La mascarada del carnicero (Carl el Mazmorrero 5) Capítulo 69
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Capítulo 69

Volví a girarme hacia el centro de la estancia.

Chaco el bardo seguía detrás de su mostrador de premios. El humano musculado y con cabeza de lobo me vio acercarme y se envaró como si se preparase para una pelea. Las alas de murciélago batieron una vez antes de quedarse inerte.

Ya no llevaba el ridículo traje de presentador de concurso de los años setenta, sino una armadura metálica pegada al cuerpo que lo hacía aún más intimidante.

El tipo había estado en el grupo de Mordecai cuando les había ocurrido algo cerca del final de su mazmorreo, algo que había hecho que a Mordecai le diesen ganas de asesinarlo.

También era aveceleste de nacimiento, algo que mi mente no conseguía procesar.

El cazador se giró para mirarme, y el cinturón le tintineó como si llevase cascabeles. No parecía tener boca: en su extraña cabeza se abrían lo que parecían ser una docena de fosas nasales y nada más, todas rodeadas de arrugas y bigotes gruesos sin ton ni son.

—Hola, Carl —saludó Zabit. Gesticuló una especie de lengua de signos con las manos y las palabras brotaron de algo que parecía llevar oculto entre la ropa.

Sonaban demasiado robóticas y asépticas—.

Te felicito por haber enfadado a Vrah, tanto que ha estado a punto de romper el sello de paz.

No sé qué hubiese pasado si hubiesen desterrado a alguno de nosotros a la Nada, pero estoy seguro de que no hubiese sido agradable.

¿Quién es la élite que acaba de entrar en la estancia?

—Ah, sí. Sé quién eres —dije al tiempo que me inclinaba sobre el mostrador de premios. Chaco estaba cerca, muy nervioso. Dio un paso atrás, como si tuviese miedo de lo que podía llegar a ocurrir a continuación—. Cuando llegué a este piso, me atacaron un puñado de comadrejas nocturnas. Eran tuyas.

—Sí —gesticuló—. Tenía intención de matar a la presa más valiosa cuanto antes, pero tus compañeros y tú terminasteis por matar a mis mascotas y acabasteis con mis posibilidades de ganar dinero esta temporada.

Aun así, he conseguido algunos cueros cabelludos.

Solo veinticinco. Los premios son muy buenos, aunque la mayoría no sirven para nada llegados a este punto.

Vender nuestros objetos ha resultado ser imposible.

Veinticinco. El tipo había matado a veinticinco mazmorreros. Me puso de muy mala hostia. Después pensé en Eva, que había conseguido matar el doble. ¿Le habrían dado a ella los cueros cabelludos? No se me había ocurrido hasta ese momento.

«No le sigas el juego —pensé—. No lo hagas. Solo va a servir para enfadarte más».

—¿Por qué lo hiciste? —pregunté.

Él ladeó la cabeza. Solo era un poco más alto que yo.

—¿Por qué hice el qué?

—Cazar mazmorreros. Viajar por todo el universo para dar caza y matar a alguien que tiene miedo y no quiere estar aquí, alguien más débil que tú. ¿Te hace sentir mejor? ¿Más poderoso?

—Cazo por la supervivencia de los atoll.

Mi pueblo no es muy fuerte ni somos muchos, pero somos orgullosos.

Cazo y recaudo dinero para llevarlo a casa, dinero con el que puedo pagar por el mantenimiento de nuestro hábitat.

No se nos considera ciudadanos, por lo que no tenemos derecho al oxígeno ni a la tierra.

Tampoco nos dan mucho trabajo. Sin esta oportunidad, nos veríamos obligados a firmar un acuerdo de protección con otros sistemas y vivir esclavizados.

Mi fracaso en esta temporada complicará las cosas a mi pueblo, y está por ver que sobrevivamos hasta la siguiente.

Es un riesgo que asumo siempre que vengo.

Y, respecto a la otra parte de tu pregunta…

No, no me hace sentir mejor ni más poderoso.

Algunos no disfrutamos de la violencia, pero es necesaria para nuestra supervivencia.

Entiendo cómo te sientes, yo estaría igual si estuviese en tu lugar.

Me había dejado sin palabras, pero un momento después dije:

—Siempre he pensado que el universo es tan grande que todos deberíamos tener derecho a vivir en un lugar que no sea inhóspito. No creo que sea muy complicado encontrar un sitio donde vivir tranquilos.

—Sería lo más normal, ¿verdad?

Después volvió a girarse hacia Chaco.

—Me llevaré el escudo desplegable por veinte cueros cabelludos. Y el paquete de invisibilidad por tres.

Chaco dio un paso titubeante hacia la vitrina.

—Te quedan dos.

—Ya te he dicho lo que me llevo.

—Aquí tienes —comentó Chaco. Extendió la mano hacia la vitrina y dejó caer sobre ella un dispositivo redondo parecido a una ficha de póquer, así como lo que parecía una caja con doce pociones.

Me fijé en que eran pociones de invisibilidad.

Los objetos de­saparecieron en una nube de humo—.

Se han añadido a tu inventario, por lo que no puedes usarlos aquí.

—Tengo el inventario lleno —explicó Zabit—. Nosotros no tenemos almacenamiento ilimitado como los mazmorreros.

