Capítulo 75
Ocurrieron muchísimas cosas al mismo tiempo.
—¡A los ojos! —gritó Dónut.
Las velocirraptores graznaron al unísono y saltaron del escenario para aterrizar entre los cazadores sorprendidos.
Una de las criaturas, vestida de pez globo, salió despedida por los aires y aterrizó sobre un dracónido al que luego degolló hasta decapitarlo.
En ese instante, Mongo y Kiwi cayeron sobre Vrah, quien gritó rabiosa mientras los cazadores huían y aullaban a su alrededor.
—¡Sorpresa, hijos de putaaa! —gritó Samantha, que cayó de uno de los rincones del techo.
Se deslizó al interior de la estancia surfeando una ola de vísceras de insecto que caía como gachas de avena por un agujero del techo, agujero que no conseguí ver.
Cayó al suelo y empezó a rodar, hasta pasarme entre las piernas y lanzarse por los aires para aterrizar entre Kiwi y Mongo.
En ese momento, empezó a morder a la moribunda Vrah.
—¿Me recuerdas, pedazo de zorra? —Mordió con fuerza a la mantis.
Al mismo tiempo, unos géiseres de sangre y restos de insecto brotaron del suelo y entraron en nuestro salón de baile.
En el mejunje había también ninfas de mantis vivas que chillaban y se preparaban para atacar.
Las criaturas tenían dos tercios del tamaño de las normales y una tercera parte de su fuerza, pero había muchas.
Tina rugió y también se bajó del escenario de un brinco, pero desapareció al hacerlo.
Ahora era la única que se encontraba en el salón de baile B, sin contar los trabajadores y los encargados de los animales, que no veíamos pero seguro se habían quedado muy sorprendidos.
Como era de esperar, apareció un elfo de repente en el escenario, momento en el que Tina también hizo acto de presencia y le pegó un mordisco que lo partió por la mitad.
La criatura volvió a rugir mientras la sangre salpicaba toda la tarima.
Los tatuajes sin cuerpos habían empezado a arremolinarse alrededor de Imogen, quien gritaba de rabia mientras el tornado empezó a envolverla como si de una crisálida se tratara.
—¡Te protegeré, esposa mía! —gritó Ferdinand, pero justo en ese momento titiló y desapareció.
A nuestro alrededor, los cazadores no dejaban de morir. Pero no todos. Muchos habían empezado a escapar como ratas a través de las puertas de su salón de baile que se habían abierto. Miré las puertas del nuestro y vi que no dejaban de entrar mántides que nos bloqueaban la salida. Gruñí.
El caos se apoderó de la situación mientras la sangre y las vísceras seguían rezumando al interior de la estancia por el techo y por el suelo.
Los Popov agitaron su martillo de meteorito a su alrededor, girando y gritando mientras acababan con todas las ninfas que se les cruzaban.
Prepotente tenía unas pociones en las manos, que tiró en ese momento.
Li Na corría por la estancia tirando cadenas, mientras su hermano bailoteaba sobre ellas y destrozaba a los insectos.
Una pareja de monstruos invocados con brazos que eran motosierras flanqueaba a Bautista mientras el hombre tigre avanzaba por la habitación.
Florin se había colocado en una esquina, escopeta en ristre, y no dejaba de disparar.
Los estallidos tenían cierto deje rítmico.
Lucia se escondía asustada detrás del cocodriliano y se tapaba los oídos con las manos. Gritaba de puro terror.
I MANI : Tenemos que salir de esta habitación.
C ARL : Dos minutos. El conjuro Agujero de Dónut no va a funcionar. Debajo de nosotros solo hay ninfas. Y todos los pasillos de salida están bloqueados.
I MANI : ¿Dónde está Diwata?
D ÓNUT : LA VEO EN EL MAPA. ESTÁ JUSTO DEBAJO DE NOSOTROS. NO SE MUEVE.
Los tatuajes que acosaban a Imogen no se habían convertido en esas enormes criaturas tamaño edificio, como hacían siempre.
Tampoco en monstruos bidimensionales. Pero justo en ese momento se formó un ogro cabecenco de tres cabezas, que cayó al suelo con un estruendo y rugió de rabia.
El nombre DI-WE, GOLEM DE LA MEMORIA apareció sobre las cabezas de la criatura.
Intentó golpear sin éxito a la forma incorpórea de Imogen.
Después, un gigantesco tiburón martillo tamaño Tina cayó al suelo, sin flotar por el aire como hacía normalmente.
Empezó a agitarse y a rodar con rabia, entre dinosaurios y cazadores, para morder sin descanso a toda ninfa que estuviese en el mismo salón de baile que nosotros.
