VII - REUNIÓN FAMILIAR
La noche londinense era normal: es decir, húmeda.
La oscuridad había transformado las calles en vastas sábanas de satén negro surcadas de hebras doradas y tachonadas de farolas que semejaban robustos tallos para etéreas flores de bruma dorada.
Dentro de sus áreas de resplandor, el aire bullía de átomos de oro líquido.
El repiqueteo de los cascos sobre los adoquines mojados resultaba a la vez turbador y estimulante.
A solas en su cabriolé de alquiler, la princesa Sofía iba sentada con la ventanilla subida, bebiendo a grandes sorbos el suave aire húmedo, encontrándolo tan embriagador como un vino exótico.
Al amparo del velo, sus ojos brillaban conscientes de su propia audacia, y sus labios estaban entreabiertos con la promesa de una sonrisa.
Le encantaba todo aquello, adoraba este estado de ánimo de Londres: sus noches de lluvia eran puro encanto, arabesco, noches de secreto y sigilo, misterio y romance clandestino.
En noches como aquella los amantes prosperaban, las aventuras eran para los aventureros y las valientes recompensas aguardaban a los audaces.
En cuanto a ella, no tenía miedo y saboreaba de antemano el éxito absoluto.
¿Cómo iba a ser de otro modo? Bastaba considerar cuán estupendamente había favorecido el azar sus propósitos, poniéndole en bandeja la información de que ese monsieur Lanyard no estaba en casa, tal vez no regresara hasta muy tarde, ¡y esperaba la visita de alguien a quien deseaba que lo aguardara en sus aposentos!
Ante una oportunidad tan manifiesta, ¿cómo podía una fracasar?
Sofía solo pedía tres minutos a solas con el cuadro...
Y si por algún percance la atrapaban, tampoco se amedrentaría.
Las cartas eran suyas, ¿no es cierto? Se las habían robado, no tenía legítimo derecho a ellas quien únicamente había comprado el cuadro que había servido de escondite.
Faltaría más, que se quedara con aquel estúpido lienzo; difícilmente podría él negarse a entregarle sus cartas, y menos si ella suplicaba de la forma más encantadora.
E incluso si él demostrara ser obtuso, mezquino. ..
Su sonrisa era definida y rebosaba confianza. Ella era hermosa, y monsieur Lanyard era muy consciente de ello. ¿Acaso no había detectado aquella misma tarde en la sala de subastas, sin que él se diera cuenta, admiración en sus ojos, una mirada cálida con algo más que simple admiración?
Entonces era impresionable. Y no sería una tarea desagradable jugar con sus susceptibilidades.
Él no solo resultaba atractivo en el plano personal («magnético» era la palabra de moda en la época), sino que, de ser cierta la mitad de lo que Lady Diantha había insinuado sobre él, lograr la conquista de Michael Lanyard sería un triunfo para cualquier mujer, y el intento, una tentación casi irresistible para alguien —como Sofía— por cuyas venas corría la sangre de progenitores para quienes el aroma del peligro había sido como el aliento mismo de la vida.
Apenas resultaba concebible; incluso ahora Sofía no podía evitar sonreír ante los amables esfuerzos de su amiga por identificar a ese misterioso monsieur con un célebre y absurdo criminal.
Podría ser cierto que, tal como había declarado Lady Diantha, dondequiera que Michael Lanyard se mostrara en abierta dedicación a su declarada vocación como coleccionista de raras obras de arte —en Londres, París, Berlín, Viena o donde fuere—, allí, a su debido tiempo, el Lobo Solitario consumaría uno de sus fantásticos golpes.
Y era indiscutible que Lanyard vivía en la actualidad en Londres, donde desde hacía algún tiempo el Lobo Solitario se mostraba perniciosamente atareado; o, en su defecto, su mala fama había sido invocada en vano por un desconcertado y exasperado Scotland Yard.
Una vez más: Diantha había insistido en que, a todas luces, el Lobo Solitario era por completo inmune a las mujeres; y bien podía haber algo de cierto en su argumento de que semejante ladrón, tan escurridizo como espectacularmente exitoso, difícilmente podría haberse ganado el lugar de honor que ocupaba en los anales de la criminología y en la estima de un público ávido de sensaciones, de haber sido alguien que mantuviera relaciones normales con sus semejantes.
Tarde o temprano (así rezaba el razonamiento prestado de Diantha), el criminal que tiene amigos íntimos, una esposa, una amante, hijos, lazos familiares de cualquier tipo, o incluso criados personales, debe, lo quiera o no, depositar su confianza en uno de ellos, y entonces será traicionado de forma inevitable.
Bastaba con confiar en la envidia, los celos, el rencor o la simple y venal deslealtad, si el accidente o la inadvertencia fallaban, para poner al infractor de la ley a disposición de la justicia.
