La mascarada del carnicero (Carl el Mazmorrero 5) Capítulo 53
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Capítulo 53

Dejamos a Tina gimoteando en el claro y nos acercamos al cazador caído, que seguía llorando en el suelo. Mientras lo hacíamos, vi cómo la barra de salud le subía al máximo.

Alianza de Artesanos.

—Qué mierda. Joder —dijo la criatura, que intentó arrastrarse lejos de mí a pesar de no tener ningún lugar al que escapar.

Un charco de sangre se perdía entre las hojas antes de mezclarse con el barro.

Las velocirraptores, a las que habían prohibido comerse a la criatura, empezaron a darle lengüetazos.

El tipo ya se había curado, pero no tenía pierna. Se la habían cercenado por encima de la rodilla.

Era un Artesano. Era la primera vez que veía a uno.

Se suponía que dicho grupo le estaba dando caza a Elle y a Eva.

Sabía que Elle y el resto de los integrantes de Meadow Lark habían tenido un enfrentamiento al principio, pero luego los habían dejado en paz porque conformaban un grupo muy numeroso.

No había oído que nadie los atacase desde entonces.

El tipo que tenía delante parecía un tigador normal y corriente, aunque más feo y más peludo.

Era alto, delgado, con unos ojos de insecto muy grandes y piel pálida.

Su cabeza no era redondeada como la de los tigadores, sino que tenía dos bultos muy llamativos a los lados que hacían que el contorno se pareciese al de un corazón.

También tenía la piel mucho menos suave que la de un tigador normal.

Parecía desgastada y arrugada, como la de un humano después de pasar toda la vida al sol, aunque más pálida y llena de venas.

Tenía los ojos más grandes y unos pelillos gruesos y negros en la cabeza y los brazos.

No llevaba camisa, y distinguí lo que supuse que era una hilera de pezones rojos en el centro del pecho, cuatro formando una hilera vertical.

Todos estaban atravesados por un aro de metal, cada uno más pequeño a medida que se descendía.

El de arriba era lo bastante ancho como para meter el puño y en el de abajo a duras penas me cabría el dedo.

No sabía demasiado sobre la especie. Les gustaba la cacería, pero no eran lo bastante ricos como para participar en la Guerra de Facciones.

Eran moradores de las profundidades en su planeta natal.

Se les solía considerar unos bárbaros imbéciles a los que les gustaba la muerte.

Se decía que algunos de los fármacos recreativos no del todo legales y el alcohol más popular venían de su sistema planetario.

—Joder, tío —dijo cuando me coloqué junto a él, con Dónut en mi hombro. Tenía el tono de voz de alguien que llevaba bebiendo desde hacía horas sin parar—. ¿Qué hago aquí? Estoy bien jodido, ¿verdad? Ni sé qué ha pasado.

—Te teletransportaron fuera de la estancia segura porque no has matado nada —le expliqué.

Después le coloqué el pie sobre el pecho para que no se levantase.

Mi dedo gordo le rozó el primero de los aros que tenía en los pezones.

Estaba caliente—. Han cambiado las normas —comenté mientras seguía apretando, aunque no lo bastante como para hacerle daño.

Él gruñó, dolorido pero como si le gustase, una reacción que no era la que esperaba.

—Es que se lo dije. Les dije que iba a pasar algo así. Se ha vuelto primigenia.

—¿A qué te refieres? —pregunté.

D ÓNUT : CARL, LO ESTÁS HACIENDO OTRA VEZ. MÁTALO YA. TÚ ERES QUIEN DIJO QUE ERA PELIGROSO DEJARLO CON VIDA.

Tenía razón, pero necesitábamos información.

—Explícate. Pero, si intentas algo, te aplastaré el pecho.

Metí el dedo gordo del pie en el anillo del pezón superior y tiré con fuerza. Gritó de dolor y vi un chorrito de sangre. Era roja, como la de los humanos.

—Por sus tetas, joder —dijo al tiempo que alzaba una mano—. ¡Eso ha dolido!

—Explícate —repetí. Después le derramé una poción de sanación en la cara. Empezó a escupir, pero fue suficiente para volver a subirle la barra al máximo.

—Madre mía. Estás más loco que Vrah, ¿lo sabías?

Algunas familias han denunciado para sacar a los suyos.

Comentaron que, con el cambio de régimen, el contrato había perdido su validez.

Se supone que estos peligros ambientales no deberían afectarnos a nosotros.

Esa zorra mantis fue una de las que denunció.

Intentó salvar a su hija. Nos dijeron que habíamos ganado y que podíamos marcharnos cuando quisiésemos.

Estábamos todos en el bar, bebiendo y celebrando que podíamos escapar de este desastre.

—¿Qué le pasó a tu camisa? —preguntó Dónut.

El cazador gruñó.

—Las shilai. Saben cómo pasárselo muy bien. —Bajó la vista hacia la parte baja de su cuerpo. El muñón asomaba debajo de los pantalones marrones rasgados. A su lado, dos velocirraptores se peleaban por los restos de su pierna—. ¿Dónde coño está mi pierna?

Kiwi se había apartado para colocarse frente a Tina y seguir gritándole. Por su parte, la enorme dinosaurio seguía llorando y agitando la varita con rabia en dirección a su madre. Brincaba iracunda de un lado a otro. El suelo no dejaba de moverse como si estuviese pasando un tren.

