La mascarada del carnicero (Carl el Mazmorrero 5) Capítulo 67 #2
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Capítulo 67 #2

—No —aseguró ella—. Pero es «la pasarela».

Solo hay una. Está por delante y no será un obstáculo.

La verdad es que el mapa de Edgar es muy completo y preciso.

—Suspiró con dramatismo—. Sabía que estos tipos iban a ser unos ineptos, pero la verdad es que hay que ser muy incompetente para conseguir que algo sea tan bonito y, al mismo tiempo, tan ineficiente.

Es como si fuese el cocker spaniel de los escenarios, ¿sabes?

Me llamó la atención un movimiento rápido, que me distrajo.

—Estoy seguro de que tu canción saldrá a pedir de boca.

—Esto solo es para la presentación de Mongo —dijo Dónut—. Aún no hemos empezado a preparar mi actuación. Le he dado al regidor la libreta con las instrucciones y las cláusulas, pero no te vas a creer lo que me dijo cuando… ¿Carl, adónde vas?

Mierda. Florin estaba cruzando la estancia directo hacia Lucia. Busqué a Elle y a Imani, quienes se suponía que tenían que vigilarlo, pero ambas estaban ayudando con otros enfrentamientos.

—Florin —grité al tiempo que intentaba colocarme junto al cocodriliano. La estancia empezaba a llenarse, y él se abría paso entre la multitud a empujones de camino a Lucia, que parecía asustada.

—Para, Florin —dije cuando al fin conseguí alcanzarlo y le puse una mano en el pecho.

—No me toques, Carl —advirtió.

—Espera, por favor —dije—. Aquí no podemos luchar.

—Ya lo sé —espetó—. No soy tonto. Solo quiero hablar con ella.

—Pero Lucia es impredecible. No queremos que rompa el sello y, si le dices algo, es posible que intente atacarte. Mira, tío, te necesito.

Aquello no estaba funcionando, así que probé con una táctica diferente.

C ARL : Florin, necesito que te concentres en el plan. No puedo estar cuidándote como si fueses un bebé. Todos tenemos un papel que interpretar y me prometiste que estabas bien.

F LORIN : Y estoy bien. Ahora, déjame en paz.

C ARL : Vale. Voy a confiar en ti.

—Bien —dijo en voz alta. Siguió mirando a Lucia, que abrió los ojos de par en par al verlo.

Se quedaron así unos segundos. Florin parpadeó y algo se relajó en esos ojos parecidos a cabezas de alfiler que tenía.

—Le pasa algo —comentó—. No parece ella. Sé que esa zorra es difícil de entender, pero está claro que está muy rara.

—Sí —convine antes de mirar a la niña por encima del hombro—. Vamos a dejarla en paz para que no intente nada. Y también tenemos que evitar que los cazadores se le acerquen. Si yo fuese ellos, intentaría provocarla. Es la mazmorrera más impredecible sin duda.

Lucia seguía muy quieta apoyada en la pared, mirándonos.

De repente, empezó a moverse pegada a la pared para colocarse en uno de los rincones opuestos al escenario.

Se acurrucó allí y empezó a temblar. Se deslizó hasta el suelo por la pared y se sentó con las piernas cruzadas para luego abrazarse a sí misma.

«Quédate ahí, niña», pensé.

Busqué a Quan Ch, pero no lo vi. Y menos mal. Si seguía vivo, era muy probable que ya hubiese bajado por las escaleras.

—Carl —llamó una voz familiar detrás de mí. Me dio un susto de muerte. Era Prepotente. Me di la vuelta para mirar a la cabra, que tenía peor aspecto aún que la última vez que la había visto.

—Prepotente, ¿cuándo fue la última vez que dormiste?

—Sé que te vas a sorprender, pero te comento que debo unirme a tu grupo.

Me lo quedé mirando unos segundos. Llegados a este punto, había pocas cosas capaces de sorprenderme, la verdad.

—No —dije un momento después—. Habla con Katia.

Puede que ella te deje unirte al suyo, pero tienes nivel 70 y terminarías siendo el líder de cualquier grupo al que te unas.

La mayoría ya están establecidos y no les va a gustar nada.

Mejor aún: podrías buscar a los mazmorreros que Eva abandonó, si es que siguen con vida, y unirte a ellos.

Podrías crear un grupo propio desde cero y luego unirte a nuestro gremio.

—Solo será durante lo que quede de este piso. Es para empezar juntos al principio del siguiente. He estado juntando pistas y, tras hablar con Katia, me enteré de lo del martillo y el palo mágicos de Dónut.

—Atención, atención todos —resonó una voz. Venía del escenario. Prepotente gritó por toda respuesta. Muy cerca de mi oído.

—Lo tendremos en cuenta —dije—, pero primero hay que salir vivos de la fiesta.

Coméntaselo a Dónut. ¿Te has tomado el repelente de dinosaurios?

—Miré a mi alrededor en busca de la gata y vi que estaba sobre el hombro de Bautista, hablando con un grupo de mazmorreros mientras hacía movimientos de kárate y señalaba a Lucia Mar, que seguía en el rincón.

«Cagondiós, Dónut», pensé.

—¡Bienvenidos a la Mascarada del Carnicero! —gritó una voz. Luego se quedó en silencio, a la espera de un aplauso.

