Capítulo 69 #2
Un mazmorrero salió al escenario en ese momento.
Era el mismo que había visto antes saliendo de la segunda caravana.
No recordaba su nombre ni podía examinarlo desde el lugar donde me encontraba.
Estaba muy seguro de que era uno de los brasileños.
No tenía mucha información sobre su grupo, que se llamaba equipo Flamengo, pero sabía que aquel tipo se había puesto todos los puntos de característica en Destreza.
Llevaba un halcón al hombro. Lo iluminaron con un foco y se quedó allí sobre el escenario, sin decir nada durante varios segundos.
—Esto… —comentó incómodo, con la voz amplificada que reverberó por toda la estancia—. Este es Gimli, mi halcón de piedra. Puede convertir a la gente en piedra. Ayer se lo hizo a un cazador, y luego yo le di una patada y se hizo añicos.
Varios mazmorreros vitorearon al oírlo.
—No recomiendo que lo hagáis. Después no se pueden saquear.
Elle apareció de repente a mi lado, mirando también los objetos. Ella había conseguido un total de siete manos.
—Esta fiesta es una mierda —dijo sin dejar de mirar la vitrina.
Después se giró hacia los cazadores y gritó—: ¡Eh, tú!
—le dijo a uno que estaba solo y bastante cerca.
Era un humano sin pelo y sin cejas, que iba por ahí nervioso con una copa entre las dos manos.
Un cimera. Se señaló el pecho con gesto inquisitivo para confirmar que le hablaba a él.
—¡Sí, tú! ¡Ven aquí! Quiero preguntarte algo. Antes vi una cosa muy chunga y no puedo dejar de pensar en ello. —Elle se dirigió hacia él sin elegir ningún premio.
El resto de los cazadores no se había alejado de la mesa de bufet. Vrah gritaba algo a un grupo, que también le respondía entre gritos.
—Se acabó —le decía uno de ellos—. Déjalo ya. Solo queremos volver a casa.
Vrah me miró y siseó para mandar a callar a los demás.
Sobre el escenario, el halcón de plumaje marrón graznó y extendió las alas para dejar al descubierto los colores iridiscentes de debajo.
—Cabrones con suerte —dijo el tipo desde el escenario al tiempo que señalaba a los cazadores, como si cada vez se sintiese más confiado—. Gimli os hubiese jodido bien si os hubiese encontrado.
D ÓNUT : ¿HAS VISTO? EL TIPO NI SE HABÍA PREPARADO EL NÚMERO. EL PREMIO ES MÍO.
Volví a centrarme en la vitrina. Miré las cosas que costaban veinte manos. Había más grimorios, varitas mágicas y otros objetos mágicos variados, como la ficha aquella que había comprado Zabit.
C ARL : ¿Qué es un escudo desplegable?
M ORDECAI : Es un objeto desechable. Se parece a tu Caparazón protector, pero dura una hora y se puede romper si se le hace mucho daño.
También se puede encender y apagar en cualquier momento, pero cuando se le acaba la batería se vuelve inservible.
Es un buen premio, pero solo funciona en el suelo y no te lo puedes fijar en el cinturón y correr con él puesto.
Tampoco sirve contra la magia, pero sí contra explosiones.
Aunque lo cierto es que una sola de las tuyas podría ser suficiente para romperlo y matar a quienquiera que esté en el interior.
C ARL : También hay una varita de encoger como la que tenía Zhang. Diez cargas.
M ORDECAI : También es una buena elección. ¿Hay alguna partitura?
C ARL : Sí. Hay unas pocas y cuestan diez manos, pero no las he examinado.
M ORDECAI : Pregúntale a Chaco si hay alguna parecida a su conjuro de escape.
—Una cosa… —dije—. Mordecai quiere saber si vendes alguna partitura parecida a tu conjuro de escape.
Me miró con ojos sorprendidos.
—¿Tienes una barda en tu grupo?
—Sí —respondí—. Ahora Dónut también canta.
—¿Y se le da bien? ¿Afina?
