La mascarada del carnicero (Carl el Mazmorrero 5) Epílogo
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Epílogo

Bienvenido, mazmorrero, al séptimo piso. «La Gran Carrera».

Felicidades, mazmorrero. Has recibido una caja de carne de venado de platino.

Entrando en la parrilla de salida.

La carrera comenzará dentro de poco. Se te informará de las normas dentro de diez minutos.

—¡CARL, ESTAMOS EN UNA PECERA! —exclamó Dónut.

¡Te han pacificado!

La IA ha anulado la pacificación.

¡Te han congelado!

La IA ha anulado la congelación.

¡Te han paralizado!

La IA ha anulado la parálisis.

¡Te han ralentizado!

La IA ha anulado la ralentización.

La cosa siguió así durante unos quince segundos. Recibí una ristra de desventajas, una tras otra, todas seguidas de un mensaje inmediatamente posterior en el que la IA las anulaba.

—¿Qué cojones? —murmuré. Un momento después me llegaron unas desventajas adicionales, entre las que había una teletransportación y algo llamado BLOQUEO ADMINISTRATIVO .

Todas quedaron anuladas. Vi un estallido de luz y aparecieron cuatro siluetas con armas de fuego, gnolls, pero se esfumaron en una nube de humo al instante.

Todos intercambiamos miradas, confusos. Prepotente gritó, y el sonido reverberó a nuestro alrededor.

Nadie se movió durante varios segundos. No ocurrió nada.

Tal y como había dicho Dónut, nos encontrábamos en una habitación anodina hecha de cristal transparente. Era del tamaño del salón de mi antiguo apartamento, y estábamos los tres: Dónut, Prepotente y yo.

Tres de las paredes eran lisas, pero la restante estaba formada por unos barrotes de cristal grueso en vertical, como los de una cárcel.

Tras los barrotes había un túnel de paredes redondeadas que se curvaba hacia abajo y se perdía en la oscuridad, como un tobogán de agua.

Sobre los barrotes había una cuenta atrás. Quedaban ocho minutos.

—¡Dios, Carl! —dijo Dónut de repente. Seguía cubierta por completo de sangre y partes de insectos—. ¡Estoy la primera! ¡Estoy la primera! Espera que se lo cuente a esa perra tramposa. ¡Oye! ¿Has sentido eso?

Sí que lo había sentido. Noté un tirón en el pecho que me impulsaba hacia los barrotes. No era demasiado fuerte, pero cuando me quedaba quieto empezaba a notarlo con más fuerza y hacía que me deslizase muy poco a poco por el suelo resbaladizo.

Dónut saltó de mi hombro y aterrizó en el suelo de cristal. También empezó a deslizarse, casi como si el suelo estuviese hecho de hielo. Volvió a subírseme encima y me clavó las garras.

—¡Tengo que elegir una nueva clase!

—Hazlo rápido. Dile a Mordecai que te ayude.

—¡El chat no funciona! ¡Y tampoco podemos lanzar conjuros! Dice que tenemos que esperar a que empiece la carrera.

—Vale. Échale un vistazo a las opciones y coméntame las que crees que son mejores.

Soltó un grito ahogado. Y luego empezó a brillar.

—¡Acabo de elegir!

—Cagondiós, Dónut. ¿La has leído al menos? ¿Cómo se llama?

—¡Reina víbora! ¿No suena maravilloso? ¡Puedo disparar pegotes de veneno! Oye, ¿por qué me ha bajado la salud?

—Carece de importancia —aseguró Prepotente.

Se encontraba en el fondo de la estancia, en la pared opuesta a los barrotes.

Había apoyado la palma de la mano en el cristal.

La luz amarilla del lugar venía de esa dirección.

Costaba mirar hacia allí y, cuando lo hacía, me dolían los ojos como si estuviese mirando directamente al sol.

Mi detector de portales zumbaba al dirigir la vista hacia allí.

—¡Anda, Carl! —gritó Dónut para llamar mi atención—. ¡Los demás también están en peceras! Mira, hay gente por allí. ¡Y encima!

Eché un vistazo alrededor. Sí que había varios mazmorreros en estancias acristaladas similares. A la derecha había otra, por ejemplo, a poco más de un metro de altura. Debajo no teníamos nada, ni tampoco a la izquierda, pero vi muchas encima perdiéndose en la oscuridad.

La disposición de las estancias tenía forma de sacacorchos, y nosotros nos encontrábamos en la parte más baja, como si fuésemos el primer escalón de una escalera de caracol.

El espacio amplio y brillante del centro, con el portal, o los portales en realidad, se extendía hacia arriba y hacia abajo como un poste o una cañería.

Seguía las estancias en espiral hacia arriba y desaparecía debajo en lo desconocido.

Un vistazo rápido al mapa me confirmó lo que sospechaba.

No eran portales cualquiera, sino escaleras al octavo piso, una tras otra, colocadas en vertical como cuentas en un collar.

Y tampoco eran escaleras normales. De hecho, no eran escaleras.

Ni puertas. Eran simplemente portales redondos y brillantes a los que se podía entrar desde cualquier dirección.

Estaban ahí, justo al otro lado de la pared de atrás.

Era la primera vez que había visto una salida de piso como aquella, pero gracias al libro de cocina sabía que eran bastante comunes.

