La Mascarada Roja (Crónicas de El Lobo Solitario 4) V - IMPOSTOR
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V - IMPOSTOR

A medida que el cabriolé de Lanyard se alejaba, el carruaje dio la vuelta para recoger a la princesa Sofía y a Lady Diantha Mainwaring.

Al percatarse de ello, Lanyard introdujo su bastón por la pequeña trampilla del techo del coche y sugirió que el conductor se detuviera, bajara, ajustara algún defecto imaginario de los arreos y, una vez que el carruaje hubiera pasado, lo siguiera con discreción.

Fascinado por la visión de medio soberano en la palma de su mano, el cochero ejecutó la maniobra a la perfección; con el resultado de que Lanyard llegó a casa media hora más tarde de lo que lo habría hecho si se hubiera dirigido a sus aposentos directamente, pero con información de valor que lo recompensaba.

No era su costumbre perder el tiempo en aquellos días de su juventud.

Y para que no se malinterprete su carácter (lo cual sería deplorable), más vale dejar claro desde ahora que no había desembolsado más de veinte mil buenas guineas de oro por un presunto Corot sin tener una idea medianamente clara de cómo pretendía resarcirse en caso de que resultara haber pagado un precio excesivo por su capricho.

La indirecta que le había lanzado su locuaz conocido de la sala de subastas —en el sentido de que la princesa Sofía era famosa, entre otras cosas, por la magnificencia de sus joyas personales— había encontrado buen acomodo donde no corría peligro de languidecer por falta de ferviente interés.

Y ahora uno sabía dónde vivía su dueña, y con qué ostentación...

Al apearse en su propia puerta, el aventurero sorprendió al príncipe Victor deambulando malhumorado, sin duda imaginando en su inmensa fatuidad que su paso por Halfmoon Street pasaría inadvertido en el crepúsculo de aquella temprana tarde de invierno.

No le agradó en absoluto descubrir su error; y aunque Lanyard hizo todo lo posible con su sonrisa más afable para compensar al príncipe por haberlo desconcertado al llegar a casa más tarde de lo que había prometido, su bondadoso esfuerzo solo se vio recompensado con un ceño fruncido y resentido.

De modo que soltó una carcajada y entró en la casa rebosante de júbilo.

Una hora más o menos después, un mozo de la sala de subastas entregó el cuadro.

Pero Lanyard se encontraba en el baño en aquel momento y pospuso examinar su dudoso premio hasta haberse vestido para cenar.

Pues, aunque era su capricho cenar a solas en sus habitaciones, y aunque no tenía planes fijos para la noche, Lanyard era un hombre demasiado cosmopolita como para no comportarse en el país de Cucaña como lo hacen los cucañeses.

Además, en esta vida incierta uno nunca sabe qué le deparará la próxima hora; mientras que, si uno viste de etiqueta después de las seis de la tarde, está acorazado contra cualquier eventualidad.

A las siete, se sentó frente al sórdido tipo de comida que a uno le sirven en los alojamientos londinenses: una sopa insípida; un segmento de pescado de naturaleza indefinida, sofocado sin piedad en una manta de salsa de color rosa pálido; un corte del asado, poco hecho y tibio; patatas hervidas hasta perder la vida; triste col marina; pudín inconformista; galleta conservadora y queso radical.

Sin embargo, con el apoyo y la instigación de una botella de excelente Montrachet, se las ingenió para salir del paso.

Mientras tanto, Lanyard inspeccionó su reciente adquisición, que ocupaba un lugar de honor, apoyada en los brazos de la silla situada a su derecha.

Rara vez Lanyard recibía a un invitado de carácter tan equívoco. Meneando la cabeza en señal de reproche:

—Amigo mío —le espetó al lienzo—, tiene usted suerte de haber sido vendido. Lástima que no pueda decir lo mismo de mí.

Resultaba una verdadera pena que no fuera un poco mejor.

No era a menudo que uno se topaba con una falsificación tan genuina.

La mano de un artista lo había pintado, pero nunca la de Corot.

Todo lo que Corot solía poner en su pintura estaba ahí, excepto él mismo.

La morada se había preparado en todos sus aspectos como el maestro lo habría hecho, pero su espíritu no había penetrado en ella; permanecía exenta de vida.

Aun así, concluyó Lanyard, examinando su premio a través del humo ilusorio de su cigarro, mientras el camarero retiraba la mesa, no estaba tan mal después de todo, a la postre no sería una pérdida total.

Podía permitirse el lujo de llevarse el cachivache a París y hacerle sitio en su galería privada; y algún día, sin duda, algún estadounidense rico pagaría un precio suculento por él con el único pretexto de haber encontrado un lugar en la colección de Michael Lanyard, aun careciendo del sello de su garantía.

¿Pero qué demonios lo había vuelto tan precioso para el soi-disant príncipe Victor y su encantadora esposa?

De no haber sido por una única circunstancia, Lanyard habría estado tentado de creer que un consumado chevalier d'industrie y su cómplice femenina lo habían desplumado con astucia; pero se había evidenciado demasiada pasión, y demasiado genuina, en la sala de subastas como para albergar esa sospecha.

No: no lo habían engañado; al menos, no a propósito. Algo más que su valor intrínseco había hecho que el lienzo no tuviera precio en la estima de esos dos, algo más estaba en juego que la mera posesión de lo que podrían haber creído que era un Corot auténtico.

