La mascarada del carnicero (Carl el Mazmorrero 5) Capítulo 50
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Capítulo 50

—¿Se comió el anillo? —preguntó Mordecai cuando volvimos a la estancia segura más cercana.

Yo había ido directo al estudio de dinamitero, pero acababa de salir.

Dónut estaba sentada junto a la puerta abierta y gritaba a través de ella a Mongo y a Kiwi.

Le había estado contando a Mordecai todo lo ocurrido.

Prudence, la camarera osuna, estaba sentada en el sillón con sus oseznos a ambos lados.

Samantha estaba sobre el regazo de la osa mientras esta le acariciaba el pelo.

Preferí no hacer preguntas. Bomo y el Mazo también estaban por la estancia, con la vista fija en la pantalla, donde ahora se reproducía una película de terror ridícula de los noventa que no había visto, protagonizada por una Denise Richards joven y un tiranosaurio rex animatrónico gigante—. ¿Y se lo tragó entero?

—Eso te acabo de decir, sí.

Mordecai masculló algo ininteligible.

—¿Pasa algo si alguien se come un anillo? —preguntó Dónut a Mordecai—. ¿Se le va a llenar el estómago de lava o algo así? Mongo, ¡no te comas eso!

—Dónut, no tengo ni idea. Estáis todos locos. He visto unas pocas clases y especies que requieren que el mazmorrero consuma metal u otros objetos, pero no creo que haya sido por eso. Creo que el anillo terminará por volver a salir.

—Quizá solo se coma cosas cuando se pone triste.

La señorita Beatrice lo hacía a veces, pero luego se obligaba a vomitar.

La verdad es que era bastante asqueroso.

Carl, vi la manera en la que contemplabas ese anillo.

Espero que no estés pensando intentar hacerte con él, porque no pienso dejar que te pongas algo que ha cagado una cabra.

Mordecai me miró muy serio, pero nos interrumpió el grito del camarero a través de la puerta abierta.

El bar que había al otro lado no era una estancia segura de verdad, y Mongo, Kiwi y cuatro dinosaurios mecánicos, dos Mongo y dos Kiwi, se habían puesto a brincar de un lado a otro mientras el responsable dríade los miraba malhumorado.

Estábamos en otro asentamiento liderado por Prepotente y, por suerte, los guardias no nos habían atacado de inmediato, a pesar de que había un templo de Diwata en medio del pueblo.

De hecho, los guardias habían dejado pasar sin problema a la procesión de dinosaurios al entrar.

Solo habíamos dejado que Mongo y Kiwi pasasen al bar, que se llamaba La Termita Que Eructa.

Quería que se acostumbrasen a estar juntos y necesitaba que Kiwi también se acostumbrara a la versión mecánica de sí misma.

Las demás dinosaurios se habían quedado por fuera y seguro que estaban armando jaleo.

El camarero no se había quejado hasta aquel momento.

—¡Mongo malo! ¡Kiwi, no lo animes!

El ruido de una mesa al volcar resonó por la estancia, momento en el que el camarero volvió a gritar.

Mensaje del sistema: Un reptador insufrible ha muerto. El mazmorrero Prepotente se ha llevado la muerte. Quedan 40 reptadores.

—Es el tercero que mata —dije.

Por ahora, habían muerto diez reptadores: ocho a manos de mazmorreros, uno a manos de un cazador llamado Fickler y el sistema no nos dio el nombre de quién había matado al último, lo que significaba que lo había hecho un PNJ o que se había matado a sí mismo por accidente.

No conocía a los perpetradores, a excepción de a Prepotente.

Las criaturas eran jefes de ciudad y tenían niveles que iban desde el 130 hacia arriba. Teniendo en cuenta la fuerza que parecían tener, creo que lo de jefe de «ciudad» era pasarse un poco.

—Toc, toc —dijo Katia, que entró en la estancia a toda velocidad por la puerta de la sede gremial. Louis iba detrás. Ambos se quedaron paralizados al ver la puerta abierta que tenían al lado, desde la que Dónut gritaba al bar donde se encontraba Mongo.

—Vaya —dijo Louis, que miró a través de la puerta—. Mira, Katia. ¡Una Mongo rosa! ¡Mongo tiene novia!

