La mascarada del carnicero (Carl el Mazmorrero 5) Capítulo 62
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Capítulo 62

—¡Carl! —gritó Dónut en mi hombro—. ¿No deberíamos estar alejándonos de la deidad?

La estrella roja rotatoria de una deidad apareció en el mapa, justo en medio del pueblo. Salté sobre los cadáveres de los dos sacacianos. Mongo y Kiwi, con el rostro cubierto de sangre, alzaron la vista de la comida al vernos pasar.

C ARL : ¡Imani, acompáñame! Dónut, tómate las pociones. Ahora. Ambas. Y rápido. ¿Cuánto tienes de tiempo de recarga?

Dónut ni se molestó en usar el chat:

—Pero ¡aún no estamos listos! ¡Tendremos que esperar un minuto y cuarenta y cinco segundos!

E LLE : Madre mía, eso ha sido asqueroso.

F IRAS : ¿Habéis visto eso, chicos?

Parpadeé. El punto había empezado a moverse y a alejarse de mí. Iba demasiado rápido y no tardó en quedar fuera de mi alcance.

I MANI : ¿Estáis todos bien? ¿Ha muerto el cazador?

K ATIA : Creo que ese era el cazador. O lo que queda de él.

E LLE : Ha sido una guarrada. En serio. Creo que voy a vomitar. ¿Creéis que sabía que le iba a ocurrir algo así? ¿Lo habrá hecho a propósito? De ser el caso, estaba muy comprometido con la causa.

Derrapé hasta detenerme en medio del caos.

Había cazadores muertos por todas partes.

Quedaban algunas de mis arañas caminando en círculos, incapaces de encontrar objetivos.

Iban a quedarse sin batería dentro de unos pocos minutos, lo que me obligaría a recogerlas y a volver a cargarlas en la mesa.

Vi a Li Na a unos cien metros de distancia, dentro de una nube de esporas reluciente y enfrentándose a un grupo de guardias micónidos.

Me acerqué para ayudarla, pero justo en ese momento lanzó un conjuro y todos cayeron inconscientes.

Zhang se acercó a la luz y también lanzó otro conjuro, momento en el que el contador de un minuto que tenían los guardias encima pasó a mostrar diez minutos.

No había ni rastro de la deidad.

Tenía ganas de relajarme un poco, pero mi sexto sentido no dejaba de indicarme que seguíamos en peligro. ¿Qué cojones estaba pasando?

Apareció Chris, que brotó del suelo como si creciese a toda velocidad, hecho de tierra.

Era una habilidad diferente a la que había usado para esconderse de mí en el piso anterior.

Se acercó para examinar una pila de rocas humeantes que siseaba bajo la llovizna.

Florin también se acercó a la carrera tras terminar de saquear a los que había matado.

Tenía la camisa y la cara de cocodrilo llenas de sangre.

Se quedó muy quieto y contempló la equis enorme que me había aparecido sobre la cabeza.

—Eso no pinta nada bien, amigo.

—Florin, ¿te has comido a esos tipos? —preguntó Dónut.

—¿Qué está pasando? —dije—. Me ha llegado una notificación que anunciaba que Diwata ha entrado en el reino, ha explotado la iglesia y luego la deidad se ha marchado a toda velocidad. Esa o ese o lo que sea ni siquiera ha venido a por mí. Y me tenía al lado.

—Pues ni idea —comentó Florin—. No la he visto. Solo he oído la explosión.

—¿Te has tomado las pociones? —pregunté a Dónut.

—No.

—Dónut, si te digo que hagas algo, tienes que hacerlo inmediatamente.

—Claro que sí, señor mandón. Pero ¿no ves que al final no han hecho falta?

—Eso no tiene nada que ver.

—¿Seguro? Porque yo diría que el grupo del que formas parte se llama el séquito de la Princesa Dónut. No Equipo Estúpido del Dictador Carl y su Gata Esclavizada, la Princesa Dónut.

Elle se acercó volando a nosotros mientras Dónut y yo seguíamos discutiendo.

—Ha sido una de las cosas más asquerosas que he visto jamás.

