La mascarada del carnicero (Carl el Mazmorrero 5) Epílogo #3
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Epílogo #3

Él se quedó en silencio, indeciso, pero terminó por hacerle caso.

Katia sabía que Bautista tenía claro que aquello era necesario.

Li Na era buena guardaespaldas, una muy peligrosa, probablemente la segunda persona más peligrosa de toda la mazmorra.

La primera era la mujer a la que estaban a punto de matar.

—Ten cuidado. Y hazlo rápido.

—Lo haré —aseguró Katia—. Te quiero, Daniel.

—Yo también te quiero.

Habían hecho el amor antes de la fiesta, con la seguridad de que estaban a punto de morir. Ella lo había cubierto por completo, como si se encontrase dentro de una crisálida, para que el universo no viese lo que iban a hacer. Pero lo había apretado demasiado fuerte.

Bautista le había comentado que le estaba haciendo daño.

—A veces me pasa —le había respondido ella, destrozada.

Había recuperado su forma original para luego ovillarse, desnuda como había venido al mundo y expuesta.

Casi humana. Su cuerpo tenía las partes originales en ese momento, todas menos los dedos que le faltaban, el pelo y la nariz.

El pelo y la nariz eran las primeras cosas que se había cambiado y no quería que nadie viese cómo eran originalmente.

Después del comentario de Bautista, Katia sacó un palito luminoso y lo encendió.

Daniel era el único que lo sabía. Tenía dos grandes secretos dentro de la mazmorra y aquel era uno de ellos.

Había encontrado los palitos luminosos en una de las víctimas de Eva, una que se llamaba Sally.

Antes de todo esto era trabajadora de un aeropuerto.

Ahora, era una sanadora, como más de la mitad de ellos, y se había unido a Eva a pesar de todo.

Había muerto, como los demás. Lo único que quedaba en su inventario eran las drogas.

Eva las había dejado allí. Un regalo para Katia. Una trampa.

«Quiero ver a Annie», pensó. Y el palito luminoso cumplió sus deseos.

Siempre los cumplía. Nueve meses de vida.

En la cuna. Habían metido a su verdadera madre en la cárcel.

Katia había cogido al bebé y lo había sostenido entre las manos.

La pequeña le había agarrado uno de sus mechones de pelo negro, como tenía que ser.

«A veces me pasa. A veces hago daño a los que me rodean».

—Tranquila —había dicho Daniel—. Eres más fuerte de lo que crees y no lo controlas. No es nada.

Era muy probable que Eva estuviese inconsciente.

La mitad de las personas que la rodeaban lo estaban.

Britney los había salvado a todos en el último minuto gracias a que había reaccionado con la chaqueta, pero había tenido que pagar un precio terrible.

Firas había muerto. El pobrecito y encantador Firas.

Le había pedido que le cosiese un par de esmóquines a juego.

Cincuenta y una calaveras de asesina de jugadores. Eva tenía cincuenta y una calaveras de asesina de jugadores sobre la cabeza.

«Si la hubiese matado a ella en lugar de a Hekla, no habría acabado con tanta gente».

Fannar solía decirle: «¿Por qué lo haces? Eres tonta, más de lo que parece. ¿De verdad creías que iba a formar una familia contigo? Eres un mal chiste. ¿De verdad pensabas que podías ser madre? ¿De verdad creías que te iba a dejar hacer más daño a lo que nos rodea?».

—Está aquí debajo —dijo Katia a Li Na, que asintió. Juntas, apartaron los cadáveres de insectos y dejaron al descubierto a Eva, que sí que estaba inconsciente. Katia tuvo cuidado de no tocar directamente la piel de Li Na. Lo había hecho en una ocasión y había estado a punto de morir.

Eva iba a despertarse en diez segundos. Casi no le quedaba salud en la barra.

Ese rostro de víbora… Katia ya no recordaba el que tenía antes.

Li Na lanzó un conjuro. Conservar herida.

Evitaba que pudiese sanarse a sí misma. Después señaló la mano superior derecha de la mujer.

Ahí había un anillo, el que le permitía desaparecer y escapar.

