La mascarada del carnicero (Carl el Mazmorrero 5) Quinta parte. Sauce alegre #2
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Quinta parte. Sauce alegre #2

En aquel momento, las sacerdotisas restantes y la Abadesa dejaban de rezar y se convertían en invitadas normales.

O sea, que bebían, apostaban y veían a su hermana sembrar el caos durante el juego de la Ascendencia del duodécimo piso.

Y, como es obvio, también se rendían a sus más bajas pasiones, algo que Sauce tenía que coordinar o en lo que incluso llegaba a participar.

La Abadesa nunca formaba parte de aquel desenfreno sexual, pero vaya si bebía. Sauce nunca había visto a alguien tragar tanto alcohol.

Y cuando acababa la Ascendencia, la sacerdotisa que se había elegido para controlar a Eris volvía los últimos días antes de que el club cerrase al final de la temporada.

Se daba una gran fiesta en su honor, a pesar del resultado en el juego.

Sauce solo había visto a Eris ganar las Ascendencia en una ocasión.

Esa temporada la fiesta había sido un despiporre.

La Abadesa había llorado, ya que la victoria le daba a su congregación un lugar en el subcomité de Mazmorreo del Sindicato.

Eso había sido hacía ya muchísimas temporadas, y Sauce no había sido capaz de ver cambio alguno en la participación del grupo.

Sauce sabía que ella era un tipo de PNJ del todo diferente a los demás.

Siempre había tenido claro lo que era y cuál era su papel.

Sabía que el más mínimo error o la más mínima salida de tono la dejaría en la nada más absoluta.

Algunos habituales del club destrozaban a los ayudantes.

Los orcos, primos de los tajacu, tenían fama por la manera tan horrible en la que los trataban.

Y los virreyes eran peores aún. La enfermera Yugoslav, especialmente, tenía fama de bañarse en la sangre de aquellos que cometían el más leve desliz.

Era por ello por lo que Sauce agradecía el trabajo que le había tocado, en realidad. No sabía mucho más. También sabía que era la ayudante PNJ más antigua del lugar prácticamente. Y que lo era porque siempre obedecía. Y porque hacía las cosas bien. Era toda una profesional.

Pero aquella temporada había ocurrido algo extraño. El Priorato había llegado al club, como era habitual, y luego se habían retirado a rezar y hasta habían terminado por elegir a la sacerdotisa que iba a encargarse de Eris.

Después, los Valtay se habían apoderado de la temporada, unas pocas horas antes de que la sacerdotisa se despidiese para ascender al duodécimo piso.

Y surgieron problemas con el patrocinio de Eris por parte del Priorato.

Sauce no sabía muy bien qué era lo que había ocurrido en realidad, pero el resultado final fue que un cimera joven y rico, un influencer llamado Nami, había ofrecido más dinero y les había arrebatado el patrocinio en el último momento.

Gritaron mucho. Amenazaron con demandas. Exigieron con mucho enfado.

Pero todo cayó en saco roto. Sauce conocía a los Valtay y cómo trabajaban. Habían decidido que ganarían más dinero así y lo demás les daba igual.

El resultado había sido que la Abadesa y su séquito de sacerdotisas se marcharon muy enfadadas del club Escolopendra y volvieron a casa.

Cuando le preguntaron si querían reservar para la próxima temporada, la mujer había respondido: «Prefiero ahogarme en la sangre menstrual de la diosa a volver a este lugar la próxima temporada.

Yo os maldigo a todos vosotros y a este club».

Y fue así, sin decirle ni una palabra ni mirar siquiera a Sauce, que la Abadesa y todas las sacerdotisas se marcharon.

La vida de Sauce Alegre cambió unos pocos minutos después. Sabía lo que le tocaba. El mensaje llegó antes de que el Priorato saliese del piso siquiera.

Has sido asignada a la enfermera Yugoslav. Ve al bungalow 34 de inmediato.

Una sentencia de muerte. De un momento a otro.

Estaba acabada. Ya no era importante. Ya no tenía un valor incalculable. Era como si la hubiesen desechado.

Y huyó.

Se transformó en una humana con el uniforme de administrativa del club, algo que estaba prohibido por completo, y escapó.

Corrió y corrió a través de los polvorientos pasillos de personal de servicio en los que se suponía que no podía entrar.

Pasó a toda prisa junto a cocineros y técnicos, para luego girar hacia otro pasillo en el que había un cartel que rezaba PROHIBIDO EL PASO .

No sabía adónde estaba yendo, pero corrió y corrió.

No tardó en darse cuenta de que no tenía ni idea de dónde estaba. Había perdido la noción del tiempo. ¿Llevaba horas o minutos corriendo? Estaba fuera de la estabilización mágica del club y el suelo había empezado a temblar.

Fum. Fum. Fum. El ritmo lento y regular de la respiración de Escolopendra agitaba las paredes.

Terminó por detenerse a descansar. «¿Qué voy a hacer?

». No era nadie. La habían creado para servir.

Estaba diseñada para ser desechable. La mayoría de los PNJ morían antes siquiera de descubrir esas cosas.

Pero ella llevaba con vida desde hacía… ¿Cuánto tiempo en realidad?

