La mascarada del carnicero (Carl el Mazmorrero 5) Capítulo 64 #2
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Capítulo 64 #2

—Aquellos que tengan almacenamiento mágico, no podrán acceder a él dentro del salón de baile.

Una vez entren en la estancia y acaten las normas, quedarán bajo la protección de la Reina de Todo Lo Que Existe y la Reina de Todo Lo Que Existirá Y Única Purasangre, Su Alabadísima Majestad, la Reina Imogen de los Altos Elfos.

Cualquier intento por parte de ustedes o de sus invitados por quebrantar la paz recibirá un castigo inmediato.

Dicha protección solo estará activa mientras estén en el salón de baile dispuesto a tal efecto.

—Pues no tiene mala pinta la fiesta —dije—. Una cosa, Theo. ¿Qué hace exactamente esa protección de la reina? Creo que no les caigo nada bien a esos cazadores de mierda. ¿Qué ocurrirá si uno de ellos intenta acabar conmigo?

—Como sin duda se le ha informado, señor, estará presente en lo que se llama salón de baile de la buena voluntad, por lo que será imposible que la otra facción de invitados le hiera.

No estará en el mismo espacio físico que ellos, y cualquier golpe atravesará su cuerpo sin hacerle daño.

Pero en caso de que haya un verdadero intento por herirlo, sepa que hay protecciones dispuestas por la sala.

—¿A qué te refieres con eso?

—No es de su incumbencia, pero le informo de que ha sido la mismísima Apito quien ha dispuesto dichas protecciones.

—¿Apito? —pregunté—. ¿La diosa?

—Sí.

«Oh, oh…», pensé.

—… y en caso de que estas no sean suficientes, la guardia personal de la reina estará en el salón de baile principal, donde la mismísima reina hará aparición en un momento dado.

—Entonces ¿estará en un tercer salón de baile ella sola?

—Ella y su guardia personal, sí. Nos tomamos muy en serio la seguridad de la reina, aunque no la necesite.

—Supongo que los guardias del salón de baile privado de la reina podrán atacarme, pero yo a ellos no, ¿no es así?

—Así es, señor. Pero, como acabo de comentarle, contamos con protecciones adicionales que harán que dichas intervenciones sean innecesarias.

Teníamos que descubrir qué eran esas protecciones exactamente.

—Muy bien. Gracias por la información. Pero también habrá personas en la fiesta, en el mismo salón de baile, que no nos caemos muy bien.

Hay un tipo manco llamado Quan que estoy muy seguro que andará por ahí.

Y también una niña con un perro gigante que probablemente se vuelva loca y quiera matar a todo el mundo, sobre todo a Princesa Dónut.

Ah, y también hay una señora serpiente con tres manos.

Se llama Eva. Estará por ahí y está obsesionada con mi amiga Katia.

Antes eran mejores amigas, pero la relación se torció mucho.

Y eso son solo los problemas de los que tengo constancia.

—Los enfrentamientos no se tolerarán —dijo Theobold.

—Entonces, si mi amigo Quan intenta estrangularme con el único brazo que le queda, ¿intervendréis?

—Como le he dicho antes, señor, atacar a los invitados protegidos de la reina es lo mismo que atacar a la mismísima gobernante. Es algo que dejaremos bien claro a todos los invitados a la mascarada. No habrá manera de evadir dicha protección.

—Entendido —dije, pero una sensación ominosa me recorrió las entrañas.

Una de las monturas ciervo chilló en el exterior, tras lo que se oyeron los gritos de Dónut:

—¡Tina! ¡No! ¡Pórtate bien!

Oí la advertencia amortiguada de un guardia.

A mi lado, Britney se movía incómoda. No quería estar allí, sobre todo teniendo en cuenta que ella no se encontraba entre los cincuenta mejores.

Y tampoco le gustaba nada su nueva chaqueta, que también hacía que le picase el cuerpo.

