VIII - GRIEGO CONTRA GRIEGO
Se encontró de pie, apoyada a medias en la mesa. Grandes y desgarradores sollozos sacudían su menudo cuerpo juvenil... pero al menos respiraba, ya no había constricción en su tráquea. Sin embargo, todavía le dolía la cabeza, sentía el cuello rígido y dolorido, y continuaba algo mareada y confusa.
Se miró las manos de forma bastante salvaje.
Una sostenía los pliegues rasgados y desiguales del velo que se había arrancado del cuello, la otra el arma con la que había burlado a la muerte: un pisapapeles de bronce, con toda probabilidad una copia en miniatura de un Barye, un elefante barritando.
La trompa, levantada hacia arriba, presentaba manchas oscuras y estaba pegajosa. ..
Con un estremecimiento, dejó caer el bronce y miró hacia abajo.
Victor yacía a sus pies, tendido de espaldas, esparramado grotescamente.
Tenía el rostro amoratado y magullado; la mejilla abierta por el bronce estaba manchada de escarlata, acentuando el color plomizo de su piel.
Tenía la boca entreabierta; sus ojos, semicerrados, revelaban con atrocidad unas finas rendijas blancas.
Más sangre decoloraba su sien derecha, brotando de debajo de la mata de pelo negro y áspero.
Permanecía terriblemente inmóvil. Si respiraba, Sofía no lograba detectar señal alguna de ello.
Presa del pánico, se arrodilló junto al cuerpo, desabrochó la chaqueta de esmoquin de Victor y pegó una oreja sobre su corazón.
Al principio, en su enloquecida ansiedad, no oyó nada. Pero al rato registró un latido, lento y áspero, pero de ritmo constante.
Con un sollozo de alivio, se sentó sobre los talones y, tras un breve instante, se puso en pie con pasos vacilantes.
La puerta de la casa se cerró con un golpe sordo, y desde el pasillo de la entrada llegó el sonido de voces. Se quedó petrificada de pavor hasta que las voces se apagaron y oyó crujir la escalera bajo el peso de unos pasos ascendentes.
Este recordatorio de que el regreso de Lanyard podía producirse de un momento a otro la impulsó a darse toda la prisa posible en arreglar el desarreglo de su velo y peinado. Por fortuna, su atuendo, protegido por la capa de tela gruesa y resistente, había quedado intacto.
Solo a punto de marcharse se acordó del cuadro.
Yacía incólume allí donde había caído cuando Victor la agarró por el velo.
Estaba lo suficientemente tranquila ahora para considerarse afortunada de haberlo encontrado tan mal asegurado en el marco; sin él resultaría mucho más fácil sacar el lienzo a escondidas bajo la capa.
En la última mirada que le dirigió al cuerpo golpeado e inconsciente de Victor no había piedad, ni arrepentimiento, ni rastro de remordimiento.
Lo que había sufrido se lo había ganado diez veces.
.. no, cien, mil veces. Hacía tiempo que Sofía, mucho antes de abandonarle, había perdido la cuenta de los golpes que había recibido de sus manos, de los insultos peores que los golpes, de las innumerables humillaciones menores.
Pero en aquellos días ya superados no había devuelto ni un solo golpe, había sido débil de corazón, acobardada y aterrorizada, y había carecido de aquello que dos años de separación le habían proporcionado: esa independencia espiritual que nunca antes había podido materializarse, levantar la cabeza y fortalecerse en la seguridad de su propia integridad.
Dos años atrás no se habría atrevido a levantar la mano contra Victor, por muy grave que fuera la provocación.
Aquella noche... si de algo se arrepentía era de haber golpeado con tanta debilidad: no porque deseara su muerte, sino porque sabía que ahora era su vida o la de él.
Conocía demasiado bien al hombre para hacerse ilusiones de que descansaría hasta haber consumado la venganza que la bajeza de su alma degenerada considerara adecuada.
Medio mundo no sería demasiado para interponer entre ambos si ahora quería dormir por las noches con la tranquila sensación de estar a salvo de su odio insaciable.
Con bastante insensibilidad apagó las luces y lo dejó allí tirado, a oscuras, si no fuera por el resplandor difuminado de cenizas de un fuego que se apagaba.
En el pasillo de entrada dudó, fría, compuesta y alerta. Pero al parecer, el ruido de su forcejeo no había llegado más allá de la puerta. No había nadie alrededor.
Sin prisas ni titubeos, sin el menor percance, salió sigilosamente a la calle vacía, silenciosa y azotada por la lluvia, y corrió hacia las luces de Piccadilly.
Poco después un cabriolé que deambulaba por allí la alcanzó. En su refugio oscuro y cargado, se sentó a abrazar su preciado lienzo y a reflexionar sobre su difícil situación.
Se le metió en la cabeza que le convenía marcharse de Londres, sí, y también de Inglaterra, antes de que Victor se recuperara lo suficiente para tramar y someter sus movimientos a vigilancia.
