Capítulo 59
Parpadeé al abrir los ojos y vi que estaba tirado en una silla. Supe dónde me encontraba de inmediato.
«Esta mierda otra vez no, joder».
—Hola, Orren —saludé antes de ponerme a toser. Dónut estaba a mi lado en otra silla. Los dos cambiados habían desaparecido. Y tampoco vi a Astrid el hada.
El intermediario no perdió el tiempo con formalidades.
—Le he pedido a Astrid que te traiga porque necesito hablar contigo sobre un tema. Sobre dos, más bien. Me marcharé cuando se derrumbe este piso y no volveré hasta el principio del noveno, por lo que tenemos que hablarlo cuanto antes.
Gruñí a causa del dolor. Me habían «sanado», pero tenía un montón de desventajas activas que hacían que me sintiese como si me hubiese atropellado un tanque para luego prenderme fuego. Esa magia de sangre era muy desagradable.
Había un cuenco de una bebida sin alcohol y con cerezas al borde del escritorio de Orren, y Dónut estaba a mi lado, con las patas traseras en el asiento y las delanteras apoyadas en el escritorio mientras le daba lengüetazos a dicha bebida.
En ese momento se me antojó muy felina. Hacía tiempo que no la veía de esa manera.
La cabeza no dejaba de dolerme mientras la miraba. ¿Cuánto tiempo llevaba sentado allí?
—Hola, Carl —saludó Dónut, que alzó la vista de la copa—. ¡Me han dejado pedir algo de la cocina! Lo han traído en una bandeja y todo. ¿Sabes lo que son las alcaparras? Pues saben fatal. Por cierto, has estado inconsciente durante cuarenta y cinco minutos.
La criatura con cabeza de pecera permaneció sentada en la silla de madera chirriante, mirándonos mientras unía las puntas de los dedos de sus manos enguantadas.
—¿Qué les has hecho a mis amigos? —pregunté.
—¿A los dos cambiados? —dijo él—. Pues los hemos echado del club. No tienen permitido volver a entrar. Tienes suerte de que uno asegurase que había sido él quien bloqueaba la puerta. —Hizo una pausa—. Y también quien rompió el lavabo.
—Un momento. ¿Cómo que te marchas? —pregunté mientras agitaba la cabeza—. ¿Por qué?
—Mi trabajo es complicado, pero una de mis responsabilidades ya no es necesaria desde hace poco.
Los míos y yo permaneceremos en el planeta, pero algunas personas creen que ya no es necesario que me quede en la oficina dentro del juego hasta que empiece la Guerra de Facciones del noveno piso, si es que llega a tener lugar.
Estamos reevaluando la situación todo el tiempo.
No estoy de acuerdo con esta decisión de marcharme en particular, pero escapa a mi control.
No obstante, no os preocupéis. Si requerís nuestros servicios, estos siguen estando disponibles.
Me froté la frente. Me sentí aliviado al oír que habían dejado marchar a los cambiados. Con suerte, se habrían puesto de camino para encontrarse con Louis y Firas.
—¿Qué quieres de nosotros, Orren?
—¿Sabes qué hace falta para ser un intermediario, mazmorrero?
—¿Ser un gruñón? —respondió Dónut.
—No tengo mucho tiempo, Orren —comenté—. Si no vas a matarnos o algo así, ¿podemos irnos ya?
—Lo que hace falta en este trabajo es pasión para que el juego llegue a buen puerto.
Pero hay otro requisito muy importante: buscan a un candidato que no esté de acuerdo con los objetivos y la filosofía de su nación.
No es algo que se pregone, claro, pero es un requisito muy importante.
Se debe a que la mayoría de las naciones, como los Valtay, acogen los juegos con objetivos en mente que pueden llegar a ir en contra de su espíritu y de su verdadero propósito.
—¿Su espíritu? —pregunté—. ¿Eso es una broma o qué?
—Técnicamente, tendría que haber perdido el trabajo en el momento en el que los Valtay se hicieron con el control de la Corporación Borant.
Por suerte, mi antigüedad en el puesto y lo claro que he sido al enfrentarme a las costumbres de mi pueblo me han ayudado a mantenerlo.
Además —añadió—, sería algo muy hipócrita por su parte teniendo en cuenta las circunstancias.
—Creía que os limitabais a ejecutar a aquellos que no pensaban como vosotros.
—No somos bárbaros —aseguró.
—Permíteme que disienta.
—Estoy intentando darte información valiosa, mazmorrero, así que presta atención.
No soy el único intermediario que intenta que el sistema vaya como la seda.
Igual que tampoco soy el único intermediario que no está para nada de acuerdo con los intereses de su nación.
Somos muchos y tenemos formas muy diferentes de afrontar las cosas y maneras de pensar muy distintas sobre la interpretación de las reglas.
Y a ese último respecto hay algunos que se pasan de la raya.
—Pero ¿de qué cojones estás hablando?
—Creo que intenta advertirnos de algo, Carl. —Dónut se había puesto a hablar mientras masticaba la cereza—. Pero le cuesta porque no le caemos bien y tiene miedo de infringir las normas.
Los dos nos quedamos mirando a Dónut.
—Sí que me caéis bien —comentó Orren—. Admito que me entretiene la manera en la que retorcéis las reglas para estropear cosas que supuestamente no se podían estropear.
Antes tenía muy claro que ibais a ser un desastre para el programa, a pesar de vuestra capacidad para generar cantidades ingentes de dinero.
Ahora aún creo que sois peligrosos, pero las circunstancias han cambiado.
—Espera —dije—. ¿De qué intentas advertirnos?
—He dicho todo lo que podía decir al respecto. A los que son como yo podéis imaginároslos como los sheriffs de vuestro salvaje Oeste. Algunos son buenos. Otros son malos. Y a otros les gusta tanto su trabajo que se extralimitan.
Pensé en Chris y en el misterioso intermediario cáprido que parecía estar vinculado con el Imperio Calavera para conseguir que nos matasen. Nos habían dicho que ellos iban a solucionarlo. ¿Sería cierto?
—Eres el único que conocemos —dije—. Y, con suerte, seguirá siendo así.
Se quedó en silencio, como si quisiese decir algo más al respecto, pero luego cambió de tema:
—Bueno, hablemos de negocios. Por si no os habéis enterado, los juzgados han abandonado prácticamente todos los casos relacionados con el mazmorreo, incluidos aquellos en los que la IA solía ser del todo indiferente.
Lo han hecho para sopesar la situación y decidir cómo actuar de ahora en adelante, algo que no sabrán hasta que analicen mejor la estabilidad de esta IA en particular durante el cambio de piso.
Como sabréis, vuestro abogado necesita una orden judicial para enviaros mensajes, pero no ha podido ni hacerlo de esa manera debido a la paralización de todos los litigios.
Hemos decidido ignorar este problema en esta ocasión.
Eso sí, tendré que estar presente durante la conversación.
Agitó la mano y, de repente, apareció Quasar entre una nube de humo.
No estaba solo. Iba acompañado por una mujer ataviada con una camiseta con la cara de Dónut y las palabras «¡Cagondiós, Dónut!
» en letras gigantes, palabras que se deslizaban por la prenda de un lado a otro.
Un tentáculo color carne brotaba de la parte superior de la camisa de la mujer y se agitaba.
Aquella cosa tenía una boca aserrada y babeante, así como un lacito en el extremo.
Dónut alzó la vista hacia los recién llegados, sin dejar de masticar la cereza.
Tanto la mujer como el tentáculo de su cabeza rompieron a llorar al ver a la gata.