La mascarada del carnicero (Carl el Mazmorrero 5) Capítulo 76 #2
93%

Capítulo 76 #2

Toqué el suelo y aterricé dentro de una montaña de insectos que me llegaba hasta las rodillas.

No veía un carajo. Una velocirraptor con los restos sanguinolentos de su disfraz de langosta colgándole del cuello pasó sobre mí y rebotó contra algo que no alcancé a ver.

Ahora que Kiwi se había marchado, todas habían pasado a convertirse en criaturas que nos aparecían rojas en el minimapa, fieles únicamente a sus instintos.

—Mierda —grité, al tiempo que me agachaba para evitar una ola de insectos que empezó a caer sobre mí.

Usé Caparazón protector. Insectos, elfos, dinosaurios y unos cuantos cazadores salieron despedidos en todas direcciones cuando apareció el escudo, que ahora era enorme y creó un cráter en cuyo interior había cadáveres y mazmorreros.

Cerca del límite del conjuro, Dónut gimoteó mientras sanaba a Mongo, que había resultado herido a causa de la caída.

Imani aprovechó el breve alivio para acercarse a algunos mazmorreros y sanarlos.

Nos reagrupamos y nos separamos para acercarnos a la deidad, que se encontraba a escasos treinta metros, contra la pared.

El otro grupo se giró y se preparó para enfrentarse a Imogen.

Un escudo similar al mío apareció a unos quince metros de distancia. Brillaba como un faro en mitad de la niebla. Era más pequeño y lo había lanzado un cazador. Vi cómo una mazmorrera había salido volando y empezado a gritar a causa de la magia. Desapareció en la oscuridad y cayó entre las zarzas.

Plic.

—¡Allí! —gritó Imani mientras señalaba. Salimos del área de efecto del Caparazón protector, luchando y avanzando entre cadáveres en dirección a la estrella que había aparecido en el mapa, que se encontraba en el rincón más alejado.

La sangre flotaba en el ambiente. Casi no podía ni respirar y empecé a toser mientras vadeaba cadáveres, con sabor metálico y a chamusquina en la boca.

Alguien había lanzado Nube de veneno, y los mazmorreros que nos rodeaban habían empezado a toser; los que no tenían inmunidad al efecto tuvieron que sanarse constantemente.

Había dejado de oír la música. Lo único que escuchaba eran los gritos aterrorizados de los elfos, los cazadores, los mazmorreros, los insectos y los dinosaurios, que no dejaban de luchar y morir.

Los conjuros revoloteaban a nuestro alrededor en todas direcciones, rebotando, explotando y acabando con todo.

Vi a una velocirraptor en el suelo, herida a causa de la caída.

«Lo siento —pensé mientras Elle la congelaba—. Siento no haberos podido salvar a todos».

Una flecha me atravesó de repente el antebrazo izquierdo y se me clavó en el pecho.

Solté un grito ahogado y caí al suelo. Una mantis moribunda, que también estaba en el suelo, me golpeó mientras escupía sangre.

Después apareció un elfo de la oscuridad, con una espada curva entre las manos, pero el tipo voló por los aires con el cráneo abierto tras recibir el impacto de un martillo de meteorito.

El arma había pasado a escasos centímetros de mi cabeza.

Le di un cabezazo a la mantis que tenía al lado y le hundí el cráneo.

«Vaya —pensé mientras empezaba a perder la consciencia—. No sabía que podía hacer eso».

Justo antes de que el sueño se apoderase de mí, un conjuro de sanar de grupo me sacó de mi ensimismamiento.

Había sido Dónut. Iba a lomos de Mongo y cantaba a pleno pulmón.

Alcé la vista a los Popov, que estaban de pie a mi lado para protegerme mientras me recuperaba.

Me saqué la flecha del cuerpo y grité mientras se me regeneraba la carne.

—¡Cuidado! —intenté advertir, pero no conseguí que sonase demasiado alto.

Una silueta llameante atravesó la oscuridad.

Era un sambar, una de las monturas de los elfos, cubierta de ninfas que no dejaban de desgarrarlo y gritar.

El ciervo no corría, sino que algo mágico lo había hecho volar y giraba como una rueda que se hubiese desprendido de un vehículo al chocar.

Era un conjuro, algo que había lanzado Imogen.

La criatura se abalanzó directa hacia Dmitri y Maxim Popov, y los cuernos atravesaron el cuerpo del ogro de dos cabezas como si estuviese hecho de papel.

Ocurrió demasiado rápido. Me cayó encima un chorro de sangre.

El mazmorrero doble cayó al suelo a mi lado, mientras la montura llameante seguía volando descontrolada y desapareció en un caos de sangre, fuego y gritos.

—Echo de menos a mi gato —dijo Dmitri justo antes de cerrar los ojos.

Apareció una notificación, pero la cerré.

Vi cómo desaparecían más puntos de mazmorreros en el mapa.

Solo quedaban cinco cazadores, y no dejaba de oír el rugido de la escopeta de Florin.

Sonaba bastante lejos. Vi el chorro del lanzallamas de Ren en ese momento, que iluminó la oscuridad y atravesó la niebla como si fuese una grieta de llamas en la realidad.

Garret, su Dolor de barriga, estaba junto a ella.

