Capítulo 74
Se abrió el telón del escenario y apareció Dónut, sola sobre la tarima.
Volvía a llevar ese micrófono de pinganillo falso.
Ferdinand estaba sentado en la mesa del centro, delante de los tres miembros del jurado, con ese sombrero ridículo, la vista fija en Dónut y sin dejar de agitar la cola de un lado a otro.
Le entregué una poción de Caída de pluma a un mazmorrero.
D ÓNUT : Me he tomado la poción de encanto. ¡Ha funcionado!
—¡Vamos, nena! ¡Tú puedes! —gritó Ferdinand desde la mesa. Luego miró a la emperatriz D’Nadia y dijo—: Esa de ahí es mi chica.
Algo parpadeó en mi interfaz.
Sir Ferdinand, secuaz de la Princesa Dónut, se ha unido al grupo.
Dónut carraspeó. El escenario se quedó a oscuras y luego apareció un foco sobre ella, centrado en exclusiva en su pequeña silueta. La tiara resplandeció al reflejar la luz.
—Me llamo Princesa Dónut —dijo con voz amplificada, pero susurrante al mismo tiempo. No había sacado la partitura. No la necesitaba—. Voy a cantar algo. Es una canción que siempre me cantaba mi madre. Se llama Todos me miran .
Detrás del escenario, se oyó el rasgueo de una guitarra.
Era Britney, quien resultó ser toda una virtuosa con el instrumento.
Los Popov tenían la guitarra en el inventario, ya que la habían encontrado en la sala de un jefe hacía mucho tiempo.
Una triste melodía de tonalidad menor se extendió por la estancia.
Sonaba barroca y llena de detalles a pesar de la cuerda que le faltaba al instrumento.
Dónut respiró hondo y empezó a cantar:
Mi niñita, mi niñita, qué buena es mi princesa.
Mi zarzaparrillita con helado. Oh, sí. Oh, sí.
Te apartaría de todo y no te dejaría ganar. Jamás lo repetiría.
Te quiero. Te quiero. Lo siento, princesa mía.
Todos me miran.
Todos me miran.
Mientras cantaba aquel sinsentido repitiendo la misma estrofa varias veces, la misma puñetera canción que Bea solía cantarle cuando estaba borrachísima, la gata empezó a avanzar hacia la parte derecha del escenario.
La voz se alzó entre la multitud. Era lo más bonito que había oído jamás.
La letra no tenía sentido, pero Dónut cantaba con una tristeza y un anhelo que era como si una mano se me hubiese metido en el pecho para retorcerme el corazón. El foco se apagó en ese momento.
—Madre mía —dijo Elle—. Es buenísima.
El conjuro hizo exactamente lo que esperábamos de él.
Todos los que estaban presentes en la habitación quedaron hechizados por la gata sin darse cuenta.
Y eso incluía a los cazadores, los mazmorreros y hasta a la mismísima reina.
La verdad es que tampoco es que nos sirviese de mucho, pero era perfecto para la ocasión.
Hacía que todo el mundo centrase su atención en una persona designada por el lanzador.
Britney dejó de tocar tras dejar sonando el último acorde. Después, empezó con otra canción. Era más rápida, más intrincada y barroca aún.
El foco volvió a aparecer en el escenario, centrado ahora en Gran Tina, quien se encontraba en el centro de la tarima.
La multitud soltó un grito ahogado al ver la aparición repentina de la dinosaurio gigante.
El conjuro había terminado de lanzarse, y el público se había quedado paralizado y absorto.
A pesar de lo horrible que resultaba ver el agitar de la carne de insecto bajo nuestros pies y sobre las cabezas de los cazadores, todo el mundo había pasado a quedarse mirando el escenario.
El foco tenía una tonalidad azul, lo que hacía que la estancia pareciese iluminada por la luz de la luna. El brillo de la piel de Signet triplicó su intensidad.
Gracias al Carisma inusitado de Dónut, todos habían quedado afectados por el conjuro. Todos, incluyendo Imogen y yo mismo. La única que parecía ajena a todo era Signet, quien seguía a mi lado brillando cada vez más. Nadie se había dado cuenta de que estaba lanzando su conjuro.
Seguían con la mirada fija en el escenario.