Y mira que he visto muchas, ¿eh? —comentó la mujer.

Cuando la lluvia le caía sobre los hombros, se congelaba para luego deshacerse a su alrededor—.

Nos avisaste y la iglesia explotó poco después.

Todos se vieron afectados por la onda expansiva, pero yo estaba justo encima y lo vi todo.

Cinco o seis de esos dríades árbol salieron volando del edificio con la explosión y giraron mientras soltaban un chorrazo de sangre, como fuegos artificiales.

—Dijiste que era como el Cuatro de Julio, ¿no? —comentó Dónut.

Elle se rio.

—No me refería a eso, exactamente. Pero sí, la explosión ha sido mágica.

No se parecía en nada a las de Carl. Fue verde y humeante, como el ataque de esporas de los guardias micónidos, pero más denso.

Cuando me alcanzó, me dio una ventaja: protección contra el fuego y el veneno. Pero ya se ha gastado.

Katia, Imani y otros integrantes de Meadow Lark se acercaron mientras Elle seguía hablando.

Gwen, Tran y Bautista empezaron a saquear los cadáveres.

Apareció el Tetamen sobre nosotros, que se quedó flotando bajo sobre la iglesia.

Li Jun, Li Na, Zhang y algunos otros de su equipo también se nos unieron.

Los guardias seguían inconscientes en la lejanía.

Choqué el puño con Li Jun y con Zhang para saludarlos.

No podía tocar a la criatura demoniaca que era Li Na sin recibir una maldición.

Volví a mirar a los guardias inconscientes y por fin me di cuenta de que había un arbusto enorme en medio del asentamiento, justo detrás de ellos.

Me recordó al tallo pestilente que había sido Grimaldi, pero menos caótico.

Se parecía a un arbusto grande pero bien cuidado de dos pisos de alto.

Ocupó el lugar donde antes se encontraba la iglesia, pero era tan grande que mi mente no había conseguido percatarse de él debido a la oscuridad.

Elle siguió contándonos la historia.

—Pues llegó la explosión verde y los tipos que son árboles se desangraron.

Y luego el humo se convirtió en ese arbusto con ese capullo de flor rojo y gigante encima, como si fuese una tarta verde enorme.

Yo estaba a solo unos seis metros y pensé que no iba a salir viva de aquello.

Estaba desesperada, pero me preparé para congelar la flor y eso.

La sangre y las tripas de los árboles empezaron a revolotear por los aires y a orbitar alrededor el capullo, como una de esas ilustraciones de los átomos.

Lancé un carámbano, pero no sirvió de nada.

Después el capullo se abrió y el cazador estaba ahí en medio, con gesto tan sorprendido como el mío.

Era uno de esos humanos sin cejas, por cierto.

—Los cimera —dije. Eran una especie que a veces participaba en la Guerra de Facciones. Pero no era el caso de esta edición.

—Sí, esos traidores de mierda. Bueno, pues que sangre, tripas y pedacitos de corteza se le metieron en la boca y empezó a crecer y a crecer…

Ya sabes, cómo cuando en Tom y Jerry le metían una manguera en la boca al gato.

Pero este tipo llevaba armadura, ¿vale? Y la armadura no crecía, solo él.

¿Has tirado alguna vez una lata de carne sin abrir al fuego y visto cómo explota?

Una asquerosidad, ¿no? Pues tardó cinco segundos, así que no tuve tiempo a reaccionar.

Después, entre todas las entrañas apareció una ardilla con gesto trastornado y cuernos.

Estaba cubierta con pieles de caza. No era mucho más grande que yo; enorme para ser una ardilla, eso sí, pero no como ese puñetero cachorrito que liberó Carl en el piso anterior.

Era una deidad, sí. Diwata, patrocinada por Circe Took.

Tenía un contador de cinco minutos. Después pegó un brinco y salió volando en plan Superman, como un cohete.

—¿Circe? —preguntó Li Jun—. ¿Quién es esa?

—¿Sabes la insecto esa a la que Carl le contagió la gonorrea? ¡Pues Circe es su madre! —explicó Dónut.

