La mascarada del carnicero (Carl el Mazmorrero 5) Capítulo 49
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Capítulo 49

Había veinte criaturas, que salieron de entre los árboles y se colocaron a unos veinte metros de nosotros, listas para atacar. Sabía que yo podía cubrir esa distancia con facilidad, con un solo salto. Se quedaron muy quietas y mirándonos.

Me tomé unos instantes para observarlas. Todas estaban cubiertas de sangre, Kiwi incluida. Sabía que eran de los pocos dinosaurios que no se habían convertido en vampiros, y parecía que habían tenido que vencer en un combate muy cruento para lograrlo.

Ya me imaginaba que estarían por la zona.

Las criaturas no hablaban, pero antes eran inteligentes y estaba claro que algo de esa inteligencia quedaría en algún lugar de su mente.

Supuse que, si no estaban siguiendo a Tina era porque estaban dando caza al origen de la infección.

De haber estado nosotros allí, seguro que ellas habrían atacado a Miriam.

O quizá se hubiesen quedado esperando hasta el amanecer, para asegurarse. Sea como fuere, ahora estaban delante de nosotros.

La única pregunta que me planteaba en aquel momento era: ¿qué querían de nosotros?

Tina, que era la hija de Kiwi, se había curado de la maldición del vampirismo.

Según había entendido, esta manada de mujeres velocirraptores se pasaba la mayor parte del tiempo siguiendo a la niña por ahí para protegerla y evitar que se metiese en demasiados problemas.

Pero luego las cosas se habían salido de madre por culpa de Miriam y del élite.

Ahora, ¿por qué seguían aquí? ¿Por qué no habían ido a buscar a la dinosaurio enorme?

Los puntos me aparecían rojos en el mapa, pero para Dónut eran blancos. Mongo estaba dentro del transportín. Mordecai nos había advertido que su presencia solo hubiese anulado el efecto de la poción.

Kiwi soltó una especie de graznido y dio un paso al frente. A su alrededor, las demás criaturas flexionaron las patas, como si estuviesen a punto de saltar. Me puse tenso y me preparé para usar Caparazón protector.

D ÓNUT : TENGO QUE ESTAR MÁS CERCA PARA QUE FUNCIONE LA POCIÓN. DICE QUE SOLO DURA UN MINUTO Y TENGO QUE ASEGURARME DE QUE NO AFECTA A LA CRIATURA EQUIVOCADA.

Solo teníamos una poción de Encantar animal, que ahora se llamaba Encantar mongoliensis. Hacía que el monstruo de ese tipo más cercano quedase domesticado por Dónut durante el resto del piso. No se convertía en una mascota con un vínculo permanente, pero sí en un secuaz, que era muy similar.

Si conseguíamos encantar a Kiwi, con suerte el resto de la manada seguiría obedeciéndola.

Me di cuenta de que encantar a Kiwi siempre había sido la solución.

Todo aquello seguía formando parte de la misión de Tina, y estaba claro que los productores querían que nos uniésemos a ella para intentar solucionar el problema de la alosaurio.

La receta de la poción que nos había entregado la Abundancia era trampa, un atajo, una manera de garantizar que nos centrábamos en completar la misión y de que llegábamos justo hasta donde nos encontrábamos ahora: protegiendo a su valioso Prepotente.

Kiwi nos miró fijamente a Dónut y a mí, pero terminó por centrarse en mí y gruñó de nuevo. Las plumas de aquel círculo de velocirraptores empezaron a agitarse. Una advertencia.

—Creo que será mejor que lo hagas tú sola —susurré.

Detrás de nosotros, Prepotente seguía balanceándose hacia delante y hacia atrás mientras murmuraba para sí y soltaba de vez en cuando un sollozo. También gritó con fuerza unas pocas veces, con voz aún ronca.

—No te preocupes, Carl —dijo Dónut—. Tengo mucha práctica con lo de domesticar dinosaurios.

Se bajó de mi hombro, levantó la cola y empezó a agitarla. Dio unos pocos pasos hacia Kiwi, que aún tenía las plumas encrespadas.

—Mira, Kiwi —dijo Dónut—. Puedo llegar a perdonar lo que le hiciste a mi pobre Mongo, pero eso no significa que vaya a olvidarlo. Deja que me acerque unos pasos más y hablemos esto como personas adultas.

Los gestos de la dinosaurio me indicaron que estaba haciendo todo lo posible por reprimir sus instintos y no atacar a la gata. Era algo que había visto antes, muchas veces y en muchos lugares diferentes. Esa batalla entre lo que uno era antes y aquello en lo que se había convertido.

—Ojalá no me hubieses dado esa galleta de mascota. No mereció la pena —dijo Prepotente a las cenizas de su madre fallecida—. De haber sido así, todos estaríamos muertos. Hubiese sido lo mejor, ¿no crees? Estaríamos juntos.

Casi ni lo oía a causa de la lluvia.

«Odio a muerte este lugar».

Seguía teniendo mi dedo mental sobre Caparazón protector, listo para activar el conjuro en cualquier momento. Ahora que había subido la Inteligencia, seguro que el escudo sería lo bastante grande como para proteger a Dónut, a Prepotente y a mí, aunque solo fuese durante unos instantes.

Pero no fue necesario. Dónut se detuvo a unos tres metros delante de la dinosaurio rosa.

