La mascarada del carnicero (Carl el Mazmorrero 5) Capítulo 76 #3
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Capítulo 76 #3

Pero no pasaba nada. No era necesario quitarle la inmunidad a la deidad, sino a la persona. La deidad era la armadura en este caso, e iba a permanecer intacta, pero lo que teníamos que hacer era separarla de la persona que la estaba usando. Y para eso solo era necesario tener el conjuro a nivel 15.

Era algo que me había preocupado, ya que al principio creía que la única manera era acabar con la invulnerabilidad de Diwata.

Eso era lo que pensaba Tin, que había escrito la vigesimoprimera edición del libro de cocina.

Pero, después de investigar a fondo, yo había descubierto que los conjuros diseñados para lanzárselos a los portadores de las armaduras de alma, y no a los propios dioses, funcionaban igualmente.

Tenía pensado usarlo con Grull la próxima vez que apareciesen, pero por desgracia nos habíamos topado antes con otra deidad.

Dónut lanzó el conjuro, Diwata gritó y, en ese momento, aparecieron unas pequeñas burbujas de jabón que se extendieron por todas partes. Diwata se transformó en un oso con cuernos. Me gritó y pegó un salto antes de desaparecer.

Diwata ha regresado a los Salones de la Ascendencia.

En ese momento, vi la silueta de Circe Took sin protección, mojada de arriba abajo y cubierta de burbujas. La mantis gigante chilló de rabia.

—No necesito la protección de una deidad para…

No terminó la frase. Antes de que me diese tiempo a atacar, decenas de sus crías la rodearon y se lanzaron sobre ella. La marea de insectos la cubrió y empezó a destrozarla. Gritaron al unísono, amontonándose sobre ella enrabietadas.

Circe Took murió mientras gritaba mi nombre.

No tuvimos tiempo para celebrarlo, ya que otro ataque de área se extendió por el agujero, más potente que el rayo anterior. Dónut gritó de dolor y cayó de la grupa de Mongo con la barra de salud casi vacía. Se le había activado la habilidad Cucaracha, lo que la había salvado.

—¡Dónut! —grité.

No iba a sobrevivir a otro ataque así. El conjuro parecía hacer más daño con cada impacto, y este había acabado con todos los insectos que quedaban.

¡El equipo número cuatro ha sido eliminado!

Solo quedaba en pie un cazador y unos cuarenta y algo mazmorreros.

La mayoría de los elfos habían muerto también, y no vi ninguna velocirraptor. Imogen se encontraba en el rincón más alejado del pozo, a unos sesenta metros de distancia, gritando mientras le lanzábamos flechas, rocas y escopetazos.

Vi el punto del único cazador restante en el minimapa y me acerqué.

Era Zabit. Me señaló y gritó algo que fui incapaz de oír.

Parpadeó y desapareció al usar una poción de invisibilidad o una habilidad.

Intenté ir a por él, pero me detuve de inmediato al recordar su armadura.

El cinturón. «Buen intento, comemierda», pensé.

Lancé Patoso.

¡Pum! Estallaron varias minas. Zabit reapareció de inmediato, destrozado y partido por la mitad por culpa de su propia trampa, que había colocado unos segundos antes.

¡El equipo número dos ha sido eliminado!

La explosión había iluminado todo alrededor, y alcancé a ver zarzas que se retorcían y crecían a muchísima velocidad, encerrándonos cada vez más. Estábamos atrapados.

Me acerqué titubeante al cadáver del cazador y lo saqueé rápidamente.

No conseguí el escudo desplegable ni la caja de pociones de invisibilidad, ya que di por hecho que estarían en su caja de botín en lugar de en su cadáver, pero sí que encontré varias trampas, demasiadas como para ponerme a examinarlas en aquel momento.

—¡Carl! —gritó Dónut—. Ya no quedan elfos. ¡Solo Imogen!

Me giré y empecé a correr para ayudar, pero derrapé hasta detenerme de nuevo.

Oh, no.

—No —dije al ver el cadáver en el suelo.

Era Gwendolyn Duet. Gwen. La mujer tatuada de las Naciones Originarias de Canadá, que había sido clave para nuestra supervivencia en el piso anterior.

A su lado vi el cadáver de Cleiton, el tipo que había contado el chiste de toc toc.

Tran también estaba allí, vivo pero arrastrándose y gritando.

No tenía piernas. Leí un pergamino para sanarlo, pero no le volvieron a crecer.

—¡Ahora! —chilló Florin, antes de disparar con la escopeta. Imogen, que estaba sobre una pila de cadáveres, se iluminó al recibir el impacto de una cantidad ingente de flechas y proyectiles.

Estaban coordinando los ataques: la mitad disparaba en el segundo y el cuarto pulso de los compases, mientras que la otra mitad lo hacía en el primero y en el tercero.

A la poderosa reina no dejaban de caerle encima flechas, rocas y muchos otros proyectiles no mágicos.

Tenía la salud en rojo y estaba casi muerta.

A su alrededor destacaba un conjuro de Escudo parpadeante, que emitía una luz estroboscópica y que no dejaba de lanzarse una y otra vez.

Pero la protección caía cada vez que le lanzaban todos los proyectiles.

En ese momento, Imogen dejó de lanzar el escudo y cayó sobre una rodilla. Una nube negra y chisporroteante empezó a brillar a su alrededor, parecida al aura de Bianca. Las manos le brillaron de color rojo.

—¡El rayo! —gritó alguien.

Vi a Britney en el suelo, gritando. Louis y Firas estaban tumbados el uno al lado del otro. Ambos estaban inconscientes, pero vivos. No me había dado tiempo de volver a colocarme la xistera , pero saqué una bola de discoteca hobgoblin.

—¡La chaqueta! —grité a Britney mientras lanzaba la bola, que trazó un arco y golpeó a Imogen en la cabeza antes de desperdigar un mejunje multicolor. Ella casi ni se inmutó. Se había puesto a gritar algo incomprensible y casi no le quedaba vida.

«Demasiado lento —pensé—. Demasiado lento».

Llegó a lanzar el conjuro de rayo, pero en esta ocasión no fue de área, sino que brotó de su mano un único haz de luz que impactó contra las mariposas que acababa de invocar Britney.

No era mi idea. Lo que yo tenía en mente era que las criaturas fuesen a por la bola de discoteca y despistasen a Imogen, pero esto también me servía.

El barullo de mariposas explotó sobre nuestras cabezas, a escasos tres metros.

Dónut, Mongo, Britney y yo salimos volando en diferentes direcciones.

Se me rompieron los tímpanos y todo quedó en silencio, antes de golpearme contra un cadáver enorme y muy pesado.

Un cazador. Un acorazado al que le faltaba la mitad de la cara.

Había pedazos de relleno de los peluches por todas partes, cayendo a nuestro alrededor como si fuesen ascuas.

En esta ocasión, la inconsciencia ganó la batalla y empecé a cerrar los ojos mientras sentía como si cayese en un túnel, como si un río embravecido me arrastrase.

Mientras me desmayaba, vi la sombra de Bianca la cabra dragón justo sobre mí, con Prepotente a lomos del animal y gritando sin que yo pudiese oírlo.

El mazmorrero se bajó de la montura con una poción burbujeante en cada mano.

El horrible hedor a carne quemada se apoderó del ambiente hasta que terminé por perder la consciencia.

…

¡Ganador!

…

Misión completada. La venganza de la hija.