La mascarada del carnicero (Carl el Mazmorrero 5) Capítulo 63 #2
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Capítulo 63 #2

La caja de benefactor había sido de plata, lo que significaba que tampoco podía ser muy valioso.

—Algunos objetos mágicos no tienen habilidades especiales, pero sí que pueden usarse para atacar cosas vulnerables a la magia, como fantasmas —explicó Mordecai—. No es la primera vez que lo veo.

—Qué tontería —dije—. ¿Es una broma o qué?

Agarré el palo y vi que era lo mismo. Era una vara de metal de medio centímetro de grosor y unos veinticinco de largo.

Parecía estar hecho de aluminio, pero no lo indicaba en ninguna parte.

Se lo habían dado a Dmitri Popov, quien se había emocionado mucho por poder conocer al fin a Dónut para dárselo.

Se había emocionado tanto como aquella tal Jenn’ifer y la cosa extraña que le brotaba de la cabeza.

Dmitri no había recibido el mensaje del recurso, pero basándonos en la descripción, el objeto parecía tener algún tipo de relación con el martillo.

Palo mágico de los gritos de Cascadia.

Es un palito que está encantado. No es una varita, pero cuando se usa bien puede hacer cosas muy mágicas.

—¿Quién es Cascadia? —pregunté.

Mordecai se encogió de hombros.

—No recuerdo mazmorreros anteriores, ni jefes ni lugares con ese nombre, que es de donde suelen salir los nombres de estos objetos.

Es bastante común, eso sí. Conozco a algunas personas llamadas así, pero no sé qué relación podrían tener con ese palo.

Y solo una de esas personas tiene vínculos con el mazmorreo.

Seguía examinando el palo de metal, sin dejar de pensar. «¿Por qué dárselo a Dónut?». En ese momento, se me ocurrió algo muy inquietante. Era algo que llevaba tiempo en las profundidades de mi mente, pero al fin lo dejé salir a la superficie.

«Es porque esperan que todos los demás estén muertos. Dónut tendrá todos estos objetos porque es la mazmorrera con más posibilidades de sobrevivir a lo que está a punto de ocurrir. Por eso Quasar quería que Dónut estuviese en la junta directiva de nuestra nueva corporación».

Había una escalera justo en el exterior.

Todos estábamos por allí: más de veinte de los cincuenta mejores.

Podríamos haber bajado y evitado lo que estaba por venir.

Y habría sido lo más seguro. Lo más inteligente, incluso.

Pensé en los demás, en aquellos que se verían obligados a acudir a la fiesta en nuestro lugar.

Vi a Bonnie sentada en la encimera, tarareando para sí mientras trasteaba con las entrañas de una araña autómata desactivada.

«La necesitamos a ella y al resto si queremos sobrevivir en el noveno piso. Si no lo hacemos, todo habrá sido en vano».

Mientras pensaba al respecto, rocé algo extraño en el palo. Había una leve imperfección en el extremo. Pasé el dedo una y otra vez por encima. Era como un símbolo.

«Creo que es el número siete».

¿Siete? ¿Se referirá al séptimo piso? Quizá no disponía aún de toda la información para encontrarle sentido. Pero de ser así, ¿para qué dárnoslo ahora?

No podía dejar de pensar en aquella última entrada desgarradora de Everly en el libro de cocina.

«Mi patrocinador no tenía intención de conseguir que sobreviviese, sino de provocarme una muerte que viese todo el mundo y no pudiesen olvidar».

Pensé en Orren, el intermediario y en la advertencia que había intentado darme.

Solté el palo y volví a examinar el martillo.

Como era de esperar, también tenía la misma imperfección en el mango de madera.

Otro siete. Me hice con el resto de los objetos.

El pergamino no tenía ningún símbolo oculto, o yo no lo vi.

Tampoco la tiara ni la partitura. Tenía sentido.

El propósito de esas cosas estaba muy claro.

—Dios, espero que estemos a la altura —dije—. No me gusta que haya tantos cabos sueltos. Siempre tengo demasiadas cosas entre manos, pero esto ya me parece demasiado. Seguro que algo sale mal.

—Siempre hay algo que sale mal —comentó Mordecai—. Si las cosas se tuercen, recuerda el plan de huida. Subirte en el Tetamen y escapar volando.

—Vas a ir al infierno —dijo el pequeño Randy, el osezno, a Bonnie la gnoma, que seguía sobre la encimera. Estaba rodeada de partes de la araña mecánica. La triste gnomita alzó la cabeza para mirar al oso. No dijo nada.

—Todos los paganos serán juzgados por las llamas —añadió el oso.

Skarn, el cambiado, estaba sentado junto a un grupo de niños entre los que se encontraba Ruby, la niña cambiada que sufría síndrome de compresión. La mitad de los críos se habían transformado en niños deformes. La otra, en osos.

—No seas malo —le dijo Skarn al osezno.

—¿O qué? —preguntó Randy. Su hermano Todd estaba detrás de él y contemplaba con gesto desafiante al grupo de niños cambiados.

Los dos oseznos eran mucho más pequeños que la mayoría de los niños que acababan de llegar, y ambos grupos no habían dejado de pelearse.

Prudence, la madre de los osos, estaba dormida en el sillón y no dejaba de roncar.

—Deberíais luchar a muerte —comentó Samantha.

—¿Hay alguna razón para tenerlos a todos aquí dentro? —preguntó Mordecai, que señaló la salida que daba a la sede gremial—. Ahí tienen todo un lugar grande por explorar.

Yo respondí señalando con el pulgar la televisión, donde estaban echando una serie de dibujos animados llamada Little Bear .

—Es por eso. —Y luego señalé el otro extremo de la estancia, donde un niño cambiado estaba sentado sobre el regazo del Mazo, que se encontraba delante de otra televisión que le había colocado allí y jugaba a uno de los Grand Theft Auto .

Bomo y el Mazo se habían obsesionado con aquel juego.

La criatura estaba enseñando al niño cómo robar un coche—. Y por eso.

Dónut asomó la cabeza por la puerta.

—Carl, es hora de irnos. ¿Has sacado algo en claro?

—No —dije mientras recogía los objetos. Se los di a Dónut uno a uno—. Te has lavado los dientes, ¿verdad?

—Sí, Carl. Y luego le he dado la pasta a Katia.

—Excelente. Vamos, Samantha. Una fiesta nos espera.