Todos se giraron para mirarme.

—Entonces… ¿se ha ido? —preguntó Katia sin dejar de mirar la equis enorme que había sobre mi cabeza—. ¿Ya han pasado los cinco minutos?

—Pues no lo sé —dije entre titubeos—. Recibí una notificación cuando apareció. Cuando aparece Emberus, el sistema me avisa al llegar y al irse. Y, en este caso, aún no me ha llegado un mensaje para indicarme que Diwata ya no está. Pero no sé si seguirá la misma lógica.

—Mordecai dice que deberías hacerte con los pétalos de esa flor —le dijo Dónut a Elle—. Y también un poco de polen. Comenta que se marchitará de un momento a otro, así que mejor que lo hagas rápido.

—Sin problema para coger los pétalos, pero le podéis decir que si quiere el polen, venga aquí y se meta él entre las vísceras —comentó Elle antes de volar hacia la flor.

—Esto no me gusta —dijo Imani—. ¿Por qué no ha ido a por Carl?

—A mí tampoco me gusta —comentó Katia.

Samantha llegó rodando. Tenía una mano gris y reseca en la boca, como si fuese un perro que acabase de desenterrar un cadáver de su tumba. La escupió en el suelo.

—Carl, quítale el anillo a esta cosa. Es bonito y me gustaría guardarlo para cuando recupere el cuerpo. La otra mano desapareció cuando murió, pero esta es la que tenía el anillo.

—¿Quién ha matado a este cazador? —pregunté. Examiné el anillo blanco y reluciente. No tenía propiedades mágicas. Era un anillo normal y corriente.

—Qué bonito es —dijo Dónut.

—Yo maté a ese cazador —dijo Florin—. Se lo puede quedar.

Elle volvió y soltó unos pétalos de flor tamaño palmera en el suelo frente a Dónut, quien se los guardó en el inventario.

—Sigo queriendo saber si ese cazador sabía lo que le iba a ocurrir cuando entró en la iglesia, porque ha sido una forma de morir horrible —dijo Elle, que volvió a mirar hacia el arbusto—. Preferiría que Li Na me lanzase su conjuro Forúnculos rezumantes antes que eso.

—Samantha —dije—. ¿Qué sabes sobre Diwata?

La cabeza brincó y aterrizó sobre los brazos de Imani, que ni se inmutó. La agarró con las dos manos.

—Hueles bien —le dijo a Imani—. Tienes un aura muy reconfortante. Antes podía hacerlo yo también, pero la mía hacía que los hombres enloqueciesen de deseo. Aléjate de mí rey o te mataré.

Imani no dijo nada y giró la cabeza hacia nosotros.

—Háblanos de Diwata —repetí—. Y deja de amenazar a la gente. La próxima vez que lo hagas, te enterraré en un agujero y te abandonaré a tu suerte.

Soltó un gruñidito.

—Sí, sí que era Diwata. Esa no le cae bien a nadie, en realidad.

O ese. Siempre está cambiando de género.

Es familia de Apito, pero no progenie directa.

No recuerdo muy bien la historia, pero estaba relacionada de alguna manera con la Zorra Avinagrada e Ilitía.

—Miró a Katia y empezó a olisquearla—. Tú hueles como ella, ¿sabes?

Empiezo a recuperar el olfato. Siempre me gustó cómo olía.

Diwata no, ella huele a enfermedad, a un hurón lleno de pulgas.

—Céntrate —dije.

—Pues Diwata no es que haga nada importante.

—Puso tono burlón—: «Sí, soy la diosa de los árboles y de las ardillas y de los roedores de los bosques.

Mira qué guapa soy». Pero Apito es la que está al mando.

Pero bueno, que yo me pongo muy pesada siempre que alguien quiere asar un buey en una de las fiestas de Eris.

—Empezó a reír—. Otros dioses se enfadan mucho con ella porque siempre está dando a luz a nuevas criaturas del bosque.

