Capítulo 49 #2
Una de las señoras Mongo, una que no era Kiwi, se inclinó frente al dinosaurio, bocabajo y con el culo en pompa, quedándose a su merced y agitando la cola para tentarlo.
Mongo dejó de estar asustado de repente.
Pero, antes de que llegase a pasar algo, Kiwi los vio y empezó a bufar con rabia, para luego pegar un brinco y darle una patada voladora a la dinosaurio atrevida, que siseó pero terminó por alejarse.
—¡Buena chica! ¡Muy bien, Kiwi! —dijo Dónut—. Me alegra que nos entendamos… ¡Kiwi, no! ¡Mongo! ¡Otra vez no! ¡Malos!
—Pues acaba de incumplir la primera norma… —dije un momento después.
Mientras ocurría todo aquello, me fijé en que Prepotente había vuelto a ponerse en pie al fin. Había saqueado todos los objetos de Miriam y tenía una varita en la mano. Estaba con la cabeza gacha y le daba la espalda al círculo de dinosaurios.
—Oye, Prepotente —dije al tiempo que daba un paso atrás. Dónut se había quedado sobre mi hombro y no dejaba de quejarse en voz alta. Le dije que lo dejase estar, pero no me hizo caso—. ¿Estás bien, colega?
Me puse tenso cuando apuntó con la varita a un espacio vacío de los alrededores. Un cuadrado azul, de más o menos un metro de largo, apareció en el suelo y aplanó la hierba. La cabra guardó la varita y se subió al cuadrado.
—Carl, ¿has visto eso? —dijo Dónut, que pasó a centrarse por completo en lo que acababa de aparecer en el suelo—. ¡Es un espacio seguro!
—Solo me queda una carga más aparte de esta —dijo Prepotente, con una voz extrañamente neutra—. Dura tres minutos.
—Un momento. ¿Qué estás haciendo? —pregunté, alarmado de repente. ¿Una varita que creaba un pequeño espacio seguro temporal? Empecé a darle vueltas a las posibilidades. Era mucho mejor que Caparazón protector. Muchísimo.
Pero luego vi las cajas de botín aparecer en el aire, girar y empezar a abrirse.
Estaba usando el espacio para abrir todas las que tenía.
«Qué desperdicio», pensé. No creí que mereciese la pena, ni siquiera para abrir una caja de benefactor de emergencia.
Pero, ahora que ya lo había lanzado, esperé con curiosidad para ver qué le salía.
Tenía muchísimas. Recibió varias pociones misteriosas, así como pergaminos, pero no se paró a comentar ninguno. Finalmente, apareció la caja de benefactor, que era legendaria, y esta se abrió con un gran estruendo. Solo quedaban diez segundos de espacio seguro cuando aparecieron los dos objetos.
Uno parecía un inflador de bicicleta portátil con una pequeña lata debajo de la boquilla. También recibió un pedazo de papel.
—Parece una versión gigante de uno de esos botes de perfume que tenía la señorita Beatrice —dijo Dónut.
—No es un perfume —le aseguré.
Era un bote de espray de los antiguos, algo que podía usarse en un jardín para rociarlo de herbicida. Solo había que meter el veneno en la lata y apretar el mecanismo para que saliese el chorro. El artilugio desapareció cuando lo guardó en el inventario. Después leyó el papel.
—Carl. ¿Tienes alguna poción de sanación buena? Yo solo tengo dos —preguntó.
Yo tenía unas cincuenta.
—Sí, tengo algunas —dije con cautela. Pensé en el anillo que se acababa de tragar—. ¿Necesitas una? ¿Cómo tienes el estómago?
—Dámelas. Necesito al menos cinco más. Tengo el resto de los ingredientes necesarios.
—¿Que te las dé?
—Considéralas el pago por las pociones de Inspeccionar que le robaste a mi madre.
Me quedé en silencio.
—Dime lo que decía ese papel y te las doy.
—No es más que la receta para preparar una poción para las malas hierbas. Hay que mezclar pociones de sanación buenas, agua bendita y herbicida. Pero solo funciona si se aplica con mi nuevo artilugio mágico. Y el líquido tiene que estar muy nebulizado.
Suspiré y saqué cinco pociones sin darle más vueltas.
Detrás de nosotros, la «fiesta» estaba llegando a su fin, y yo estaba demasiado cansado como para discutir.
Se las di a la cabra. Pero igualmente envié un mensaje a Mordecai.
