Quinta parte. Sauce alegre
—Pásame la botella —dijo Sauce Alegre a Gary el gnoll. Lo dijo en voz alta, para comprobar si seguía despierto.
—Aquí tienes, Espagueti —dijo Gary, que se la tendió. El gnoll llevaba una media hora con los ojos cerrados, pero siempre que ella creía que había perdido el sentido el tipo le respondía.
«Mierda», pensó. Se hizo con la botella, con cuidado de que no se le cayese. La cambiada no tenía costumbre de transformarse en goblin, y las manitas de aquellas criaturas eran extrañamente resbaladizas.
—Termínatela tú —dijo Gary, arrastrando las palabras—. Eres el mejor amigo de Gary, ¿lo sabías?
«No puedo hacerlo. No puedo hacerlo. Esto está mal. No puedo hacerlo».
Le dio un gran sorbo. Era de una calidad terrible, pero había algo reconfortante en el hecho de beber un alcohol tan malo.
«Se puede sobrevivir faltando a tus principios o morir aferrándote a ellos. Las opciones son claras».
Sauce se maldijo por enésima vez por tomar la decisión de hacerse amiga de Gary fingiendo ser aquella criatura.
Había elegido a Espagueti el goblin porque, normalmente, los goblins no hablaban con nadie a excepción de cuando tenían lugar las «misas».
Además, Rory y Lorelai habían encargado a Espagueti trabajar en los túneles, lo que significaba que era muy poco probable que Gary se topase con él durante el día.
Y, como Rory había prohibido a los goblins ir a las fiestas de Gary, Sauce sabía que Gary se esforzaría por no decirle nada al Espagueti de verdad en caso de que se lo encontrase por casualidad.
No quería que Espagueti se metiese en problemas.
Gary era un buen tipo. Sauce hubiese preferido que no lo fuese, ya que las cosas habrían sido mucho más fáciles.
«Es importante. Es la razón por la que lo haces. Y, además, es por el bien de Gary. —Sauce respiró hondo—. No dejes de repetírtelo».
La fiesta nocturna diaria había empezado a relajarse.
La mayoría de los participantes habían vuelto tambaleándose a sus camas para dormir la mona.
Los únicos que quedaban en la estancia grande y opulenta eran ella, Gary y el cuerpo bocabajo de la «amiga» de Gary: Jen-Jen la Saltarina, que roncaba en un rincón de la estancia, ovillada sobre la cama que Gary había preparado.
Sauce le dio otro sorbo a la botella y miró a la gnoll que Gary había creado.
Jen-Jen la Saltarina. Gnoll. Nivel 10.
Aquella debía ser la quinta iteración de la criatura.
Siempre terminaba igual. La creaba y la dejaba en la casa que también había levantado.
Todo iba bien durante unos pocos días, y Gary hacía una fiesta para presentar a todo el mundo a su «amiga», quien normalmente se quedaba en silencio en una esquina, muy desconcertada.
Si alguien le preguntaba algo, ella no respondía.
Sí que hablaba y le sonreía a Gary, pero era como si él fuese la única persona de la estancia.
No bebía ni comía y, más o menos a mitad de la fiesta, se hacía un ovillo en esa cama llena de cojines lujosos y se echaba a dormir.
Y luego ocurría algo, lo que obligaba a Gary a crear una nueva Jen-Jen la Saltarina unos pocos días después. La siguiente siempre era una iteración diferente de la misma criatura, y Gary la presentaba como si todos la estuviesen viendo por primera vez en su vida.
Nunca explicaba lo que les pasaba a las versiones anteriores de Jen-Jen la Saltarina.
Crear nuevas criaturas era algo muy sencillo en el decimoséptimo piso, pero deshacerse de ellas era harina de otro costal.
No se hacía pulsando un botón. Según Menerva, tenía sus reglas.
Si alguien creaba una criatura de manera incorrecta, había que cumplimentar unos documentos con Bazofia, ese mago rufián presuroso mapache.
Y luego, el equipo de respuesta rápida de Larry se dirigía hacia allí y se encargaba en persona del problema.
Era algo que solo había ocurrido en dos ocasiones hasta el momento, ambas porque esos dos hámsteres idiotas que estaban construyendo la tienda de mascotas no tenían ni idea de lo que estaban haciendo.
La abuela llama le había encargado a Sauce hacerse amiga de Gary y descubrir qué cojones estaba pasando.
Luego, tenía que acabar con la versión actual de Jen-Jen la Saltarina y ocupar su lugar, independientemente de lo que estuviese ocurriendo con la extraña novia artesanal del gnoll.
Y, cuando Sauce estuviese en posición y se hubiese ganado la confianza de Gary, intentaría convencerlo de hacer todo lo que la abuela llama quería que hiciese.
Pero primero necesitaba que Gary se fuese a dormir, para sacar a la novia actual de la estancia y llevarla con las dos llamas que estaban esperando para encargarse de ella.
