La mascarada del carnicero (Carl el Mazmorrero 5) Capítulo 47
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Capítulo 47

Nota añadida por el mazmorrero Volteeg. Séptima edición.

La echo de menos. La echo muchísimo de menos. ¿Merece la pena sobrevivir en este lugar sin ella? No. No lo creo.

Nota añadida por el mazmorrero Drakea. Vigesimosegunda edición.

Esa era la primera y última entrada de Volteeg en el libro de cocina. Odio a muerte este lugar.

Encontramos el sitio donde se encontraban Miriam Dom y Prepotente cuando faltaba una hora para el amanecer.

Hubiésemos llegado allí antes, pero nos habíamos tenido que abrir paso matando enemigos: hordas de dinosaurios tamaño pavo llamados bambirraptores que salían de entre los árboles para atacarnos.

La mayoría, aunque no todos, eran vampiros.

Por raro que pueda llegar a parecer, los que estaban infectados con vampirismo no parecían atacar a los suyos, algo que me resultó muy interesante.

Se mataban fácilmente, con poco más que una patada y un pisotón.

El conjuro Antorcha de Dónut también resultó ser muy efectivo contra los que estaban infectados.

No acababa con ellos, sino que la intensidad los aturdía y, cuando estaba al máximo, hacía que sus cabezas se prendiesen fuego.

Me quedé quieto al llegar al claro para echar un vistazo a nuestro alrededor.

La silueta paralizada de Prepotente estaba ahí de pie como una estatua, con el brazo izquierdo alrededor de la cintura de Miriam, que estaba apoyada contra el hombre cabra.

Este tenía el brazo derecho extendido y se suponía que aferraba algo que había dejado de estar allí.

Tenía un contador sobre la cabeza en el que aún quedaban seis horas.

Iba a despertarse cinco horas después del amanecer.

Dicho contador también tenía un asterisco. No sabía lo que podía llegar a significar, ya que era algo que no había visto jamás.

Vi que Miriam estaba agotada. Sabía que era más pálida de lo habitual al ser vampira, pero ahora la piel le brillaba como si fuese una necrófaga. «Está enferma —pensé—. Me pregunto cuánto tiempo lleva sin comer».

Un círculo de cadáveres rodeaba a la pareja y se extendía hasta prácticamente la linde en la que comenzaban los árboles.

Había todo tipo de criaturas, desde mapaches hasta monos, pasando por insectos enormes y decenas de esos bambirraptores.

Ya entre los árboles, vi unos puntos rojos que acechaban en círculo, pero estos se alejaron a toda velocidad cuando nos acercamos.

—Hay monstruos más grandes por ahí —susurró Dónut—. Creo que pueden ser esas señoras parecidas a Mongo. Se están alejando.

—Vale. Mantén a Mongo en el transportín por el momento. Y vigila por si vienen cazadores u otros mazmorreros.

—Gracias a Dios —dijo Miriam mientras entrábamos en el claro con mucha cautela. Oí lo quebrada que tenía la voz. Alzó los brazos para taparse los ojos—. Dónut, por favor. La luz.

—Ah, lo siento —dijo la gata, que ajustó el brillo del conjuro en ese momento. ¿Mejor así?

—Sí, perdona. Por favor. Tenemos que hablar antes de que salga el sol.

—¿Qué necesitas que hagamos? —pregunté.

—Quedan cincuenta y tres minutos para el amanecer —dijo ella. Apareció un libro en su mano, que tiró al suelo. Parecía un grimorio—. Señorita Dónut, si eres tan amable. Lee el grimorio y aprenderás el conjuro que necesitas para despertarlo.

Dónut soltó un grito ahogado y saltó de mi hombro antes de que me diese tiempo a decir nada. En ese momento empecé a sentir que algo iba muy mal. El contador de visualizaciones pasó a colocarse a la derecha del todo, pero llevaba así prácticamente desde la batalla contra Sierra.

C ARL : ¡Espera!

Dónut se quedó muy quieta y nos miró con inseguridad a Miriam y a mí.

—¿Y por qué no lees tú el grimorio? —pregunté.

Miriam suspiró.

—No voy a haceros daño, Carl. Pero entiendo que seas cauteloso. Veo ese brillo que os cubre: estáis protegidos contra el vampirismo. No podría alimentarme de vosotros ni aunque quisiese.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Ya tengo el conjuro. O lo tenía. Ha desaparecido. Tengo una habilidad especial que me permite olvidar un conjuro y convertirlo en un grimorio. Solo puedo usarla una vez por noche, por desgracia.

—Pero ¿por qué no lo has usado? —preguntó Dónut.

Había lanzado Segunda oportunidad sobre un mapache y le había ordenado que le acercara el grimorio.

El mapache zombi siseó, se hizo con el libro y lo alejó de los pies de Miriam.

Luego lo soltó junto a la gata antes de abalanzarse hacia el bosque mientras castañeteaba los dientes.

—No lo leas antes de que… ¡Cagondiós, Dónut!

Dónut empezó a brillar tras leer el grimorio.

—Relájate, Carl —dijo—. Solo era el conjuro Salir de la cárcel. Guau. Cuarenta puntos de maná. ¡Son muchos! He visto antes este conjuro. Vale, voy a despertar a Prepotente.

—Espera, joder —insistí.

—Dónut, espera, por favor —convino Miriam, a quien le seguía costando respirar.