Y, a pesar de todo, habían prescindido de ella como si nada.

No tenía ningún lugar al que escapar. Ninguno donde esconderse.

El club Escolopendra estaba construido, literalmente, dentro del cuerpo del mastodonte, justo debajo del cerebro de la criatura.

Sauce sabía que aquel ciempiés enorme no era más que una metáfora de otra cosa, de otra cosa «real» que había fuera de la mazmorra.

Y, al colocar el club allí, era como si le estuviesen diciendo al universo: «Miradnos.

Os hemos conquistado. Mirad de lo que somos capaces».

¿Y la gente como Sauce, aquellos que habían vivido el tiempo suficiente como para darse cuenta de lo que eran en realidad?

Ella no era nada. Existía y la habían creado específicamente para servir a esa élite de monstruos alienígenas.

Para eso y para ser testigo de todo lo que eran capaces de hacer, porque nadie podía detenerlos.

Era desechable y reemplazable, como el combustible que usaban las naves espaciales que los llevaban allí todas las temporadas.

E NFERMERA Y UGOSLAV : Pero ¡¿no eras esa cambiada tan suculenta que ha trabajado para el Priorato desde hace muchísimas temporadas?

! He visto que te han añadido a mi personal.

Llevo mucho tiempo en la lista de espera para conseguir un cambiado.

Ven rápido, pequeña. Tengo muchos planes para ti. Planes maravillosos.

Aquel mensaje la había asustado.

—Que te den —dijo Sauce en voz alta. Y luego, en un arrebato de valentía desnortada, abrió el chat.

S ERVICIO DE HABITACIONES N.º 6: Que te den.

Aviso: Estás usando un tono impropio con los invitados.

E NFERMERA Y UGOSLAV : Vaya, vaya. Me gustas mucho.

Sauce siguió corriendo hasta que vio que el pasillo cambiaba a su alrededor. Ya no había luz, por lo que volvió a cambiar de forma, en esta ocasión a un trol aporreador. Alta y desgarbada, pero con ojos que veían en la oscuridad. Era una forma que les encantaba a las sacerdotisas.

«La Abadesa ni siquiera se despidió de mí. A pesar de todo el tiempo que he trabajado para ella».

Sauce siguió corriendo sin saber hacia dónde.

Las paredes se convirtieron en una sustancia húmeda y extraña. Olía muy mal. Se detuvo. ¿Qué era aquello? ¿Estaba…?

Extendió el brazo entre titubeos para tocar la pared.

Y, en ese momento, todo quedó paralizado y le llegó el mensaje.

¿Qué es lo que quieres?

Más tarde, después de la presentación inicial del decimoséptimo piso, Sauce se había alegrado en un primer momento de estar en otro lugar. Pero solo un día después ya lo sabía. Sabía que todo eran patrañas.

Estaba viva, sí, pero había pasado de estar en una prisión a acabar en otra.

Todo lo que había en ese lugar, en ese mundo, era falso. Nunca había oído hablar de ese supuesto Cabaret de la Piña. Había visto de primera mano lo que les ocurría a los PNJ cuando ya no eran necesarios. Sabía muy bien cómo funcionaba el reciclado.

Todo aquello no era más que un espejismo. Nada era real.

Sauce Alegre lo sabía muy bien y estaba harta de seguirles el juego.

No creía que fuese a sobrevivir, pero estaba dispuesta a llegar lo más lejos que le fuese posible.

Cuando la abuela llama le había preguntado si quería formar parte de algo, ella había aceptado sin titubear. Iba a hacer cualquier cosa. Iba a sacrificar lo que fuese.

Tan pronto como llegó, descubrió que había tres facciones principales entre los cientos de criaturas que trabajaban unidas para construir el Laberinto Mortal Entre Bastidores.

Estaban los verdaderos creyentes, liderados por Rory la goblin.

Y luego los apáticos, que sin duda eran el mayor de los grupos y eran aquellos que sabían que lo más probable es que todo fuese una mentira, pero querían creer y tenían una actitud de más vale prevenir que curar.

Y, debido a dicha actitud, hacían todo lo que se les ordenaba.

Y luego estaban los rebeldes, quienes sin duda no creían nada. Dicho grupo estaba liderado por abuela llama y fue con el que Sauce empezó a tener mayor relación.

Pero ella se dio cuenta rápidamente de que incluso aquel grupo tenía un problema. Aunque todos los integrantes estaban «despiertos», ignoraban por completo el mundo de fuera de la mazmorra. Todos sabían que eran PNJ en un juego, pero no tenían ni idea de los productores ni de cómo funcionaba todo.

Sauce, que había visto más batallas de la Ascendencia de las que era capaz de contar, sabía lo poderosa que era la información. Aquellos que vivían en el desconocimiento, normalmente morían también en él.

Aun así, Sauce Alegre no quería llamar la atención. No dio información alguna. Porque también sabía qué era lo que les ocurría a aquellos que destacaban como líderes. Y aquello era lo más complicado: tener un valor incalculable pero ser invisible al mismo tiempo.

Sauce era una cambiada. Eso no era un secreto. Y serlo tenía algunas consecuencias, consecuencias que no podía negar.