Por lo tanto (argumentaba Diantha), el Lobo Solitario debía ser un empedernido misógino y solitario; muy parecido a este monsieur Lanyard, según informes que declaraban que este último era un hombre reservado, con muchos conocidos pero ningún íntimo, y positivamente blindado contra las artimañas femeninas.
Pero, aun dando todo esto por sentado, no era menos cierto que la máxima diligencia, espoleada por el resentimiento, la animadversión y la ambición de la policía de toda Europa, había fracasado hasta la fecha en su intento de forjar vínculo alguno entre el supercriminal de la época y el distinguido experto en arte.
Aparte de Lady Diantha y los chismosos cuyos argumentos ella repetía, ni un alma (que Sofía supiera) se había atrevido a exhalar el menor soplo de sospecha sobre la buena reputación de monsieur Lanyard.
En resumen, las conjeturas de Diantha eran enteramente de segunda mano, y ni siquiera pretendían tomarse en serio.
Y, sin embargo, la sugerencia se había aferrado con firmeza a la imaginación de la princesa Sofía.
De ser cierto... ¡qué aventura!
Había un inusitado brillo de osadía en los ojos de la princesa, y un color poco habitual teñía sus mejillas.
El cabriolé se detuvo, descargó la carga más hermosa que jamás había transportado y se alejó traqueteando, dejando a Sofía un poco intimidada y dubitativa; la animación de sus expectativas algo mermada por la inquebrantable respetabilidad y la timorata dignidad de Halfmoon Street.
Enclavada en el mismísimo corazón de Mayfair, con su breve longitud limitada al norte por Curzon Street (cuyo solo nombre basta para avalar su carácter) y al sur por Piccadilly (por estos lares un tanto opresiva con su seto de majestuosos clubes, en cualquiera de los cuales la pertenencia equivale a dos años de crédito incuestionable), Halfmoon Street se consagra en gran medida a los alojamientos amueblados.
Pero no lo pregona: sus propietarios suelen ser mayordomos retirados de la nobleza y la burguesía; sus inquilinos, caballeros ingleses que han regresado de la India con el hígado maltrecho, o con un surtido de achaques provenientes de todos los rincones conocidos del globo, y que no desean nada mejor que llevar una vida de ritmo pausado a poca distancia a pie de sus clubes favoritos.
De este modo, Halfmoon Street se mantiene tranquilamente respetable, una dirección codiciada, y es consciente de ello, con la firme intención de aferrarse a esa reputación con tenacidad.
Un entorno extraño (pensó Sofía) para un aventurero como el Lobo Solitario.
Pero, claro... ¡por supuesto! Las insinuaciones de Diantha se habían basado en los rumores más endebles. Lo más probable era que Michael Lanyard fuera un individuo sumamente anodino, de vida intachable.
Pensando en esto, la princesa Sofía sintió una punzada de pesar y trató de prepararse para una amarga decepción al tocar el timbre.
¡O bien no lograría que la dejaran entrar (quizás la señora a la que él esperaba de verdad se le había adelantado) o bien Lanyard no llegaría a casa a tiempo de pillarla!
Al fin y al cabo, era muy probable que resultara ser una velada tediosa y deprimente. ..
El criado que le franqueó el paso aportó credibilidad a estos presentimientos con sus modales y aspecto.
Una criatura irremediablemente común, resignada y apática, que a su pregunta por monsieur Lanyard devolvió la consabida respuesta: el señor Lanyard había salido, tal vez no regresara a casa hasta bastante tarde, pero había dejado el encargo de que, si una señora preguntaba por él, se le pidiera que esperase.
Tras indicar la princesa su deseo de esperar, el hombre se volvió hacia la puerta más próxima (los aposentos de Lanyard se encontraban a nivel de la calle), la abrió con una llave maestra, pasó al interior para encender una luz y, una vez que Sofía hubo entrado, se retiró en silencio con una reverencia.
Ahora bien, cuando el pestillo hizo clic a sus espaldas, la princesa Sofía olvidó que la sencillez de su éxito hasta aquel instante resultaba casi desalentadora.
Su corazón empezó a latir más deprisa, y un leve temblor sacudió las manos que levantaron y echaron hacia atrás su velo.
Después de todo, estaba cometiendo un allanamiento de morada ilegal, se encontraba realizando las tareas de un ladrón; de ser descubierta, el castigo podría resultar de lo más doloroso y humillante.
De repente, perdió todo el apetito por un encuentro sugerente con el atractivo inquilino de aquellos aposentos. En ese momento, no deseaba nada con tanto fervor como consumar su empresa y escapar con la mayor celeridad posible.