Un trío de bambirraptores entró despacio en el claro y apareció detrás de Miriam. Antes de que pudiésemos reaccionar, tres rayos de energía brotaron de la vampira e impactaron en las criaturas. No había girado la cabeza siquiera. Madre mía.

—Miriam —dije mientras daba un paso al frente. Si quería hacernos daño, podía hacerlo también a distancia. La sensación de peligro no se rebajó, pero empezaba a sospechar que, fuera cual fuese dicho peligro, Miriam no iba a ser su origen—. Cuéntanos. ¿Qué está pasando? ¿Por qué no lo has liberado?

—Muy bien —dijo Miriam—. Os lo contaré todo, pero prometedme que no intentaréis despertarlo aún. No hasta que llegue el amanecer. No sé si funcionará si lo intentáis antes y me temo que hacerlo podría hacerle daño. Esperad, por favor.

—Algo me dice que Prepotente se va a enfadar mucho si esperamos —comenté—. ¿Nos ve estando así?

—Creo que sí —dijo Miriam—. No puede hablar, ni moverse ni usar el chat, y también tiene la desventaja Frágil, por lo que debemos tener cuidado. Pero creo que sí que lo ve y lo oye todo.

—Muy bien —dije—. Explícate.

—No nos conocemos mucho, pero me caes bien, Carl. Y también le caes bien a Prepi.

—La verdad es que permíteme dudarlo, Miriam…

—Silencio. Te contaré una historia. No te preocupes, que es corta. Va sobre una joven que tenía una vida, un oficio y un prometido. Y que lo abandonó todo. No porque quisiese hacerlo, sino por el sentido del deber hacia sus padres.

—Lo siento —dije—. Pero…

Había empezado a quebrársele la voz.

—Mis padres empezaban a hacerse mayores, por lo que volví a su hogar en las afueras de Parma para cuidarlos a ellos y a los animales.

Pasaron veinte años antes de que muriesen y, cuando llegó el momento, yo ya me había arraigado.

No podía marcharme. Aunque la odiaba cuando era una niña, llegué a amar la granja, las responsabilidades y aquel entorno rural.

Y a mis niñas. Las cabras. Las quería con toda mi alma.

—Miriam —repetí.

Ella alzó una mano.

—No solo te lo estoy contando porque soy una vieja sentimentaloide.

Es importante que lo diga porque nunca lo he hecho.

Y me gustaría contártelo a ti porque quieres a Dónut tanto como yo quiero a mis niñas.

Eres el único capaz de comprenderlo, el único que confío que lo haga.

—Giró la cabeza hacia Prepotente, que seguía paralizado—.

Y, un día, me gustaría que se lo explicases a él, porque sé que ahora mismo no podrá comprenderlo.

—Carl me quiere —dijo Dónut.

Antes de que volviese a quejarme, Miriam continuó:

—Prepi estuvo muy unido a mí desde el principio. Siempre me seguía dentro de la casa si lo dejaba. Era como una pequeña sombra cabezota. Pero ahora, ahora es mucho peor. Cuando nos separamos, se pone histérico. Se convierte en un peligro para sí mismo.

—Sí, eso he oído —dije—. Cuando fuiste a ese programa con Katia empezó a subirse por las paredes.

Ella extendió el brazo y se tocó el cuello. Desconocía los detalles, pero Prepotente había escapado a causa de un ataque de pánico cuando Miriam se había marchado al programa. Después, ella se había puesto a buscarlo y, de alguna manera, había terminado convertida en vampira.

—Cuando llegamos a este piso, un élite empezó a darnos caza. Era un cazavampiros llamado vizconde Nublo.

—Acabamos de matar a su montura. Sierra.

Ella asintió.

—Bien, bien. Era peligrosa. Nublo formaba parte de una de esas series de televisión que transcurren aquí dentro.

Se llamaba Cazador de sangre , y él era el protagonista.

Empezó a darme caza nada más aparecer. Nos seguían los cazadores, los clérigos y también ese tipo…

Además, Prepi consiguió esa caja de botín.

Es insoportable, Carl. Yo… no soy tan fuerte como tú.

Ni tan cabezota como Prepi. —Volvió a quebrársele la voz—.

Esto es demasiado. Y mi condición es una carga para mis niñas, para las diez que sobrevivieron.

—¿Diez? —pregunté.

—Prepi y Bianca y las demás. Todas están en su inventario. —Miriam se quedó en silencio, sobrecogida durante unos instantes a causa de la emoción—. Ya no es seguro tenerlas en el mío. No puedo llevarlas encima… por si me aflige la desventaja Famélico.

«Joder», pensé.

Di otro paso hacia ella y le apoyé una mano sobre el brazo, que estaba sorprendentemente frío.

Eso junto a la mirada de puro sufrimiento de su gesto amenazó con lanzarme por un precipicio en cuyo borde no sabía que me encontraba.

Aún no entendía muy bien qué era lo que estaba pasando, pero sabía que, fuera lo que fuese, había superado a Miriam.

Se había hecho famosa por mantener la calma en situaciones horripilantes, pero la pérdida de control de la que hacía gala en aquel momento me resultó devastadora.

Ella colocó una mano llena de callos sobre la mía. Vi que tenía un tatuaje, antiguo y desgastado entre el pulgar y el índice. Era una nota musical.