La mascarada del carnicero (Carl el Mazmorrero 5) Capítulo 55
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Capítulo 55

Al acercarnos al asentamiento grande con las escaleras, vi a unos pocos PNJ que nos esperaban por fuera.

—¡Mira, Carl! —dijo Dónut, que se bajó de Mongo y saltó sobre mi hombro—. ¡Hola, Holger! ¡Hola, Signet! ¡Hola, Areson!

—Dónut, haz que los dinosaurios se mantengan al margen.

—¿Qué tal, Signet? —dije mientras me acercaba a la semináyade. Intercambié un saludo con el ogro y con el castor pequeño y peludo con mullet. Había recuperado su forma humanoide y nos sonreía a Dónut y a mí.

Signet tenía en el pecho el tatuaje de la versión infantil de Clint, que nos saludó con efusividad.

—¡Hola, tatuaje de Clint! —dijo Dónut, que se quedó mirando la ilustración—. ¡Hola, tatuaje de la señorita Nadine! —Después, la gata echó un vistazo a su alrededor—. ¿Dónde está Edgar?

—Tortuga estar preparando un conjuro muy importante por fuera del castillo de los elfos —explicó Areson—. Estar preparando para la batalla final. Tener que hacer un mapa.

Signet miró por encima de mi hombro y arqueó una ceja al ver lo que nos seguía.

—¿Esa de ahí atrás es Tina? ¿Cómo la habéis domesticado?

—No lo hemos hecho —expliqué—. Pero Dónut ha domesticado a su madre, lo que ha resultado ser suficiente para que no nos coma. Por ahora. Igual que con el resto de los dinosaurios.

—Ya veo —dijo ella, que apretó los labios—.

Tened cuidado. No se puede confiar mucho en la jerarquía de los mongoliensis.

Si alguien mata al alfa, podríais perder el control de todo el grupo al mismo tiempo.

Acabarán contigo antes de que sepas qué ha ocurrido.

Créeme, lo sé por experiencia. Tu estrategia no puede depender de algo tan endeble.

—Entendido —aseguré.

Signet asintió.

—Como ha dicho Areson, seguimos preparando la parte final del ataque, pero no estoy aquí por eso. No vamos a quedarnos. Los elfos vienen a por nosotros, pero te estaba esperando para advertirte. El bosque llora. Una oscuridad se avecina desde el norte.

—Sí, eso he oído —comenté—. La zarza de la gehena.

Solo habían pasado unas pocas horas, pero nadie había visto ni oído nada de esta nueva amenaza.

Era normal, eso sí. Avanzaba por el mapa muy despacio.

Era probable que estuviese llegando a Zockau en estos momentos.

Pasaría un día entero antes de llegar al río siquiera.

Tenía pensado enviar a Bomo para que echase un vistazo cuando llegásemos a una estancia segura.

—Sí, la zarza. Suponía que ya lo sabríais, pero es peor de lo que pensáis. Los árboles están sufriendo. Lloran y piden ayuda. Los árboles y los dríades están lanzando un conjuro que puede que los ayude. No detendrá la plaga, pero si lo consiguen vendrá ayuda para protegerlos de lo peor.

—Muy bien —dije. No entendía nada.

—La ayuda que vendrá es Diwata, la protectora del bosque.

Me he enterado de tu incidente en el templo.

Vas a tener que ir con cuidado si Diwata entra en este reino.

Es especialmente despiadada con los apóstatas.

Aléjate de los todoárboles que veas. Le susurrarán tu ubicación a la deidad.

Quedan pocos días y lo mejor será evitarla.

—Genial —comenté—. Lo que nos faltaba.

—No va a pasar, Carl. Ni ahora ni nunca. Bajo ninguna circunstancia. ¡Mira lo grande que es! ¿Tengo pinta de pervertida sexual?

—Dónut, te dará diez puntos más y un 5 % adicional a tu Constitución. Es el más pequeño de los cuatro. Tienes que ponértelo. Servirá para protegerte.

—Es un aro para los pezones. Se va a quedar colgando. Sabes lo que pienso sobre las cosas que cuelgan.

—Es pequeño y quedará oculto entre tu pelaje. Y también es probable que se haga más pequeño cuando te lo pongas. Los objetos mágicos siempre cambian de tamaño.

—¿Y cómo me lo vas a poner? Dice que la primera vez debe colocarse manualmente.

No tengo el pezón agujereado, Carl. Nadie agujerea los pezones de los gatos.

¡Eso merecería una denuncia por crueldad animal!

Si crees que es tan bueno, ¿por qué no te lo pones tú?

No te imagino agujereándote los pezones.

—¡Sí que lo voy a hacer! ¡Y el que me voy a poner es más grande que este incluso!

—Pues ponte los dos si quieres, porque yo no pienso hacerlo.

De los cuatro aros para los pezones, solo dos merecían la pena.

El superior, que era el más grande y el que había arrancado del pecho de Iota, daba +5 a la habilidad Mezcla de bebidas.