También apareció otra criatura de los tatuajes, un dragón serpentino, pero apenas tenía el tamaño de mi brazo.
Alzó la cabeza directa hacia el techo y disparó hacia arriba un haz de luz, que impactó en el borde del mosaico móvil de Escolopendra e hizo que este se resquebrajase y se detuviese.
El dragón rugió y se alzó por los aires para luego desaparecer.
Solo quedaba un minuto antes de que la reina Imogen recuperase el control de la situación. La estancia aún estaba cubierta de humo. Los tatuajes reanimados de Signet no podían hacerle daño.
¡Crac! Un rayo rojo que brotó de Imogen se extendió por la estancia, en todas direcciones al mismo tiempo. Noté un fuerte golpe en el cuello.
—¡Aaarg! —grité en el momento en el que me bajó la salud. Todas las criaturas del salón de baile se quedaron estupefactas.
El ataque no había sido muy poderoso, pero había impactado en todos al mismo tiempo.
Me acerqué al lugar donde se encontraba Vrah tirada en el suelo, desangrándose.
Mongo y Kiwi, que también tenían muchas heridas sangrantes, le habían arrancado las extremidades.
Uno de los ojos compuestos de Vrah había quedado perforado y los restos parecían los de una colmena rota.
Un líquido blanco rezumaba de sus heridas y se había empezado a acumular a su alrededor.
—¿Cómo? —consiguió articular la cazadora.
—Kiwi —dije—, vuelve al escenario. Rápido. Mongo, acaba tú con ella en mi lugar. Y que duela.
Kiwi presionó la cabeza contra Mongo durante un breve instante. Lo sabía. Sabía que aquella era la despedida. Se dio la vuelta y volvió al escenario mientras nuestro dinosaurio rugía contento y volvía a hundir la cabeza en Vrah.
Oí el resonar de la interfaz para indicarme que había completado con éxito la marca.
La característica más alta de la cazadora era la Destreza.
Eché un vistazo en busca de otro objetivo, pero no había ninguno con la salud al máximo y muchos de los cazadores eran adoradores de Emberus.
Imogen era la única a la que aún le quedaba toda la vida. Me quité el anillo por el momento.
—Samantha —grité—. Si no te vuelvo a ver, ¡muchas gracias!
—¿Adónde voy a ir? —preguntó ella. Había conseguido arrancar un pedazo del cuerpo quitinoso de Vrah, que escupió en ese momento. Tenía el pelo quemado al completo y el aspecto de una Barbie decapitada que hubiesen sacado de un incendio—. ¿Estás rompiendo conmigo? ¿Es por Louis?
—¿Qué? ¡No! —dije mientras me agachaba para esquivar el proyectil mágico de uno de los nuestros.
Una ninfa voló hacia mí y le di un puñetazo en la cabeza.
Explotó, pero consiguió arañarme con las patas antes de hacerlo.
Grité de dolor. Intenté golpear a otra, pero mi puño la atravesó por completo.
No estaba en el mismo salón de baile—. Estás en el castillo.
Te vas a teletransportar con el conjuro. ¡Noventa segundos!
—¿Dónde está Signet? —gritó Samantha—. ¡Tiene que darme mi cuerpo!
—Ha muerto —comenté—. Se suicidó para salvarnos.
—¿Qué? —gritó la cabeza, sorprendida—. Mataré… —Se quedó en silencio cuando vio algo. Empezó a rodar en dirección al escenario.
El llanto de un niño me llamó la atención en ese momento.
Me agaché para esquivar a una ninfa voladora y le di a una patada a otra, que cayó junto a los tres recién llegados que estaban muy asustados junto a mí.
No todos los tatuajes de Signet eran guerreros.
El joven y peludo Clint lloraba mientras se aferraba al delantal de la señorita Nadine, que estaba igual de aterrorizada.
La mujer chee, que parecía una enana, antes había sido oruga.
Y antes de eso profesora de niños. Estaba acurrucada junto al niño que era Clint, sin saber muy bien qué hacer.
Ambos habían recibido el impacto del rayo, por lo que la salud de Clint estaba a punto de agotarse.
El instinto me hizo sacar una poción de salud y tirársela.
Él la agarró con las dos manos y se la bebió. Me sorprendí al ver que funcionaba.
También había otra persona por allí cerca. Una náyade bocabajo en el suelo. La criatura tenía los ojos cerrados, como si estuviese durmiendo. Era la madre de Signet, el recuerdo encarnado que esta tenía de ella, al menos. El mensaje sobre su cabeza rezaba:
Princesa Lunette. Gólem de carne incompleto.
—Prima —dijo Samantha. Empujó al gólem con la cabeza quemada—. ¡Despierta, prima!
