La boca de Lanyard sufrió un tic, el color le subió con lentitud a las mejillas, el brillo de sus ojos centelleaba.
Se sorprendió al contemplar el fondo de otros ojos que parecían charcos de violetas y sombras, turbados por la marea y resaca profundas de un sentimiento para el cual no existía un nombre.
Consciente de que los ojos de la princesa revelaban más de lo que él debía saber, buscó escapar de ellos inclinando los labios sobre las manos de Sofía.
Suspirando con suavidad, ella las abandonó a los besos del joven.