Recordé la receta de una bomba que había visto en el libro de cocina, diseñada específicamente para convertir productos químicos en aerosol.
Necesitaba encontrar la manera de explicar cómo sabía algo así. Y rápido.
—He tomado una decisión, Carl y Princesa Dónut. No espero que me entendáis, pero lo tengo muy claro.
—Muy bien —dije, aún distraído con el problema de la receta.
Prepotente agitó la mano y apareció Bianca. El monstruo enorme y negro azabache de aspecto maligno emitió un balido agudo. Algunas de las dinosaurios graznaron con rabia, y Dónut soltó un grito ahogado mientras yo pegaba un brinco hacia atrás. El ambiente empezó a caldearse en el claro.
Bianca era mucho más grande que la última vez que la había visto unos días antes.
Había pasado de nivel 33 a nivel 40. Ahora tenía unas alas negras y humeantes que le sobresalían del lomo.
Y también una silla de montar. Prepotente se subió a la criatura, que ya tenía el tamaño de un rinoceronte grande.
Y le quedaban unos diez niveles antes de que llegar a crecer del todo.
Prepotente se inclinó hacia delante.
—Sí, Bianca —dijo. Se quedó en silencio y me dio la sensación de que estaba hablando de verdad con ese demonio—.
Sí. Ya no está entre nosotros. No. No puedes comértelos.
Pero sí que podemos volar. Ya no dependemos del suelo ni de la luz de la luna.
Tenemos que darnos prisa. Aún tenemos que subir algunos niveles hoy.
La cabra pasó a centrarse en Dónut y en mí.
—Si no puedo coexistir con mi madre en este mundo, me niego a que todos aquellos remotamente responsables de su muerte sigan con vida. Acabaré con ellos uno a uno. O moriré intentándolo.
Alcé la vista para mirar a la cabra. Unas llamas negras y translúcidas chisporroteaban sobre el cuerpo de Bianca, que olía a carne quemada. Prepotente, sobre la silla de montar, quedó cubierto por dichas llamas, una imagen realmente aterradora.
Me dio una sensación extraña, una que no alcancé a comprender. Era una mezcla inesperada de miedo, tristeza y algo más. ¿Esperanza quizá? ¿Orgullo? No pude desentrañarla. Era cierto que no soportaba a aquel tipo, pero me hizo sentir bien el hecho de que tuviésemos el mismo objetivo.
—¿Por qué crees que no te voy a entender? —le pregunté.
Prepotente se limitó a asentir.
El comportamiento de la cabra había cambiado mucho desde el momento en que la había visto por primera vez.
«Es lo que tienen los traumas —pensé—. Son una explosión cuyo epicentro es tu corazón. Lo cambian todo de un momento a otro».
—Gracias por acompañarla al morir. Nos vemos en la fiesta. O antes. Pero si me perdonáis, tengo espray suficiente para matar a veinte de esos reptadores y no pienso desperdiciar ni una gota.
Bianca extendió las alas y las batió unas pocas veces mientras un grupo de raptores rodeaba titubeante a aquel engendro infernal entre gruñidos y siseos. Todos tuvimos que dar un paso atrás poco después.
La vimos alzarse del suelo y me fijé en que Prepotente tenía nivel 57, uno más que yo.
D ÓNUT : CARL, ME ACABO DE DAR CUENTA DE ALGO HORRIBLE. ¿CREES QUE LA ABUNDANCIA QUERÍA QUE MIRIAM MURIESE?
C ARL : Sí, Dónut. Estoy seguro de ello.
No añadí que estaba casi seguro de que Prepotente también lo creía. Aquello también era una consecuencia de los traumas. Podían llegar a cegarte y hacerte abrir los ojos más que nunca, todo al mismo tiempo.
Ahora, no sabía qué podía llegar a suponer el hecho de que Prepotente supiese algo así.
Luego dije en voz alta:
—Tenemos que darnos prisa y volver a la estancia segura. Intenta encontrar una manera de comunicarte con Kiwi por el camino. Hay que descubrir por qué te estaba buscando.
—Me estaba buscando porque quería volver a clavar sus sucias garras en mi Mongo —dijo Dónut, que miró hacia atrás, donde estaban las criaturas tiradas de lado en el suelo y jadeando.
—Tiene que ser también por otra razón. Me da en la nariz que todo esto que está pasando es mucho más importante de lo que creía.
—Oye, al menos Prepotente no nos ha echado la culpa por la muerte de su madre —comentó Dónut al partir.
Tampoco estaba muy seguro de eso.