La mascarada del carnicero (Carl el Mazmorrero 5) Capítulo 66 #3
81%

Capítulo 66 #3

Un guardia elfo, que llevaba un uniforme blanco de seda ridículamente adornado con un faldón trasero con bordados en oro, se puso firme al vernos entrar. Sostenía una lanza resplandeciente que podía medir fácilmente unos tres metros. Respiró hondo y luego gritó.

—¡Cuando deis un paso más quedaréis bajo la sagrada protección de la reina Imogen! ¡La ira de la Madre Roble recaerá sobre todo aquel que quebrante la paz!

La estancia era enorme, más de lo que parecía en el mapa.

Dó­nut soltó un grito ahogado en mi hombro.

Éramos los primeros mazmorreros en llegar.

A la derecha había un escenario absurdamente grande cubierto por un telón de cortina ondulada y roja de una tela muy gruesa y de aspecto caro.

Estaban montando el bufet en un rincón, donde los elfos iban y venían como hormiguillas.

Las bandejas de comida de una mesa del bufet estaban marcadas con adornos dorados, mientras que en otra los tenían negros.

Una música sonaba de fondo, y vi que venía de un trío de elfos que tocaba instrumentos de cuerda.

Parecía música de cámara, pero con mucho reverb , lo que hacía que sonase como distante.

Había visto a los artistas preparándolo todo unos pisos más abajo, por lo que sabía que en realidad estaban en el salón de baile de los sirvientes, lugar donde iban a estar nuestros animales y nuestros ayudantes durante el baile.

La estancia contaba con cuatro columnas que ascendían hasta un techo abovedado cubierto con un enorme mosaico móvil.

La ilustración era de una cueva negra y dorada moteada de cristales resplandecientes, como si fuese el interior de una geoda áurea.

Acurrucado en el centro había un ciempiés negro cuya silueta parecía formar una espiral interminable, como esas que se usaban para hipnotizar a la gente.

Es una representación de Escolopendra. Está soñando. Se dice que, cuando al fin despierte, destruirá todo y seremos libres.

Del centro del mosaico brotaba un árbol de verdad, de madera y hojas blancas. Este descendía hacia nosotros, lo que provocaba que nos diese la impresión de que estábamos al revés. El mosaico móvil de Escolopendra no cesaba de girar alrededor del árbol, como si intentara estrangularlo.

No podía dejar de mirarlo. Me pregunté si el árbol y el mosaico estaban allí de verdad o si no eran más que una ilusión.

—¡Mira, Carl! —gritó Dónut para llamar mi atención.

Me giré hacia el lugar que acababa de señalar con la pata.

En el lado opuesto al escenario, en el otro extremo de la habitación, había una vitrina de cristal con un cartel que rezaba MOSTRADOR DE PREMIOS .

Dicha vitrina estaba cubierta por un pequeño telón y, tras ella, se alzaba una figura que me resultaba familiar.

—Oh, oh —dije sin quitarle ojo de encima a esa especie de hombre lobo con alas.

—¿No es el tipo al que odia Mordecai? —preguntó Dónut.

—Sí que es él —respondí.

—¿Quién es ese? —comentó Elle, que se me acercó volando.

—Se llama Chaco. ¿Recuerdas cuando te conté lo del carrusel de premios?

—¡Ah! Ese es el tipo al que atacó Mordecai, entonces —dijo Elle—. ¿No le había tirado una silla a la cabeza? Menos mal que no está aquí. ¿Llegó a contarte lo que les había pasado?

—No todo —respondí. Me giré para caminar hacia él, pero justo en ese momento se oyó el chasquido de la teletransportación y aparecieron tres personas más en la estancia: un tigador alto y delgado, uno de esos alienígenas que parecía una masa amorfa de gelatina con la boca hacia arriba y una sacaciana de rostro tentacular.

Ninguno tenía información ni nombre sobre la cabeza.

Dónut soltó un grito ahogado.

—¡Dios! —gritó—. ¡Es la princesa D’Nadia! ¡Mira, Carl! ¡Es la princesa D’Nadia!

Empezó a brincar sobre mi hombro para luego bajarse y correr hacia ella, agitando la cola de un lado a otro a causa de la emoción.

El tigador y la masa amorfa se dirigieron hacia el escenario para inspeccionarlo mientras que yo me acerqué a D’Nadia.

La sacaciana era más alta que yo. Llevaba un vestido violeta que brillaba como si estuviese cubierto de purpurina.

Bajo el vestido se apreciaban bultos que no eran propios de la morfología humana, lo que daba a entender que tenía más tentáculos en otras partes de su cuerpo.

