Capítulo 65 #2
El carro continuó rebotando por el sendero. Britney y yo estábamos paralizados, sin saber muy bien qué hacer.
—¿Sabes por qué se llama así, la Mascarada del Carnicero? No llevamos máscaras, pero es una mascarada. ¿Sabes por qué? ¿Conoces la historia?
—La verdad es que no lo había pensado.
Ella asintió.
—Típico de los que son como tú. Jamás os interesáis por los asuntos de vuestros superiores.
La primera mascarada se celebró en los Salones Celestiales de la Ascendencia.
Taranis y su esposa Apito, la Venerable Madre Roble, dieron una fiesta para todos sus hijos y familiares cercanos, que nunca dejan de competir por el control, ni siquiera hoy en día.
Se suponía que la fiesta iba a ser una noche de descanso.
Sin violencia. Su hijo, Grull, le preguntó por qué la llamaba mascarada si no llevaban máscaras.
La respuesta de Apito se considera un dogma de fe.
Dijo: «Hijo mío, las máscaras que llevamos son las sonrisas en nuestros rostros y la buena voluntad con la que venimos a esta velada.
No habrá violencia. Y tampoco manipulación.
Será un encuentro para compartir hazañas, de enfrentamientos amistosos y relatos de conquistas del pasado.
Un lugar donde enfrentarte a tus mayores enemigos sin preocuparte porque eso signifique el fin de tus días».
»Grull no entendió nada, claro. Pero tanto él como los demás acataron los deseos de su madre y acudieron a la fiesta.
Al principio, todo fue como estaba planeado.
Yarilo, la deidad de la lujuria, fue quien estropeó la paz.
Se emborrachó e intentó tener relaciones con el familiar de otra de las deidades.
Al romper dicho acuerdo de paz, Apito lo desterró a la Nada.
Taranis se enfadó con su esposa por haber desterrado a su hijo.
Y así fue como empezaron los enfrentamientos.
Todos los mortales y los semidioses que acudieron al evento fueron masacrados, lo que hizo que Apito empezase a llorar.
—He estado en alguna que otra fiesta así, sí —dije.
Imogen arrugó la frente con la interrupción. Me estaba costando mucho entender sus motivaciones. En su interior había una extraña mezcla de educación y rabia a punto de estallar. De no haber sabido que no era posible, también hubiese pensado que estaba puestísima de vete a saber qué.
—Más tarde, aquella fiesta se convirtió en un ritual. En un sacramento. En un rito de reflexión y de no agresión, uno que consiste en intentar cumplir el objetivo principal de Apito, la más perfecta de las madres, quien solo quiere que todos nos llevemos bien.
Me recordó a los elfos pirados del tercer piso. Ellos también adoraban a Apito.
—Pero ¿no vais por ahí matando a todos los que no son elfos de sangre pura?
—Solo cuando se atreven a pensar que son nuestros iguales. Lo que quiere Apito es que haya armonía. Los mestizos solo dan problemas. Para hacer que crezca el árbol perfecto, primero hay que eliminar la podredumbre.
No, no quería seguir ahondando en ese pozo de mierda.
—Entonces, das una fiesta, invitas deliberadamente a gente que no se cae bien e intentas que no termine convirtiéndose en una masacre, ¿no?
Ella asintió.
—El conjuro solo lo pueden lanzar aquellos que son divinos de verdad. Y solo una vez en toda su vida. Una vez lanzado, da comienzo el ritual, se prepara la lista de invitados y tiene lugar la fiesta.
—Un momento. ¿Tienes que lanzar un conjuro para dar la fiesta?
Ella señaló el cristal de alma que tenía alrededor del cuello.
—Claro. Es uno de los sacramentos más sagrados de Apito. La fiesta recibe el nombre del conjuro. La Mascarada del Carnicero.
La conversación no estaba yendo por los derroteros que había previsto.
Imogen continuó:
—La lista de invitados la prepara la diosa misma. Y no podemos hacerles daño a los invitados antes de la fiesta.
—¿En serio? —pregunté. En el pasado, los elfos se consideraban una amenaza mortal tanto para los cazadores como para los mazmorreros.
Esa era la razón por la que todo el mundo evitaba sus tierras.
Sabía que todo aquello de la Mascarada del Carnicero era algo nuevo.
«Hum…», pensé mientras intentaba recordar si alguno de los mazmorreros anteriores había comentado algo sobre enfrentarse a los elfos.