En un primer momento había pensado que era una manera alternativa de llamar a una habilidad para crear pociones, pero no había sido el caso.

Era justo lo que decía el nombre. Para camareros.

Mordecai creía que podía llegar a venderse por una buena suma de dinero.

El siguiente permitía ver el valor de venta medio de un objeto que no fuese único, incluso sin llegar a tocarlo. Era interesante pero no tanto como para agujerearme el pezón y colgarme en él una aldaba. También íbamos a venderlo.

Gruñí al leer la descripción del tercer aro para pezones, porque sabía que merecía la pena llevarlo puesto.

El anillo de oro dorado tenía el tamaño de una moneda de cincuenta centavos y era demasiado bueno como para ignorarlo.

Proporcionaba al portador un efecto llamado Cuarto de caída, que básicamente hacía que la velocidad de caída se redujese a un cuarto.

No se me daba muy bien la física, pero sospechaba que una caída a un cuarto menos de velocidad iba a doler igual. Aunque probablemente serviría para sobrevivir a ella. Seguro que era una alternativa mejor a las pociones de cuasichof.

El siguiente y último era el que mejoraba la Constitución y que tenía el tamaño de una moneda de cinco centavos, que no era tan grande.

A menos que se lo pusieses a un gato, claro.

—Si te lo pones, te daré un premio —comenté.

Dónut me miró con gesto de sospecha.

—¿Qué premio?

—Uno caro.

No me había salido nada interesante en ninguna de las cajas de botín que había abierto, ni siquiera en la de jefe por matar al reptador insufrible, donde había conseguido algunas bombas de mochila.

Básicamente, eran pequeñas mochilas con asas de cuero que podía lanzar para hacerlas detonar y que tenían la potencia de tres cartuchos de dinamita hobgoblin, suficiente para acabar con un pueblo pequeño.

El premio había estado bien, pero tampoco es que fuese algo único.

En la caja de benefactor me había salido algo que me resultaba desconcertante. Era una poción muy valiosa que me resultaba familiar, aunque no era tan poderosa como la que ya tenía guardada.

Llantos de Pawna.

Esta poción tiene una duración limitada en el inventario.

Añade un +3 a cualquier conjuro o habilidad que elijas.

Era la primera vez que veía lo de una duración «limitada» en el inventario. Los objetos que decían que «no durarían mucho» en el inventario había que tomárselos de inmediato. En este caso, «limitada» quería decir que había que tomársela antes del derrumbe del piso.

Aún tenía la poción de lágrimas de Pawna en el inventario, que servía para lo mismo pero sin restricción de tiempo. Y daba +5 en lugar de +3. Me la estaba guardando para después.

Esta nueva poción también venía con una nota, algo poco habitual. La cogí y vi que solo decía: «Guárdate la toralina».

La toralina era el ñame que me habían dado en el piso anterior para salvar a Chris. Ya habíamos usado más de la mitad para crear una poción que me permitiese sacarle a Maggie del cerebro.

—¿Guardarla? ¿Para qué? ¿Por qué no lo dicen sin más?

—Las notas son caras —explicó Mordecai mientras examinaba la poción—. Pagas por caracteres y las normas son algo complicadas. Te obligan a hablar en clave. Si no eres lo bastante impreciso, la IA la «traduce» a su manera y es mejor que no sea así. Hay que ser muy críptico.

Miré la nota e intenté averiguar a qué se refería, pero en ese momento sentí cómo se activaba el zumbido háptico de la habilidad Plan de huida. Unas palabras adicionales aparecieron en la página y sentí un escalofrío:

Circe patrocina a Diwata. Dar poción a Dónut. Necesita 15, pero que sea secreto. Usar aumento temporal. Prepotente + Imani + Samantha pueden hacerlo. O usar otra poción de Pawna si es necesario. La repondremos. Atte. P. Hu.

Me quedé muy aturdido al terminar de leerla. Tuve que hacerlo unas cuantas veces más para descifrarla del todo.

Querían que le diese la poción de +3 a Dónut.

Y encima Circe Took había patrocinado a Diwata. La madre de Vrah había entrado en la mazmorra.

Intenté recordar lo que Mordecai me había contado sobre Diwata.

Dijo que la deidad podía cambiar de forma y de género, pero que normalmente tenía el aspecto de una ardilla cubierta de musgo y con cuernos.

No era una deidad cuya representación tuviese un gran tamaño, pero la criatura podía hacerse gigante a voluntad.

Recordé que me habían enviado la caja de benefactor antes de fallar la misión. Eso significaba que, a pesar de haber ganado el proceso judicial y liberado a su hija, Circe Took del Enjambre Negro ya había patrocinado a la deidad y tenía pensado venir a por mí fuera cual fuese el resultado.

Era como lo del Imperio Calavera. Tenía que guardar las apariencias.

La había humillado y le había hecho daño a su hija.

Sabíamos que seguía comunicándose con ella de alguna manera, a pesar de ir contra las normas.

