La mascarada del carnicero (Carl el Mazmorrero 5) Capítulo 52 #2
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Capítulo 52 #2

Kiwi graznó. Dónut lanzó al fin Antorcha, y el bosque se iluminó bajo la lluvia a nuestro alrededor. La gata alzó la pelota mágica llameante por los aires para que hiciese las veces de un pequeño sol en miniatura que iluminase todo lo que nos rodeaba como unos focos de estadio.

—Oh, oh —dijo Dónut—. Las dinosaurios están volviendo. Y ella también está en el grupo.

Tardé un segundo en darme cuenta de a quién se refería con «ella».

El bosque que teníamos delante empezó a temblar.

Un árbol se resquebrajó y cayó al suelo.

Kiwi soltó un piar grave de alegría y corrió hacia el lugar.

Mongo se quedó atrás. Las velocirraptores aparecieron a nuestro alrededor y entraron en la luz.

—Carl —dijo Dónut—. Su punto aún aparece rojo en el mapa.

—Prepárate —advertí mientras dos árboles más se partían por la mitad. El suelo tembló. Las demás dinosaurios se apartaron y se quedaron quietas, como si también tuviesen curiosidad por lo que iba a ocurrir.

Los árboles dieron paso a Tina.

—Esto no se ve todos los días —murmuré cuando la enorme dinosaurio bailarina llegó al claro, con las fauces manchadas de sangre como si fuese una baba pegajosa.

Mongo pegó un aullido de terror y se retiró un poco mientras Dónut y yo nos alzábamos la vista con la boca abierta. El monstruo medía unos cuatro metros y medio de alto y casi doce de largo.

Dos ojos reptilianos se fijaron en nosotros, brillando con la luz como canicas de cristal iracundas. La criatura volvió a rugir y dejó al descubierto una boca gigantesca llena de cientos de dientes afilados. El ruido resonó grave y aterrador.

Era una alosaurio. Nunca me habían gustado demasiado los dinos, por lo que no sabía nada de la criatura. A mí se me parecía a un tiranosaurio rex. Recordé que aquel niño osuno había comentado que tenía tres dedos en lugar de dos. No sabía si esa era la única diferencia.

Tina tenía el aspecto que esperaba. No contaba con plumas, como la mayoría de los dinosaurios del piso, sino que era más parecida al típico reptil.

Su piel gruesa de caimán tenía una mezcla entre verde y marrón tierra, con bultitos que recorrían todo su cuerpo y unas protuberancias más grandes sobre los ojos que casi parecían cuernos.

Una tiara rosa y desgastada destacaba sobre su cabeza, apoyada en dichas protuberancias.

Era como si la tiara formase parte de su cuerpo y creciese directamente sobre su piel.

Una boa de plumas sangrientas, a la que en realidad ya le quedaban muy pocas, colgaba inerte alrededor de su cuello. Cuando dio un paso hacia nosotros, algunas de las plumas escasas cayeron a causa de la lluvia y flotaron hacia el suelo.

Me pregunté si dichas plumas volvían a crecer. De no ser así, esa cosa tendría que haber estado vacía a estas alturas.

El tutú también rosa y manchado de sangre rodeaba a la dinosaurio por la parte central de su cuerpo. Al igual que la tiara, parecía formar parte de la criatura.

Entre las garras enormes de una de sus patas aferraba una varita con una estrella en un extremo.

Brillaba de un rojo leve y titilaba. Sabía lo que significaba algo así, que se había quedado sin cargas.

¿Qué había comentado Prudence sobre la varita, que se suponía que disparaba chispas mágicas?

No podía ser demasiado peligroso. Solo era utilería para el espectáculo de baile.

Después del rugido, Tina emitió un ruido rabioso y gutural que parecía el ladrido de un perro. En esta ocasión, me quedó claro sobre quién estaba centrando su enfado.

—¡Carl, está rugiendo a Mongo! ¿Por qué todo el mundo intenta hacerle daño a Mongo de repente?

Gruñí.

—Quizá esté enfadada porque Mongo se ha tirado a su madre.

—No hace gracia, Carl.

Di un paso atrás y examiné al monstruo rabioso.

Gran Tina. Alosaurio.

Jefe de ciudad nivel 80.

Esta criatura está inmortalizada.

El ataque en nueve fases destruyó el reino.

La Ciudad Epigea quedó devastada. Los residentes del Coto de Caza se transformaron.

(Todos excepto los altos elfos. Deberías preguntarles por qué).