Lo último que quería Sauce era que la pillasen. Miró a Gary con nerviosismo. El gnoll era el que estaba subiendo de nivel más rápido, más incluso que Larry el rátido, quien acababa de llegar a nivel 80. Gary estaba a punto de llegar a 100.
Y era normal si se tenía en cuenta el trabajo que le habían dado al pobre gnoll.
Era el único que se encargaba de probar las trampas.
Ese mismo día, Sauce, en forma de orca, había visto a Gary elegir el picaporte de salida equivocado tres veces seguidas, tras lo que unas mangueras habían llenado la estancia con ácido.
La última de las veces no había muerto del todo y habían tenido que avisar a Larry para que acabase con él.
Gary ni siquiera gritaba al morir a estas alturas. Reaparecía, suspiraba y volvía a intentarlo.
Sauce solo tenía nivel 25. La orca en la que solía transformarse tenía 45, pero era mentira.
Además, era incapaz de subir más de ese nivel, algo que solo conocían unas pocas personas.
Abuela llama. Rory también tenía acceso a dicha información, supuestamente, pero Sauce no había hablado con la goblin, a excepción del día en que había llegado al piso. Menerva también lo sabía, obviamente.
Pero aquel estado «fijo» de Sauce formaba parte de la historia y sospechaba que nadie, ni siquiera Menerva, conocía la verdad al completo.
Sauce Alegre había llegado entre bastidores durante el quinto piso, por lo que todos habían dado por hecho que ese era el lugar del que provenía.
No era cierto.
Sauce no era una guerrera cambiada de la hostia que se usase para misiones secretas y asesinatos, como le gustaba hacer creer a los demás.
No era una veterana de temporadas anteriores con cientos de años de experiencia.
Fingía serlo, sí, pero no lo era. Nunca había luchado contra nada ni nadie en toda su vida. De hecho, las peleas le daban miedo.
Era una farsante. Una impostora.
Sauce Alegre había ido a ese lugar desde el decimoctavo piso.
Desde el club Escolopendra, para ser más precisos, un centro turístico exclusivo y temporal donde se encontraban la élite y los más ricos del universo.
Que ella recordase, había sido lo que se conoce como una trabajadora del servicio de habitaciones.
Una PNJ que daba masajes. Una prostituta para invitados exclusivos que iban allí para pasar unas pocas semanas o más en el club.
El lugar abría sus puertas a los clientes oficialmente el primer día del segundo piso, y luego cerraba tres días después de la conclusión del juego de la Ascendencia.
Normalmente, los trabajadores del servicio de habitaciones se reciclaban entre temporadas, pero si un cliente habitual lo solicitaba, los PNJ se almacenaban al final de su estancia y se recuperaban la temporada siguiente.
«Para sobrevivir debes tener un valor incalculable. Se puede sobrevivir faltando a tus principios o morir aferrándote a ellos. Las opciones son claras».
Recordaba que aquellas palabras eran las primeras que le había dicho alguien.
Una criatura de aspecto élfico, la que le había dado la bienvenida nada más había dado comienzo su existencia.
Era otra PNJ que trabajaba en la cafetería del club Escolopendra.
Se llamaba Yuki. Sauce Alegre nunca la había vuelto a ver después de eso.
No era habitual que los PNJ sobreviviesen en aquel lugar.
Aun así, había sido un consejo muy bueno. Porque le había servido.
Le había permitido a Sauce Alegre convertirse en la ayudante preferida de la Abadesa durante más años de los que podía llegar a contar.
La Abadesa era la suma sacerdotisa de una religión «disonante», significara lo que significase eso.
La religión nunca se mencionaba, y Sauce no sabía si tenía nombre siquiera, pero ellos se referían a sí mismos como grupo con el nombre del «Priorato».
A pesar de haber participado en varios cientos de temporadas, Sauce Alegre seguía sin tener ni tenía de cuáles eran las creencias o las enseñanzas de la religión del Priorato.
Y basándose en las reacciones y los comentarios del resto de los invitados, Sauce sabía que no era la única.
La Abadesa era una alienígena parecida a una orca, extraña, anciana y con cuatro ojos en lugar de dos. La especie se llamaba tajacu y eran parientes lejanos de los orcos del Imperio Calavera.
La Abadesa iba al club Escolopendra todas las temporadas nada más abrir, donde se instalaba en las habitaciones para ponerse a rezar.
Llevaba consigo a seis sacerdotisas tajacu más jóvenes, quienes también pasaban las primeras semanas de la temporada rezando en silencio.
No veían el programa, sino que se quedaban solas y en silencio con sus oraciones.
Durante aquellos días, el trabajo de Sauce Alegre era adquirir la forma de una guerrera orca normal, no una tajacu, y vigilar la estancia. Les llevaba comida a las religiosas y estaba a cargo de que nadie molestase a la Abadesa y a las sacerdotisas.
Después de un cuchicheo que Sauce nunca llegaba a comprender siquiera, la Abadesa elegía a una de las jóvenes, quien ascendía al duodécimo piso para controlar a una deidad específica a la que patrocinaban todas las temporadas.
Dicha deidad siempre era Eris, la diosa del caos.