Era Theobold, el mismo soldado elfo que nos había dado instrucciones en el carro. Se había puesto uno de esos esmóquines blancos con adornos dorados. Tenía un parecido inquietante con el traje de gala que los oficiales de la Armada llevaban a una de sus muchas fiestas.

—No han llegado todos los invitados, pero no pasa nada.

Durante las horas siguientes estaremos disfrutando de una noche de diversión y de talento.

Hay mucha comida y bebida, todo perfectamente adecuado para vuestras necesidades nutritivas.

Los que os encontréis en el salón de baile A podéis usar las bandejas doradas, y las negras son para nuestros magníficos invitados del salón de baile B.

Si necesitáis cualquier cosa, podéis preguntárselo sin problema a uno de los sirvientes, que harán todo lo posible para que estéis a gusto.

Después de las actuaciones, habrá un baile.

La mismísima reina Imogen tiene pensado visitarnos pronto.

Aquellos que tengáis manos de cazadores o cueros cabelludos de mazmorreros podéis dirigiros desde ya al puesto de premios para canjearlos.

Pero recordad: esta fiesta es una celebración del amor de Apito por todos sus hijos.

La violencia es una blasfemia. Hemos venido a pasarlo bien.

A Apito le encantaría que congeniaseis con vuestros enemigos.

No perdáis esta oportunidad. Aquellos que participéis en el concurso de mascotas, podéis empezar a dirigiros entre bastidores.

Dónut pegó un brinquito y se dirigió hacia el escenario. Prepotente la siguió. Yo suspiré.

Ninguno de los cazadores se movió. El grupo, que era mucho mayor que el nuestro, permanecía malhumorado junto a las mesas del bufet.

La emperatriz D’Nadia y los otros dos integrantes del jurado se dirigieron a una mesa sobre un podio que había junto al escenario.

Aún quedaban unos pocos minutos para que diese comienzo el concurso.

Eché un vistazo rápido por la estancia para asegurarme de que no había problemas de los que tuviese que encargarme.

Imani y Elle estaban hablando con un grupo de mazmorreros que parecía estar a punto de pelearse con otro.

No teníamos nada especial preparado para el concurso de mascotas. Solo teníamos que aguantar una hora sin que nos desterrasen a la Nada.

Pero eso no significaba que podíamos quedarnos ociosos.

Era el momento en el que el Mazo iba a reunirse con la mitad del grupo de cambiados para luego dirigirse hacia la entrada secreta subterránea del castillo, que ya estaba protegida por los guerreros de Signet.

Los hombres castores y el resto los escoltarían al interior.

Una vez dentro, los cambiados iban a transformarse en elfos para luego dirigirse a cada una de las cuatro torres de guardia, subir por ellas, acabar con los guardias del interior, y prepararlas para que el Tetamen pudiera atracar, lo que serviría para traer a los cambiados restantes cuando fuese el momento.

Gideon y su equipo se estarían preparando en el bosque del exterior, a la espera y dispuestos a atacar la entrada principal del castillo si llegaba a ser necesario.

Bomo estaría dando comienzo a su misión de saqueo.

Antes de que todo cambiase, la siguiente parte del plan consistía en usar a Signet cuando necesitásemos sacar a la reina de su salón del trono. La idea era usar al Mazo para dar el aviso a los cambiados, momento en el que uno de ellos hubiese subido para sacarla de allí.

La aparición de la semináyade en el castillo hubiese activado a los guardias, e Imogen se hubiese visto obligada a actuar. En realidad, el plan era muy parecido al que tenía pensado usar el grupo de Signet, pero la había convencido para esperar y hacerlo cuando lo necesitásemos.

Pero ahora que sabíamos que la reina Imogen no podía salir de la fiesta, necesitábamos usar la aparición de Signet antes o esperar a que se rompiese el sello. La decisión dependía del momento en el que el Mazo llegase con los cambiados y si conseguían capturar las torres.

Suspiré. Había sido un buen plan, pero la falta de información nos había jugado una mala pasada.

Z EV : Cagonlosdioses, Carl. No sé lo que has hecho, pero se van a enfadar mucho.

C ARL : ¿Qué? Se suponía que no ibas a enfadarte conmigo durante al menos dos o tres horas más.

Z EV : No estoy bromeando. Se suponía que ella no tenía que entrar. Va a ser una pesadilla logística.

C ARL : ¿En serio? La verdad es que no…

Cerré la ventana de chat justo cuando la vi entrar en la estancia.

«Pues nada. A la mierda», pensé.

Signet entró en el salón de baile mientras los tatuajes le revoloteaban por el pecho desnudo. El guardia de la puerta se la quedó mirando con la boca abierta. Se giró y luego salió de la estancia entre gritos.

Ella me vio, sonrió y empezó a dirigirse hacia mí como si nada. Extendió los brazos y yo la agarré por las manos. Me pareció sólida y de piel templada. Estaba en el mismo salón de baile que nosotros.

—¿Quieres oír algo gracioso? —dijo Signet—. Pues estaba ahí dándole vueltas a mis cosas en una mazmorra oscura y húmeda cuando, de repente, la mismísima Apito se me apareció y me dijo que me habían invitado a una fiesta. Y en ese momento aparecí aquí.

C ARL : Oye, Zev. Esto no ha sido cosa mía, ¿eh? Parece que la IA ha hecho de las suyas.