—Princesa —saludó Dónut—. ¡No sabía que ibas a estar por aquí!

—Hola, princesa Dónut —dijo D’Nadia—. Formo parte del jurado del espectáculo de talentos y del concurso de mascotas. Y ya no soy «princesa». Por desgracia, mi padre ha decidido jubilarse. Ahora soy la emperatriz D’Nadia.

—¿En serio? —preguntó Dónut, que no hizo amago alguno por ocultar su emoción—. ¿Me patrocina una emperatriz?

La sacaciana señaló a Dónut con seriedad impostada.

—No creas que por ser tu patrocinadora voy a darte un trato de favor. Me tomo muy en serio mi trabajo como jurado.

—¡Claro! ¡Claro! —dijo la gata, emocionada aún.

Detrás de nosotros aparecieron más mazmorreros a través de la puerta. Prepotente era uno de ellos. Nos miramos a los ojos desde la distancia.

Después un elfo se subió al escenario y apartó un poco el telón.

—¡Atención, por favor! Todos los que vayan a participar en el espectáculo de talentos o en el concurso de mascotas, ¡reuníos conmigo entre bastidores para daros unas instrucciones rápidas!

La mayoría de los mazmorreros que había en el salón de baile se dirigieron hacia el elfo, Prepotente incluido.

—¡Ahora vuelvo! —dijo Dónut mientras también ponía rumbo hacia allí—. ¡Hola, Prepotente!

Nos quedamos mirando cómo se marchaba.

—Estoy muy enfadada contigo, Carl —comentó D’Nadia, que se colocó a mi lado. Me olía a calamares a la romana—. Tu abogado y esa nueva empresa tuya casi arruinan mi puja.

K ATIA : Estamos aquí. Nos han teletransportado a todos al pasillo C3 del mapa y estamos haciendo cola para el control de seguridad. Vamos a tardar un poco. Solo nos dejan entrar a la recámara de cinco en cinco.

C ARL : Asegúrate de que la gente se toma las pociones. Y cuéntales el plan de huida C.

K ATIA : Eva está por aquí. Y también Lucia Mar. Carl, estoy preocupada por Florin.

Extendí el brazo y toqué el vestido de D’Nadia.

Se me antojó sólido, pero cuando hice un poco más de presión mis dedos desaparecieron en el interior de su cuerpo.

No estaba en la estancia físicamente, pero era algo diferente a las caravanas de producción.

Podíamos tocarnos, pero solo un poco. Y también podía olerla.

—Algo de eso había oído, sí —dije—. Lo siento mucho. De haber sabido que eras tú, le habría dicho a Dónut que te enviase un mensaje. ¿Estás en el planeta?

—En órbita, pero aterrizaremos cuando pase la noche. Tienes suerte de que al final haya salido todo bien. De lo contrario, no sería tan amable.

—Me cuesta imaginarte no siendo amable. —Le estaba dorando un poco la píldora y hacía todo lo posible para que no se me notase el desprecio que había empezado a sentir por ella—. Una cosa, ¿las emperatrices suelen ser jurados en los concursos de mascotas?

D’Nadia emitió un trompeteo parecido a una risa con los tentáculos.

—Es trabajo. Esto de formar parte del jurado me permite participar en la producción, que es uno de los requisitos. Es un mero formalismo, en realidad. Un vacío legal, si quieres verlo así. Creo que a ti se te dan bastante bien, ¿no?

K ATIA : Eva ha entrado en el vestuario después de mí. Ha robado todas las pociones y ahora se ha puesto a hacer comentarios sarcásticos al respecto.

C ARL : Tienes más en el inventario. Descubre a quién le falta tomarla y entrégale una en cuanto puedas.

—Ah, una cosa que te quería decir —dije al tiempo que me giraba hacia D’Nadia—. Me quedé muy sorprendido cuando Quasar me dijo quién había…

Me quedé en silencio al ver cómo se abría la puerta que estaba al lado del bufet y entraba Vrah. La mantis enorme echó un vistazo alrededor, me vio y se dirigió directa hacia nosotros.

Ya no tenía la entrepierna en llamas.

Empezaron a entrar otros cazadores detrás de ella, mucho más titubeantes. La luz de la pared titiló para indicarle a los guardias que el sistema estaba activado. Se habían activado los dos salones de baile.

C ARL : Bomo, Mazo, ha llegado la hora. Mazo, diles a los cambiados que empiecen a mover el culo. Britney, vamos allá.

La emperatriz D’Nadia se quedó mirando a Vrah mientras se acercaba.

—Qué ganas tenía de que llegase este momento.