—Así es. A menos que ellos intenten hacernos daño a nosotros —comentó—. Es la razón por la que estoy aquí ahora mismo hablando contigo en lugar de decirle a mis guardias que fertilicen el bosque con tus entrañas.
—Tu gato ha estado a punto de matar a mi gata —aseguré—. Y no fue en defensa propia.
Ella asintió.
—Tienes razón. Todo estuvo a punto de arruinarse cuando tu amiga saltó delante del virote de Ferdinand. No te preocupes. Lo he reprendido como es debido. No le había dicho que te atacase a ti ni al familiar de tu amiga.
Gruñí.
—No se puede reprender a un gato. Puedes gritarles, pero es lo mismo que hablar con una pared. Te lo aseguro.
Dónut me envió el décimo mensaje preguntándome si todo iba bien. Estábamos llegando al castillo.
D ÓNUT : ES HORRIBLE. CREÍA QUE LOS ELFOS DISEÑABAN COSAS CON CATARATAS, CURVAS, VEGETACIÓN Y ESTATUAS DE PERSONAS DESNUDAS.
ESTO PARECE UNA VERSIÓN EN BLANCO DE ESA NAVE ROBOT DE STAR TREK .
PARECE HECHA POR UN NIÑO DE TRES AÑOS EN EL JUEGO ESE QUE SIEMPRE EVITABAS QUE TE VIESEN JUGANDO. MINECRAFT ERA.
A Imogen no le hizo gracia mi comentario.
—Preparamos la velada con el mismo afán que Apito.
Ofrecemos los mismos refrigerios y damos las mismas oportunidades de exhibir los talentos y los familiares.
Y si la fiesta termina sin violencia, como debería ser, Apito os bendecirá.
La deidad ha preparado la lista de invitados con esmero, para que haya desavenencias entre vosotros.
Mi tarea como anfitriona es conseguir que todo transcurra sin violencia.
Si lo conseguimos, recibiré el don de la diosa.
Me señaló con un dedo acusador. Las uñas de sus dedos esbeltos eran ridículamente largas, como garras.
El carro se detuvo en ese momento.
—Y quiero ese don, Carl. No puedo evitar que acudas a la fiesta.
No puedo hacerte daño porque no has actuado con violencia.
Pero sé que estás tramando algo con la mestiza de mi hermanastra.
Y no sé qué es, pero te aseguro que no lo conseguiréis.
La fiesta está bajo el efecto de un pacto de paz celestial.
Si intentáis algo, el suelo se abrirá bajo vuestros pies y todos aquellos que hayan tramado para quebrar la paz caerán a la Nada.
Puedes ocultarme tus planes, pero no puedes ocultárselos a la Madre Roble.
Ese es el precio a pagar por romper el pacto de paz celestial.
Me giré hacia Britney, fingiendo estar mucho más tranquilo de lo que estaba en realidad.
—Y yo que pensaba desde el principio que iba a matarnos y ya. Fíjate, necesita a su diosa para hacerlo.
Britney no dijo nada. Parecía estar a punto de vomitar.
—Matarte sería demasiado fácil —aseguró Imogen—. Mira.
Se giró hacia Britney y levantó una mano como si estuviese a punto de lanzar un conjuro, pero se detuvo en ese momento.
—Oh, Madre Roble —susurró Imogen—. Por qué me hacéis esto.
Estaba muy seguro de que había estado a punto de matar o de herir de gravedad a Britney, pero se había detenido al darse cuenta de que esta acababa de entrar en la lista de los cincuenta mejores y estaba invitada a la fiesta.
Imogen suspiró.
—Si te quisiera muerto, ya lo estarías, Carl.
Si haces algo para alterar la paz, no seré yo la que te haga daño.
Una eternidad en la Nada, el reino de la oscuridad y del rechinar de dientes, es un destino peor que cualquier muerte que yo podría llegar a provocar.
Si por algún casual es otra persona quien rompe el acuerdo de paz y la diosa te perdona la vida, serás el primero en enfrentarse a mi ira.
Si fracasa mi ritual y puedo actuar con libertad, serás el primer gusano que aplastaré.
Tenlo claro. Ahora, me marcho. Estaré muy pendiente de ti, Carl. Hablamos luego.
Y luego desapareció sin más. La cortina se agitó y la alta elfa se esfumó, deshaciéndose como un diente de león en la brisa.
La fiesta no había empezado siquiera y nuestro plan ya estaba destinado al fracaso.
—La verdad es que me ha recordado a mi madre —dijo Britney.