Capítulo 52 #3
Os lo advertí. Prometí que las consecuencias de fallar unas de las misiones de mundo más fáciles serían horribles.
¡Así que allá vamos, comemierdas!
Me he fijado que los dos reptadores insufribles restantes son los que estaban donde solo los cazadores podrían haber acabado con ellos. Empecemos por ahí. Los que estáis encerrados en Zockau las vais a pasar canutas.
Es probable que todos os hayáis fijado en que hay una nueva barra de estado en vuestra interfaz.
No tiene nombre oficial, pero me gusta llamarla barra de sangre.
A partir de este mismo instante y durante lo que queda de piso, todos los accesos a las estancias seguras, y esto incluye los accesos a los espacios personales, estarán regidos por las normas del décimo piso en adelante.
«Mierda», pensé. Sabía lo que significaba eso gracias al libro de cocina.
Para aquellos que no sepáis lo que significa, os lo explicaré rapidito. Tendréis que ganaros el sustento. Al fin y al cabo, estamos en un programa de acción y no en una serie sensiblera en la que todo el mundo llora y se masturba sin parar. Sí, eso va por ti, cazadora Veeka.
Todos los accesos a las estancias seguras tendrán tiempo a partir de ahora para los mazmorreros y los cazadores.
Cada vez que entréis en una, la barra de sangre empezará a descender.
Cuando esté llena, tendréis diez horas de la Tierra para hacer vuestras cosas.
Si se agota mientras estáis dentro, os teletransportaréis a una ubicación al azar del exterior.
Una vez agotada no podréis volver a entrar en una estancia segura, ni en sedes gremiales ni en las que también son bares.
Para llenar la barra tendréis que matar cosas. Es muy fácil, en serio. Si hacéis lo que se supone que tendríais que estar haciendo, este cambio tampoco os afectará demasiado.
Ese es el cambio de las reglas, pero no es el castigo que todos recibiréis por haber fallado la misión.
Agarraos los machos, que vienen curvas.
El conjuro Zarza de la gehena se ha lanzado en la ubicación de los dos reptadores insufribles restantes. Este se extenderá desde allí a una velocidad media de cuatro kilómetros por hora. Más rápido que la noche y más lento que el sol.
Aquí un repaso rapidito para los que no sepan lo que hace dicho conjuro.
Todas las plantas a las que toque se convertirán en un muro infranqueable grueso y de diez metros de alto lleno de enredaderas con espinas, capaz de agitarse y atacar.
Si os atraviesa alguna de las espinas, os hervirá la sangre de inmediato y explotaréis.
El conjuro no se puede anular. Las plantas no pueden envenenarse ni matarse.
Se puede hacer retroceder a las zarzas, pero jamás cejarán en su empeño.
No se acercarán a cinco metros cuadrados alrededor de las escaleras, pero el resto quedará cubierto por completo, incluyendo los asentamientos, los edificios y todo lo que no sea una estancia segura.
Y empieza ahora mismo.
Ah, una última cosa que se me había olvidado mencionar sobre la norma de las estancias seguras. Lo de la barra de sangre es retroactivo. Eso significa que si no habéis matado nada en este piso, empezaréis con ella vacía. ¡Ahí queda dicho!
Buena suerte. Y recordad que estáis así por vuestra culpa.
Fum. Apareció una criatura a unos seis metros a nuestra izquierda, en el bosque.
Lo hizo como si fuese a cámara lenta. A pesar de la velocidad, cayó al suelo con estruendo.
Vi el punto púrpura de un cazador, pero tres velocirraptores se abalanzaron sobre él antes de que me diese tiempo a examinar quién era.
—¡Parad! —grité—. ¡Dónut, haz que Kiwi les diga que paren!
—¡Kiwi! —gritó Dónut mientras los señalaba.
Kiwi emitió el equivalente dinosáurico a un quejido que parecía significa: «¿En serio tengo que hacerlo todo yo?
». Pegó un salto y aterrizó junto al cazador, que no dejaba de llorar.
La dinosaurio siseó y las tres velocirraptores se apartaron, aunque una ya tenía una pierna estrecha entre las fauces.
En ese mismo instante, Tina dio otro paso hacia nosotros, gruñó y agitó la varita.
No ocurrió nada. Olí a la criatura a pesar de la lluvia: un hedor a carne podrida y a basura.
Kiwi gritó a Tina enfadada, y la enorme dinosaurio ladeó la cabeza para mirar a su madre.
Un grupo de seis velocirraptores se colocaron entre Kiwi y Tina.
Esta última empezó a emitir un gimoteo incesante, como si fuese un cachorrito enfadado.
Kiwi volvió a rugir, con más intensidad en esta ocasión.
Tina empezó a brincar de un lado a otro, lo que hizo que me castañeteasen los dientes cada vez que caía al suelo.
«Joder —pensé—. Le ha dado un berrinche porque no la dejan comernos».
M ORDECAI : Las enredaderas de la gehena son muy peligrosas. Manteneos alejados. Pero, si os acercáis, cortad unas pocas y guardáoslas. La toxina es muy valiosa. No toquéis las espinas.
C ARL : Ahora no.
—Pues… —dije sin dejar de mirar a la dinosaurio enorme que seguía llorando—. Vamos a ver cómo está el cazador.