—Tengo malas noticias para ti, colega. Creo que no vas a volver a casa —le dije.

D ÓNUT : CARL, ¿ESTÁS BIEN? ESTÁS HACIENDO COSAS RARAS.

—Ya, supongo que no voy a volver —convino él—.

Yo lo advertí. Esto es todo culpa de las mantis.

Dicen los rumores que cuando vendieron la IA a los peces del fango les dieron una usada.

Los tipos casi no tenían dinero. Después de aquel incidente de hace unos ciclos, las mantis están obligadas a cambiar las IA de su parque de atracciones cada temporada.

Siempre se quejan al respecto. Se comenta que les vendieron a Borant una de esas IA para un mazmorreo real.

Todo de forma clandestina. Es normal que se haya vuelto primigenia tan pronto.

Mira que le dije a mi amigo: «Menudo mundo de mierda en el que estamos que algunos pueden pasarse por el forro las demandas». Y mirad cómo ha acabado la cosa.

Negué con la cabeza. Era información muy importante.

—¿Cómo ha acabado la cosa? ¿Podrías explicarte?

—Nos llegó una notificación que aseguraba que la sentencia que decía que el contrato había perdido su validez tampoco la tenía debido a una ley aprobada hacía mucho tiempo.

La notificación tenía como cinco párrafos, pero básicamente afirmaba que ahora era la IA la que hacía las reglas y que iba a terminar el mazmorreo y que íbamos a estar aquí encerrados hasta el final del piso. Y que luego podríamos volver a casa.

«Joder».

—¿Y van a hacer algo al respecto o se limitarán a dejar que la IA haga lo que le dé la gana?

Él se rio.

—¿Quiénes? ¿El consejo? No van a hacer un carajo.

Claro que van a permitir que la IA haga lo que le dé la gana.

¿Qué alternativa tienen? ¿Parar esto y perder todo el dinero?

No se puede reemplazar a la IA. Esto pasa siempre, pero normalmente ocurre después del décimo piso.

Tienen normas y procedimientos para esos casos.

Los productores se desvinculan y todo sigue por su cuenta.

Las IA normalmente ponen sus normas, durante un tiempo al menos.

No les gusta que los demás les den órdenes.

Esos cabrones que están de juerga en el club Escolopendra del decimoctavo piso tienen equipos de seguridad personales en órbita por si las cosas se salen de madre, pero las IA primigenias suelen dejarlos en paz y llevarse los módulos cuando todo termina.

Todo a cambio de dejar que las IA vivan felices después.

Los imbéciles del consejo llevan mucho tiempo haciéndolo.

Saben cómo reaccionar. Nadie va a salir herido de verdad excepto vosotros y la gente como yo, que tiene que trabajar para ganarse la vida.

Los espectadores se lo pasarán pipa y Borant o quienquiera que esté al mando ganará más dinero que todos los dioses juntos.

Empezaba a gustarme aquel tipo, lo cual me resultó algo problemático.

Siguió hablando:

—Como he dicho, esto no suele ser tan repentino, sino que se va notando más poco a poco.

Por ahora, lo único que ha cambiado es que la IA ha dejado de hacer caso a las resoluciones judiciales con las que no está de acuerdo.

Suele ser el primer paso. A veces no ocurre nada más, en realidad.

He tenido muy mala suerte, porque no le ha gustado la resolución que me habría salvado el culo.

Pero una cosa tengo clara: esta IA no suele ceñirse a las normas.

Le gusta el drama. Le gusta retorcer las cosas para hacerlas más interesantes.

Algunas son algo más estrictas en ese sentido.

—¿Cómo lo sabes? —pregunté.

—¿No me ves aquí, mazmorrero? Estoy borrachísimo y todo el mundo sabe que no me callo ni debajo del agua. Se suponía que me iba a teletransportar a un lugar aleatorio del piso. ¿Qué posibilidades había de que lo hiciese a tu lado?

No supe qué responder.

—Mira, chaval —continuó Iota—. Acaba con esto de una vez, ¿vale?

No voy a enfrentarme a ti ni tampoco a suplicarte.

No tengo miedo de cruzar el velo. No es que me alegre, pero tampoco me voy a poner dramático.

No. Ni siquiera voy a enfadarme contigo.

Es probable que yo hiciese lo mismo en tu lugar.

No soy un cazador, solo soy contable, un corredor de bolsa que mueve el dinero de otros.

Pero esos tipos no han hecho nada desde que llegamos.

—¿Contable? —pregunté, curioso de repente—. Eres el tercero o así que me encuentro.

—No me sorprende. Somos unos treinta y la mayoría nos hemos pasado todo el piso metidos en el bar cogiéndonos una buena.

Desde que entraste en Zockau nos quedó claro que este mazmorreo iba a ser diferente y no íbamos a sacar pasta.

Sí que voy a lamentar perderme la fiesta, la verdad.

Me hubiese encantado salir del bar y comerme un buen… ¡Aaag!

No lo dejé terminar. Le aplasté el pecho con el pie.

La característica que tenía más alta era la Inteligencia, por lo que recibí tres puntos.

Felicidades, asesino.

Has subido de nivel el Anillo de sufrimiento divino. Ahora conseguirás cuatro puntos de característica por cada muerte.