¿Pero qué?

Perplejo, Lanyard tomó el cuadro entre sus manos —no era demasiado voluminoso, ni siquiera con el marco— y lo examinó con la nariz tan cerca de la superficie pintada que parecía estar oliéndolo. Luego le dio la vuelta y miró con el ceño fruncido el reverso. Y sacudió la cabeza, frustrado.

Pero al golpear enérgicamente el anverso del cuadro con la uña del dedo, dio un ligero respingo, pasó una mano por encima con la palma plana y de pronto adoptó la expresión humanamente inteligente de un perro de caza que ha captado un rastro cálido.

Unos dedos fuertes y un cuchillo para pelar fruta extrajeron rápidamente la pintura de su marco y desprendieron el lienzo de su bastidor, demostrando que este último sostenía en realidad dos lienzos en lugar de uno.

Entre ambos se habían ocultado varias hojas de papel de cartas de dos tipos, provistas de dos blasones, todas cubiertas de caligrafía negra y apretada.

Lanyard las juntó en un fajo y las examinó de manera superficial, incluso con disgusto.

Era cierto que se podría argumentar que había comprado y pagado por el derecho a hurgar en los secretos que desvelaban; pero no era un derecho que le gustara ejercer.

Un estado bastante profundo de sofisticación, junto con algunos instintos innatos de delicadeza, obraban para volverlo hasta cierto punto inmune a la satisfacción que otros pudieran derivar del hecho de convertirse en confidentes de una exótica aventura amorosa.

La revelación de la debilidad humana no le suponía un placer especial.

Y si arqueaba las cejas mientras leía, si tiraba de las comisuras de los labios hacia abajo, si de vez en cuando pronunciaba un «¡Oh!

¡oh!» en tono de escandalizada protesta, lo hacía (como la mayoría de nosotros, un actor incurable tanto en la vida privada como en la pública) meramente para ejecutar la farsa que la convención ha designado como apropiada para tales circunstancias.

En el fondo, le estimulaba más a la reflexión que a la burla.

Dejando las cartas a un lado, apoyó la cabeza en una mano y reflexionó con sabiduría que el amor era un verdadero fastidio.

Se preguntó si alguna vez podría o habría de amar o ser amado con tal locura.

Más bien esperaba que no...

Ahí tenía, si era tan amable, al vástago de una familia real reinante arriesgándose a protagonizar el escándalo más sonado que uno pudiera imaginar.

.. ¡y todo por amor! Con unos pocos días más de vida, habría puesto en peligro su derecho a la sucesión y levantado ampollas en media docena de cancillerías europeas.

.. ¡y todo por amor! De no ser por su prematuro final, aquella pobre y bonita criatura habría unido su vida a la de él, consumando de un solo golpe su libertad de las intolerables condiciones de vida con Victor y una convulsión diplomática que fácilmente podría haber precipitado a toda Europa a una gran guerra. .. ¡y todo por un amor ilícito!

Así que, una vez más en la historia, la Muerte había servido fielmente a los intereses de la moral pública.

Al cabo de un año, solo estas cartas sobrevivían...

Cómo habían sobrevivido, qué manos las habían recopilado y ocultado, y con qué propósito, intrigaba su imaginación sin límites.

Lanyard se inclinaba a atribuir a la princesa Sofía la indiscreción de guardar estos recuerdos de una grande passion que casi había hecho historia.

Estaba el motivo sentimental para justificar tal acción, y otro más: la satisfacción de saber que tenía pruebas palpables de su intención de tratar a Victor como él la había tratado a ella.

Luego, de algún modo, la pintura debía haber pasado a otras manos; y con toda probabilidad ella había hecho esfuerzos desesperados y torpes por recuperarla, los cuales habían despertado las sospechas de Victor; con la secuela de esa misma tarde...

Las conjeturas de Lanyard se vieron interrumpidas por el exigente teléfono.

Sin presentimiento alguno, descolgó el auricular combinado con transmisor.

Pero su memoria seguía tan obsesionada por los ecos de aquella deliciosa voz que había escuchado en la sala de subastas que no albergó la menor duda de estar escuchándola ahora.

—¿Diga? —dijo—. ¿Sería tan amable de ponerme con monsieur Lanyard?

La inspiración para la travesura fue instantánea: Lanyard respondió de inmediato con un acento lo más distinto al suyo que pudo lograr:

—Lo siento, señora; el señor Lanyard ha salido a cenar fuera esta noche. ¿Desearía dejarle algún recado, señora?

—¡Oh, qué fastidio!

—Lo siento, señora.

—¿Sabe cuándo estará en casa?

—Si esta es la señora a la que esperaba recibir esta noche...

—¿Sí? —dijo la dulce voz, con tono alentador.

—... el señor Lanyard dijo que tal vez regresara bastante tarde, pero que se daría toda la prisa posible, señora, y que, si hiciera el favor, la señora lo esperara.

—Muchas gracias.

—Gracias, señora.

Sonriendo, Lanyard volvió a colocar el auricular en su sitio y llamó al camarero.

Cuando este respondió, el aventurero, ya con el abrigo puesto y el sombrero en la mano, estaba abriendo la puerta.

—Tengo que salir —dijo—; no sé exactamente cuándo regresaré. Pero espero la visita de una señora. ¿Le diría por favor al portero que la acompañe a mis habitaciones y le pida que me espere?