Katia sacó la antigua espada de Eva, el Colmillo izquierdo del sultán verde, el que había tirado al suelo en el tren hacía ya muchos pisos, y la usó para cercenarle la mano.

Después cortó también el estoque envenenado que tenía en el muñón de la extremidad superior izquierda.

Eso dejó a Eva solo con dos manos, las inferiores.

La mujer empezó a parpadear. Soltó un grito ahogado de dolor.

—Este es tu fin —dijo Katia, que alzó la espada.

—Pronto se acabará tu suerte. Que os den. Que os den a todos.

—¿De verdad crees que esto es tener suerte? —dijo Katia, que se quedó con la espada en alto—. ¿Qué te ha pasado, Eva?

—Sáname —dijo.

Katia rio. Li Jun empezó a mirar con nerviosismo a su hermana y a Eva.

—Mátala —dijo Li Na, impertérrita.

—Por favor —dijo Eva—. Katia, lo siento.

—Eso es lo único que quería —se oyó decir Katia—. Solo quería oír el miedo en tu voz al fin.

Movió la espada y la clavó en el pecho de la mujer. Atravesó la pechera mágica de Eva de lado a lado con la hoja.

«Eres más fuerte de lo que crees y no lo controlas. No es nada».

Katia se inclinó hacia delante.

—Muere, Eva.

Los días siguientes, Katia no podría quitarse de la cabeza aquella imagen, y la reproduciría en su mente una y otra vez.

Se había fumado varios palitos luminosos y cada vez pedía que este le mostrase algo diferente: «Muéstrame qué hubiese pasado si la hubiese detenido».

«Muéstrame qué hubiese pasado en caso de matarla antes de que despertase».

El palito la había obedecido y le había mostrado una realidad que no era tal.

Mordecai había advertido que no usasen aquellas cosas, que eran adictivas. Ella no había hecho caso. Se alegraba de poder contemplar aquellas situaciones hipotéticas, aunque cada vez eran más cortas.

En aquellos sueños falsos y provocados por las drogas, Katia le daba la mano a Eva.

Le aplastaba la cabeza con un puño que hacía brotar en su pecho.

Reimaginaba aquel momento una y otra vez en su mente.

Cada una de ellas se detenía antes del acto cruel y definitivo de Eva, momento en el que Katia se despertaba.

Lo que más deseaba en el mundo era que aquello no hubiese ocurrido o que hubiese sido lo bastante rápida.

Pero las cosas no habían sido así.

Su patrocinadora, la Boticaria, sabía que iba a pasar. Por eso le había dado un gorro que tendría que haber llevado puesto. Dicho objeto lo hubiese evitado. Pero Katia se lo había entregado a Carl y no llevaba nada en la cabeza.

Eva había usado la mano inferior izquierda para sacar algo mientras moría.

No lo había extraído de su inventario, sino de la parte de atrás de la hombrera de la armadura.

Llevaba allí todo el tiempo, en esa pechera púrpura y brillante.

Katia lo había visto antes, pero había dado por hecho que era un elemento decorativo más del objeto.

La Corona mágica de la furcia de la septicemia.

La puñetera corona. Una tiara, en realidad. El primer objeto que Dónut había recibido al saquear un cadáver. Era único y desaparecía si te lo quitabas. Dónut lo había perdido al final del tercer piso. Katia estaba allí cuando ocurrió.

Eva lo había vuelto a encontrar de alguna manera. Y de la mano de Eva pasó a la cabeza de Katia.

La mujer murió antes incluso de que se le equipase la corona a Katia, pero dio igual. El daño ya estaba hecho.

—Mierda —dijo Katia, que extendió el brazo para tocarse la cabeza. Miró a los ojos a Li Jun y a Li Na, mientras la corona se fundía con su cuerpo y desaparecía—. Mierda, mierda, mierda.

Aquello solo podía significar una cosa, que solo una de ellas, o Dónut o Katia, podría descender por las escaleras desde el noveno al décimo piso.

«A veces me pasa. A veces hago daño a los que me rodean».