En un primer momento, íbamos a aprovechar aquel instante para colocarnos en distintas posiciones dependiendo de cuál fuese el plan de huida. El plan de huida D podía llegar a considerarse un escape algo… caótico.
La enorme dinosaurio dio un paso titubeante al frente. La boa rosa que le colgaba del cuello estaba recién lavada. Y también tenía la varita en una pata, varita que vi que estaba brillando. Al parecer, Dónut le había lanzado el pergamino de Recargar varita.
La dinosaurio la miró obnubilada para luego ponerse a agitarla. Unas chispas revolotearon por los aires. Tina pegó un brinquito de emoción que hizo temblar el escenario y luego empezó a girar.
La varita no solo servía para soltar chispas, ya que contenía otro conjuro de encanto para que la actuación llamase la atención del público.
Era muy parecido al conjuro de Dónut, pero tenía una pequeña diferencia.
Los espectadores, que ya tenían la vista fija en la dinosaurio, habían quedado del todo embelesados.
No estaban obligados a contemplarla como si fuesen zombis, pero habían quedado afectados por un conjuro llamado Recital cuyo efecto era hacer que todo el mundo estuviese feliz.
Hacía que tuviesen ganas de estar allí, de mirar el escenario.
Era como si aquello fuese algo que llevaban esperando mucho tiempo.
Sentí tranquilidad. Esperanza. Y también lágrimas a punto de derramárseme por las mejillas.
Arcillez y Muy Taciturno, los dos cretinos, aparecieron a ambos lados del escenario, cada uno con un palo que llegaba hasta el techo.
Entre ellos había una tela, la vela mayor de un navío que Elle tenía en el inventario, en la que habíamos pintado un mar revuelto.
Se alzaba hasta el techo y no nos dejaba ver la parte de atrás del escenario.
Según Prudence, que había fallecido la pobre, la canción que iba a bailar Tina antes de que ocurriese todo esto se llamaba Balada de los mares , e iba sobre una especie de osos tritones y sirenas.
Tina volvió a girar, lo que hizo que se alzasen más chispas, para luego ponerse a brincar por el escenario.
—Cuando veas a mi familia —dijo Signet, que hablaba con los dientes apretados a causa del esfuerzo de lanzar el conjuro—, diles que lo he hecho por voluntad propia.
Vrah fue la primera en darse cuenta de lo que estaba ocurriendo. O tenía inmunidad al conjuro de encanto o había terminado por fijarse en la náyade reluciente que había a un lado en el salón de baile. Gritó y empezó a acercarse a toda velocidad mientras señalaba a Signet.
C ARL : Mazo, vamos allá.
E L M AZO : Lanzar conjuro. Un minuto para cántico y cinco para efecto.
C ARL : Mazo, estás dentro de castillo. Está bien, pero significa que te teletransportarás al noveno piso con todos los demás.
Ferdinand el gato incluido. Eso puede ser un problema, así que ten cuidado con él.
Cuando llegues, puede que te ataquen una especie de zombis.
Lo bueno es que los integrantes de las facciones no tendrán permitido hacerte nada, por lo que con suerte estarás a salvo.
Vas a sentirte muy enfermo durante al menos un día, pero tendrás mucha gente a tu alrededor que te protegerá.
Gracias por todo. También por cuidar de Dónut.
Nunca olvidaré lo que has hecho hoy por nosotros.
E L M AZO : No dejar que Bomo superar mi récord en Frogger.
C ARL : Desenchufaré la recreativa nada más llegar.
E L M AZO : Bien.
Los dos cretinos que sostenían la tela que hacía las veces de fondo avanzaron por el escenario, lo que obligó a Tina a acercarse al borde, donde volvió a girar y expulsó de nuevo una lluvia de chispas.
Después, soltaron la tela y dejaron al descubierto una fila de treinta velocirraptores, además de Mongo y Kiwi.
Todas llevaban unos disfraces ridículos hechos a mano en la cabeza, que les daba el aspecto de criaturas marinas, como anémonas, estrellas de mar y muchas cosas más.
Se suponía que una de ellas era una gamba; estaba bastante seguro, pero la criatura se había metido las antenas del disfraz en la boca y no dejaba de masticarlas.
Otra era una almeja y tenía una máscara que le cubría los ojos, por lo que no dejaba de girar en círculo sin saber muy bien qué hacer.
