La mascarada del carnicero (Carl el Mazmorrero 5) Capítulo 67
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Capítulo 67

La mantis gigante avanzaba hacia mí como si me fuese a hacer un placaje, pero se detuvo a escasos centímetros y empezó a chasquear las fauces delante de mi cara. Su olor tenía cierto deje a plástico quemado.

—¿Qué tal, Vrah? —dije animado—. ¿Cómo te ha ido con tu madre?

D’Nadia trompeteó unas buenas carcajadas.

—No te metas en esto, princesa —dijo Vrah sin girar la cabeza.

—Emperatriz —la corrigió D’Nadia.

Se oyó un tumulto detrás de mí, pero no me atreví a darme la vuelta. Fingí estar muy concentrado en Vrah mientras veía cómo Britney avanzaba furtivamente hacia el guardia con la lanza enorme. Le dijo algo y rio coqueta. Él no pareció inmutarse.

—Te he traído un regalo, Carl —dijo Vrah—. Llegará pronto.

—Anda, qué bien —comenté. Le di una palmadita en la parte superior del caparazón, lo que debía ser el hombro.

Era el mismo lugar cerca del cuello donde se había colocado la cabeza de Langley.

No era demasiado tangible—. Gracias. Te lo agradezco mucho.

Ni siquiera es mi cumpleaños. Aunque… ¿puede que lo sea?

He perdido la cuenta de los días, la verdad.

¿Ya estamos en abril? No ha pasado tanto tiempo, ¿verdad?

Britney fingió que se le caía algo al suelo y el guardia miró hacia abajo. Cuando lo hizo, ella extendió el brazo y tiró de una etiqueta que tenía cosida a la chaqueta.

«Por favor, por favor —pensé—. Que no ataque».

Bautista había dicho que los peluches de las mariposas color pizarra no eran violentos, lo que era una necesidad dadas las circunstancias.

La chaqueta de Britney estaba rellena con varias de esas cosas.

Por ahora solo necesitábamos una. Ella había querido coserse una a las botas, pero yo prefería tener varias por si las necesitábamos.

Mordecai había dicho que la habilidad especial de las criaturas no se consideraba mágica, razón por la que las habíamos usado en lugar de mi idea anterior de intentar entrar en la estancia con mi tirachinas.

Vrah se envaró.

—No eres el único que puede usar las normas en su beneficio. Tú y los blanduzcos de tus amigos pronto aprenderéis lo que significa estar en contra del Enjambre Negro.

—Ah, esos. ¿No teníais un parque de atracciones? ¿Qué hacéis con los que están en vuestra contra, les prohibís subirse a la montaña rusa?

La mariposa, que tenía el tamaño de una mano, se alzó por los aires, directa hacia la primera fuente de luz que encontró.

La de aviso. Llegó a ella, se colocó encima y extendió las alas.

La iluminación se atenuó un poco hasta terminar por apagarse.

Un momento después, la criatura invocada de rareza común volvió a convertirse en un muñeco de peluche.

Contuve la respiración mientras caía, golpeaba la punta de la lanza del elfo y terminaba por posarse en la mano abierta de Britney.

El guardia alzó la vista mientras ella la ocultaba en su espalda.

El tipo no sospechó nada y volvió a lo suyo.

Listo.

—La verdad es que me gustaría una revancha contigo —dijo Vrah—. Me gustaría borrar esa sonrisilla asquerosa de tu cara de inútil.

—Guau —dije al tiempo que me giraba hacia D’Nadia, que seguía contemplando la conversación muy entretenida—. Está muy enfadada, ¿verdad?

—Le contagiaste la gonorrea, Carl.

D’Nadia sostenía lo que se me pareció a una copa de champán, pero no me fijé de dónde la había sacado. Metió uno de los tentáculos en ella y sorbió la mitad de la bebida. No me había dado cuenta de que aquellos extraños apéndices funcionaban como la trompa de un elefante.

Vrah emitió un chirrido de enfado.

—Te lo juro, Carl. Antes de que acabe la noche, adornaré mi espalda con tu cabeza decapitada. Con la tuya y con la de todos tus amigos.

Se dio la vuelta enfadada y se marchó.

—¡Recuerda que no podemos pelearnos! —grité antes de que se alejase mucho.

C ARL : ¡Bien hecho, Britney!

B RITNEY : No pienso hacerlo otra vez. Casi me da un infarto.

Volvió a armarse un alboroto detrás de mí. Oí las voces de Katia, Florin y Bautista. Suspiré.

Me di la vuelta con la idea de ver a Katia agarrando a Florin para que no atacase a Lucia Mar.

La ladjablès estaba por allí, en forma de mujer atractiva, pero se encontraba apoyada contra la pared mordiéndose las uñas y mirando de un lado a otro, como si no supiese qué hacer.

En ese momento recordé lo que era en realidad: una niña en el cuerpo de una adulta.

Pero solo me la quedé mirando unos instantes.

Alguien volcó una silla y el ruido atronó por la estancia.

Me sorprendí al ver que Florin y Bautista eran los que estaban agarrando a Katia, quien intentaba abalanzarse sobre Eva, apoyada esta en otra mesa.

La seminagini y semiorca seguía siendo sicaria piesligeros y había subido a nivel 55, el mismo que Katia y cuatro menos que yo, que tenía 59.