—Nadine —dije—. ¿Cuánto tiempo os queda?
—Somos inmortales —dijo entre jadeos—. Ella nos dio… Nos dio vida.
—Entonces también os teletransportaréis. Puede que sea un poco brusco, chicos.
Iba a ocurrir de un momento a otro. Nadine, que no había dejado de jadear, señaló la figura bocabajo de la princesa Lunette.
—Signet quería que te hicieses con el gólem. Se llevó el recuerdo con ella. Solo dejó el cuerpo. Ayuda a Samantha. Busca a un papillamante.
—¡Guárdalo, Carl! ¡Guarda el cuerpo! —aulló Samantha, que empezó a brincar de un lado a otro como una pelota de baloncesto. Le di una patada a otra ninfa.
Agarré el cuerpo de la madre de Signet. No pesaba nada. Y tampoco estaba viva. No aparecía en el minimapa. Lo guardé en el inventario.
Bajé la vista y sonreí a Samantha.
—Ya encontraremos la forma de ayudarte cuando nos volvamos a ver en el noveno…
—¡Y una mierda! —dijo Samantha. Dio un salto y empezó a flotar mágicamente, antes de salir disparada como un cohete y abrir un agujero en el suelo.
¿Qué cojones?
Nadine agarró a Clint y lo aferró entre los brazos.
Todos nos agachamos cuando uno de los escopetazos de Florin impactó contra una columna y dispersó virutas de madera por todas partes.
Katia se había transformado en torreta centinela y no dejaba de disparar.
Llegaban más y más ninfas a cada momento.
—¡Imbéciles! —gritó Imogen, que agitó los brazos para abrirse paso entre los tatuajes guerreros. Uno de ellos era un calamar que había adquirido forma y empezaba a alzarse hacia el techo.
Las manos de la reina empezaron a brillar, momento en el que agitó la izquierda con brusquedad y me rompió el brazo. Sin más. Grité de dolor antes de volar en dirección a ella, mientras seguían rompiéndoseme otros huesos del cuerpo.
—Aaarg —gritó Imogen cuando apareció de repente un borrón naranja que era Ferdinand y le dio un golpe en la cabeza. La reina se tambaleó y yo caí al suelo. El hueso roto del brazo me había atravesado la piel.
Ferdinand salió volando dejando tras de sí un rastro de sangre después de que Imogen le diese un revés de mano. Él cayó hacia un lado, mientras que su gorro voló hacia el contrario. Chocó contra el suelo, maulló y desapareció.
Me lancé un Sanar y me levanté mientras se me soldaban los huesos, como si fuesen un cristal recomponiéndose. Me tambaleé y conseguí mantenerme en pie a duras penas. Venga, venga. Imogen iba a recuperarse en cualquier momento.
—¡Kiwi! —gritó Dónut, que seguía sobre el escenario—. ¡Ven aquí! ¡Agacha la cabeza!
Kiwi se acercó a Dónut, quien extendió las patas y cogió una de las burbujas que rodeaba la nuca de la dinosaurio. La apretó con fuerza y explotó la pelota de pociones que había dentro.
Gran Tina volvió a aparecer sobre el escenario mientras la poción Lo retiro… que había en la pelota se derramaba sobre la velocirraptor. El efecto fue instantáneo. Kiwi se tambaleó y luego se puso en pie, transformada ya en osuna. Ocurrió más rápido de lo que pensaba.
La osa se enderezó del todo, desnuda a excepción de las burbujas de papel maché restantes. Se miró las patas, sorprendida, y el resto de los velocirraptores rugieron al unísono. Los puntos blancos pasaron a ser rojos en ese momento.
Al ver la transformación de su madre, Tina rugió. Después lo hizo de nuevo. Y una tercera vez, pero en esa ocasión el sonido fue muy similar al de unas palabras. Luego lo hizo una cuarta.
—¿Mamá? ¿Mami? ¿Dónde estamos? ¿Mami? ¿Mami?
Se quedó transformada en alosaurio.
Misión completada. El recital.
E L M AZO : Cinco segundos. Adiós.
Miré a Dónut a los ojos. Estábamos rodeados de sangre, vísceras y muerte.
—¡Las pociones! —grité. Tenía la habilidad Cuarto de caída del aro para los pezones, pero no confiaba del todo en ella.
Me bebí una poción de caída de pluma. Las había sacado de la caja junto a otras cosas más cuando me había metido en el cubo personal de estancia segura de Prepotente.
Aún le quedaba una carga en la varita y me había permitido usarla.
A cambio de dejar que se uniese a nuestro grupo durante un día o dos.
Pum.
Todo se quedó paralizado.