No paraba de darle con la cola a la dinosaurio que tenía al lado, que graznaba con fuerza.
Mongo tenía un disfraz de cangrejo que se le había caído alrededor del cuello. Kiwi estaba cubierta de burbujas de papel maché blanco, a modo de collar de perlas.
Parte de un disfraz, unas algas, cayeron del techo lentamente después de que las cortasen por la mitad accidentalmente.
La fila poco regular de velocirraptores bailaba de un lado a otro al son de la guitarra.
C ARL : Britney, tienes que salir de la parte de atrás del escenario. Vamos.
La guitarra dejó de sonar, pero los dinosaurios siguieron moviéndose por el escenario.
D ÓNUT : LISTA. SOLO TENÉIS QUE AVISAR.
I MANI : Todos los que estén en la parte derecha de la estancia, moveos a la izquierda. Estad pendientes de las baldosas y colocaos sobre las que estén ahí de verdad.
Signet extendió el brazo y me apretó la mano con gesto cariñoso.
—Carl —dijo. Ya no podía mover el cuello y los tatuajes se movían a toda velocidad por su piel—. No tendrás un cuchillo por ahí, ¿no?
—Sí que lo tengo —respondí. Saqué uno del inventario.
Era el mismo que alguien había usado en el pasado para intentar asesinar a Dónut.
Se lo entregué por el mango. En ese momento también me puse disimuladamente la muñequera del brazalete.
A mi alrededor, el resto de los mazmorreros fueron sacando las armas lentamente.
—Gracias —dijo Signet. Alzó una mano reluciente y me la colocó sobre la mejilla—. Protege a tu familia y cuida de la mía.
Los cazadores, que no tenían ni idea de lo que estaba pasando, empezaron a gritar. El efecto del conjuro de encanto se había disipado al fin.
Imogen echó un vistazo alrededor y se sorprendió al ver cómo su hermana se sentaba a su lado, muy rígida.
—Solo me arrepiento de dos cosas —dijo Signet—. La primera es de no tener la oportunidad de despedirme de Grimaldi. Quizá algún día. Y la segunda es que yo no seré quien te mate hoy.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Imogen, muy asustada.
—Íbamos a marcharnos, ¿lo sabías? Mi madre y yo. Íbamos a marcharnos a una isla y dejar atrás todo esto. No dejo de pensar en ello.
Miró a su hermana a los ojos, sacó el cuchillo y se degolló allí mismo.
Todas las bellotas del árbol invertido cayeron del techo al mismo tiempo. Lo hicieron sin previo aviso y sin razón aparente. Todas cayeron y repiquetearon como disparos de arma de fuego.
En ese momento, el suelo se desgarró y Signet cayó hacia la Nada mientras Imogen la agarraba como si quisiese evitarlo.
Unos aullidos etéreos brotaron de la grieta que se había abierto, tras lo que se alzaron del lugar volutas y zarcillos negros. La estancia empezó a oler a azufre.
—Pues algo me dice que no va a haber tercera temporada —murmuró Elle.
—Psámate —aulló una voz apagada en la oscuridad, distante y hueca—. Psámate, estamos cerca.
El agujero en el suelo se cerró de improviso.
Signet había desaparecido, pero había quedado en el aire el contorno de su cuerpo formado por sombras negras.
Eran sus tatuajes, que revoloteaban descontrolados de un lado a otro.
La sangre de Signet también permaneció en nuestra realidad, expulsada de su carne de improviso y creando por unos instantes una silueta etérea que se alzó por los aires y empezó a girar y a girar sobre sí misma, hasta convertirse en un tornado que cada vez se hacía más grande.
Aviso: Apito os ha dado la espalda. Se ha roto el sello. No se ha podido lanzar la Mascarada del Carnicero. Esta estancia ya no está protegida.
Se acabó la fiesta.
Un rayo estalló cerca de los tres miembros del jurado, que desaparecieron al instante. Chaco, que se encontraba al fondo del salón de baile, también desapareció.
Saqué el Anillo de sufrimiento divino del inventario y me lo puse. Luego marqué a Vrah y saqué dos cortinas de humo. Las sostuve en las manos como si fuesen dos granadas y las tiré al suelo al mismo tiempo.
C ARL : ¡Vamos!