—Oye, oye. Mira arriba —dijo Dónut, que señaló una estancia de cristal que estaba en los límites de nuestra visión—. ¿No es Agatha?

—Madre mía —dije al tiempo que me cubría los ojos a causa del resplandor—. No lo sé con seguridad, pero eso de al lado parece un carrito de la compra.

—Carl —dijo Prepotente. No apartó la mirada de lo que quiera que estuviese haciendo. Tocó el cristal—. ¿Fuiste tú quien compró la ventaja del octavo piso?

—Sí —respondí—. Es un libro, pero no he tenido la oportunidad de echarle un vistazo.

—¿Cómo se llama? El nombre era Libro de acervo popular o algo así, ¿no? ¿Sabes qué dice?

—Prepi, te acabo de comentar que no he podido examinarlo. Pero sí que sé cuál es el título completo.

—No uses mi nombre especial —dijo Prepotente—. ¿Cuál es el título?

—¿Por qué no nos explicas primero qué pretendes hacer?

Se giró hacia la pared y empezó a darle unos golpecitos como si estuviese buscando un montante.

—La Corporación Borant está intentando detenerme, pero, tal y como sospechaba, la IA los está obligando a seguir sus propias normas y no van a poder. Este piso está creado a imagen y semejanza de algo llamado gotas del príncipe Ruperto, pero a gran escala. Están basadas en un cuento de hadas.

—¿El príncipe qué? —pregunté—. ¿Cómo es que sabes algo así?

—El piso se llama la Gran Carrera, que también resulta que es el nombre de un cuento de hadas muy popular en todo el universo.

Basándome en algunas pistas adicionales, he llegado a la conclusión de que el séptimo piso está basado por completo en dicho cuento.

Hace poco, me entrevistaron en un programa en el que lo comentaban muy por encima.

Lo bloquearon para que no oyese la descripción, pero la discusión posterior entre el presentador y Cascadia, que era la otra invitada, me dio información suficiente para plantear mi hipótesis.

—¿Cascadia? —pregunté.

—La mujer de los anuncios diarios —explicó Prepotente—. Es una despreciable que se cree más lista que nadie.

Tocó algo en la pared y gritó con fuerza. Quedaban cinco minutos en la cuenta atrás.

—¿De qué va ese cuento de hadas? —pregunté.

—Es el relato de un joven atrapado en un laberinto en el que, siempre que pasa por un túnel, este se cierra detrás de él —dijo Prepotente—.

Tiene miles de caminos a escoger y siempre va por el incorrecto, se dirige directo hacia el peligro y muere.

Luego, un dios lo resucita y tiene que empezar desde el principio.

Dónut, ¿serías tan amable de pasarme el martillo y el palo mágicos?

La gata me miró y yo asentí. Prepotente se hizo con ellos y colocó el martillo de bola y el palo en el suelo junto a la pared del fondo. Después se apoyó sobre una rodilla. Sacó algo del inventario. Una poción.

—Sigo sin entender por qué te dieron estas cosas a ti en lugar de a mí —murmuró Prepotente. Sacó algo más del inventario. Parecía un termómetro. Lo apoyó contra la pared—. Supongo que fue por temas económicos.

—Es probable que fuese por la misma razón que te dieron la poción para que me la entregaras a mí —dijo Dónut—. Nuestros patrocinadores quieren que trabajemos juntos.

—Ah, sí —comentó Prepotente—. Gracias por recordármelo.

El mazmorrero Prepotente ha abandonado el grupo.

Se ha elegido a la Princesa Dónut como líder del grupo.

—¿Qué ocurría en ese cuento de hadas? —pregunté—. Y no has respondido a mi pregunta. ¿Cómo sabes todo esto? No creo que lo hayas sacado de una entrevista.

—Es por las botas de mi madre —respondió el hombre cabra, algo distraído—.

Las Botas del último vuelo de Kiznet. Le salieron en un jefe menor justo antes de que la dejases suicidarse.

La descripción del objeto cuenta la historia al completo.

Es un relato antiguo que combina varias culturas de la Tierra, como las historias de Aquiles, Sísifo y Wu Gang.

La descripción del objeto era un quinientos tres por ciento más larga de lo habitual, lo que lo convertía en un caso atípico.

Estaba claro que era algo a lo que había que prestarle atención.

Poco después de que mi madre recibiese el objeto, empezaron a hablar sobre este piso.

En ese momento, supe lo que tenía que hacer.

Mientras hablaba, había descorchado la poción y derramado un líquido transparente sobre el cristal. No ocurrió nada. Después volvió a apoyar en ella el termómetro.

—Bien. Bien. Carl, por favor, dime el nombre del libro.

Me quedé en silencio y luego saqué el libro fino de tapa dura del inventario para mostrárselo.

Se llamaba Libro de acervo popular: Mancomunidad de las Bahamas .

En la cubierta tenía las barras aguamarina y doradas con el triángulo negro, la bandera del lugar.

Y nada más. Lo abrí y vi que las páginas estaban llenas de descripciones y características de una gran cantidad de monstruos.

Terminé por abrirlo por una en la que aparecía una especie de búho llamado chickcharney.

Después de la foto había varias páginas con texto.

—Interesante —continuó Prepotente—. Nombres de países. Me pregunto por qué. Vuelve a guardarlo en el inventario. Quizá te pida ayuda más adelante.

Volvió a centrarse en el termómetro.