Firas había terminado en el puesto cuarenta y tres y la había convencido para ir a la fiesta y ser la ayudante de Dónut, ya que sabía tocar la guitarra.

La alternativa era formar parte del equipo de asalto de Gideon, algo que tampoco quería hacer.

—Oye —llamé—. ¿La mascota de la reina estará en la fiesta?

—¿Sir Ferdinand? —preguntó Theobold.

Parpadeé, sorprendido por que usase el mismo nombre. Yo sabía que en realidad su nombre era Salsero, pero al parecer aquí usaban el mismo nombre por el que lo llamaba Dónut.

—Sí —respondí.

—Supongo que sí. Cuando no está de cacería fuera del castillo, suele estar sobre su hombro. Son inseparables.

El tono sugería que el gato hacía que sintiese lo mismo que el hecho de que yo no llevase pantalones.

—¿Sir? ¿Es caballero, entonces? ¿Eso significa que tiene más autoridad que tú? —Reí entre dientes—. Madre mía con los gatos. Podría decirse que Princesa Dónut también es mi jefa. No me gusta admitirlo, pero es la que está al mando. Ya verás su espectáculo. Ha estado practicando una canción nueva.

—¿Caballero? No, no es caballero —aseguró Theobold—.

Somos un reino civilizado. Ferdinand no es más que una criatura insignificante.

Un familiar. Una mascota. Lo de «sir» es porque forma parte de su nombre.

No es un título, en realidad. —Se giró para mirar hacia la cortina—.

Parece que es algo habitual entre los de su especie.

—Entonces ¿no forma parte de la realeza? —pregunté fingiendo sorpresa—. Lo conocimos hace unos días. En el bosque, durante el problema con los reptadores insufribles. Dio a entender que era el segundo al mando en el reino.

—Es imposible que haya dicho eso —aseguró Theobold.

—Quizá —dije—. Pero yo tendría cuidado con él si fuese tú. No se puede confiar en los gatos. Son monos y adorables, pero serían capaces de comerse tu cadáver sin dudarlo.

—Qué asco, Carl —dijo Britney.

—Ya… —convine—. Una última pregunta.

—Claro, señor —dijo Theobold. El tipo podría haber ganado una medalla de oro si la condescendencia fuese una prueba olímpica—. Encantado de poder ayudarle.

—Tengo muchas de esas manos que me han dado por matar cazadores. Dijeron que habría un puesto de premios para intercambiarlas. ¿Tengo que sacarlas del inventario antes de tiempo?

—No es necesario, señor. El encargado de la mesa de premios podrá sacarlas de su inventario.

—¿Y has visto esos premios? —pregunté. Toda la parte de la mascarada seguía siendo un misterio, y era uno de los que más me preocupaba.

—No los he visto, señor. Pero no se preocupe. La mesa estará abierta toda la noche. Ahora, si me disculpa, debo hablar con el resto de los invitados. —Salió con mucha agilidad del carro techado y desapareció, dejándonos solos a Britney y a mí.

—Esto no va a salir bien —susurró ella, con cierto pánico en la voz.

No dejaba de frotarse con nerviosismo el brazo izquierdo de la chaqueta peluda con la mano derecha—.

Acaba de decir que van a cachearnos por seguridad cuando vayamos a entrar al castillo y luego para entrar en el salón de baile.

Y esos solo son los que nos han dicho que habrá.

—¿Te has tomado la poción?

—¿El repelente de dinosaurios? Sí, todos los días. Pero diría que no funciona. Mongo siempre se me sube encima cuando entro en vuestro espacio personal.

—Eso es porque le caes bien. ¿Y el conjuro Escudo? ¿Está listo?

Britney había cogido la mala costumbre de lanzarse Escudo siempre que veía a un monstruo, por lo que lo había subido mucho de nivel y era capaz de bloquear los ataques mágicos y los físicos durante treinta segundos. Pero tenía un tiempo de recarga de cuatro horas, eso sí.

—Sí. Y se ha terminado el tiempo de recarga.