—Pues… va mejorando. Tiene un profesor de canto en nuestro espacio seguro.
Él asintió.
—Es esa —dijo al tiempo que señalaba una partitura—. Diez manos. Es una canción de Pies en polvorosa. No es tan buena como Alas de hada, que es el conjuro del que está hablando él, pero igualmente no podría cantar ese con su experiencia actual. ¿Cuáles tiene ahora?
—Tiene un conjuro para curar a todo el grupo, uno de ilusión, uno de hielo que aún no le sale muy bien, uno psiónico que hace que le sangre la nariz y no le hace nada a los monstruos y una canción nueva con la que ha estado practicando.
Consiguió la partitura y la cantó perfectamente al segundo o al tercer intento.
—¿En serio? —preguntó—. Eso es impresionante.
—Es lo que me dijo ella —le aseguré.
Las partituras eran algo a caballo entre un pergamino y un grimorio, exclusivas de los bardos.
Podían usarse más de una vez y permitían cantar una canción que no estuviese en su repertorio.
El sistema ayudaba con la interpretación mientras la tuviesen delante, lo que facilitaba el proceso.
Aun así, seguía siendo algo un poco impredecible.
Si la canción se interpretaba bien y afinada, el conjuro se lanzaba sin problema.
Si no, la partitura se rasgaba un poco. Si se fallaba muchas veces, terminaba por romperse.
Si conseguías cantarla a la perfección con un tono perfecto, la canción se añadía a tu libro de conjuros de bardo, llamado repertorio.
La partitura de dicho conjuro no desaparecía, por lo que podías guardarla para hacer un dueto en otra ocasión o para venderla.
La canción que Dónut iba a cantar aquella noche le resultaba muy fácil porque era una que llevaba oyendo toda su vida.
Era todo un misterio, una de esas interrogantes del tipo «¿Qué fue antes, el huevo o la gallina?
». Pero tenía demasiadas cosas en las que pensar como para preocuparme más de la cuenta. Volví a girarme hacia la vitrina.
Solo había dos objetos que costasen treinta manos, ambos llamados AYUDAS PARA FUTUROS PISOS .
Una de dichas ayudas era una pequeña bandera a cuadros blancos y negros que tenía el nombre PRIMERA POSICIÓN EN LA PARRILLA DE SALIDA DEL SÉPTIMO PISO (AGOTADO) , y la otra era LIbrO DE ACERVO POPULAR DEL OCTAVO PISO (UBICACIÓN DE INICIO ALEATORIA.
EL TÍTULO COMPLETO SE REVELARÁ AL COMPRARLO) .
Había un cartel debajo de cada objeto que rezaba SOLO HAY UNO A LA VENTA .
—¿Quién ha comprado la mejora del séptimo piso?
—La cabra. Tenía treinta y tres manos. Fue mi primer cliente. Compró eso, la mejora de habilidad y una caja de pociones de maná. No hizo ninguna pregunta ni me habló. Se acercó, señaló las cosas y se las llevó.
También había varios conjuntos de armadura completos y de armas por cincuenta manos, aunque ninguno me servía. Había más grimorios, como Señor de la guerra o Gólem de sangre. Ambos eran conjuros que costaban 100 puntos de maná y, según Mordecai, no merecían la pena por ese precio.
Al fondo de la vitrina vi una gema pequeña y reluciente.
Por el holograma parecía tener el tamaño de una uva y ningún color en particular, pero igualmente brillaba al moverse.
Al principio creí que era un cristal de alma.
Estos perdían todo su valor cuando se usaban como fuente de energía, a menos que los usaras como explosivo.
Pero aquellos que no se habían usado eran valiosos y poco habituales.
No obstante, al examinar bien la gema vi que no era un cristal de alma en realidad.
C ARL : ¿Qué es un cristal conmemorativo?
M ORDECAI : Olvida todo lo demás y compra eso.
C ARL : No puedo. Cuesta cien manos. Es lo más caro. ¿Qué es?