A partir de entonces tendría que ser rápida, cautelosa y astuta...
Un singular alborozo empezó a teñir su estado de ánimo, un estimulante sentido de emancipación.
La necesidad, de un plumazo, la había liberado.
Como se veía obligada a huir y esconderse para salvar la vida, la sociedad ya no tenía control sobre ella; ya no necesitaba luchar por mantener las apariencias a pesar de su condición de mujer separada de su marido, algo apenas mejor que una divorciada.
.. una condición anatema para los ingleses de aquella época.
Experimentó, a través del juego de su imaginación sobre esta nueva y sorprendente concepción de la vida, un embriagador anticipo de la libertad, como nunca había soñado saborear.
Aquella rebeldía que era legítima herencia de generaciones de testarudos antepasados, impacientes ante todas aquellas restricciones que un entorno fijo impone al individuo, una impaciencia que siempre había sido suya, aunque dormitara en una latencia insospechada, se impuso de repente, la poseyó por entero y la calentó, como un vino prohibido, hasta lo más profundo de su ser.
En esta tesitura la dejaron en su puerta.
Nadie la vio entrar. En un momento de vaga previsión profética le había pedido a Thérèse que no se quedara despierta esperándola y que les dijera a los demás sirvientes que no era necesario que lo hicieran.
Tal vez se retrasaría, solo el Cielo sabía hasta qué punto; pero tenía la llave de su puerta y era muy capaz de desvestirse y meterse en la cama por sí sola.
Y Thérèse le había tomado la palabra.
Se alegraba de ello. En caso de que se filtrara y la prensa publicara algo sobre el robo del célebre «Corot» de monsieur Lanyard a manos de una extraña mujer embozada, no estaría de más que ninguno de los sirvientes estuviera cerca para verla entrar con el lienzo torpemente oculto bajo el manto.
De modo que se mostró muy cauta al cerrar la puerta y echar el cerrojo, subió la escalera sin hacer ruidos innecesarios, y a la puerta de su tocador aguardó escuchando varios instantes, durante los cuales oyó, o creyó oír, un leve ruido al otro lado de la puerta que la hizo sospechar que, después de todo, tal vez Thérèse estuviera todavía en pie y deambulando por allí.
El sonido no se repitió, pero para asegurarse Sofía se quitó la capa y la envolvió alrededor del lienzo antes de entrar; y lo hizo de golpe, con la cabeza alta y los ojos echando chispas de mal agüero bajo un ceño fruncido.
.. preparada para darle a Thérèse una muestra nada común de mal genio si descubría que la había desobedecido.
Pero, a pesar de que la criada había dejado las luces encendidas, no aparecía por ninguna parte. Tampoco respondió desde el dormitorio cuando la princesa la llamó.
Con un suspiro de alivio que se transformó en la risita de un niño enfrascado en una travesura, Sofía arrojó la capa sobre una chaise-longue y se llevó el premio triunfante al escritorio.
Su intención era arrancar el lienzo con un cuchillo, para llegar a las cartas; y de hecho tenía en la mano una daga española de hoja larga y delgada que entonces hacía las veces de cortapapeles cuando advirtió lo ligeramente que el cuadro estaba sujeto a su bastidor, y por vez primera la invadió un presentimiento.
Dejó caer el cuchillo, cogió un borde suelto del lienzo y con un rápido tirón lo desprendió de la tela sin pintar que había debajo.
El grito que le arrancó la desilusión fue amargo, de protesta y disgusto.
La fortuna le había fallado, pues, la muy perversa la había engañado sin piedad.
Con el éxito al alcance de la mano, se le había escurrido entre los dedos como azogue.
Victor se le había adelantado, había robado las cartas y devuelto el lienzo al marco.
Habría podido sospechar algo así si solo hubiera tenido la agudeza de sacar una inferencia natural del modo en que el cuadro se había separado de su marco cuando lo dejó caer.
Por consiguiente, las cartas por las que tanto había arriesgado y sufrido debían de estar allí, en los aposentos de Lanyard, en poder de Victor.
.. perdidas irremediablemente, ya que jamás encontraría el valor de volver a buscarlas, aunque se atreviera a dar por sentado que Victor no se había recuperado todavía y había escapado, o que Lanyard no había regresado aún a casa.
Si tan solo se le hubiera ocurrido desvalijar los bolsillos de Victor...
—Demasiado tarde —dijo con desesperación.
—Ah, madame , ¡no diga eso jamás!
Dio media vuelta, pero, pese a estar conmocionada al borde de la estupefacción, no soltó un grito.
El intruso se encontraba a menos de un brazo de distancia, sereno, amable, cortés, sin que su actitud resultara en modo alguno amenazadora, con apenas un deje espontáneo y al mismo tiempo muy respetuoso de interés.
—¡ Monsieur Lanyard!
La reverencia del otro fue jocosa sin llegar a la burla:
— Madame la princesse me hace mucho honor.