—Lo sé. Los objetos aparecerán en una caja —dijo—. Asegúrate de cogerla antes del final del piso o no podrás llevártelos.

—Un momento —dije, sin dejar de mirarlos ambos—. ¿Qué ocurre cuando se derrumba el piso? ¿Os lo podéis quedar todo?

—Solo lo que llevamos en el inventario —explicó Zabit—. Y no podemos venderlo. Nos dan créditos por su valor en oro.

—¿Y a cómo está el cambio? —pregunté.

—Pues fatal. Es muy poco dinero. —Se giró para marcharse.

Detrás de mí, Theobold había vuelto a hablar sobre el escenario. Se puso a tartamudear hasta quedarse en silencio al ver a Signet, sentada orgullosa en primera fila. Luego consiguió recuperar la compostura. El espectáculo de mascotas estaba a punto de empezar.

—¿Por qué Mordecai te odia tanto? —pregunté a Chaco.

El hombre lobo negó con su cabeza aterradora.

—¿Qué tal, Carl? No tengo permitido contarlo aún.

La última vez que hablamos, te pedí que le pidieses perdón por lo ocurrido.

Me arrepiento todos los días, pero si no lo hubiese hecho todos estaríamos muertos.

También su hermano y él. Es lo único que comentaré.

—Se quedó en silencio, inseguro, y luego añadió—: Es algo muy común en la mazmorra.

Si sobrevives el tiempo suficiente, se las apañan para conseguir enfrentarte a tus compañeros de grupo.

Lo hacen siempre. Te arrepentirás de haber llegado tan lejos, independientemente de quién te esté ayudando.

Da igual los buenos amigos que tengas, al final estarás solo.

Solo y atormentado por las elecciones que te habrán obligado a tomar.

—Hizo un amago de sollozo y luego se enjugó los ojos y respiró hondo.

»Tienes sesenta y seis manos de cazador en el inventario.

No veas. Qué masacre. Son muchas. Échale un vistazo a la vitrina de premios y elige lo que más te guste.

A diferencia de la última vez, ahora podrás examinar los nombres de todo, aunque no verás todas las descripciones.

Todo lo que compres se añadirá a tu inventario dentro de una caja de premios, así que no tendrás acceso a ello de inmediato.

Si compras una mejora, sí que se instalará inmediatamente.

Bajé la vista a la vitrina y empecé a examinar los premios.

Intenté hacer todo lo posible por ignorar lo que acababa de decir.

No era la primera vez que oía una historia como aquella.

Había algunas realmente devastadoras en el libro de cocina, historias sobre las que intentaba no pensar pero que leía una y otra vez.

Negué con la cabeza e intenté relajarme.

Los objetos giraban en una especie de carrusel vertical y eran hologramas en miniatura, lo que permitía que hubiese una cantidad ingente de ellos.

Había muchísimas cosas. En la parte izquierda, donde se encontraban los más baratos, había pociones en su mayoría.

Por una mano podías conseguir un paquete de veinticinco pociones de sanación o de maná.

Por dos manos, podías comprar mejoras, pero te limitaban la compra a una.

Una de las mejoras era un aumento del 10 % de tu característica más baja, mientras que otra era de un 5 % de la más alta.

También un +2 a una habilidad de combate o conjuro al azar.

Se lo fui comentando todo a Mordecai mientras repasaba los premios. No planeaba contarle quién estaba a cargo del puesto, pero ya lo sabía.

M ORDECAI : Intenta descubrir si ese comemierda está en la misma estancia que tú y, de ser así, me harías un gran favor personal si le metieses un cartucho de dinamita por el culo cuando se rompa el sello de protección.

C ARL : ¿Dónut?

M ORDECAI : Sí. Fue ella la que me lo dijo. Ahora, sigue leyendo los premios.

Los premios que costaban entre tres y cinco manos eran decenas y decenas de pociones diferentes.

Desde las de invisibilidad que había comprado Zabit hasta unas pocas de esas de Inspeccionar que le había arrebatado a Miriam Dom, pasando por algunas de Caída de pluma y otras tantas de protección. También había muchísimos pergaminos.

M ORDECAI : ¿Cuántas manos tenía Dónut al terminar? ¿Ocho?

C ARL : Así es. Creo que debería comprarse la mejora de Constitución o el +2 a una habilidad.

Es una pena que no pueda comprar las dos cosas.

También hay un grimorio de conjuro aleatorio por cinco manos.

La mayoría de estas pociones son cosas que yo podría conseguir o que tú podrías preparar fácilmente.

También hay algunos pergaminos. Uno de mapeado.

Otro llamado Patrulla Canina. ¿Eso no son dibujos animados para niños?

Y otro que se llama Leche de Lamashtu. No sé para qué sirven.

M ORDECAI : Las pociones son un desperdicio, estoy de acuerdo. Dónut debería elegir el 10 % a su característica más baja y luego el grimorio de conjuro aleatorio.

C ARL : Es una pena que no haya conseguido diez manos. Hay una poción de subir nivel, también limitada a una por persona. Y unos pocos grimorios. Agarre venenoso. Tejido cicatricial. Artificiero pez. ¿Qué cojones hacen estas cosas?