Kiwi ladeó la cabeza, tal y como Mongo hacía a veces antes de gritar y atacar.

La gata empezó a brillar y, unos tres segundos después, Kiwi hizo lo propio.

La dinosaurio aulló durante un rato y muy alto.

El punto se volvió blanco con una equis verde en su interior, lo que indicaba que ahora era una mercenario o secuaz.

Un instante después, los puntos del resto de los velocirraptores también se volvieron blancos, aunque estos no tenían la equis verde.

Aparecieron muchos puntos blancos de señoras Mongo en el mapa, hasta sumar un total algo inferior a cuarenta.

Estaban detrás de nosotros y no las había visto.

Y luego aparecieron más aún. La mayoría de estos últimos eran bambirraptores, cuyos puntos seguían siendo rojos, pero se marcharon poco después.

Examiné a la dinosaurio rosa mientras las demás entraban en el claro y abandonaban su formación de batalla.

El comportamiento de Kiwi no había cambiado demasiado. Seguía dando la impresión de que iba a degollarme en cualquier momento, a pesar de que el punto del mapa tenía ahora otro color.

Kiwi, líder de manada mongoliensis. Nivel 60.

Es un secuaz de la Princesa Dónut.

—Buen trabajo —dije a Dónut mientras la velocirraptor me olisqueaba la entrepierna y gruñía—. Lo has conseguido.

—Claro que lo he conseguido, Carl —dijo ella—. Después de todo lo que hemos hecho pasar a Mongo, ¿qué esperabas? Ahora Kiwi tendrá que respetar algunas normas. La primera será no volver a abusar de Mongo. Y la segunda no comerse a Carl.

Kiwi me miró y graznó, decepcionada.

—Esa debería ser la primera norma, ¿no? —dije mientras más de esas dinosaurios de tamaño poni empezaban a olisquearme. Una pegó un mordisco a escasos centímetros de mi paquete y estuve a punto de orinarme encima. Estaban ignorando a Prepotente, pero por alguna razón a mí me encontraban fascinante.

—Tú puedes cuidarte solito, Carl —dijo Dónut—. No las hagas enfadar. —Volvió a centrar su atención en Kiwi—. También me gustaría que me presentaras a todas tus amigas. Si vamos a trabajar juntas, insisto en conocer el nombre de todas.

Miré al grupo y empecé a contar. Había un total de treinta y seis velocirraptores, la mayoría sobre nivel 40. Tenía una desventaja activa bastante extraña.

Inmortalizado.

Y dicha desventaja tenía una cuenta atrás de veintinueve horas.

Desconocía por completo lo que hacía. Envié un mensaje a Mordecai y me dijo que era por haberse curado del vampirismo.

Todo aquel que tuviese la desventaja tendría la mitad de la Fuerza y de maná y no podría curarse durante lo que durase la desventaja mientras estuviese bajo la luz directa del sol.

Esta no las afectaba cuando estaban en la sombra.

A la luz directa de la luna, la desventaja se convertía en ventaja: daba un 50 % más a la Fuerza y al maná y doblaba la velocidad de sanación.

Ahora el cielo estaba nublado, por lo que no les hacía nada.

La lluvia no dejaba de caer de manera intermitente, pero una gruesa capota de nubes se agitaba en las alturas y lo cubría por completo.

Me pregunté si esos reptadores insufribles tendrían la misma desventaja. Envié un mensaje al chat principal.

Algunas dinosaurios empezaron a prestarle atención a Prepotente, que seguía sentado en el suelo.

Gruñó al verse el centro de atención y agitó los brazos para que se marcharan.

Algunas criaturas dieron mordiscos al aire mientras permanecían deliberadamente lejos y gruñeron.

Él les respondió con más gruñidos, lo que terminó por preocuparme.

Dónut solo podía llegar a controlar a Kiwi y, si a ella le pasaba algo, todos íbamos a estar en apuros.

Tenía que tener muy presente que las criaturas eran diferentes a Mongo.

No acabábamos de conseguir un ejército de dinosaurios, lo que acabábamos de conseguir, lo que Dónut acababa de conseguir, era un secuaz que sí que controlaba a un ejército. Era una distinción muy importante.

—Muy bien, Kiwi —empezó a decir Dónut—. Voy a sacar a Mongo. Puede que esté un poco asustado al principio, así que sé amable con él. Y quizá deberías plantearte una disculpa por haberte aprovechado de él de esa manera.

—Esto… Dónut, quizá deberíamos esperar a que…

Mongo se materializó en ese momento entre la gata y Kiwi, que graznó y pegó un brinco ante la aparición repentina del dinosaurio macho.

Después le dio un mordisco rabioso, y él respondió con un aullido y otro mordisco.

Ambos empezaron a bramar como gansos salvajes y a moverse en círculos sin dejar de mirarse mientras el resto de los dinosaurios se apartaban. Estuvieron a punto de tirarme al suelo.

—¡Mongo, no! —gritó Dónut—. ¡Es Kiwi!

Todas las que rodeaban a Mongo empezaron a olisquearlo. Él graznó e intentó apartarse, pero no tardó en quedar rodeado por completo. Aulló aterrado.

—Tranquilo, Mongo —gritó Dónut—. ¡Señoras, dejad de agobiarlo! —Volvió a subirse en mi hombro para ver mejor a la multitud—. Mamá está aquí. Kiwi ha accedido a ayudarnos. No te preocupes, Mongo.