Los enanos semeru de la ciudad de Larracos perdieron todo aquello por lo que estaban trabajando.

Hasta los celestiales y sus vecinos de los pisos inferiores de Sheol vieron cómo su destino quedaba alterado para siempre aquel día aciago.

Cuando ocurren cosas tan importantes a tan gran escala, a veces resulta muy fácil olvidar que dichas cosas tan importantes también les ocurren a las criaturas más pequeñas.

Tina siempre fue una niña tímida, al menos en apariencia.

Su padre era un clérigo que quería que se convirtiese en aquello en lo que él quería.

Su madre, aunque era muy protectora con la chiquilla, intentaba vivir a través de los grandes ojos marrones siempre llorosos de la niña, esos que siempre estaban mirando hacia fuera por la ventana o fijándose en todo.

Pero el día en el que Kiwi la osuna descubrió que a su hija se le daba bien bailar, comprendió al fin que había estado haciendo las cosas mal.

Vio algo que muchos padres pasan por alto.

Aquella niña pequeñita y tímida no era un reflejo de sí misma, sino algo mucho más maravilloso.

Era una historia por escribir, una que podía terminar de cualquier manera, una en la que ninguno de los padres era el personaje principal.

Kiwi decidió ayudar a Tina a cumplir sus sueños.

Ya os he contado la historia de lo que le ocurrió a la pequeña Tina el día del recital y no es necesario repetirla.

La temporada que la chica ha pasado transformada en dinosaurio, y el breve espacio de tiempo durante el que fuese una monstruosidad vampírica en prácticas, le ha servido como entrenamiento, uno que no reciben muchas personas.

Ya casi ni recuerda quién era antes y prácticamente no sabe que el grupo de dinosaurios que la sigue a todas partes son todas las madres del pueblo.

Lo que sí recuerda es el horror y la sensación de pérdida que sintió al comprender que todo su esfuerzo no iba a servir para nada.

También recuerda la primera chispa de rabia que se encendió en su interior cuando vio a su padre pegarle a su madre, esa rabia fruto de la impotencia y de la indefensión que no ha hecho más que aumentar durante los últimos siglos.

Dicha rabia ha dejado de ser impotencia.

La historia de Tina no ha acabado aún. O quizá sí, si tienes los cojones de intentar luchar contra una alosaurio asesina protegida por más de treinta velocirraptores. O quizá deberías intentar recuperar a la niña de su interior y darle lo que quiere.

—Se parece mucho a Bonnie la gnoma —dije.

—A mí más bien se me parece a otra persona —comentó Dónut—. Pero yo tenía razón. ¡Tenemos que preparar un recital para que baile!

—O matarla —añadí. Tina seguía rugiendo, pero no se nos había acercado.

—Carl, ¡no podemos matarla! ¡Es la hija de Kiwi! Estamos en Footloose , no en una de tus películas de Rambo .

—Esto no tiene nada que ver con Footloose , Dónut.

—Ni tampoco con Rambo —respondió ella.

—Jamás he dicho que se parezca a Rambo . ¡Eso lo dijiste tú!

—Exactamente, Carl.

Respiré hondo.

—Primero tenemos que evitar que se coma a Mongo. ¿Adónde ha ido Kiwi?

Kiwi apareció detrás de Tina, como si la hubiésemos invocado al pronunciar su nombre.

Se había pasado el rato rodeando a la dinosaurio, mirándola de arriba abajo para asegurarse de que estaba bien.

Después nos miró y graznó. Mongo hizo lo propio, y Tina rugió de nuevo para después acercarse un paso más.

—Kiwi —llamó Dónut—. Deberías controlar a tu hija. No hay nada peor que una madre que no es capaz de controlar a…

La voz de Dónut se interrumpió de improviso y todo se quedó paralizado a nuestro alrededor.

«Ya estamos —pensé—. La misión de los reptadores».

Casi me había olvidado. Supongo que es normal cuando aparece una dinosaurio gigante.

Espera, por favor. Cargando…

La interfaz parpadeó dos veces, paró y luego lo hizo una tercera. Por unos instantes, sentí una extraña sensación de euforia, pero desapareció de repente como si no hubiese pasado nada.

Luego vi que había otra nueva barra, debajo de la de salud y la de maná. Estaba del todo llena. ¿Qué cojones era?

Perdón por el retraso. Podéis continuar con lo que estabais haciendo.

Todo permaneció paralizado.

Misión fallida. Un apocalipsis de reptadores.

Joder. Mira que sois imbéciles.