—No es su novia, que lo sepas —espetó Dónut—. ¡Kiwi! ¡No te comas eso! ¡Mongo! Para. ¡Oye, oye! ¡Tú! ¡Eres un robot mecánico, madre mía! ¿Qué te crees que estás haciendo? ¡No te vas a quedar embarazada! ¡Para!

—La puerta está abierta, ¿no? —dijo Louis, que dio otro paso hacia ella—. ¿Qué pasaría si la atravieso?

—Pues nada bueno —respondió Mordecai—. No se puede viajar rápido de este modo, así que será mejor que te alejes.

Katia tenía su forma enorme de Hulka y una mancha de sangre le recorría el pecho.

—¿Nivel 54? —pregunté mientras la miraba de arriba abajo.

Tenía un gesto de determinación en el rostro y, de nuevo, me sorprendió lo mucho que había cambiado. Estaba muy seria.

—Gwen y los demás tienen a dos de esas cosas arrinconadas.

Ambas están en el asentamiento grande de elfos de los arbustos, con el equipo de Eva, y hemos visto que están luchando, pero no sabemos nada más.

Me temo que es demasiado tarde para salvar a la mayoría de la población del lugar.

¿Sabías que Li Jun se había convertido en vampiro?

No se lo había dicho a nadie, solo a su hermana y a Zhang.

Estoy muy enfadada con él. Se curó al morir Miriam. ¿De verdad usaste el anillo con ella?

—Es mucho más grande que Mongo —le decía Louis a Dónut mientras seguía mirando por la puerta. El mono de las ramas del posadero había empezado a aullar mientras una Kiwi mecánica le respondía con siseos. Íbamos a tener que volver ahí fuera para poner orden.

—¡Vamos, chico! ¡A mí también me gustan las mujeres grandes! —gritó Louis a Mongo, quien alzó al vista para mirarlo a través de la puerta y graznó para luego agitar las alitas con alegría.

Louis se giró hacia Dónut.

—Una vez hice que Higo se transformase en Úrsula, ya sabes, la de La sirenita . No te creerías lo increíble que fue.

—Bueno —dijo Katia a Mordecai ignorando todo lo que ocurría a su alrededor—. ¿Has preparado eso?

Mordecai gruñó y señaló cuatro jarras de alcohol destilado que había sobre la encimera. Cada una estaba llena de un líquido amarillo y burbujeante. Al examinarlo, conseguí ver el nombre.

Repelente de muertos vivientes y marchitador instantáneo de césped del tío Morty. Edición ultrafuerte.

Mordecai le dio unas palmaditas a una de las jarras, que era casi de su tamaño.

—Basándome en lo que comentó Prepotente y en lo que recibió, he usado un herbicida para flores insufribles y le he añadido varias mejoras contra muertos vivientes, similares a la granada sagrada.

Lo había preparado antes para Carl. Cada una de las jarras tiene suficiente como para matar a dos o tres de esas cosas.

Puede que cuatro si lo usas con mucho cuidado.

—Señaló a Louis con una garra—. No te acerques a ellas.

Ese conjuro tuyo tiene mucho alcance. Usadlas lo más lejos que podáis.

Es muy inflamable a pesar de que he intentado evitarlo, y si se prende fuego antes de que el monstruo lo haya absorbido del todo, no servirá para nada.

—Negó con la cabeza—. Sigo pensando que es demasiado peligroso.

Pero ya nadie le hace caso a Mordecai, ¿verdad?

—Al parecer ahora eres el «tío Mordecai» —dije mientras me hacía con dos de las jarras.

La clase profesional de la exterminación de Louis contaba con un sistema perfecto para usar objetos a larga distancia.

Tenía una habilidad llamada Bajo su manto que, por ejemplo, le permitía usar una poción en un área muy amplia.

Podía incluso usarla desde la cubierta del Tetamen y ampliar dicha zona aún más.

Tenía un tiempo de recarga de seis horas, por lo que ahora solo podría usarla tres veces antes de que anocheciese, y eso teniendo en cuenta que la usase cuanto antes.

Mordecai se giró hacia mí.

—A pesar de la fuerza que tienes ahora en ese brazo, acabar con estas cosas no será fácil. Espero que funcione lo que quiera que estuvieses preparando ahí dentro. No has estado demasiado tiempo.