No había visto a la mazmorrera de cuatro brazos y cabeza de serpiente desde aquel día en el tren, cuando Katia había matado a Hekla por accidente.

Eva había perdido una mano en el enfrentamiento, la superior izquierda, que era su mano buena.

Aún le faltaba y en su lugar tenía un muñón cuadrado.

Sabía que recientemente había conseguido un estoque envenenado que se colocaba siempre sobre el muñón, uno que podía ponerse y quitarse a voluntad.

Ahora la habían obligado a quitárselo, como era de esperar.

En el torso llevaba una armadura enjoyada y brillante que parecía sacada de un museo.

Brillaba como si la hubiese pulido recientemente y estaba cubierta por unas gemas púrpura de varios tamaños.

Aquella última vez que la había visto tenía sobre la cabeza una decena de calaveras de asesina de jugadores, más o menos.

Ahora tenía más de cincuenta.

También cuatro marcas de asesina de cazadores.

—¿Por qué eres así? —gritaba Katia—. ¿Por qué? También son tus compañeros. Eres una zorra traidora. Cuando se desconecte la protección te vas a enterar.

—Tranquila. Tienes que relajarte —dijo Eva, que hablaba como si la situación la aburriese—. Esa es la razón por la que Fannar ya no te soportaba. Esa y tu horrible pelo castaño, tu nariz de cerdita y tus lloriqueos constantes. ¿Qué clase de madre habrías llegado a ser?

—Cierra la puta boca, Eva —dije al tiempo que me colocaba entre ellas. Bautista agarraba a Katia por la cintura mientras Florin también hacía todo lo posible por contenerla.

Yo le puse la mano en el hombro. Parecía carne, pero en realidad su brazo estaba hecho de metal. Tenía muchísimas pociones almacenadas en su interior.

—Tranquila —dije mirándola a los ojos—. Sabíamos que iba a pasar. Cálmate.

Dónut apareció de repente, sobre el hombro de Katia.

Tanto ella como los que habían ido entre bastidores ya habían vuelto.

Los mazmorreros también seguían entrando por el pasillo.

Vi cómo Louis y Firas se internaban en la estancia, con los ojos abiertos de par en par, seguidos por los Popov, Gwen y Tran.

Britney se dirigió hacia ellos, con los brazos abiertos para abalanzarse sobre Firas.

Dónut le dio un cabezazo suave a Katia, que extendió el brazo y empezó a acariciarla.

—Ah. Hola, Eva —dijo la gata con tono neutro—. Ya decía yo que algo me olía a podrido por aquí. ¿Sabes que hoy he pensado en ti? Me recordó que ya va tocando limpiar mi arenero. Ya sabes, Carl.

—Sí, te cambiaré la arena en cuanto pueda.

La mujer serpiente nos miró con desdén.

—Voy a buscar una copa.

Se impulsó en la mesa y se dirigió hacia el otro extremo de la estancia.

Los mazmorreros habían empezado a reunirse alrededor del escenario, mientras que los cazadores revoloteaban por las mesas del bufet.

Nos habían separado a todos, como si fuésemos chicos y chicas en un baile de la escuela.

Los cazadores empezaron a abrirle paso a Eva a medida que se acercaba a las mesas.

—¿Estás bien? —pregunté a Katia.

—Sí —respondió ella.

Intercambié una mirada con Bautista, que asintió para asegurarme que lo dejase en sus manos.

—¿Cómo ha ido la cosa ahí detrás? —pregunté a Dónut.

Ella resopló.

—He estado en concursos de belleza felinos en hoteles de dos estrellas, donde las jaulas estaban en la misma habitación que el bufet del desayuno continental.

Y estaban mejor organizados que esto. Es un lugar increíble, sí, pero solo a primera vista.

Parece construido por alguien que no tenía ni idea de lo que estaba haciendo.

No tiene mucho sentido. El escenario es llano, como si estuviésemos en el gimnasio de un instituto rural y no tiene espacios laterales.

No tiene, Carl. Menuda decepción. ¿Y el sistema de sonido?

Pues solo es un elfo con un micrófono mágico y sin mesa de mezclas.

El tipo no tiene ni idea de cómo funciona un estéreo portátil.

—¿Qué? —pregunté—. ¿Un estéreo portátil? ¿De qué hablas?

La gata me ignoró.

—Además, la parrilla solo está a metro y medio por encima del arco y solo la usan para el telón.

Solo hay una pasarela y me han ignorado cuando les he pedido subir.

Estoy muy segura de que el equipo de iluminación no va a entender lo que tenía pensado para la actuación.

Menos mal que en el escenario podemos usar luces mágicas, porque la iluminación es muy importante en estos casos, aunque a ellos le dé igual.

Aquí hacen las cosas a tontas y a locas, Carl.

Y ya sabes qué opino sobre las cosas hechas a tontas y a locas.

—¿Lo de la pasarela va a ser un problema?

—Creía que ya no íbamos a hacer eso, Carl. Me estás mareando.

—Tenemos que estar preparados para cualquier cosa. El plan puede irse a la mierda en cualquier momento y tendremos que improvisar.

—Hablando del tema, no han dicho dónde están los baños. ¡Esto es un ultraje!

—Las pasarelas —insistí—. ¿Serán un problema?