Me pregunté si habrían arruinado a propósito la misión de los reptadores insufribles porque sabían que iba a ocurrir lo de las zarzas.

Volví a leer la nota y luego miré a Samantha, quien rodaba por la estancia aullando histérica mientras los dos osunos pequeños, Randy y Todd, la usaban como pelota de fútbol.

—¡Ja! ¡Pateadme! ¡Pateadme, pequeños! Sí, así. Como a mí me gusta. No, en la nariz no, cielo. O mataré a Prudence.

Decidí no intervenir.

C ARL : Oye, Imani, ¿Tienes alguna habilidad que aumente el nivel de un conjuro?

I MANI : La tengo, sí. Es un aura que puedo lanzar y se llama Zumito cerebral. Añade un nivel a un conjuro, pero tiene un efecto secundario desagradable que añade tiempo de recarga adicional, por lo que no suelo usarlo en combate. Elle se pone como una fiera cuando sus carámbanos tardan mucho.

C ARL : Entendido. Muchas gracias.

—Si te pones el aro —dije al tiempo que sacaba la nueva poción del inventario—, te daré lo que me salió en la caja de patrocinador.

—¿En serio? Nunca me has regalado tus premios. —Se humedeció los labios con la lengua—. Me vendría muy bien.

—Eso es —dije—. Tú la necesitas más que yo. Tienes proyectil mágico a casi 12. Si grindeamos un poco, te subirá de nivel y luego podrás usar la poción para llegar a 15.

Mordecai se había quedado observando la conversación con gesto misterioso. Me dio la impresión de que estaba a punto de decir algo, pero le indiqué con la cabeza que se quedase en silencio. Suspiró y se marchó.

—Pero ¿seguro que tengo que ponerme el aro en el pezón? —preguntó Dónut.

—Tienes que ponerte el aro en el pezón —repetí.

Me dio la impresión de que se lo estaba planteando.

Mongo, quien se había quedado viendo el partido de fútbol improvisado, graznó a Dónut con preocupación.

Kiwi, Tina y el resto de los dinosaurios seguían fuera de los límites del asentamiento.

Convencer a los guardias para que dejasen entrar a una manada de velocirraptores no era lo mismo que convencerlos de que los dejasen entrar con Tina.

Dónut no tenía tanto Carisma. Y, además, el asentamiento no era nuestro.

Cogí el aro.

—¿Aceptas? —pregunté.

—Muy bien —dijo ella al fin—. Pero tienes que ponerte primero el tuyo. Y no se lo digas a Katia. No quiero que piense que soy una prostituta.

—¿Por qué relacionas los aros en los pezones con algo así? Hay mucha gente que los lleva.

—He visto esos vídeos en tu ordenador, Carl.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Mira, póntelo ya. Quiero asegurarme de que no duele.

Me abrí la camisa. Tragué saliva y fingí que no me daba miedo.

Yo tampoco quería ponerme el aro. En realidad, me daba igual que me doliese más o menos o que me quedase bien.

Debía tener en cuenta que iba por ahí en gayumbos de corazones y capa.

Lo que no me gustaba nada era tener en el pezón un lugar del que algo podía llegar a tirar con facilidad.

No se me había ocurrido que en la mazmorra habría aros para los pezones, pero era algo que ampliaba mucho las posibilidades para las mejoras. Yo solo tenía espacio para dos, pero Dónut tenía ocho. Tenía que estar pendiente por si encontrábamos más en un futuro.

Contuve el aliento y me atravesé el pezón izquierdo con una pequeña aguja mientras me mordía el labio. Au.

Dónut seguía bocarriba y se me quedó mirando sorprendida mientras volvía a abrocharme la camisa de piel de trol.

—No sé si voy a poder seguir respetándote, Carl.

¡Logro desbloqueado! ¡Pervertido sexual!

¿Un aro en el pezón? Lo siguiente será depilarte el perineo e ir a esas fiestas donde tienes que poner tus llaves en un cuenco. Vas a tener que dejarte patillas, comprarte un Pontiac y dejar de mirar a los ojos a la ortodoncista de tu hijo.

Recompensa: Las putas no se llevan recompensas.

—¡Oye! —dije mirando al techo—. Te lo acabas de inventar todo.

—¿Qué? ¿Qué? —preguntó Dónut mientras yo le frotaba la barriga en busca de un pezón para ponerle el aro. Eran muy pequeños. Pequeñísimos.

—No te preocupes —dije al tiempo que me centraba en uno—. Tenemos que hacerlo ya, que no quiero desperdiciar mucho tiempo de la barra de sangre.

—Ese no, Carl. Más arriba. Y del otro lado. Si voy a quedarme desfigurada de por vida, prefiero que sea arriba a la derecha. Y venga ya, sí. Lo último que necesitamos son más cortes sexis de los fans entre Carl y Princesa Dónut.

—¿Cómo que más? Mira, ¿sabes qué? No me respondas. Vale, voy a ello. A la de tres.