—No me costó mucho idearlo —mentí—. Las cortinas de humo hobgoblin son básicamente lo mismo que lo que necesitamos.

Solo me hizo falta reemplazar ese líquido marrón que hace brotar el humo por herbicida.

Y luego cambiar la carga a la mágica que conseguí en la tienda.

De esa manera, no se prenderá fuego. El problema es que hay que usar varias para conseguir un buen chorro, por lo que el dispositivo tiene que ser más grande.

Lo probé con agua normal dentro del estudio de dinamitero y funcionó.

Más o menos. Tendremos que usar cuatro para que cubra un espacio decente.

Mordecai me miró con gesto de sospecha.

—¿Y se sigue considerando un explosivo si le quitas la carga?

—No. Por desgracia no —comenté—. Por lo que no podré lanzarlo a tanta distancia, pero tampoco es que hiciese falta.

Como he dicho, cada dispositivo necesita cuatro cortinas de humo modificadas y es necesario usar tres de esas cosas al mismo tiempo.

Eso suma un total de doce cortinas de humo por ataque, lo que resulta un poco caro.

Y tienen que activarse sobre la cabeza de esa criatura.

Cada paquete con tres de esas bombas tiene el tamaño de un cubo de basura.

—¿Y lo has descubierto a la primera? Solo has estado ahí dentro cinco minutos.

—Oye, que tuve que intentarlo tres veces.

Y sí, soy así de bueno. Qué le vamos a hacer —dije con falsa bravuconería.

Sabía que me estaba arriesgando estúpidamente al usar una receta del libro, pero no teníamos tiempo.

Tampoco tenía manera de justificar la fabricación de la bomba de aerosol tal y como estaba en el libro, que era mucho menor y tenía más potencia.

Había encontrado la forma de crear tres más «pequeñas» que también me servían.

El problema era que había que lanzarlas desde lejos y tenían que explotar en el aire a pesar de que eran enormes.

Como el sistema no las consideraba «explosivos», mi capacidad para tirarlas no estaba mejorada mágicamente e iba a resultar un problema.

Mordecai nos advirtió que teníamos que estar lejos, muy lejos, cuando atacásemos.

Al menos a medio kilómetro y si podía ser más, mejor.

Comentó que la bestia tenía la capacidad de controlar todo el follaje a bastante distancia.

El chat se había llenado de advertencias de personas muy asustadas al respecto.

Ya habíamos perdido a un grupo de tres mazmorreros que habían sido estrujados hasta la muerte por unas enredaderas.

El monstruo se movía despacio, pero se hizo con las partes de sus cuerpos y creció aún más.

—No vas a usar la poción de levitar, ¿verdad? —preguntó Mordecai—. Ten en cuenta que disparan dardos envenenados. Puede que tengas resistencia, pero no estarás tan seguro como Louis en el Tetamen. Un golpe, por pequeño que sea, podría hacerte caer desde esa altura.

—No la usaré —le dije.

—Va a usarme a mí —comentó Samantha.

Pegué un brinco. Un minuto antes, la cabeza estaba sobre el regazo de Prudence. En la televisión, el tiranosaurio había empezado a atacar en una fiesta y aquello era todo un espectáculo de efectos especiales cutres y sangrientos.

—No, en esta ocasión no te voy a usar —le dije a la muñeca hinchable. Le di unas palmaditas en el pelo, y ella intentó morderme un dedo—. Pero puede que volvamos a hacerlo cuando sea necesario. El artilugio que tengo pensado lanzar es demasiado grande para tu cabeza.

Mensaje del sistema: Un reptador insufrible ha muerto. La mazmorrera Eva se ha llevado la muerte. Quedan 39 reptadores.

—Mierda —dijo Katia—. Vamos, Louis.

—Adiós, Carl y Dónut —se despidió Louis mientras se hacía con las otras dos jarras—. ¡Adiós, Mongo y novia de Mongo! ¡Adiós, Samantha!

Samantha suspiró mientras Louis se marchaba.

—Qué suerte tiene Higo.

—¡Kiwi, no! —gritó Dónut, que entró en el bar a toda prisa.

—Yo también tengo que irme —comenté mientras me dirigía a la puerta.

Mensaje del sistema: Un reptador insufrible ha muerto. Quedan 38 reptadores.