Lo vi recortado contra las sombras, y de la boca gigantesca brotaban unas piernas de elfo o de cazador.

Las mántides y los elfos que los rodeaban se quemaron como madera seca.

Una velocirraptor en llamas saltó sobre Imogen, pero la dinosaurio explotó en mitad del aire y todo a su alrededor quedó cubierto con sus vísceras.

—Carl —dijo Katia, que apareció de repente a mi lado y me ayudó a ponerme en pie—. Tengo que ir a ayudarlos con Imogen. Daniel y Tran están en apuros. Los están machacando.

—Yo ya he tenido que usar mi Caparazón protector —dije entre jadeos. Una montaña de unos cuatro metros de insectos nos separaba de la deidad, que seguía escondida en un rincón—. No sé si podré acercarme.

—Toma. —Se quitó el gorro que llevaba puesto, el que la Boticaria le había dado en una caja de benefactor, y me lo puso a mí. Resonó un pitido cuando el sistema lo detectó equipado—. Usa el conjuro para atravesar las ninfas. Y que Dónut esté cerca.

Asentí y llamé a Dónut. Apareció de repente a mi lado, sobre Mongo.

Estaba cubierta de sangre y tenía algunas desventajas, pero parpadearon y desaparecieron cuando Imani pasó cerca antes de volver a dirigirse hacia Imogen.

La reina recibió el impacto de un proyectil mágico, que la hizo tambalear, pero la salud no le bajó ni lo más mínimo.

—Carl, ¡me equivocaba con lo de que mi Carisma no estaba funcionando!

¡Mi habilidad Vampiro del amor es muy útil cuando lo tengo así de alto!

—gritó emocionada. La habilidad nunca había terminado por convencerla hasta ahora.

Detrás de nosotros, varios elfos se acercaron vadeando los cadáveres con unos pequeños corazones sobre las cabezas—.

¡Estos elfos se han enamorado de mí! No funciona con los insectos, eso sí.

«Dios, tenemos que conseguir que suba el Carisma permanentemente».

—¿Cómo va tu tiempo de recarga de pociones?

—¡Está listo! —gritó.

—¡Pues tómatela!

Un rayo rojo estalló a nuestro alrededor y nos electrocutó a todos. Fue más potente que el de antes. Algunos mazmorreros más desaparecieron al instante, y los elfos que habían estado controlados por Dónut un momento antes cayeron al suelo y la dejaron indefensa.

D ÓNUT : ME HA SUBIDO HASTA 15 Y LA BARRA DE ESE NIVEL SE HA LLENADO BASTANTE. ¡ME HAN DADO VARIOS LOGROS!

C ARL : Perfecto. Vamos allá.

El punto de Diwata estaba sobre la montaña de cadáveres. Teníamos que acercarnos, ya que necesitábamos que se encontrase en nuestra línea de visión.

—Espera cinco segundos y luego salta —expliqué a Dónut—. Lanza el conjuro en el momento en el que la veas.

Empecé a ascender por la montaña de cadáveres e insectos moribundos, a duras penas en aquella oscuridad humeante.

El lugar había empezado a calentarse por momentos.

Todo estaba en llamas. Una flecha perdida se me clavó en la parte trasera del muslo y grité.

Conseguí llegar a la parte superior de la montaña justo cuando un grupo de insectos se abalanzó sobre mí.

Lancé el conjuro del gorro de Katia, Necesito espacio para mí, que los hizo volar en todas direcciones como si fuese una versión en miniatura de Caparazón protector.

Mongo y Dónut saltaron en ese momento y todos empezamos a flotar hacia delante hasta aterrizar frente a la deidad.

—¡Que os den! —gritó Circe Took desde su rincón. La deidad había dejado de dar a luz y empezó a cambiar y a transformarse en algo monstruoso.

Empezó a correr, pero no lo hizo lo bastante rápido.

Dónut lanzó Día de colada.

Le había recomendado que empezase a entrenar sin descanso el conjuro, que servía para eliminar armaduras, todos los días, y llevaba semanas haciéndolo.

Había conseguido subirlo hasta nivel 9 por su cuenta.

Justo antes de la fiesta la había obligado a tomarse la poción de Llantos de Pawna que habíamos conseguido hacía poco, que le sirvió para subirlo hasta 12 sin que nadie se enterase.

Pero necesitaba llegar hasta 15.

La nota de mi patrocinador aseguraba que teníamos que usar las mejoras de Prepotente, Imani y Samantha para aumentar temporalmente los tres niveles que le quedaban a la habilidad de Dónut.

Con Prepotente no había habido problema, pero no habíamos conseguido conjuros ni mejoras de Samantha a pesar de todo lo que habíamos insistido.

Además, a saber dónde estaba ahora. Pero no pasaba nada. Teníamos un plan alternativo.

Me parecía un desperdicio usar mi poción de Llantos de Pawna más poderosa, que aumentaba la habilidad 5 puntos adicionales, pero mi patrocinador me había asegurado que me la repondría en caso de tener que hacerlo. Esperaba que fuese el caso. Quería guardarla hasta que la necesitásemos de verdad.

El conjuro Día de colada no le hacía daño a la deidad. La única forma de quitarle la armadura hubiese sido subirla hasta nivel 20, algo imposible teniendo en cuenta que 15 era el máximo para Dónut en aquel momento.