La nigromancia es una cosa, pero dar a luz a nuevas formas de vida normales…

No, no les gusta nada. Hace que muchos se enfaden, sobre todo cuando empieza a disparar bebés por sus partes bajas como si fuese uno de esos djinn o súcubos.

—¿A qué te refieres? —preguntó Katia.

—Diwata es como una cambiaformas —explicó Samantha—.

Siempre se transforma en una ardilla macho, se tira a todas las hembras ardilla que ve por ahí y luego se transforma en una y empieza a soltar crías como loca.

Sí, yo tampoco le encuentro sentido. Pero es una deidad.

¿Qué le vamos a hacer? Muchas deidades y demonios dan a luz.

Lo hacen por diversión. Una vez fui a una fiesta en la que nos pusieron a todos en fila y…

Da igual. Normalmente, cuando uno de nosotros tiene descendencia, nuestra progenie es un semidiós o un mestizo demoniaco.

Conocisteis a mi maravillosa hija, ¿no? ¿No es la mejor?

—Sí, Samantha —dije—. Conocimos a la cieno de arena.

—Pues espero que esté bien. ¿Sabíais que una vez, cuando estábamos en la Nada, tuve que…?

—Samantha, por favor.

Ella gruñó.

—Pues Diwata da a luz a versiones normales de lo que quiera que se haya tirado, sin importar el género de su última pareja. Al panteón no le gusta demasiado. Es un poder muy peligroso, incluso para una deidad. Se supone que solo el líder de la Ascendencia debería ser capaz de algo así.

—¿Cambia de forma para acostarse con criaturas diferentes? —preguntó Katia.

—¡Sí, es lo que estaba diciendo! Mira, Carl, tírame a la casa voladora. Quiero hablar con Louis. —Se zafó del agarre de Imani e intentó pegar un brinco. Alcanzó casi dos metros de altura y se quedó flotando durante unos dos segundos antes de volver a caer.

Intercambié una mirada con Katia. Ella se dio cuenta en el mismo momento que yo.

—No me atacó porque solo tenía cinco minutos para llegar hasta el lugar donde se encuentra su hija —comenté.

—Aaah —dijo Elle—. Por eso salió disparada de aquí como si tuviese un misil en el culo.

—Tiene sentido —convino Katia—. Además, es probable que no quiera ser la que mate a Carl, ya que eso haría que Vrah pareciese alguien débil. Tiene que ser su hija.

—Un momento —dijo Dónut—. Esperad todos. Un momento, un momento. ¿Por qué iba Circe a querer encontrarse con su hija?

—Para curarle la gonorrea —dije.

—Pero… —continuó Dónut—. ¿La única forma de curarla no era…? Dios mío.

—Ajá —comenté.

—¿No les arrancaban las cabezas solo a los machos? —insistió la gata—. ¿Se lo va a hacer a su propia madre?

—Ah, sí —dije—. Me había olvidado de eso. No lo sé, pero es probable que no. Y menos ahora que es una deidad. La verdad es que no sé hasta qué punto es necesario ese paso.

—Aquel contable mántide creía que era muy necesario —indicó Dónut—. ¡Por eso se suicidó!

—Da igual —dije—. Tenemos que dar por hecho que Vrah va a volver a las andadas.

—Y seguro que está muy enfadada —apostilló Dónut—. Si lo hacen, ¿Diwata tendrá crías de Vrah? ¡Dará a luz a sus propios nietos!

—Hum… Espero que no.

—Mira que es chungo este juego a veces —dijo Elle.

Un aullido distante nos llamó la atención a todos.

Nos giramos a tiempo de ver a Gran Tina tragarse a uno de los guardias micónidos.

Estos no se despertaban a menos que los atacases, y la dinosaurio había conseguido de alguna manera librarse de la vigilancia de su madre y entrar en el asentamiento.

Bajó la cabeza con la boca abierta y se metió al siguiente entre las fauces para luego masticarlo y partirlo por la mitad.

Kiwi y las demás rodearon a Tina y empezaron a graznar a la dinosaurio gigantesca, quien les respondió con un rugido de indignación.

—¿Solo a veces? —pregunté.